Las trampas del posestructuralismo

Rafael Funes Torres

Las trampas del posestructuralismo
Este artículo examina las tres contradicciones irresolubles que Alex Callinicos identifica en el posestructuralismo de Michel Foucault y Jacques Derrida. ¿Cómo es posible criticar la razón usando la razón?, ¿cómo se resiste al poder si este lo ocupa todo?, ¿quién actúa políticamente si el sujeto es una ficción?

INTRODUCCIÓN

Siguiendo el argumento de Callinicos, se concluye que estas contradicciones no son accidentes corregibles sino consecuencias necesarias de las premisas del posestructuralismo, y que un pensamiento que destruye sus propios instrumentos de crítica no radicaliza ni transforma.

En un texto anterior (Contra el Postmodernismo: Más Allá de las Divisiones Ideológicas) exploramos cómo Alex Callinicos, desde el marxismo, construye una crítica al postmodernismo que proviene de la de la izquierda y ahí señalamos su argumento central, que el postmodernismo desarticula la capacidad de pensar y organizar proyectos colectivos de transformación social.

Ahora vale la pena ir un paso más adentro y examinar algo más específico que Callinicos desarrolla en su libro Contra el postmodernismo, y es no solo qué falla en el postmodernismo en general, sino por qué colapsa desde dentro de sus propias ideas.

UNA BREVE PRESENTACIÓN SOBRE FOUCAULT Y DERRIDA

Para entender la crítica de Callinicos, conviene recordar quiénes son los pensadores que tiene en la mira (y de quienes he opinado en diferentes artículos como: La Deconstrucción del Poder; La Ilusión del Cambio Foucault y lo Woke, El Peligroso Abrazo entre Foucault y el Wokeismo en la era de la Identidad, De la Resistencia Foucaltiana al Activismo Woke).

Michel Foucault fue un pensador francés que dedicó su obra a argumentar que el poder no opera solo desde los gobiernos o las leyes, sino desde dentro de las instituciones más cotidianas como la escuela, el hospital, la prisión. Para Foucault, el poder no se posee, sino que se ejerce; no viene de arriba, circula por todas partes. Y lo más importante, es su creencia de que el poder no solo reprime, sino que produce. Produce saberes, produce identidades, produce lo que en cada época se acepta como verdad.

Esta visión fue enormemente influyente, pero también generó un problema que Callinicos señala con precisión, y es que si el poder lo impregna absolutamente todo, incluyendo cualquier forma de resistencia, entonces es imposible identificar desde dónde oponerse a él.

Jacques Derrida fue un pensador argelino-francés cuya propuesta central es que el lenguaje nunca puede fijar significados estables ni darnos acceso directo a la realidad; todo texto, todo discurso, toda afirmación filosófica lleva dentro de sí contradicciones que una lectura cuidadosa puede sacar a la luz.

A esto lo llamó deconstrucción y para Derrida, cualquier pretensión de conocer las cosas como son o la verdad, es una ilusión. El problema, como veremos, es que este escepticismo radical termina por volverse contra sí mismo, porque si ningún discurso puede reclamar la verdad, tampoco puede hacerlo el propio Derrida.

Ambos pensadores comparten una desconfianza profunda hacia la razón como instrumento de verdad y hacia el sujeto como agente autónomo y son los dos grandes pilares del posestructuralismo y postmodernismo, y es precisamente ahí donde Callinicos centra este análisis.

Callinicos identifica tres preguntas que estos pensadores no pueden responder sin contradecirse. La llama aporías, que es la palabra para referirse a las ideas o razonamientos que presentan una inviabilidad lógica o racional.

TRES PREGUNTAS SIN SALIDA

PRIMERA APORÍA: ¿CÓMO CRITICAR LA RAZÓN USANDO LA RAZÓN?

Derrida construye su filosofía sobre una idea: la idea central de que no podemos acceder directamente a la realidad. Para Derrida, toda pretensión de conocer «las cosas como son» esconde, sin saberlo, una ilusión; cuando alguien dice «esto es verdad» o «esto es lo que realmente ocurre», está suponiendo que tiene un acceso transparente y directo al mundo, y para Derrida eso es exactamente lo que el lenguaje hace imposible, pues plantea que el significado nunca está fijo, siempre depende de otros signos, siempre se desplaza, siempre hay algo que se escapa.

El razonamiento suena sofisticado, pero presenta un problema fundamental, y es que para demostrar que ningún discurso puede reclamar la verdad, Derrida construye un argumento, y un argumento es exactamente eso, un uso de la razón para llegar a una conclusión que pretende correcta, en otras palabras, utiliza la razón para demostrar que la razón no puede alcanzar verdades, se sirve de la lógica para probar que la lógica es una trampa.

Callinicos señala que esto es una contradicción irresoluble, pues si Derrida tiene razón, entonces su propio argumento no puede ser verdadero, porque él tampoco tiene acceso privilegiado a la realidad. Si nadie puede decir «esto es así», tampoco Derrida puede decir «nadie puede decir que algo es así», ese escepticismo radical se devora a sí mismo.

Las consecuencias prácticas de esta trampa se ven con claridad cuando Derrida intenta hablar de política, el ejemplo que pone Callinicos es: cuando el pensador argelino-francés intenta realizar una crítica sobre el apartheid en Sudáfrica, es incapaz de ofrecer un análisis concreto o de proponer una alternativa, cualquier programa político sería, en su lógica, otra ilusión de verdad, otra metafísica disfrazada.

La única postura honesta sería el silencio, o como él mismo escribe, dejar que la resistencia permanezca «inarticulada». Un pensamiento que, ante la opresión, solo puede guardar silencio para no caer en contradicción, no es radical, sino tibio e impotente.

SEGUNDA APORÍA: ¿CÓMO RESISTIR EL PODER SI NO HAY VERDAD NI SUJETO DESDE DONDE HACERLO?

Foucault es uno de los pensadores más influyentes del siglo XX en el análisis del poder, su idea central es que el poder no es algo que unos pocos poseen y ejercen sobre los demás desde arriba, sino algo que circula en todos lados, que está en todas partes, y por lo tanto, poder produce realidad, produce sujetos, produce lo que consideramos verdad.

Este análisis abre una pregunta que nunca logra responder de manera satisfactoria, si el poder lo impregna absolutamente todo, y si hasta la resistencia es ya una pieza del mismo mecanismo ¿desde dónde se resiste? ¿Qué es lo que se opone al poder, si todo lo que hacemos y pensamos ya está formado por él?

Foucault en algún momento señala el cuerpo como posible fuente de resistencia; en otros momentos habla de «saberes locales» que se oponen al conocimiento oficial, pero Callinicos observa que ninguna de estas salidas funciona, ya que, si el cuerpo y los saberes locales también son producidos por las relaciones de poder, no hay nada fuera del sistema desde donde empujar y la omnipresencia del poder hace imposible la oposición al poder.

Lo que hace especialmente aguda esta aporía es que no es solo un problema teórico, sino que tiene una historia política concreta y Callinicos traza el recorrido de muchos intelectuales franceses que en los años setenta abandonaron el marxismo y los proyectos de transformación radical siguiendo precisamente esta lógica.

Si el poder es total y cualquier alternativa reproduce su lógica, entonces no tiene sentido intentar cambiar las estructuras. Lo único que queda es la resistencia fragmentada, puntual, sin horizonte; y de ahí, con facilidad, se llega a la resignación. Lyotard, heredero de esta tradición, terminó desconfiando incluso de las manifestaciones estudiantiles moderadas. Baudrillard llegó a proponer que la mejor resistencia política es retirarse a la vida privada.

Para Callinicos, esta trayectoria no es una casualidad, más bien es el destino lógico de una filosofía que se niega los instrumentos para pensar el cambio.

TERCERA APORÍA: ¿QUIÉN ACTÚA POLÍTICAMENTE SI EL SUJETO ES UNA FICCIÓN?

Estos pensadores tienen como uno de sus gestos más característicos la crítica al sujeto, a la idea moderna de un «yo» unificado, dueño de sí mismo, consciente de sus propias razones y capaz de actuar libremente sobre el mundo, son para Foucault y Derrida una ilusión histórica, ya que creen que el sujeto no es el origen de la acción, sino que es un efecto, un producto de fuerzas que lo preceden y lo constituyen, que no hay nadie detrás de las palabras y los actos; hay solo posiciones en un sistema de relaciones de poder.

Esto para Callinicos apunta a la contradicción en que caen estos mismos pensadores cuando intentan hablar de ética o de política:

Foucault, en sus últimas obras, estudia las prácticas con las que los ciudadanos de la Grecia clásica se formaban a sí mismos como sujetos morales, el gobierno de los placeres, la disciplina, el cuidado de sí; y llega a preguntarse ¿no podría convertirse la vida de cada persona en una obra de arte?

Es una pregunta (suena) bonita, pero presupone exactamente lo que su propia filosofía había negado, que alguien que pueda tomar su vida en sus manos y darle forma, pues si el sujeto es un efecto del poder, ¿quién lleva a cabo esa obra? ¿Quién elige, decide, y se transforma?

Callinicos agrega un argumento planteando que, incluso si aceptáramos que es posible «hacer de la propia vida una obra de arte», esa posibilidad no está disponible para la mayoría de las personas. Para un trabajador precario, una persona sin acceso a recursos básicos no tiene las condiciones materiales para semejante proyecto estético de autotransformación.

Plantear esa pregunta sin vincularla a una estrategia de cambio de las condiciones sociales no es radical, sino que es un lujo intelectual y estos pensadores, si fuesen coherentes con sus propias premisas, aceptarían que ellos mismos rechazan precisamente esa estrategia de cambio estructural.

EL CALLEJÓN SIN SALIDA

Las tres aporías -la crítica a la razón, la crítica al poder, y la crítica al sujeto- convergen en un mismo punto, en destruir también los instrumentos que necesitaría para sostener esa crítica.

No puede decir que algo es verdad, porque negó la posibilidad de la verdad. No puede señalar desde dónde resistir, porque el poder lo ocupa todo. No puede identificar quién actúa, porque el sujeto es una ficción.

Lo que Callinicos propone no es volver ingenuamente a una razón sin historia ni a un sujeto sin contradicciones, sino que su propuesta es que es posible sostener un conocimiento crítico de la realidad social sin caer en el dogmatismo, capaces de transformar. Eso exige aceptar que hay verdades, aunque sean provisionales; que hay estructuras, aunque sean complejas; y que hay agentes, aunque estén atravesados por contradicciones, pero negarlo todo, no radicaliza la crítica, la clausura.

Esta conclusión no pertenece ni puede ser auto atribuida a ningún lado de un espectro político, no es de izquierda ni de derecha, no es radical ni moderada, es simplemente el recordatorio de que los cambios reales no nacen del análisis interminable, de la apatía ni de la parálisis teórica.

Un pensamiento que se enreda en sus propias contradicciones hasta quedar mudo frente a la injusticia no es más honesto ni más sofisticado que uno que actúa, pero si es, simplemente, inútil.

 


Referencias:

Callinicos, A. (1989). Against postmodernism: A Marxist critique. Polity Press.

Cita este artículo

Funes Torres, R., (2026, junio 24). Las trampas del posestructuralismo. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/las-trampas-del-posestructuralismo/

 

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