En los Estados Unidos de América y en Europa ha habido un despertar espiritual con un enorme número de jóvenes que han redescubierto la fe cristiana en medio del secularismo occidental, replanteando su existencia en un reencantamiento ante el nihilismo despersonalizante del siglo XXI. Ya sea Rosalía en su nuevo álbum, el movimiento America First con el controversial Nick Fuentes o el despertar de los devotos de san Carlos Acutis, todos merecen reconocimiento por su valentía profética.
Esto debido a que en una época dominada por el consumismo, el relativismo moral y la corrosión de las comunidades tradicionales, su búsqueda de la raíz trascendente de su existencia en el Dios vivo, es laudable y justamente es una forma de reconfiguración total del acontecer político, económico y cultural, una verdadera Nueva Cristiandad. Igualmente, es valerosa la crítica de esta generación a la democracia liberal, la cual podemos sintetizar en las palabras del místico ruso Nikolai Berdaief, quien dijo en su obra “La Nueva Edad Media”:
“(…) la democracia no quiere de ninguna manera saber a nombre de qué se expresa la voluntad del pueblo y no quiere subordinar esta voluntad a ninguna meta (…). La democracia ignora la verdad; por esto ella abandona el descubrimiento”.
Asimismo, el cuestionamiento a la actual fase del capitalismo financiero y especulativo y sus efectos sobre las familias que buscan un hogar por parte del fallecido Charlie Kirk o del comentarista Tucker Carlson, es impresionante en su contexto.
Esta generación de nuevos cristianos ha sabido reconocer la malicia de la reducción de la vida humana a una mera mercancía, propio de un modelo desencajado de las necesidades fundamentales del ser humano; que ignora que propiedad privada está bajo la hipoteca social -donde su fundamento es su buen uso y administración común para toda la comunidad-; como mero tenedor de lo que por soberanía divina es de Dios, y es dado a todos sus hijos.
Sobre esto explica Emmanuel Mounier, “en otros términos: no se regula la propiedad sobre el consumo y está de acuerdo con una ética de las necesidades de la vida humana, sino el consumo, y a través de él la ética de las necesidades de la vida, sobre una producción desenfrenada”.
La valentía de esta generación ante la derecha tecnocrática neoliberal y la socialdemocracia aburguesada encuentra total justificación en la tradición magisterial de la Iglesia. Incluso antes de la obra magistral del Vicario de Cristo, León XIII, en su encíclica Rerum Novarum de 1891, en la que denunció esta reducción del trabajo a «simple mercancía» y afirmó que cada trabajador posee inherente dignidad divina que trasciende las lógicas de la ganancia, fueron los mismos Padres de la Iglesia quienes denunciaban esta idea de dominio y autonomía de la economía por sobre la ética, la naturaleza y trascendencia humana. Fue san Juan Crisóstomo, el “Boca de Oro” que resonó en Constantinopla, quien dijo claramente que: «No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos» [Homiliae in De Lazaro Concio, II, 6 (PG 48, 992D)]. Por su parte, san Ambrosio de Milán, en su comentario sobre Nabut el desposeído afirmaba que: «Dios creó el género humano para la comunión de unos con otros; es el pan del hambriento lo que vosotros retenéis; es la ropa de los desnudos lo que atesoráis; es el alivio y la liberación de los miserables lo que estáis frustrando al enterrar vuestro dinero» [De Nabuthe, citado por san Tomás de Aquino en la Summa Theologiae II-II, 66, 7 (Decretum Gratiani, Dist. XLVII)].
Sin embargo, esta juventud cristiana claramente post-liberal y post-secular debe escuchar una advertencia urgente, una que no va en el ánimo del liberalismo político descafeinado ni del orden socialdemócrata de post-guerra o los neocon y águilas estadounidense, sino desde el mismo magisterio católico que los conmueve y moviliza actualmente.
La mezcla de este despertar espiritual legítimo y necesario con tendencias propias de ideologías racialistas, nacionalismo exacerbado, antisemitismo y ecos del nacional socialismo —aunque sea performativo y con el objeto de romper el clivaje cultural que impone AIPAC y el lobby de Israel como ha hecho de forma controvertida Nick Fuentes con Piers Morgan—, representa una contradicción fundamental e irreconciliable con el dogma católico, esencialmente contraria a la doctrina del Nazareno, nuestro Mesías el Nuevo Adán, Cristo. Así, lo que vengo en señalar no se trata de una cuestión de matices políticos de izquierdas o de derechas, sino de ortodoxia teológica imperecedera y anterior a los clivajes modernos.
Al respecto, el Romano Pontífice León XIII identificó con visión premonitoria en su carta apostólica Testem benevolentiae nostrae de 1899, dirigida al Cardenal James Gibbons, lo que él denominó como la herejía del Americanismo. El Pontífice alertaba contra la tendencia de los católicos estadounidenses de valorar la libertad individual y la acción pragmática por encima de la autoridad doctrinal y la contemplación, puesto que su preocupación fundamental era que los valores seculares de la nación estadounidense —el pluralismo, el individualismo, la separación iglesia-estado— erosionaran la integridad de la fe católica.
Ahora bien, debo advertir que la denuncia de León XIII va más allá de lo políticamente cómodo, puesto que el papa rechazaba explícitamente «aquellas opiniones colectivamente llamadas ‘Americanismo’» porque estás son una forma de percepción degenerada del estadounidense de convertir su propia Nación en un ídolo, un demiurgo. Análogamente, para cualquier nacionalidad, es un peligro teológico la identificación de la fe con los destinos nacionales, es inaceptable la confusión entre la civitas Dei y la civitas terrena, pues aunque cada Nación es una unidad espiritual de destino en lo universal del Cuerpo Místico de Cristo, nunca será una realidad autónoma o jerárquicamente superior a otras como explica el controversial José Antonio Primo de Rivera.
Esta advertencia histórica es profundamente relevante hoy cuando observamos cómo algunos jóvenes cristianos, reaccionan correctamente contra el estancamiento moral de Occidente, ante la cultura paliativa del hedonismo pornográfico o la antropofagia capitalista, pero al mismo tiempo caen en la trampa opuesta, en el canto de sirena de la divinización de la Nación.
Así, en la misma línea, recuerdo que la Iglesia Católica ha condenado de la misma forma y sin ambigüedad el racismo como incompatible con el dogma cristiano, y sus expresiones papales son inequívocas. Por ejemplo, en Mit brennender Sorge de 1937 el Vicario de Cristo Pío XI enfrentó directamente la ideología nazi, condenando «el así llamado mito de la raza y la sangre» y estableciendo esta proposición moral fundamental: «Quien exalta la raza, o el pueblo, o el Estado, o una forma particular de Estado, o los depósitos del poder, o cualquier otro valor fundamental de la comunidad humana —quien los exalta sobre su valor estándar a un nivel idolátrico— comete un perversión del orden creado por Dios«.
Esta frase del Papa de aquel entonces es la antítesis doctrinaria directa que nos advierte de las posibles desviaciones del denominado nacionalismo cristiano contemporáneo. Al respecto, Pío XI no condenaba la existencia legítima de naciones ni de identidades étnicas como «valores fundamentales» —pues incluso reconocía su carácter necesario y honorable, el cual no cuestionó, basta ver el nivel de respeto de muchos connotados filósofos cristianos al proyecto espiritual de España, Rusia o incluso alternativas no cristianas como el panarabismo o la identidad persa-iraní—, sino que, sabiamente, se condena la exaltación idolátrica de las naciones, pueblos, etnias o culturas.
La distinción teológica es crucial, debido a que existe una diferencia abismal entre amar legítimamente a nuestras propias naciones, a nuestras civilizaciones o culturas y subordinar la fe cristiana a los designios de esa nación, confundiendo la ordenación del orden temporal al atemporal por la pervertida inversión del orden atemporal a la contingencia.
También, Pío XI también advirtió contra «el panteísmo confuso» y el «neopaganismo«, términos que describen perfectamente la divinización de la sangre, la raza y el destino nacional que el régimen nacionalsocialista promulgaba. Algo que debemos mantener permanente en conciencia pues el riesgo del patriotismo es convertirse en chovinismo, como también, el peligro de que el post o antiliberalismo se transforme en totalitarismo es real.
De hecho, creo bueno traer a colación la encíclica borrador Humani generis unitas, que la podemos traducir como «sobre la unidad del género humano» de Pío XI, la cual no alcanzó a publicarse debidos a la muerte de éste el 10 de febrero de 1939. Obra que constituye un testamento magisterial de claridad cristalina y profética. Redactada por el Papa junto a tres jesuitas, bajo la dirección del padre John LaFarge en 1938. Esta encíclica, de aproximadamente 100 páginas, condenaba explícitamente el antisemitismo, el racismo y la persecución de judíos. Su publicación tardía —no apareció en francés hasta 1995 e inglés en 1997— no mengua su autoridad teológica.
Aunque hay una clara división y diferencia entre el judaísmo anterior a la caída del Templo y la expulsión de los israelíes de aquella época en el año 73 después del nacimiento de nuestro señor Jesucristo, por Tito Flavio Vespasiano, con Tiberio Julio Alejandro como su segundo al mando, como también, consideración de que la nueva arca de la alianza es el vientre de la Virgen María y que en Cristo la nueva alianza es universal y el nuevo Israel no es un pueblo ni estado, sino la santa Iglesia Católica Apostólica y Romana, el cristianismo tiene raíces judías y por tanto, todos los cristianos tienen una relación al menos de respeto con el judaísmo.
Negar esto, como lo hacen las ideologías racialistas que seducen a algunos jóvenes cristianos, es negar la encarnación misma del Verbo, quien fue judío, cuya madre fue judía, cuya Iglesia nació en el vientre del judaísmo, para luego cumplirlo, superarlo y sustituirlo. No podemos olvidar que el cristianismo es una religión esencialmente oriental y semita (al igual que sus desviaciones islámicas o su negación reactiva como el judaísmo), que logró convertir a todo Occidente, por lo que el antisemitismo doctrinario es una herejía cristológica (al igual que la islamofobia, aunque no así, la oposición teológica al errado dogma judío e islámico). Todo sin perjuicio a que más allá de conceptualizaciones modernas, realmente no tenemos valores “judeocristianos” comunes con la tradición del Talmud por la altura de la justicia y caridad cristiana que da la otra mejilla, perdona lo imperdonable y ama a todos sin mérito más que la mera noción del Cristo encarnado.
Asimismo, recuerdo que con la publicación de Summi Pontificatus en el 20 de octubre de 1939 el Papa Pío XII incorporó los principios de Humani generis unitas en el magisterio de la Doctrina Social de la Iglesia. Al respecto, este documento de envergadura universal comienza con una visión teológica formidable: «¡Qué visión maravillosa, que hace que contemplemos el género humano en la unidad de su origen en Dios!… en la unidad de su naturaleza, compuesta igualmente en todos los hombres de cuerpo material y alma espiritual; en la unidad de su fin inmediato y su misión en el mundo; en la unidad de su morada, la tierra«.
Esta proposición teológica fundamenta la refutación papal de todo racismo: si todos los humanos comparten un único ancestro, Adán y somos igualmente todos Imago Dei, toda la humanidad posee una naturaleza idéntica, un fin común y una redención universal en Cristo, el carpintero; entonces toda jerarquización racial es teológicamente falsa. El pretendido «realismo estadístico» de muchos influenciados por estas ideologías racialistas no es sino negación de la antropología cristiana, pues aun cuando es cierto el fenómeno anglosajón y europeo de la llamada “fatiga” en redes sociales, esta no es producto de una inferioridad biológica, neuronal o espiritual en la anglosfera.
En dicha línea, Pío XII continuaba de una forma valiente, señalando que: «Un error abundantemente difundido en nuestro tiempo es el desprecio a la ley de solidaridad humana y caridad (…) Esta ley está sellada por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la Cruz«. Así, la solidaridad no es opcional; es constitutiva de la naturaleza redimida. Por esto, la nación, por importante que sea como comunidad legítima de orden temporal, nunca puede absorber esta solidaridad universal sin cometer idolatría.
Ahora bien, en tiempos más cercanos, el Papa Francisco ha mantenido esta línea magisterial con consistencia inquebrantable. En Fratelli Tutti de 2020, advierte que «una disposición a descartar a otros encuentra expresión en actitudes viciosas que creíamos superadas, como el racismo, que se retira bajo tierra solo para reaparecer constantemente«. El sucesor de Pedro diagnostica el racismo con precisión clínica, como un «virus que rápidamente muta» y que «en lugar de desaparecer se oculta y acecha en espera«.
Este audaz lenguaje de la encíclica rechaza toda complacencia progresista con las justificaciones estadísticas del racismo. Francisco subraya que el racismo «continúa avergonzándonos, pues demuestra que nuestro supuesto progreso social no es tan real ni tan definitivo como pensamos«. La Iglesia, en su voz magisterial contemporánea, insiste: no hay lugar para el racismo en la comunidad cristiana, sin importar con qué datos estadísticos se lo justifique.
Y es aquí donde reside un punto de profunda importancia pastoral que merece reconocimiento explícito: la crítica que estos jóvenes cristianos dirigen al sistema democrático y capitalista liberal despiadado, es profundamente católica, honesta y de sentido común. Su indignación ante la economía de la muerte, ante la pobreza sistémica generada por grandes capitales impersonales, ante la reducción de los pobres a cifras económicas, ante el imperialismo desencarnado de una industria de la guerra irracional y la intromisión de potencias extranjeras a las políticas de sus países, como ha hecho Marruecos, Israel u otros estados, la denuncia de la sociedad paliativa de la pornografía y “only fans”, está enraizada en la tradición magisterial cristiana.
Al respecto, el Papa Francisco ha escrito extensamente sobre el «descarte«, sobre cómo el sistema económico liberal trata a los vulnerables como sobrantes. Los jóvenes que se rebelan contra esto tienen razón moral. Pero esta verdad no justifica la adopción de falsas soluciones. El error de la nueva derecha cristiana en los Estados Unidos de América y en el viejo continente consiste en creer que el nacionalismo racialista ofrece un antídoto al liberalismo político y económico. Esto es un engaño diabólico como lo fue el experimento del “homo sovieticus”.
Dicho esto, debemos recalcar que el nacional socialismo —que muchos de estos jóvenes no buscar en estricto rigor emular, pero se acercan muchas veces a la doctrina de Otto Johann Maximilian Strasser, Oswald Spengler o incluso Adolf Hitler— no fue superación de la economía capitalista ni de la decadente democracia liberal, sino que la fusión de los valores nacionalistas burgueses y preludios epistémicos con el totalitarismo estatal, al igual que el terror rojo bolchevique.
La exaltación idolátrica de la raza, las etnias, la cultura y la nación, lejos de proteger a los pobres, los utilizó como instrumentos. La lógica es inevitable: una vez que declaras la nación o la raza como valor supremo, los que no pertenecen a esa nación o raza se convierten en enemigos del bien común.
La verdadera solución católica a la economía de la muerte no consiste en estas desviaciones del nacionalismo cristiano, sino que, en la doctrina de la solidaridad universal combinada con el principio de subsidiariedad. Estas no son abstracciones intelectuales.
La solidaridad universal exige que cada cristiano reconozca en el extranjero, en el migrante, en el que pertenece a otra nación o raza, a su hermano en Cristo, mientras que, el principio de subsidiariedad exige que las decisiones económicas respeten la dignidad de las comunidades locales sin sacrificar los derechos universales de los pobres.
Así, finalmente, me gustaría abordar directamente el concepto de «Destino Manifiesto» que algunos nacionalistas cristianos invocan. Al respecto, el Papa León XIII precisamente en Testem benevolentiae nostrae, rechazó la idea de que Estados Unidos —o cualquier nación— poseyera una misión providencial especial que la elevara por encima de la ley moral universal. El Vicario de Cristo advertía contra la tendencia de los católicos estadounidenses de ver su nación como poseída de una vocación peculiar, de creer que los valores estadounidenses eran compatibles sin reservas con la fe católica.
Este rechazo no es hostilidad hacia Estados Unidos de América —no es esto lo que deseo promover— por el contrario, es precisamente lo opuesto: es amor filial que busca salvar a la Nación de la idolatría.
Una nación que se cree elegida, que se cree poseedora de un destino manifiesto, inevitablemente comete la injusticia, como la historia lo demuestra, pues bajo esta doctrina de Destino Manifiesto se justificó el exterminio de indígenas, las doctrinas de la contención e intervención global como la política del garrote o las fracasadas intervenciones en Medio Oriente —especialmente fueron anteriormente instrumentalizadas por las potencias coloniales como Francia en demérito de la economía, credibilidad política y vida de inocentes norteamericanos, provocando muerte de millones de inocentes en Vietnam o Irak—.
Así, debemos indicar que fue acertado el obispo Michael F. Burbidge de Arlington, Virginia, quien recientemente ha articulado la posición del magisterio actual: «El concepto de nacionalismo cristiano no es compatible con la enseñanza católica«. Burbidge aclara que el nacionalismo —definido como «una visión de la propia nación solo en competencia con otras«— tiende a «enfatizar la devoción a la nación, excluyendo otras devociones, incluyendo la fe«. La distinción que Burbidge enfatiza es crucial: «Un cristiano nunca se identifica enteramente con una nación particular. Un cristiano ama a su nación, pero dentro del amor más amplio y mayor por Dios y por el prójimo«. Esta es la formulación contemporánea del rechazo papal al Americanismo: la exigencia de que la fe sea el horizonte último, no la nación.
Como hermano en la fe en Cristo, como miembro de la Iglesia, esposa mística de nuestro Mesías, celebro todo este despertar espiritual de estos jóvenes de la agotada y decadente sociedad estadounidense y europea. Su búsqueda de raíces trascendentes en un mundo vacío es noble, como también, su rechazo del relativismo moral es correcto, al igual que su indignación ante la economía y la geopolítica de la muerte es justificada.
Pero la profecía verdadera no confunde las realidades temporales con lo eterno. Exhorto fraternalmente, desde mi humilde posición, a no confundir la Nación con el reino de Dios, a prevenir la idea de la raza como un destino divino. Puesto que la profecía verdadera ve con los ojos de Cristo, quien al mirar a la mujer samaritana vió a una hermana, quien comió con publicanos y pecadores, quien afirmó que «no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre (…) todos sois uno en Cristo Jesús» [Cfr. Gálatas 3:28; Juan 4:7-26; y Lucas 15:1-2].
Como afirmaba apropiadamente en “Personalismo y cristianismo” Emmanuel Mounier: “(…) el hombre que pasa frente a mí no es ya esa nada móvil y opaca a la que se reduce para el hombre de la indiferencia, ni ese receptáculo de su amargura y ese blanco de su desesperación (…) sino, hablando propiamente, una hostia, un sacramento, un milagro a la vuelta de la esquina, una presencia inédita de Dios, un templo de Jesucristo”.
Cita este artículo
García, A., (2026, abril 10). Raíces eternas frente a lealtades temporales. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/raices-eternas-frente-a-lealtades-temporales/
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