Por ello es necesario volver a las fuentes desde una educación que forje a las futuras generaciones en el Bien Ser y el Bien Obrar.
Agradecemos a SS León XIV su reciente encíclica que ilumina la verdadera Dignidad del Ser Humano.
EL ACTO HUMANO
El acto humano, en cuanto a humano, es el acto de una persona, ser espiritual dotado de razón y voluntad. Espiritual se refiere a que el hombre es capaz de distanciarse del mundo y de sí mismo, lo que le permite ver, juzgar, apreciar, decidir y obrar sobre el mundo y sobre sí mismo.
Ambas capacidades, la de conocer y querer, contribuyen a la realización de un acto humano, y así como el conocimiento pasa por distintas modalidades, así también el querer.
PRIMACIA DE LA CONTEMPLACIÓN
La tradición espiritual de occidente sostiene “la primacía de la contemplación sobre la praxis” una de cuyas traducciones es que la inteligencia debe preceder a la voluntad o acción.
El querer de por sí es ciego sólo los “ojos” ven. La voluntad, en sí, por enérgica e impulsiva que sea, no puede orientar, no tiene brújula. Primero es el ser, después el conocer y después el obrar, la contemplación prima sobre la acción. Así se puede ver ya, que, por la “conciencia moral” el hombre sabe que “debe” obrar así, que “le toca a él” y que le es ineludible obrar “tal” contenido concreto.
Tener conciencia es un darse cuenta relacionado con un obrar, es un conocer de razón práctica. Este conocer que “debo” exige decisión, ser asumido, darse la coincidencia del corazón o voluntad con la conciencia: que se quiera “efectivamente” en fin propuesto por la conciencia y se lo haga propio.
Cuando la voluntad “libre” apunta al fin, al Bien como fin, la persona queda orientada hacia ese fin que desea alcanzar, sea en apropiación, encuentro u obra a realizar. La voluntad del fin es un querer eficaz que proviene de una deliberación de un juicio por eso se dice que es una voluntad deliberada (voluntas ut ratio).
Al que quiere llegar eficazmente a una meta objetiva le asalta espontáneamente la pregunta ¿cómo? Se le presenta la búsqueda de los medios. La voluntad como “intención de un fin” estimula y promueve a la razón y la empuja a deliberar sobre los medios y a buscar caminos conducentes así llegará a juzgar que algunos medios son posibles y finalmente que uno de ellos es el mejor de los buenos caminos.
El consentimiento, estos caminos de acceso que juzgamos posibles, legítimos y buenos también pertenecen al orden de tomar “conciencia” y deben contar con un asentimiento: deben ser confirmados o asumidos por una persona, la cual debe aceptar o rechazar esos medios en orden a seguir adelante, aunque podría no estar dispuesto a tales caminos ¿Por qué?
Las razones pueden ser múltiples, por ejemplo, porque todos son muy riesgosos o inseguros o simplemente muy trabajosos y penosos, si la persona está dispuesta, si es animosa su querer toma la forma de consentimiento que es la forma que toma ahora la “intentio finis” acercándose más a la realización final. Nuevamente esta voluntad que consiente, estimula a la razón y, ahora, a buscar “el” medio más recomendable, eficaz y legítimo.
Si la razón que ha discurrido sobre los medios convenientes llega a un juicio suficientemente cierto propone de nuevo al corazón, o sea al hombre en su capacidad de negar o confirmar, “un determinado medio o camino”. De nuevo puede la persona en razón de su libre voluntad aceptar o rechazar la sugerencia de la razón, de la conciencia de medios, sea por motivos reales o simples fantasías.
Estamos en el momento de la decisión-elección cuando hubo rechazos, cuando no se consintió en los medios posibles o en el mejor medio el acto no pudo completarse y quedó abortado el bien previsto alcanzar queda sin cumplimiento y el encuentro frustrado, la persona sufre y no es feliz.
Afectivamente, la frustración lo deja triste. Pero la causa de la frustración está en el corazón del hombre mismo que no consiente, o no elige, del que no se decide o que decide no decidir, sea por temor o por otras razones. Este es el destino de los indecisos que no dejan nunca de oscilar.
ELEGIR ES A LA VEZ RENUNCIAR A LO NO ELEGIDO
A veces no se elige para no renunciar. Renunciar es autolimitarse y esto apena, recordemos que una de las cosas que más se teme es a la tristeza.
El escepticismo que no se decide por la verdad lleva a la parálisis volitiva, a la pereza. Algunos escépticos dudan legítimamente, pero hay quienes quieren dudar para no tener que elegir; elegir es siempre decidir entre alternativas y, aunque más no sea, entre un sí o un no. Siempre requiere renunciar y arriesgar y ambas cosas son difíciles de asumir y requieren coraje. El que no decide no avanza.
De darse la elección el corazón del hombre queda mediatamente orientado a un fin último e inmediatamente a uno de los fines intermedios conducente a este fin último. Apuntado el corazón al fin y los medios queda como salido de sí mismo y puesto en el Bien deseado, en el valor a realizar.
Ese querer concentrado hará que la conciencia se mantenga atenta para captar el momento oportuno, acertado y dar la señal de ejecución que la voluntad espera.
La razón que capta el tiempo oportuno toma forma de mandato o “imperium” dice “ya” y la voluntad reaccionando a ese mandato pondrá en juego las capacidades y recursos necesarios para una acción concreta. Movilizará la acción.
VIRTUD, SINDÉRESIS Y PRUDENCIA
Estas operaciones se realizan natural y espontáneamente en los que tienen, sea por naturaleza o por cultivo, una predisposición estable y permanente a su disposición, o sea, con lo que han adquirido las virtudes de razón práctica: sindéresis y prudencia.
Todos los hombres tienen estas virtudes en estado latente pero no todos las tienen actualizadas. Estos son los que no tienen conciencia moral o la tienen debilitada, los imprudentes, que fallan en algunas de los componentes de la prudencia sea razón o voluntad.
Por ejemplo, el impulsivo, atropellador o “loquito” que pasa directamente de la decisión a la ejecución, son los que no piensan lo que hacen.
Otros son los indecisos a quienes nunca les llega el momento y prolongan indefinidamente sus decisiones.
Un caso especial es el del acédico (segundo pecado capital, la acedia) sujeto a la “desesperación de la debilidad” que claudica por debilidad a realizar la vocación grande a la que está llamado porque prevé que el camino conducente es difícil arduo y peligroso. No se anima.
Quizás hoy vivimos esta característica en nuestras comunidades, una civilización de la acedia, que claudica ante la Verdad y el Bien, y no se anima a dar testimonio, y a luchar para que la verdad sea reconocida y el bien alcanzado. Es preciso volver al Bien Ser y al Bien Obrar, para hacer realidad la Civilización del Amor a la que estamos llamados.
Cita este artículo
Treglia, J. A., (2026, junio 24). Bien ser y bien obrar. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/bien-ser-y-bien-obrar/
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