Pobreza: ¿Elección o consecuencia? Parte II

Fabrizio Gamarra

Pobreza: ¿elección o consecuencia? Parte II
Una aproximación antropológica, teológica y económica a la escasez humana.

III. La respuesta de la Iglesia Católica: León XIII y el grito de la Rerum Novarum

El tramo final del siglo XIX estuvo marcado por las profundas transformaciones de la Revolución Industrial, proceso que reconfiguró el mapa socioeconómico a un costo humano enorme.

Las grandes ciudades se poblaron de familias hacinadas, jornadas laborales extenuantes de catorce horas o más, y explotación infantil, mientras el abismo entre la opulencia de los grandes capitales y la miseria de la clase obrera amenazaba la estabilidad social. Ante esta crisis emergente, las masas trabajadoras, desamparadas por los Estados y desplazadas por las máquinas, comenzaron a abrazar con fervor la prédica del materialismo ateo, que prometía la liberación a través de la lucha de clases y la revolución violenta.

Era un punto de quiebre histórico: el cambio de época se percibía en el sentir social y eran muchos los que habían asumido que la fe cristiana ya era ajena al mundo que empezaba a nacer —o, como mínimo, que permanecía paralizada ante sus traumas—. Fue entonces cuando el Papa León XIII tomó una decisión que cambiaría para siempre el pensamiento social cristiano e impactaría al mundo entero. El 15 de mayo de 1891, el Obispo de Roma promulgó la encíclica Rerum Novarum —«De las cosas nuevas»—. No era un simple documento doctrinal; era la irrupción oficial de la Iglesia Católica en el corazón de la cuestión obrera.

Con una claridad extraordinaria, León XIII se negó a capitular ante cualquiera de los dos gigantes de su tiempo. La Rerum Novarum denunció los excesos del capitalismo desregulado, que reducía al trabajador a una mercancía descartable, y, al mismo tiempo, desarticuló las premisas del colectivismo marxista, advirtiendo que la abolición de la propiedad privada y la subordinación del individuo al Estado solo generarían tiranía y miseria generalizada.

En un mundo que empezaba a tomar partido entre la explotación o la revolución, León XIII alzó la voz para recordar una verdad que ambos extremos habían olvidado: que el centro y fin último de la economía no es el capital ni el Estado, sino la persona humana en su inviolable dignidad.

En el número 16 de la encíclica, señala:

«Lo realmente vergonzoso e inhumano es abusar de los hombres como si fueran cosas de lucro, y no estimarlos en más de lo que valen sus músculos y sus fuerzas.»

Frente al dilema de si la pobreza es una elección o una consecuencia, León XIII introduce una distinción antropológica fundamental al analizar la contratación laboral y la relación entre el trabajo y el salario. Al confrontar la premisa liberal de que cualquier acuerdo salarial es justo por el mero hecho de ser «consentido», León XIII advierte que cuando un trabajador acepta condiciones de indigencia o salarios de hambre no lo hace por una libre elección, sino porque la apremiante necesidad lo fuerza a ello. En tales circunstancias, la supuesta libertad de contratación es una ficción: el trabajador no elige, sino que es víctima de una coacción impuesta por la necesidad.

Por ello, en el número 34 de la encíclica, establece que la justicia natural está por encima del libre mercado desregulado:

«Pase que el obrero y el patrono estén libremente de acuerdo sobre la cuantía del salario; queda, sin embargo, latente siempre algo de justicia natural, superior y anterior a la libre voluntad de las partes contratantes, a saber: que el salario no debe ser en modo alguno insuficiente para el sustento de un obrero frugal y de buenas costumbres.»

Para la Doctrina Social de la Iglesia Católica, el trabajo humano no es una simple mercancía sujeta únicamente a la ley de la oferta y la demanda, sino una dimensión constitutiva de la persona y un deber moral ligado a la preservación de la vida. Si el esfuerzo y la virtud individual no reciben una retribución justa que garantice el sustento familiar, el sistema económico condena al trabajador a la miseria y distorsiona el orden social.

La Rerum Novarum afirmó así que la pobreza no se enfrenta eliminando la propiedad privada —la cual es garantía de independencia y fruto del trabajo personal— ni sometiéndose a las fuerzas del mercado. La solución exige un marco ético e institucional que garantice salarios justos, proteja la dignidad del trabajo y permita que el esfuerzo personal sea un medio genuino de realización y progreso material.

El aporte de León XIII al debate: León XIII afirmó que la superación de la pobreza requiere proteger la propiedad privada y el esfuerzo individual, pero condicionando el mercado a exigencias morales superiores: la justicia natural, el salario digno y la inviolable dignidad de la persona.

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IV. La evidencia contemporánea: Las capacidades y la psicología de la escasez

Con la llegada del siglo XXI, el estudio de la pobreza dio un giro fascinante. La economía dejó de perderse solo en los números fríos y discusiones ideológicas para empezar a hacer lo que la filosofía y la fe llevaban siglos exigiendo: poner la mirada en la vida concreta de la persona de carne y hueso a través de la ciencia.

La ciencia económica contemporánea ha confirmado lo que la intuición teológica y filosófica ya nos advertía: la pobreza no es un simple fallo de voluntad de quien la padece, pero tampoco es una condena matemática insuperable. En realidad, se trata de una interacción constante entre la capacidad de la persona para decidir su destino y los condicionamientos que le impone el entorno.

1. Amartya Sen: La pobreza como privación de capacidades y libertad real

El Premio Nobel de Economía (1998) Amartya Sen transformó radicalmente la comprensión del desarrollo al desplazar el foco del producto interno bruto y el ingreso monetario hacia el desarrollo humano. En su obra Desarrollo y libertad (1999), Sen sostiene que la pobreza no es simplemente la escasez de ingresos, sino la privación de capacidades fundamentales que le impiden al individuo ejercer su libertad real.

Sen introduce una distinción crucial entre funcionamientos (lo que una persona logra ser o hacer) y capacidades (las oportunidades reales que tiene para elegir entre diferentes formas de vida). Para Sen, el dinero es solo un medio; el verdadero fin es la libertad. Desde esta perspectiva, frente a la pregunta de si la pobreza es una elección o una consecuencia, el economista indio demuestra que la falta de libertades básicas —como el acceso a la salud, la educación, la nutrición o las instituciones transparentes— actúa como una barrera estructural que restringe la capacidad de elección.

Si un individuo padece desnutrición crónica desde la infancia o carece de una educación que desarrolle su entendimiento —retomando la advertencia de Adam Smith—, atribuir su indigencia a una «falta de voluntad» es una crueldad analítica. Para Sen, la libertad para elegir exige condiciones previas: sin un entorno institucional que expanda las oportunidades de la persona, su margen real de acción queda severamente recortado. La pobreza es, en primera instancia, una consecuencia de la privación de capacidades, la cual bloquea la posibilidad de una elección genuina.

El aporte de Sen al debate: Sen postula que la libertad de elección no existe en el vacío o en lo abstracto; requiere capacidades reales. La pobreza es la consecuencia de un entorno que priva a la persona de las herramientas básicas (educación, salud, instituciones) necesarias para ejercer una verdadera autonomía.

2. Mullainathan, Shafir y la economía del comportamiento: La trampa del ancho de banda mental

Si Sen abordó las barreras institucionales, la economía del comportamiento y la neurociencia moderna penetraron en la arquitectura mental de la escasez. En su obra Scarcity: Why Having Too Little Means So Much (2013), el economista de la Universidad de Chicago Sendhil Mullainathan y el psicólogo de Princeton Eldar Shafir demostraron que la pobreza impone una carga cognitiva devastadora sobre el cerebro humano.

Mullainathan y Shafir formularon el concepto de «ancho de banda mental» (bandwidth). Cuando una persona vive sumida en la escasez extrema —sin saber si podrá pagar el alquiler, comprar medicamentos o alimentar a sus hijos al día siguiente—, su mente entra en un estado permanente de hiperfoco en el problema inmediato. Esta sobrecarga cognitiva consume la memoria de trabajo y la capacidad de control ejecutivo, equivaliendo a una pérdida temporal de entre 13 y 14 puntos de coeficiente intelectual.

Este hallazgo debilita la postura que afirma que el pobre toma malas decisiones por pereza o irracionalidad. La evidencia científica demuestra que las decisiones financieras erráticas no son la causa primaria de la pobreza, sino su consecuencia psicológica. La escasez física captura la atención del cerebro y reduce el margen cognitivo para planificar a largo plazo, calcular riesgos o invertir en el futuro. La pobreza genera así un círculo vicioso: los condicionamientos del entorno atrofian el ancho de banda mental, limitando drásticamente la capacidad de elección racional de la persona.

El aporte de Mullainathan y Shafir al debate: La neurociencia y la economía del comportamiento prueban que la escasez extrema sobrecarga la capacidad cognitiva de la persona. Las decisiones financieras erráticas no son la causa de la pobreza en su origen, sino la consecuencia directa del estrés sobre el ancho de banda mental.

3. Abhijit Banerjee y Esther Duflo: El costo de no tener margen de error

Los Premios Nobel de Economía (2019) Abhijit Banerjee y Esther Duflo dedicaron más de una década a estudiar la vida cotidiana de las personas en extrema pobreza en decenas de países, y condensaron toda su investigación en su obra Poor Economics (2011). Descubrieron que las personas en situación de vulnerabilidad deben realizar una compleja ingeniería financiera cotidiana simplemente para gestionar la supervivencia. Sin embargo, el entorno les impone tres condicionamientos severos:

  • La sobrecarga de responsabilidad: A falta de infraestructura pública (agua potable, salud asegurada o cuentas bancarias), el individuo debe auto-gestionar individualmente cada riesgo.
  • Las trampas de bajo costo: Pequeños imprevistos que en otros contextos serían insignificantes —como la falta de micronutrientes en la infancia, una infección tratable o la ausencia de un título de propiedad para usar como garantía— actúan como un freno en la productividad de la persona, independientemente de cuánto trabaje.
  • La ausencia de margen de error: Si una persona de altos ingresos toma una mala decisión financiera, el impacto es absorbido por sus ahorros; si comete un error, el sistema le perdona el fallo. Para la persona en pobreza, en cambio, el entorno no perdona nada. Un tropiezo mínimo, un mal negocio o una enfermedad familiar repentina los condena de inmediato a la indigencia.

El aporte de Banerjee y Duflo al debate: Demuestran que la vulnerabilidad no responde a una falta de esfuerzo individual, sino a la ausencia de margen de error. En la extrema pobreza, los condicionamientos del entorno impiden absorber imprevistos, haciendo que un solo error o shock externo neutralice años de trabajo.

Conclusión: El llamado a transformar la realidad

El recorrido por la teología, la filosofía política y la ciencia económica nos conduce a una conclusión ineludible. La narrativa que reduce la pobreza a un dilema binario entre «el pobre es pobre porque quiere» o «el individuo es una víctima del sistema» es una degradación ideológica fundada en una profunda ignorancia de la condición humana.

La pobreza no es una simple elección. El ser humano no decide ni actúa en el vacío. La falta de educación, la privación de capacidades básicas, la ausencia de instituciones transparentes y la sobrecarga cognitiva que impone la escasez son barreras reales que asfixian la libertad. Pretender que una persona privada de sus derechos fundamentales, sin margen de error y atrapada en un entorno implacable es enteramente «libre» para salir de la pobreza por su mera voluntad o esfuerzo, es una crueldad analítica y una negación de la justicia natural.

La pobreza tampoco es una consecuencia absoluta que anule la condición moral de la persona. Reducir al ser humano a una pieza inerte de la estructura económica —como pretendió el materialismo histórico de Marx— es arrebatarle su libre albedrío (liberum arbitrium), su capacidad de acción y su dignidad intrínseca. Aun en medio de las condiciones más severas, la persona en vulnerabilidad conserva su voluntad, su capacidad de cálculo y una lucha diaria por transformar su realidad.

Reconocer esto exige un cambio profundo en nuestra mentalidad: entender que la pobreza no es un problema ajeno, es un problema nuestro. Es una herida comunitaria que apela directamente a nuestra conciencia. La fe cristiana y la ética social nos recuerdan que la persona en situación de pobreza no es una estadística abstracta ni un objeto de compasión asistencialista. No fuimos llamados a contemplar las injusticias desde la comodidad de la teoría, ni a resignarnos ante la miseria, sino a ser arquitectos de una sociedad donde la caridad y la justicia caminen juntas: creando instituciones transparentes, defendiendo salarios dignos, abriendo caminos de formación y multiplicando las oportunidades para que el esfuerzo del prójimo no sea un sacrificio estéril.

Superar la pobreza exige más que discursos políticos; requiere que nuestras convicciones se traduzcan en una responsabilidad activa sobre las estructuras del mundo, pero sobre todo, hacia la vida concreta de nuestro prójimo. Porque la realidad nos demuestra una verdad categórica:

Sin el contexto mínimo necesario, no existe cantidad de esfuerzo de superación personal que pueda rescatar a un hombre de la pobreza; y con el contexto mínimo necesario, no existe cantidad de esfuerzos del Estado que pueda rescatar de la pobreza a un hombre que no quiere esforzarse.

 


Referencias:

Aquino, T. de. (1951). Suma Teológica (Biblioteca de Autores Cristianos [BAC]). (Obra original publicada c. 1265–1274).

Banerjee, A. V., & Duflo, E. (2011). Poor economics: A radical rethinking of the way to fight global poverty. PublicAffairs.

León XIII. (1891, 15 de mayo). Rerum novarum [Carta encíclica]. Santa Sede.

Marx, K. (1844). Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 (F. Rubio, Trad.). Alianza Editorial.

Marx, K. (1867). El capital: Crítica de la economía política (Vol. 1, W. Roces, Trad.). Fondo de Cultura Económica.

Mullainathan, S., & Shafir, E. (2013). Scarcity: Why having too little means so much. Times Books; Henry Holt and Company.

Sen, A. (1999). Development as freedom. Oxford University Press. (Edición en español: Desarrollo y libertad, Editorial Planeta, 2000).

Smith, A. (1759). La teoría de los sentimientos morales (C. Rodríguez Braun, Trad.). Alianza Editorial.

Smith, A. (1776). An inquiry into the nature and causes of the wealth of nations. W. Strahan and T. Cadell. (Edición en español: La riqueza de las naciones, Alianza Editorial, 2011).

Wesley, J. (1760). The use of money (Sermón 50). En Sermons on several occasions.

Cita este artículo

Gamarra, F., (2026, septiembre 25). Pobreza: ¿Elección o consecuencia? Parte II. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/pobreza-eleccion-o-consecuencia-parte-ii/

 

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