Habermas y Ratzinger: cuando la razón encontró a la fe

Fernando Rodríguez Doval

Habermas y Ratzinger: cuando la razón encontró a la fe
La muerte de Jürgen Habermas invita a recordar uno de los debates intelectuales más relevantes de nuestro tiempo: el que sostuvo en 2004 con Joseph Ratzinger sobre los fundamentos morales de la democracia liberal. Contra todo pronóstico, ambos coincidieron en que la razón secular y la religión están llamadas a dialogar y enriquecerse mutuamente.

El pasado 14 de marzo de 2026 falleció el filósofo alemán Jürgen Habermas, una de las referencias intelectuales más prominentes del último medio siglo y cuyas contribuciones han sido decisivas en la filosofía política, la teoría crítica y la reflexión sobre la democracia. Habermas fue considerado como el gran promotor de la democracia deliberativa, aquella que busca que los distintos actores y las distintas posturas ideológicas puedan alcanzar consensos y certezas comunes a través del diálogo y la racionalidad.

El fallecimiento de Habermas nos presenta una magnífica oportunidad para recordar el debate que en enero de 2004 sostuvo con el cardenal Joseph Ratzinger sobre los fundamentos morales del Estado liberal, en la Academia Católica de Baviera. Un debate con profundas implicaciones para las sociedades actuales.

Habermas y Ratzinger representaban tradiciones intelectuales diferentes e incluso opuestas. Habermas era heredero –si bien es cierto que crítico— de la Escuela de Frankfurt, racionalista, secular y emblema de la izquierda socialdemócrata europea. Ratzinger era nada más y nada menos que el principal teólogo católico de la época y el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es decir, una especie de guardián de la ortodoxia religiosa.

¿Puede una democracia liberal sostenerse únicamente sobre la razón secular o necesita fundamentos morales que provienen de tradiciones religiosas y culturales anteriores al Estado? Responder la anterior pregunta era el objeto de ese ejercicio deliberativo. Es, sin duda, una pregunta profundamente relevante para alguien interesado en la relación entre catolicismo, derecho, democracia y orden político.

En aquel debate, Habermas partió de una premisa muy clara: el Estado liberal y secularizado vive de presupuestos que él mismo no puede garantizar, y ése es precisamente el gran riesgo que ha asumido en aras de la libertad, toda vez que recurrir a conceptos absolutos como los relativos al bien y la verdad pudiera suponer la imposición de unas convicciones morales específicas sobre quienes piensan diferente. Por lo tanto, para Habermas, el Estado constitucional democrático puede justificar sus principios normativos de manera “postmetafísica”, sin recurrir a fundamentos religiosos. Sin embargo, y aquí está lo más trascendente de su reflexión, Habermas advirtió que una «modernización descarrilada», es decir, recurrir a presupuestos estrictamente racionales, podría agotar la solidaridad de la que depende el Estado y desgastar el vínculo democrático. Por eso propuso entender la secularización como un «doble proceso de aprendizaje complementario» en el que tanto la razón ilustrada como la religión reflexionen sobre sus límites.

Sorprende, pues, que Habermas no haya defendido un laicismo agresivo. Reconoció que el Estado liberal necesita ciudadanos virtuosos y que las leyes por sí solas no bastan. Una democracia requiere solidaridad, responsabilidad, respeto mutuo, y disposición al sacrificio, valores con hondas raíces religiosas, particularmente cristianas. Pero esos valores no pueden imponerse por decreto. Habermas admitió que las tradiciones religiosas contienen reservas de sentido moral que las sociedades modernas no deberían despreciar e incluso habló de una sociedad «postsecular», donde la religión no desaparece sino que vuelve a participar en el espacio público. Los creyentes pueden intervenir en el debate público, pero los argumentos religiosos deben ser traducidos a un lenguaje accesible para todos los ciudadanos, creyentes o no.

En su turno, Joseph Ratzinger aceptó gran parte del diagnóstico de Habermas, pero fue más lejos. Su tesis principal fue que la razón moderna necesita reconocer sus propios límites. En este sentido, Ratzinger no negó las posibles patologías de la religión: el fanatismo, el fundamentalismo o el terrorismo religioso. Pero añadió algo decisivo: existen también patologías de la razón. He aquí el concepto más importante de toda su intervención. La modernidad suele pensar que el peligro para construir un orden liberal está en únicamente en la religión; sin embargo, también la razón puede enfermar, y puso como ejemplo las atrocidades de los totalitarismos del siglo XX, la eugenesia o la manipulación genética. Todos esos acontecimientos han sido proyectos nacidos de formas de racionalidad desvinculadas de una moral objetiva.

La conclusión de Ratzinger fue que la razón y la fe deben “purificarse y sanarse recíprocamente”. La fe necesita a la razón para no degenerar en superstición o fanatismo; la razón necesita a la fe –o al menos un horizonte de sentido más amplio— para no caer en la hybris destructiva. Las verdades sobre el bien que han sido alcanzadas mediante una razón iluminada por la fe puede dar origen a convicciones morales comunes sin las cuales no es posible la democracia. Estos fundamentos son prepolíticos, porque no pueden estar sometidos a la decisión de las mayorías y porque sustentan a las instituciones y los mecanismos democráticos; son los que tienen que ver con la dignidad humana y la garantía de los derechos fundamentales.

Aunque provenían de tradiciones culturales e intelectuales muy distintas, tanto Habermas como Ratzinger coincidieron en su rechazo a la tesis clásica de la secularización, que afirmaba que la modernidad terminaría expulsando completamente a la religión de la vida pública. Así, ambos defendieron el diálogo entre razón secular y religión.

Poco más de un año de aquel fructífero encuentro, Joseph Ratzinger sería elegido Papa, adoptando el nombre de Benedicto XVI. En sus encíclicas y homilías repitió la idea central de que la razón y la fe necesitan complementarse y mostró su temor de que la nueva época posmoderna, al reaccionar frente a los excesos modernos, descartara la razón como instrumento epistemológico y moral y cayera en la dictadura del relativismo, en donde la percepción subjetiva, influida por deseos y emociones, se convierte en el único elemento de la realidad. El relativismo, insistirá el teólogo alemán, niega la capacidad de la razón para encontrar el bien, la verdad y la belleza. Conduce hacia el más hondo nihilismo. Y en la política, puede convertir a la democracia en un simple conjunto de reglas y procedimientos vaciados de contenido. ¿Cómo evitar estos peligros? Dice Ratzinger que es aquí donde la religión juega un papel fundamental, porque la verdad sobre el bien que defiende la tradición cristiana puede convertirse en conocimiento para la razón, sin que suponga dogmatismo ni violencia para la propia razón. La fe y la razón se corrigen y depuran mutuamente.

Jürgen Habermas, por su parte, seguiría influyendo en la opinión pública internacional hasta su reciente muerte, a los 96 años. Profundizará en su “giro postsecular” y en su planteamiento de que la razón debía adoptar una actitud “autorreflexiva” frente a las tradiciones religiosas y reconocer en ellas reservas de sentido aún no agotadas. Habermas, ateo confeso que se definía a sí mismo como «religiosamente desafinado», sostuvo en sus últimos años que la razón postmetafísica, por sí sola, no logra articular del todo intuiciones morales sobre la culpa, la solidaridad o la dignidad que las religiones sí han sabido expresar. En 2019 publicó su obra monumental También una historia de la filosofía en donde reconstruye, desde la Antigüedad, la fecunda tensión entre saber y —entre Atenas y Jerusalén— como motor de la racionalidad occidental. En cierto sentido, es la gran síntesis donde desemboca toda la línea que el diálogo con Ratzinger había hecho tan visible.

Aquel fecundo encuentro entre Habermas y Ratzinger impresionó por la sintonía inesperada entre dos figuras que encarnaban polos aparentemente opuestos. Ambos defendieron el diálogo y una especie de humildad recíproca. El episodio quedó como un símbolo del debate contemporáneo sobre el lugar de la religión en la esfera pública de las sociedades liberales, y la conclusión parece ser obvia: este lugar siempre debe ser relevante y no debe generar cautelas ni prevenciones previas.

 


Referencias:

Habermas, Jürgen y Joseph Ratzinger, Entre razón y religión. Dialéctica de la secularización, México, Fondo de Cultura Económica, 2008.

Cita este artículo

Rodríguez Doval, F., (2026, junio 24). Habermas y Ratzinger: cuando la razón encontró a la fe. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/habermas-y-ratzinger-cuando-la-razon-encontro-a-la-fe/

 

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