Comunicar, transmitir y buscar la verdad

Juan Pablo Aranda

Comunicar, transmitir y buscar la verdad
Confrontados con la pregunta sobre la posibilidad de comunicar o, incluso, transmitir, la verdad, este ensayo distingue, primero, entre “Verdad” y “verdad”, en el sentido católico. Mientras que nuestra relación con la “Verdad” es la ser habitados e interpelados por la persona que es la Verdad misma, Jesús, la “verdad” puede ser comunicada, pero solamente en forma de diálogo y siempre reconociendo su carácter inacabado, es decir, de búsqueda; lo contrario, la arrogancia de quien cree estar comunicando o, peor, transmitiendo la verdad en sentido acabado, configura el exceso contemporáneo del radicalismo y la reificación de lo social que conduce…

I

Recientemente, en una reunión de articulistas católicos, escuché repetirse una idea que me hizo pensar. La frase, en sus dos versiones, fue que el escritor católico tenía la misión de “comunicar” o “transmitir la verdad”. ¡Tremenda tarea!, pensé. Inmediatamente, mi cabeza quedó saturada de preguntas: ¿Quién puede hacer frente a tan sublime mandato? ¿Cómo abordar la empresa sin ser derrotado por la propia debilidad? Pero, más importante, mis preguntas acechaban lo que me parecía un exceso semántico, por no hablar, en el registro teológico, de una imposibilidad práctica: ¿Qué significado puede tener la idea de que alguien comunica o transmite la verdad? ¿De qué verdad hablamos? ¿Es posible para un católico defender semejante idea, si entendemos la verdad en sentido cristiano? Terminada la reunión, me senté frente a la computadora, tratando de esbozar una crítica a una frase que parece inofensiva pero que, en realidad, remite peligrosamente a una de las características más nefastas de nuestras sociedades contemporáneas.

II

Empecemos con la necesaria distinción entre “verdad” y “Verdad”. Podríamos hablar aquí también, en heideggeriano, de la distinción entre “verdad” como lo correcto o lo adecuado [Richtigkeit] y “Verdad” poiética [ποίησις] como acontecimiento desocultador [Ereignis] que se produce a través del lenguaje que piensa y devela al Ser.

Lo verdadero (“verdad”, con minúscula) se corresponde con la clásica definición escolástica adaequatio rei et intellectus, la verdad como correspondencia, donde lo correcto ocurre cuando el intelecto empata con la realidad de las cosas. Las ciencias exactas son el paradigma de este tipo de verdad: las constantes físicas fundamentales, por ejemplo, explican lo que en física se llama el ajuste fino del universo, que define las condiciones de posibilidad de que algo exista y no más bien nada—la pregunta básica de toda metafísica, según Heidegger en su Einführung in die Metaphysik. 

Algo similar puede decirse del cambio de paradigma (en el sentido popularizado por Thomas Kuhn en The Structure of Scientific Revolutions) desde la física newtoniana a la actual convivencia incómoda de una teoría de los macrofenómenos, la teoría de la relatividad general, y una teoría de los microfenómenos, la mecánica cuántica; y si bien no existe, al día de hoy, una teoría que subsuma ambas explicaciones (macro y micro) en una sola teoría general —algo que ha intentado hacer, por ejemplo, la teoría de cuerdas— sí podemos decir con absoluta certeza que, desde una perspectiva de realismo científico (del tipo defendido por Charles Taylor y Hubert Dreyfus en Retrieving Realism), la relatividad general y la mecánica cuántica aproximan mejor la realidad que la física newtoniana, esto es, que la correspondencia entre pensamiento y realidad se incrementó en el cambio de paradigma.

Para las ciencias humanas, la “verdad” es mucho más complicada, pues ellas no trabajan con objetos sino con personas. Así, la filosofía hablará de sí misma como búsqueda incansable y nunca del todo realizable, de la verdad, como senda y esfuerzo antes que como hogar y reposo. Esto no implica, como desea tanto relativista hoy, que la verdad simplemente no tenga significado en el mundo social. Significa, empero, que toda verdad supone un aproximarse, ponderar y arriesgar. Dada esta lógica, si bien es imposible definir la buena vida de una vez y para siempre, sí podemos decir que ciertas formas de vivir la vida son cualitativamente mejores que otras.

Bajo estas condiciones, la “verdad” social exige, necesariamente, un diálogo sincero, abierto, tolerante, empático y razonable a través del cual las comunidades humanas se construyen a sí mismas a través de los binomios bueno-malo, justo-injusto, normal-anormal, enfermo-sano, etc. Estos marcadores de certeza, usando el concepto de Claude Lefort, son objeto de permanente discusión, puesto que su clausura y definición final implicaría necesariamente cerrar el espacio público e hipotecarlo en aras de conseguir la fantasía totalitaria del pueblo-Uno, la sociedad sin fisuras y transparente a sí misma.

Ahora bien, ¿qué puede entenderse por “Verdad” con mayúscula? ¿Y, específicamente, qué significa la “Verdad” para un católico? La respuesta es tan sencilla como enigmática: la Verdad no está en un “afuera” del universo al que podamos aproximarnos, sino que es una persona. Benedicto XVI afirma en Deus caritas est que “[n]o se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Esta Persona, Jesús de Nazaret, es bellamente descrita, en el primer versículo del evangelio de Juan, exactamente en términos de la Verdad:

Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ λόγος, καὶ ὁ λόγος ἦν πρὸς τὸν θεόν, καὶ θεὸς ἦν ὁ λόγος,

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios

La extraordinaria presentación que hace Juan de Jesucristo será reafirmada una y otra vez por el propio Jesús (Jn 14:6; 18:37; 8:31-33). En el evangelio de Juan encontramos una bellísima transfiguración de sophia, la sabiduría (en hebreo, chokhmáh חָכְמָה), en la Segunda Persona de la Trinidad. El libro de la Sabiduría describe a esta como “el aliento del poder de Dios y una irradiación pura de la gloria del Todopoderoso” (7:25), como “reflejo de la luz eterna, espejo sin mancha de la actividad de Dios e imagen de su bondad” (7:26). Desde esta perspectiva, y tal como señala Joseph Ratzinger en múltiples ocasiones, el acceso del creyente a la Verdad no se explica en términos de “encuentro”, “descubrimiento” ni, mucho menos, “posesión”, sino más bien como “refugio”, “acogida” y “permanencia” en aquel que es la Verdad.

Orígenes, en De principiis (libro I, cap. 1, no. 5; cf. Ireneo, Adversus haereses, libro IV, cap. 20, n. 5), afirma que Dios “no puede ser comprendido ni percibido por el poder de ningún entendimiento humano, ni siquiera el más puro y brillante”.

Uno no “sabe” ni “tiene” la Verdad, sino que es “poseído” y “atraído” por esta. Nadie, por ende, “tiene” una “Verdad” que comunicar, puesto que la Verdad se anuncia a sí misma (Ap 3:20).

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III

Estamos ahora, creo, en condiciones de delinear la crítica a las frases con que se inició este artículo. ¿Es posible “comunicar” o “transmitir” la verdad?

Empecemos por la “Verdad”, que nos ofrece una respuesta absoluta, a saber, que la Verdad se “anuncia” y se “predica” (Mc 16:15). Ahora bien, esta Verdad, como he sugerido, no es posesión ni objeto manipulable por el ser humano, sino que es origen y final de la existencia misma, el fundamento a partir del que la existencia se desdobla.

La “Verdad” es anunciada por un mensajero [άγγελος], “heraldo” [κῆρυξ] o “apóstol” [ἀπόστολος], términos que sugieren la instrumentalidad de quien anuncia, el carácter de envío del mensajero/heraldo/apóstol. Para el catolicismo, pues, la relación con la Verdad es una de dar testimonio (1 Jn 1:2), algo distinto del mero acto de “comunicar” o “transmitir”. El ser “testigo” [μάρτυς, de ahí el término “mártir”] implica a la persona toda, exigiéndole ser ella misma, en su totalidad, testigo. Este carácter testimonial y de envío se manifiesta en toda su potencia en Jesús mismo, quien, en la oración sacerdotal, esa revelación exquisita del diálogo de Dios consigo mismo, afirma: 

He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado proceden de ti; porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste (Jn 17:6-8).

Evidentemente, por otro lado, es posible y necesario comunicar y transmitir la “verdad”. Sin embargo, como se vio, este “comunicar” no se produce en forma de monólogo ni, mucho menos canon, sino más bien como “diálogo”, como encuentro en aras de la verdad. Esto, porque nadie puede considerar que ha arribado a la verdad, que ocupa el lugar de lo verdadero, algo que supondría una arrogancia intolerable para cualquiera con una pizca de sentido común. La verdad en el mundo exige también una forma, y esta es, nuevamente, la de camino, senda o trayectoria. Nadie arriba del “0” de la ignorancia al “1” de la certeza, y esto es especialmente cierto de las ciencias físicas, que han consolidado el conocimiento como un proyecto comunitario que conecta a miles de investigadores en el espacio y el tiempo. Las ciencias sociales, que lidian, repitamos, con sujetos antes que objetos, están mucho más evidentemente obligadas al diálogo, ya que la sola comprensión de lo que el Otro dice exige establecer un “juego”, en términos de Wittgenstein, o un “campo de sentido”, en la terminología neorrealista de Markus Gabriel, a través del cual se crea una semántica y una correspondencia de significados sin los cuales cualquier comunicación sería imposible.

IV

Pero, si bien es cierto que podemos comunicar o transmitir la verdad, la forma misma del enunciado parece pecar de un simplismo que está lejos de ser inofensivo. Porque en el acto de la comunicación intervienen, necesariamente, cuando menos dos individuos. La “transmisión”, por otro lado, implica también dos individuos, pero está marcada por un tufo paternalista: es una forma primitiva de comunicación, donde el pasado se “hace vida” a través de la “transmisión” oral, y esta enseñanza oral adquiere una autoridad prácticamente absoluta, dejando al receptor una función pasiva. La tradición y la cultura tienen una función vital para la existencia de las comunidades humanas, pero no pueden subsumirse bajo la idea de la “verdad” como la hemos descrito, esto es, como proceso dialógico, como encuentro de racionalidades, como proyecto común.

Bajo esta lógica, creo que podemos descartar la idea de una “transmisión” de la verdad, cuya única vía justificable, en sentido católico, sería la transmisión (cf. Dei verbum cap. 2) de la tradición desde la ecclesia docens hacia la ecclesia docta, según la distinción que hace John Henry Newman en On Consulting the Faithful in Matters of Doctrine (§3). Si bien esta especial forma de “transmisión” no es objeto de este ensayo, vale decir, siguiendo con Newman, que incluso esta transmisión no se entiende en sentido mecánico, y exige la convivencia y diálogo entre la infalibilidad depositada en el Papa en comunión con los obispos (Pastor aeternus, cap. 4; Lumen gentium §25) y la infalibilidad del pueblo de Dios, sensus fidei (ver Sensus Fidei en la vida de la Iglesia, de la Comisión Teológica Internacional), si bien la última palabra es siempre del primero (cf. Aranda 2023).

“Comunicar” la verdad, entonces, exige un intercambio, donde aquello que es comunicado se entiende siempre como incompleto —tanto por la insuficiencia de la mente humana como por la complejidad de lo pensado—, y siempre, por tanto, necesitado de completarse en el diálogo.

Si lo aquí dicho es cierto (o, cuando menos, plausible), entonces podría sugerirse que quien escribe un artículo no “comunica” ni, por supuesto, “transmite” la verdad, sino que, por el contrario, busca entrar en un diálogo en-aras-de la verdad.

Terminaría llamando la atención sobre el peligro que supone un exceso de confianza en aquello que comunicamos (y este ensayo no es, por supuesto, la excepción). Este peligro se consolida hoy bajo la forma del antagonismo ideológico, donde existen bandos en mortal competencia (e.g., izquierdas y derechas, “chairos” y “fifís”, republicanos y demócratas, y un larguísimo etcétera) que, lejos de buscar ese diálogo que busca la verdad, se conforman con publicar ideas que no buscan oídos que repliquen, comenten y critiquen, sino que más bien quieren una realidad reificada donde lo “real” es transportado al nivel de lo “plástico”, de lo manipulable, de lo propagandístico.

Frente a la radicalización del discurso contemporáneo, la idea de que podemos sin más comunicar o, peor, transmitir la verdad parece disfrazar de cordero lo que en realidad es el tipo de fiera que ronda en los pasillos de nuestras universidades, en las oficinas públicas de nuestros países, en los grupos pseudointelectuales que desean volver a sentir las mieles del poder.

Precisamente contra estos errores se ha manifestado la iglesia, que insiste en hablar de la verdad como un don de Dios (Fides et ratio §2). Cerremos esta reflexión sobre la verdad acudiendo a la sabiduría de Benedicto XVI, continuada por Francisco:

Es la verdad la que nos posee, es algo vivo. Nosotros no la poseemos, sino que somos aferrados por ella. Sólo permanecemos en ella si nos dejamos guiar y mover por ella; sólo está en nosotros y para nosotros si somos, con ella y en ella, peregrinos de la verdad (Benedicto XVI, Homilía en Castelgandolfo, 2 de septiembre de 2012).

La verdad de la fe no nos hace arrogantes, no nos vuelve soberbios ni autoritarios, porque nace del amor, porque procede de Dios y se funda en el encuentro con el Otro […]. Quien cree no es arrogante; al contrario, la verdad lo hace humilde, sabiendo que, más que poseerla nosotros, es ella la que nos posee y nos abraza (Lumen fidei, §34).

 


Referencias:

Aranda, J. (2023). “Taming the Infallible People: Sensus Fidei, Democracy, and Populism”, Political Theology, 24(6): 570-588, https://doi.org/10.1080/1462317X.2022.2157578

Cita este artículo

Aranda, J. P., (2026, septiembre 28). Comunicar, transmitir y buscar la verdad. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/comunicar-transmitir-y-buscar-la-verdad/

 

Enlace a edición mensual

Revista Forja para el Bien Común núm. 60, septiembre 2026

Autor

  • Juan Pablo Aranda

    Doctor y maestro en Ciencia política por la Universidad de Toronto. Profesor investigador en UPAEP, donde también es director del Instituto Promotor del Bien Común (https://upaep.mx/biencomun/).

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