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Pastorela: el Nacimiento en tres actos

por | Cultura

Primer acto. En escena y tras bambalinas, todo cuenta.

Nacimiento, belén o pesebre, son algunos de los nombres que en países hispanos damos a la representación de la escena de la Natividad del Señor dentro de nuestras casas, iglesias y otros lugares públicos. Alrededor del mundo han eliminado o tratado de eliminarlos de escuelas, hospitales, edificios y plazas. Detrás de un laicismo mal entendido, se esconde un claro espíritu anticristiano, pues al parecer otras prácticas religiosas como hacerse una limpia, usar burka o kipá, no causan el mismo escozor.

Por más disparatado que suene, hay un esfuerzo por desvincular la Navidad de su único significado. En los pueblos de tradición cristiana ahora se dice “felices fiestas decembrinas”, “happy holidays”; no se diga en los que no lo son del todo. Dejar de celebrarla no está en la ecuación, porque destruiría la propia dinámica social y cultural del mundo, el único camino posible para el maligno, es banalizarla.

Por ello poner nacimiento, pesebre o belén es más que una tradición bonita, es una costumbre que puede cambiar el curso de las cosas, porque no da lugar a dudas sobre lo que se está celebrando. Ciertamente hay que defender el derecho a expresar la fe en público; pero en este escenario, lo que sucede tras bambalinas (en nuestra vida privada) es lo que determina el ahínco con el que se vive y defiende la libertad religiosa en las calles. Es decir, no seamos faroles de la calle y oscuridad de casa, ni viceversa.

Hablando de faroles, la tradición mexicana navideña de poner pantallas de papel de colores en las calles ha desaparecido; afortunadamente los nacimientos, a pesar de estar en peligro de extinción, siguen dando batalla y este “estira y afloja” no es algo nuevo.

 

Segundo acto. A cada acción corresponde una reacción.

Hace 800 años San Francisco de Asís ideó representar el pesebre con estampas vivientes[1], los actores se quedaban inmóviles para que las personas pudieran acercarse y meditar sobre aquella noche. Con los años, la tradición se fue extendiendo por Italia, sustituyendo personas por figuras.

Ver nacimientos en todo lugar se debe a los jesuitas. El primer gran belén moderno fue colocado en una iglesia de Praga en 1562[2]. Contemporáneo al Concilio de Trento y en plena efervescencia del cisma protestante, los católicos lo difundieron por toda Europa.

La mal llamada reforma, dejó a los protestantes desnudos de tradiciones y cultura[3]. Para reinventarse, recuperaron y adoptaron el árbol de navidad (de origen católico, por cierto) que era compatible con su posición iconoclasta y que les remitía más a la cristianización germana que a su propio génesis católico[4].

Entonces, en los reinos católicos, los nacimientos se hacen cada vez más detallados, artísticos y comunes de encontrar. Irónicamente Carlos III, de infeliz memoria por haber expulsado a los jesuitas de todos sus reinos, fue quien, fascinado por los pesebres napolitanos[5] le dio un gran impulso; nobles y plebeyos lo comenzaron a poner en sus casas hasta llegar a ser un elemento imprescindible.

En América, el coro de esta pastorela se canta a dos voces. Los franciscanos enamoran a los naturales de la Navidad; imposible no mencionar a San Pedro de Betancourt que funda en Guatemala la Orden de los Betlemitas llevando un nacimiento itinerante en su sombrero[6]. Los jesuitas complementan la celebración navideña[7] con otros elementos que embellecen la escena.

Cuando el pensamiento ilustrado sale a cuadro y permea el mundo cultural y social, la tradición volvió a tener otro revés; el espíritu anticristiano de la época quiso eliminar toda referencia religiosa, así que aparecieron las villas nevadas y maquetas decembrinas. Los gobernantes ponían árboles de navidad, paisajes invernales, luces; sin Sagrada Familia, ni reyes magos, ni pastores. Esta es la época en la que el árbol hace su aparición en Hispanoamérica.

El jacobinismo rabioso del siglo XIX e inicios del XX propicia un movimiento, no orgánico; en el que los belenes resurgen “tropicalizando” las escenas: aparecen figuras indígenas, autóctonas, paisajes selváticos, jamones y butifarras.

El secularismo pierde momentáneamente la batalla; el mundo de las post guerras mundiales quiere paz y está en paz con la Navidad. El árbol se populariza en los hogares católicos, pero sin desplazar al nacimiento; surgen asociaciones de belenistas, los condados o ciudades ponen pesebres. Pero durará poco. El consumismo desenfrenado sale a cuadro.

 

Tercer acto. Vacuna anti-consumismo navideño

Seguramente no hay católico que se precie de serlo que no desee en su corazón una Navidad menos consumista y más centrada en el misterio del nacimiento de Dios Nuestro Salvador que ha venido al mundo a redimirnos. Para todo cristiano, el mundo contemporáneo presenta un desafío, pues el embate comercial es feroz.

Vivir el Adviento es necesario para prepararse para esta gran fiesta. Con todo y nuestras buenas intenciones, nos podemos sorprender dedicando más tiempo, dinero y esfuerzo a las compras, la decoración, las fiestas, la cena, etc. Pues he aquí un remedio infalible, que, si lo analizamos, es algo más que solo mantener una tradición: poner nacimiento.

Trayendo a los jesuitas nuevamente a escena, el método de oración propuesto por San Ignacio de Loyola inicia con la composición del lugar[8], la cual nos permite poner nuestros sentidos internos en condiciones para orar. No es de extrañar que sean precisamente los jesuitas los que vean la urgencia de popularizar esta iniciativa franciscana; son, sin duda alguna, el mejor instrumento para facilitar la meditación del gran Don inmerecido de la Encarnación de Nuestro Señor.

Si queremos resistir al bombardeo consumista, hagamos de nuestro hogar un espacio para la composición del lugar y la oración. Esto no significa no poner árbol u otras decoraciones que son bellas; pero ¿Cuánto espacio, dinero, tiempo, talento, utilizamos para los adornos que no necesariamente nos remiten a Jesús, y cuánto a lo que si nos puede ayudar?

Para potenciar el efecto anti-consumista, evita poner solo el misterio[9], crea escenas más complejas; no compres las figuras y repitas el patrón de la caja; no. Hay un sinfín de lecturas, meditaciones, hasta místicos que han tenido revelaciones privadas que podrían inspirarte. La idea es que cuando lo veas, te transporte a Belén[10].  Es más, procura que el espacio esté adecuado para rezar viéndolo.

Algunos mantienen esta tradición porque hay niños o nietos en casa, – ¡error! – Es cierto que es muy pedagógico, pero los adultos también lo necesitamos. Evita el “arte” subjetivo, aniñando o de caricatura; si quieres que tus hijos desarrollen un sentido filial a la Santísima Virgen, procúrales una imagen que parezca una mamá, no una botarga.

Dedica tiempo y esfuerzo en ello, de eso se trata. ¡Hay tan pocos proyectos familiares en los que todos pueden aportar! Los más chicos son felices poniendo los borregos, haciendo “comidita” de plastilina; los más grandes, haciendo construcciones; para los adolescentes y jóvenes ¿qué tal el reto de poner una cascada de agua real? o programar la iluminación con el celular, o investigar sobre la vegetación y paisaje de la época y lugar; mientras más grandes los hijos más les provoca hacer cosas ingeniosas.

Un bajo presupuesto o poca habilidad manual no son excusa, el belenismo es todo un oficio en el que se explota al máximo el reciclaje. Hay una gran oferta de tutoriales con ideas sencillas, fáciles[11], puedes darte licencias anacrónicas, costumbristas o artísticas, lo importante es que sea un medio útil para el alma.

Los beneficios de poner un belén son muchos, el mayor es el de acompañarte a ti y a los tuyos a vivir profundamente la Navidad. Es literal, no hay que buscar significados ni símbolos. Planearlo, ponerlo, meditarlo, une a la familia y brinda momentos de convivencia invaluables.

Una sociedad que entiende el único y verdadero sentido de la Navidad nunca permitirá que prosperen leyes que la vacíen de sentido. Comercialmente hablando, ya han quitado a Jesús del centro, no caigamos en el mismo error en nuestra casa. Hagamos de esta tradición toda una vacuna anti consumismo y contemplemos la escena del nacimiento de Nuestro Salvador en nuestra sala.

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[1] CHESTERTON, G.K. (1924) St. Francis of Assisi. New York: Image books, p. 157

[2] 32 años después se colocaría el primero en Perú.

[3] ENGLANDER; NORMAR; O’DAY; OWENS (1990) Culture and belief in Europe 1460-1600. An antology of sources. Cambridge: Basil Blackwell and Open University, pp. 167-169

[4] En la época pagana, los germanos solían realizar sacrificios humanos al pie de un roble que consideraban sagrado para el dios Thor. San Bonifacio, evangelizador de aquellas tierras, milagrosamente evitó el sacrificio de un bebé en aquel árbol. Ante el asombro de los pres entes, el santo lo destruyó y les propuso adorar al Niño Jesús a los pies de un abeto. Era víspera de Navidad.

[5] Antes de ser rey de todas las Españas, lo fue solo de Nápoles, y fue ahí donde se enamoró del belenismo.

[6]   IRABURU, José María (2003) Hechos de los apóstoles de América p. 99

[7] DECOME, Gerard SJ (1941) La obra de los jesuitas mexicanos durante la época colonias 1572-1767, Vol I. Mexico: Porrúa  

[8] BORJA, Sn Francisco. (1912) El Evangelio meditado. Madrid: Administración de Razón y Fe, pp. 7-8

[9] (Así se le llama en México a poner en alguna repisa o mueble una figura de la Virgen, San José y El Niño

[10] Una buena lectura es La infancia de Jesús, de Benedicto XVI, Ed. Planeta (2012) México.

[11] Destacan entre muchos otros recursos, el blog belenistas.net, y el canal de belenismo de Lola Temprado en YouTube.  

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