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¿Por qué la secularidad? Un argumento desde el cristianismo

por | Filosofía

Las fiestas navideñas y de fin de año son siempre motivo, para algunos, de lamentar la progresiva secularización del mundo, el abandono público de elementos cristianos y la comercialización de símbolos de esta religión. Algo hay de cierto en estos lamentos. Y, sin embargo, gran parte de lo que se dice pierde de vista el problema al que la secularidad dio respuesta, a saber, la permanente amenaza de los estados teocráticos, amenaza que cobró especial urgencia en las guerras de religión de los siglos XVI y XVII. Aprovecharemos este espacio para hacer una reflexión que defienda la secularidad como un elemento integral a la democracia y, al mismo tiempo, necesario para el cristianismo contemporáneo.

 

I

Lo primero es decir que secularidad y secularismo apuntan a proyectos políticos distintos. La secularidad tiene, de hecho, raíces cristianas. Es el propio Jesús el que, forzado a pronunciarse a favor o en contra del pago de impuestos a Roma, ofrece una respuesta que rompe con la tradición de las religiones civiles. Su “dar al César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” abre un abismo entre poder político y religioso, forzando a la distinción de esferas y haciendo imposible hablar del cristianismo como religión civil, religión de Estado o, siguiendo a Eric Voegelin, religión política. Ya el gran sabio romano, Varrón, nos informa Agustín en De civitate Dei contra paganos, distinguía la religión mitológica de los héroes de la religión civil de la ciudad, y estas dos de la religión natural de los filósofos, esa que entrará en contacto con el cristianismo siglos después, configurando lo que hoy conocemos como civilización occidental.

La secularidad implica, pues, esa división de esferas que impide que el poder político se apropie de la religión y la utilice como instrumento de control y sumisión de las masas; y, por otro lado, también impide que la religión haga uso del poder político para imponer obediencia a los dogmas que profesa—algo que todo el que conoce la historia de los mil años de dominio cristiano, es decir, la Cristiandad, no puede sino temer.

El secularismo, por el contrario, implica un programa sistemático de des-cristianización. Secularizar implica borrar la huella cristiana de la historia y del día a día de las sociedades. No es, pues, un principio de separación, sino una pugna por eliminar uno de los elementos constitutivos de Occidente.

El exceso secularizador estriba en su incapacidad de reconocer la imposibilidad de eliminar completamente la religión del espacio público. Si bien la secularidad impide entronizar argumentos propiamente religiosos en el espacio del poder democrático, el secularismo pretende ignorar que el ciudadano no solamente tiene derecho, sino que no tiene más opción que entrar a la arena pública armado con una doctrina comprehensiva a partir de la cual será capaz de discutir y negociar políticas públicas y legislación.

A partir de esta caracterización, debemos entender que la secularidad es un elemento sine qua non de la vida democrática y, al mismo tiempo, que el fervor secularista peca de fanatismo, queriendo inyectar un desmedido celo (similar a la laïcité revolucionaria) a la vida pública.

 

II

¿Qué podemos decir frente a los lamentos, quejas y demás inquinas de quienes ven las tradiciones cristianas convertidas en magnos eventos de una cultura consumista? Me parece que algunos comentarios pueden ayudar a separar el celo excesivo y casi fanático de algunos creyentes de la justa molestia por la realidad que vivimos.

Que vivimos en una sociedad des-cristianizada no debe resultarle sorpresivo a nadie. No solamente el cristianismo ha perdido piso en Occidente, sino que todas las religiones institucionales atraviesan una marcada crisis. Esto, vale decir, no es obra de magia negra ni de diabólicas confabulaciones, sino que es explicable como consecuencia de lo que Max Weber llamó Entzauberung der Welt, el desencantamiento del mundo, y que no es otra cosa sino el producto de la crítica que hiciera la ciencia moderna a la religión, junto con la aparición de una nueva propuesta ética, que Charles Taylor llama humanismo exclusivo y Alasdair MacIntyre denomina individualismo expresivo, y que refieren a la apoteosis del individuo-mónada, desligado de cualquier tradición o dimensión cultural y trascendente, convirtiéndolo en legislador último. Estos procesos deben ser vistos, dice Taylor, en una óptica dual, esto es, tanto como auténticos desarrollos del evangelio como productos del egotismo individualista que configura el pecado por excelencia que abre la historia humana, a saber, el deseo de ser como Dios. La historia contemporánea es, pues, una mezcla de avances y retrocesos, de blancos y negros, de luces y oscuridades. Y en ello no hace sino comportarse como toda época humana, esto es, como un espacio donde se juega la libertad humana, como una arena donde se enfrentan formas más y menos elevadas de vida.

Evidentemente el mundo actual no puede recibir calificativos que lo celebren o recomienden. Vivimos, por un lado, una aguda crisis de sentido. Ratzinger encuentra en la adicción a las drogas o al sexo nada más que un mecanismo de escape por el que muchos jóvenes buscan aliviar el dolor de vivir en una realidad violenta, o desesperanzada, o simplemente abusiva. Pero la crisis no es meramente espiritual: vivimos un progresivo debilitamiento de los regímenes libres, es decir, de la democracia, en el mundo, sumado a cinco décadas de creciente desigualdad, provocadas por la desmedida e irresponsable desregulación del sistema financiero, que ha llenado los bolsillos de un puñado de familias, dejando a la aplastante mayoría cada vez en condiciones menos favorables para llevar una vida digna. La cultura parece hoy haber muerto a manos de un relativismo burdo y frívolo que quiere pretender que lo bello no es un criterio objetivo, y que por ende todo es susceptible de ser considerado arte.

La educación ha sido reducida al adiestramiento, a la producción de profesionistas dóciles e incapaces de pensar, criticar o imaginar un mundo distinto. La religión, dijimos, no se salva: a la crisis de pederastia en la iglesia le siguió un enfrentamiento feroz y casi fratricida entre ultraconservadores que creen que hablar en latín los hace verdaderos católicos, y ultraprogresistas que quieren convertir a Jesús en una máquina revolucionaria y de cambio social.

 

III

Quizá a partir de estas reflexiones podamos tomar distancia del problema y plantear un par de consideraciones finales que nos ayuden a valorar el problema de la secularidad en su justa medida.

El cristianismo es hoy minoritario. Si bien es la religión más importante del planeta en cuanto a número de fieles, lo cierto es que, del total de los que se identifican como cristianos, una aplastante mayoría lo son apenas culturalmente, y esto sin considerar a otros que, en su celo desmedido, terminan negando valores cristianos básicos a fin de mantener sus posturas fanáticas.

Bajo estas circunstancias particulares, defender la secularidad aparece no ya simplemente como éticamente deseable—que lo es—sino asimismo estratégicamente recomendable. Cuando el cristianismo fue mayoritario, cayó no pocas veces en excesos y opresiones injustificables; lo mismo puede decirse de prácticamente todo credo que haya tenido poder mayoritario en la historia de la humanidad, sea religioso o antirreligioso (piénsese en los totalitarismos pardo y rojo).

¿No es dable imaginar que, de renunciar a la secularidad, es posible la llegada de un credo, religioso o no, que aplaste al cristianismo? ¿No resulta, por tanto, ilógica toda crítica a la neutralidad del Estado (i.e., secularidad) en democracias que pretenden abrir espacios de libertad para, desde ahí, construir bienes comunes que protejan la dignidad de la persona y abran caminos de encuentro en sociedad? Y, sin embargo, de un lado y de otro del espectro ideológico, hoy encontramos a muchos que lamentan precisamente esa neutralidad, queriendo imponer su propia doctrina comprehensiva, ignorando, u olvidando selectiva y tramposamente, la existencia de otros cuyas ideas tendrían el mismo derecho de ser impuestas, una vez retirado el límite secular.

Pero, más allá de cuestiones pragmáticas y estratégicas, quisiera defender que la secularidad no lastima al cristianismo sino todo lo contrario. La secularidad no implica la eliminación de elementos cristianos del espacio público, pero la posibilidad misma de estos elementos está dada por una victoria cultural que tiene que darse a nivel no de leyes sino de mœures, de hábitos del corazón, de leyes no escritas o, en lenguaje más actual, de valores fundamentales. Si el cristianismo es capaz de convencer a las comunidades, esto es, de cristianizar una sociedad, entonces tendrá derecho de exigir su lugar dentro de la cultura pública del país—lo que, por supuesto, no implica dejar de reconocer el derecho de las minorías a expresar sus ideas en libertad y a exigir respeto por las mismas.

Pero si, como vemos hoy, el cristianismo es incapaz de convencer y de emocionar, entonces debe reconocer esta derrota social. Es Joseph Ratzinger quien afirma esto: “Si no estamos convencidos y no podemos convencer a los demás, no tenemos derecho a exigir el reconocimiento público. Entonces nos habremos vuelto prescindibles, y deberemos admitirlo”.

La secularidad no puede significar el exceso secularista. Ratzinger es claro al criticar a la democracia liberal el abandono de la dimensión de la ética pública. Es ahí, y no en el entramado institucional (como muchos suelen pensar) donde se encuentra el núcleo de la crisis actual de estos regímenes políticos. La democracia, nos recuerda Tocqueville, es, mucho más que cualquier otro sistema político, una forma de organización social.

Es precisamente ahí, en el nivel de lo social y no de lo legislativo-jurídico, donde el cristianismo ha caído en una profunda crisis. Porque muchos quieren ver su personalísimo dogma convertido en norma constitucional, sin atinar a primero convencer a la comunidad de la solidez de dicho principio. Pero la democracia también tiene límites, y límites importantes para la armonía y la paz social.

La democracia no puede admitir la idea de un Estado confesional, de la misma forma que critica al totalitarismo, que no es otra cosa que una religión política. Esto implica que, por más que luchemos, la democracia deberá permitir siempre la lucha entre diferentes visiones del bien, algo que Taylor denomina la lotta continua, la perenne batalla entre formas más elevadas y menos elevadas de vida, una batalla que solamente puede darse en el nivel de la opinión pública y que hoy, desafortunadamente, pocos entienden o quieren emprender, prefiriendo la imposición fanática de sus ideas, considerando estúpido o perverso al diferente y convirtiendo a la democracia en una caricatura que no puede dar respuesta alguna a nuestros problemas precisamente porque ha sido desfondada de toda sustancia.

Vivir en una sociedad secular implica lo mismo defender la propia posición con argumentos inteligentes que puedan ser entendidos por los demás, así como aceptar que el otro tiene el mismo derecho de exponer sus ideas; implica aceptar el diálogo y el encuentro de ideas como la única forma de generar políticas públicas y bienes comunes en nuestras comunidades; implica poner la empatía y el encuentro antes que la descalificación y el odio hacia el diferente; implica entender la invitación del Papa Francisco como principio de toda operación auténticamente democrática: Jesús “no nos invita a preguntarnos quiénes son los que están cerca de nosotros, sino a volvernos nosotros cercanos, prójimos” (Fratelli tutti, §80).

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Autor

  • Juan Pablo Aranda

    Maestro y doctor en ciencia política por la Universidad de Toronto; licenciado en la misma disciplina por el ITAM. Actualmente es profesor investigador en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (Upaep), donde también funge como director de Formación Humanista. Miembro (candidato) del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) desde 2022.