Ante los acontecimientos recientes que han arrojado nuevamente al mundo al caos, decidí no analizar (como solemos hacerlo) los fenómenos políticos, sino para ofrecer una nota de esperanza en medio de la crisis. Por ello, enfocaré el presente texto al tema de la cultura: concepto traído y llevado por todos, asediado por la ineptitud de muchos, pero llamado a ser lugar de perfeccionamiento humano y vía de acceso a la contemplación del Bien, la Verdad y la Belleza. Y es que la única forma de comenzar a hablar de la cultura es hablando de quien la produce: el hombre.
El ser humano es la criatura más avanzada y desarrollada sobre la Tierra. Su existencia no es solo un vivir pasivo, sino una construcción activa del mundo que lo rodea. El trabajo del hombre, como lo describe Hannah Arendt, consiste en la creación de un mundo; en la transformación de lo preexistente en un espacio humano, capaz de mantenerse a pesar de la fuerza de la naturaleza y de su violento avance.
Solo si el hombre es capaz de construir este mundo que lo aparta de sus necesidades más animales se vuelve verdaderamente humano, capaz de desarrollar las actividades políticas e intelectuales que lo llevan a su plenitud: la acción y el discurso, lo propio del hombre y no de las bestias, fundamento de su vida en comunidad. Las comunidades políticas solo son posibles cuando la mundanidad condiciona, aunque nunca de manera total, la vida de todos los hombres y los hace capaces de crear y ser parte de un mundo común.
Al preguntarnos por el contenido o la definición de la cultura, el problema que se presenta es el mismo que el del contenido de la vida mundana del hombre. Según la Real Academia Española, la cultura, en su tercera acepción, es el “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.”.
Como se puede observar, la cultura se define de forma imprecisa y general. Es un concepto al que no se le puede dar un contenido definido e inmutable; solo puede señalarse el espacio que suele ocupar. Pero esto es lógico si consideramos que la cultura es precisamente esa mundanidad de la que hablábamos. La cultura es el espacio común, el mundo compartido que los hombres construimos día a día para apartarnos de lo que nos hace animales y acercarnos a la perfección, o al menos al desarrollo, de nuestra razón y de nuestra naturaleza política.
Si queremos responder qué es la cultura, primero debemos decir que es todo aquello que el hombre ha creado en un tiempo y lugar determinados con el objeto de formar un mundo común con sus semejantes.
En ella encontramos la lengua, la religión, el arte, la música, la literatura, la arquitectura, la ciencia, la filosofía y muchas otras expresiones. La cultura son las humanidades, entendidas como las actividades propias del hombre en cuanto ser afectivo y racional, capaz de conocer la verdad y de crear lo bello. Pero la cultura es también la ciencia, los métodos con los que hacemos comprensible y controlable el mundo físico, revelando sus misterios y permitiéndonos resistir su inexorable y brutal marcha.
Las humanidades y las ciencias son cultura: dan forma y estructura a nuestra cosmovisión, nos hacen capaces de relacionarnos con los demás y nos permiten construir hacia el futuro sobre el conocimiento colectivo de nuestros predecesores.
La cultura nos hace humanos; sin ella, seríamos animales (los más desarrollados) pero incapaces de construir nada que hiciera frente a la naturaleza. Seríamos incapaces de trascender en este mundo físico: cada generación estaría condenada a iniciar desde el mismo punto de partida y a alcanzar el mismo nivel de desarrollo, sin capacidad de superarlo.
Cada cultura es distinta en la medida en que cada comunidad crea su propio mundo en el que relacionarse. Algunas culturas pueden estar emparentadas por una cosmovisión común o por compartir ideas y valores; sin embargo, esa “metacultura” siempre estará limitada por cierto grado de inconcreción.
Mientras más universal es algo, más abstracto y simple se vuelve. Por su propia naturaleza, lo universal se refiere a los aspectos más básicos del ser humano, pues solo estos se comparten más allá de las variaciones locales.
La cultura occidental es un ejemplo de metacultura: contiene una cosmovisión general y ciertos parámetros comunes. Pero es en cada actualización local donde se concretan los respectivos mundos comunes.
La cultura española, la mexicana, la colombiana, la chilena, la argentina y tantas otras más, propias de la Hispanidad, comparten muchas cosas, y pueden vincularse con la cultura brasileña, la cual a su vez se conecta con la portuguesa. Los aspectos comunes entre todas estas culturas constituyen lo que llamamos cultura occidental; sin embargo, cada una tiene una forma distinta y rica de actualizar esos valores e ideas, pues cada cultura ha debido crear un mundo propio atendiendo a sus necesidades regionales, únicas frente al resto.
Crear cultura, hacer cultura, requiere en primer lugar conocer aquella cultura específica sobre la que se desea influir. No podemos aspirar a construir cultura occidental si antes no entendemos nuestra propia cultura: sus valores, aspiraciones, formas de pensar, de vivir, de escribir y de filosofar. Debemos aportar a nuestra cultura con los medios y en las formas que ella misma nos ofrece.
Podemos formular contenido de valor, pero si no lo insertamos por los canales adecuados, nunca formará parte del mundo común y será aún más difícil, si no imposible, que llegue a integrarse al patrimonio de la cultura occidental.
Toda cultura inicia con una forma de ver el mundo que luego se cristaliza de maneras diversas. El debate de las ideas lleva al debate artístico, musical e incluso científico (es ingenuo suponer que la ciencia no se ve influida por posturas ideológicas o filosóficas).
Si deseamos influir en la cultura, debemos crear y difundir pensamiento, y procurar que este se encarne: solo así lograremos que nuestras ideas echen raíces y no se conviertan en anécdotas irrelevantes.
Así pues, ante un mundo de crisis, de locura y de desarraigo, la única invitación es la de hacer y apreciar la cultura; pero no aquella promovida por los enemigos de lo bueno y los sembradores de odio y desprecio, sino aquella que bebe de los valores más fundamentales del ser humano y de las realidades trascendentales a las que pertenece.
La cultura que, lejos de denigrar y dividir, nos une en la experiencia común de lo humano y nos eleva a la contemplación de Aquel que es la Verdad, el Bien y la Belleza. Solo así podremos construir un mundo común en el que todos se sientan bienvenidos, valorados y reconocidos, sin perder aquello que los hace únicos. Como diría Virgilio: E pluribus unum.
La unidad en la pluralidad es, pues, el único antídoto contra la locura de un mundo abocado, por un lado, a la homogeneización totalitaria y, por el otro, a la individualización pulverizante.





