Hermenéutica crítica del pensamiento libertario de Milei. Parte I

Juan Francisco Montalvo

Hermenéutica crítica del pensamiento libertario de Milei. Parte I
El día 23 de enero de 2025, el presidente de Argentina, Javier Milei, volvió a tomar el micrófono en el Foro Económico Mundial de Davos para predicar nuevamente su mensaje político.

El día 23 de enero de 2025, el presidente de Argentina, Javier Milei, volvió a tomar el micrófono en el Foro Económico Mundial de Davos para predicar nuevamente su mensaje político. En los grupos conservadores, la respuesta no se ha hecho esperar, igual que el año pasado, y no han faltado los aplausos y los reconocimientos por su “valentía” y, sobre todo, por su supuesta defensa de los valores cristianos.

Con miedo a ser repetitivo —no en vano ya he utilizado múltiples veces este espacio para criticar a los supuestos “nuevos líderes morales” de Occidente—, pero movido por la genuina preocupación que genera el estudio de la historia y de las ideologías políticas, me preparo una vez más para señalar una verdad fundamental: no porque una persona coincida en ciertos puntos con el pensamiento cristiano se convierte inmediatamente en correligionario. Y si bien se le puede considerar un aliado, debemos ser críticos y reconocer aquellos elementos en los que diferimos y en los que estamos obligados a ponerles un alto.

Para lograr tal objeto, me propongo hacer un análisis de las palabras vertidas por Milei en el foro de Davos, con el fin de identificar aquellos elementos cuestionables en su discurso, ya que serán, seguramente, los que menos se señalarán por los medios conservadores.

Para el presente comentario utilicé la versión escrita que se encuentra publicada en la página web del Foro Económico Mundial. Recomiendo leer primero el mensaje de Milei y posteriormente el presente, o, para aquellos más aventurados leer ambos a la par. Dada la extensión de este análisis fue necesario dividirlo en dos partes. Sin mayor introducción procedo a la primera parte de este análisis del pensamiento mileísta vertido en Davos.

Como cualquier líder populista moderno, Milei comienza su discurso presentándose como el profeta de la verdad, un mensajero que fue denostado por el mundo debido a sus posturas libertarias, pero que ahora se le ha reconocido justamente por sus logros:

“Un presidente de un país así se paró en ese escenario y le dijo al mundo entero que estaban equivocados, que se encaminaban al fracaso, que Occidente se había extraviado y que necesitaba un redireccionamiento”.

Su lucha es la del iluminado, enfrentado a los líderes del mundo, a las élites que han conspirado por cerrar el camino no solo a él, sino a su mensaje de “las ideas de la libertad”, que se resumen en “la defensa de la vida, la libertad y la propiedad privada”.

No niego que la deriva de Occidente es nefasta ni que existan grupos con agendas anticristianas operando por terminar de derribar los pocos rastros de la Cristiandad que pueden quedar en nuestra sociedad. Sin embargo, debemos cuidarnos de aquellos que se ponen en el papel de profetas, de iluminados, de “portadores de la verdad”, incluso cuando compartan lo que pensamos. La razón de este rechazo es muy sencilla: cuando alguien se considera, en política, el vocero de la verdad, se vuelve dogmático en un espacio que, por naturaleza, debe estar abierto al diálogo.

Profetas políticos siempre han existido: Pisístrato entró a Atenas acompañado de una joven disfrazada de Atenea para presentarse como elegido por los dioses e implantar una tiranía; Girolamo Savonarola, en el siglo XV, llevó a Florencia a la psicosis colectiva con sus predicaciones y su “hoguera de las vanidades”; Zuinglio estableció un gobierno extremista protestante en Zúrich en el siglo XVI; en el mismo siglo, Carlos IX y su madre, Catalina de Médicis -católicos franceses- provocaron la masacre de San Bartolomé, que dio origen a una brutal cuarta guerra religiosa.

La Revolución Francesa, en el siglo XVIII, provocó decenas de miles de muertos al entronizar a la diosa Razón y a la Nación como las verdades absolutas; la Comuna de París de 1871 provocó miles de muertos en sus casi tres meses de vida; la Revolución rusa de 1917 y sus posteriores guerras civiles provocaron millones de muertos y el establecimiento de un sistema que generó millones más. El movimiento nazi, liderado por Adolf Hitler, provocó la guerra más sangrienta que el mundo ha conocido. El gobierno anarco-comunista de la Segunda República Española provocó miles de muertes en su afán de purgar a España de católicos y conservadores, y su contraparte, el régimen franquista, tras una muy legítima defensa contra el ataque de las izquierdas, implantó una dictadura que asesinó a miles de disidentes políticos; y el comunismo en China ha generado decenas de millones de muertos desde inicios del siglo XX hasta hoy en día.

Los ejemplos son muchos. En América hispánica no faltan tampoco, y en todos ellos siempre ha estado presente un líder político que se presenta como representante de la verdad absoluta y vocero del espíritu del Pueblo, de la Nación o de la Civilización. No estoy diciendo que Milei vaya a ser un tirano genocida, sino que su autopercepción es muy peligrosa para la comunidad política en todos sus niveles y dimensiones.

¿Cuál es el riesgo de personajes como Milei? Que, si a ellos les permitimos decir y hacer sin tapujos, solo por el hecho de pensar en algunos temas como nosotros, estaremos sentando un precedente para que, cuando llegue alguien que no piense como nosotros, haga lo mismo. Nuevamente, la historia nos demuestra que, cuando alimentamos al poder mientras este nos parece poco amenazante, estas facultades eventualmente son utilizadas para fines perversos, ya sea por los propios líderes que se apoyaban o por los que llegaron posteriormente a ocupar su lugar.

Después de su introducción, Milei procede a señalar que el mundo ha cambiado y que ahora se siente más respaldado, pues ha encontrado amigos “defensores de la libertad alrededor del mundo” para proceder a enlistar una serie de personajes que, salvo el caso tal vez de Giorgia Meloni, han demostrado una y otra vez que lo que afirman al exterior no lo viven en el interior: Elon Musk (de quien ya hemos hablado ampliamente, pero que podemos calificar de “capitalista inhumano” por más que esté en contra de la ideología de género), Nayib Bukele (un político acomodaticio que ha logrado la paz por métodos cuestionables y a quien ya hemos evaluado en un artículo previo), Viktor Orbán (esquirol del tirano Putin y hombre con ciertas posturas poco cristianas respecto al prójimo) y el criminal Benjamín Netanyahu, que, escudándose en una muy real afrenta a su país, ha alargado una guerra con el objeto de evitar ser juzgado por sus faltas y crímenes.

Si estos son los “aliados” de Milei, entonces debemos cuidarnos, pues todos y cada uno de ellos han demostrado la deriva populista de sus gobiernos, independientemente de aquellas causas buenas que hayan podido apoyar y que no negamos ni dejamos de elogiar.

Posteriormente, Milei hace un llamado a luchar contra el progresismo y el wokeísmo, cosa que apoyamos, con el objeto de restablecer lo que él considera el valor fundamental de Occidente: la libertad. Y es curioso que en el mismo párrafo utilice una expresión que no puede dejar de ser un guiño dirigido al público creyente: “reconstruir nuestra catedral histórica”. De manera magistral, Milei conecta su agenda libertaria de matriz protestante anticatólica con la idea medieval de la Cristiandad, donde, para quien no lo sepa, la imagen de la catedral fue utilizada ampliamente para expresar el ideal de ordenamiento hacia el Bien Común y la trascendencia. Este ideal, cabe recordar, fue destruido por el paso a la Modernidad de la mano del capitalismo, el protestantismo, la burguesía, el individualismo y el racionalismo que originaron el pensamiento libertario tan afín al político argentino.

Tras un muy acertado comentario sobre la necesidad de decir la verdad a los ciudadanos y hacer frente a las mentiras de la ideología, Milei regresa al uso del lenguaje religioso, que, como dijimos previamente, es sumamente peligroso, al hablar de cómo “soplan vientos de cambio en Occidente” que, igual que si de una religión se tratara, ha generado la aparición de “nuevos conversos”, que parece que podría calificar de “falsos”, pues señala que solo lo han hecho por darse cuenta de lo “inevitable” del cambio. Frente a estos se alzan aquellos que, como Milei, “hemos luchado toda nuestra vida para que el cambio llegue”. Este lenguaje recuerda mucho al de los ideólogos y activistas marxistas del siglo XX, quienes se consideraban discípulos de la causa y que se vanagloriaban en demostrar su antigüedad en el movimiento; pero también remite a aquella muy castiza idea de “cristiano viejo” tan presente en el pensamiento hispánico.

El discurso continúa con un análisis sobre los momentos de cambio histórico y de paradigmas, muy acertado y conciso, por cierto, pero unido a un pensamiento voluntarista y tal vez de matriz maquiavélica: “Son momentos en los que las reglas se reescriben y, por lo tanto, son momentos en los que se premia a quienes tienen el coraje de asumir riesgos”. Esta idea podría ser colocada en boca de muchos de los grandes líderes políticos de la historia, incluidos algunos de los peores.

Posteriormente, Milei se lanza contra lo que denomina “el cáncer del que debemos deshacernos”, una ideología que ha conquistado todos los espacios del mundo occidental y que impide, hasta que no se elimine de forma total, el volver “a la senda del progreso que exige nuestro espíritu pionero”. A qué se refiere Milei con “espíritu pionero” es un misterio, pero engarza muy bien con el resto de los conceptos totémicos, vacíos y nebulosos a los que son tan afines los políticos populistas. ¿Quién podría oponerse al “espíritu pionero”? ¿Qué déspota no estará a favor de la “libertad”? Y esta es otra genial característica de los populismos: el uso de palabras totémicas a las cuales nadie en su sano juicio se opondría. Pero esto mismo hacen los gobiernos y los movimientos que Milei tanto critica. No en vano, el propio concepto de “libertad” ya ha sido manoseado hasta el cansancio por la izquierda y es el fundamento del marxismo y de todos sus hijos, legítimos y bastardos, incluida la ideología de género.

A esto podemos agregar el gran peligro de la idea de Milei de un supuesto camino ideal hacia el progreso, que no es más que el recurso favorito de los populistas de evocar un hipotético pasado perfecto, pues él no habla de crear un “camino nuevo”, sino de “volver a la senda”. Incluso, líneas más adelante, señala: “Es esencial romper estas cadenas ideológicas si queremos dar paso a una nueva era dorada”. ¿A cuál era dorada se refiere? ¿Al violentísimo siglo XX? ¿Al inhumano siglo XIX, con su capitalismo salvaje y violentador del ser humano? La realidad es que, muy probablemente, la “edad dorada” que menciona Milei no es más que una entelequia similar al “estado de naturaleza” que los padres de la filosofía libertaria tanto teorizaban, o similar al “comunismo primitivo” de Marx o al glorioso “pasado ario” de los nazis.

A esta evocación a un “pasado glorioso” sumamos el llamado a la destrucción de la ideología contraria, un llamado que muy fácilmente puede pasar de la ideología a aquellos que la sostienen (idea que hemos tratado en artículos anteriores al referirnos a la expulsión de ciertas posturas del espacio público, convirtiendo el debate en una lucha por la supervivencia), como lo ha demostrado ya muchas veces la historia.

Después de este llamado a la lucha frontal, Milei afirma que “Occidente representa la cumbre de los logros humanos en el terreno fértil de su herencia grecorromana y de sus valores judeocristianos”. Sin lugar a dudas, esta sola frase ganará el mayor aprecio de la comunidad cristiana y los hará afirmar su adhesión irrestricta a Milei. Lástima que sus siguientes párrafos demuestran lo que ya se ha mencionado infinidad de veces: Milei no comparte los fundamentos cristianos de la política ni entiende a qué se refiere esto. Inmediatamente después de mencionar los valores judeocristianos, Milei afirma:

“Tras la superación definitiva del absolutismo se sembró la semilla de algo inédito en la historia: el liberalismo inauguró una nueva era en la existencia humana y, dentro del nuevo marco moral y filosófico, que situaba la libertad individual por encima de los caprichos de los tiranos, Occidente supo dar rienda suelta a la capacidad creativa del hombre, iniciando un proceso de generación de riqueza sin precedentes”.

Este solo párrafo presenta todo lo que está equivocado en la filosofía de Javier Milei. El estudio de la historia nos señala que justo lo que él identifica como el mayor logro de Occidente fue el inicio de su declive, porque no fue, como señala Milei —replicando el mito ilustrado y revolucionario francés de presentar su lucha contra la religión católica y las instituciones naturales como una liberación—, el cenit del pensamiento judeocristiano y grecorromano, sino la negación total y absoluta de este, la perversión de la política para poder concentrar y aumentar el poder.

Esta idea ha sido maravillosamente expresada por autores como Dalmacio Negro Pavón, Miguel Ayuso y Bertrand de Jouvenel, entre muchos otros pensadores católicos. Igualmente, se debe señalar que la libertad, como la entiende el liberalismo, no es un valor superior de la Cristiandad, y que la sociedad moderna, lejos de dar una verdadera libertad, ha dado un ersatz (sustituto) en su lugar, que eventualmente ha derivado en las corrientes wokeístas que tanto critica Milei. La realidad es que su amada ideología libertaria fue el origen de las ideologías woke modernas, y estas no son más que el desarrollo lógico de aquellas. En todo caso, él es quien ha malinterpretado al liberalismo al conjuntarlo con el cristianismo.
Por último, el señalar la “generación de riqueza sin precedentes” como el gran logro de la modernidad nos habla del pensamiento materialista que marca al presidente argentino.

Por si quedaran dudas de la mixtura conceptual de Milei —que no sabe si es católico, protestante, grecorromano, liberal, ilustrado, racionalista, medieval o moderno—, se agrega su siguiente afirmación:

“Además, nuestro espíritu inventivo, exploratorio, pionero, fáustico, que está constantemente poniendo a prueba los límites de lo posible, y ese es un espíritu pionero que hoy está representado, entre otros, por mi querido amigo Elon Musk, quien ha sido injustamente vilipendiado por la ideología wokista en los últimos días por un gesto inocente que simplemente refleja su entusiasmo y gratitud hacia las personas”.

Así es, para Milei el espíritu occidental es “inventivo, exploratorio, pionero, fáustico, que está constantemente poniendo a prueba los límites de lo posible”, y su representante más perfecto es el nefasto Elon Musk, empresario desalmado. Debemos señalar la aberrante contradicción de señalar que el logro de los valores judeocristianos es un espíritu “fáustico”. Según Milei, para aquellos que no lo recuerden, el Dr. Fausto es un hombre que vende su alma al diablo a cambio de conocimiento y placeres mundanos, y al final de su vida es llevado al infierno. La leyenda, ya presente desde la Edad Media, es claramente un cuento que advierte a los cristianos, y a los hombres en general, del peligro de perseguir la gloria material y los conocimientos prohibidos por encima de lo verdaderamente importante: el conocimiento de Dios y la vida virtuosa. Lo único que tiene sentido en el mensaje de Milei es identificar a Musk con Fausto; esperemos que el empresario no comparta el destino de su alter ego literario.

En los siguientes párrafos, Milei continúa narrando su versión idealizada de los siglos XVIII y XIX, en los que supuestamente todos se volvieron ricos y los trabajadores, sin quejas ni violencia, superaban “por diez o por cien o ¿por qué no por mil?” su productividad. Lamentablemente, Milei olvida las violaciones a la dignidad de los trabajadores, la explotación, los maltratos, el sufrimiento y su transformación en puros objetos de, justamente, producción.

Situación brutal e insostenible que asqueó a la Iglesia y que generó todo tipo de respuestas, incluida la marxista, la cual, aunque equivocada, no carecía de una razón válida para existir. Cuando el hombre es convertido y reducido a una máquina, y su valor recae en su utilidad, el mundo se convierte en un infierno.

Pero Milei no puede recordar eso porque, en su mente, la honrada riqueza ganada por los empresarios fue brutalmente arrancada de sus manos por las “ideologías colectivistas”. Yo estoy muy lejos de ser marxista, pero si en algo puedo estar de acuerdo es en que lo que sucedió en el siglo XIX e inicios del siglo XX fue un crimen, e incluso, como católico, puedo afirmar que fue un terrible pecado. La Doctrina Social de la Iglesia y las encíclicas dirigidas a la cuestión social no dejan espacio para dudas.

La otra cosa que Milei olvida es que fue justamente el pensamiento liberal que tanto ensalza, y su reducción del hombre a un instrumento, el que generó el consumismo y el hedonismo que, con el paso del tiempo, llevaron a la disgregación del núcleo familiar, la cultura del descarte o cultura de la muerte, y a la revolución sexual de la que surgió la ideología de género.

En un momento posterior, Milei tiene la osadía de afirmar que:

“Esta nueva clase política distorsionó los valores del liberalismo y así reemplazó la libertad con la liberación, utilizando el poder coercitivo del Estado para redistribuir la riqueza creada por el capitalismo”.

No, el pensamiento liberal clásico no fue distorsionado, sino que fue llevado a sus lógicas consecuencias. La semilla de la destrucción del liberalismo estaba en su propia doctrina, y los primeros en hablar de “liberación” fueron los mismos liberales.

Continúa Milei resumiendo, en su opinión, la deriva comunitarista del mundo occidental, atinando en algunos puntos y errando en otros, como ya hemos señalado, pues, en lugar de ser honesto intelectualmente y reconocer la paternidad liberal de los problemas actuales, busca salidas para mantener su ideología limpia. En otro momento, señala:

“Y en el centro de este nuevo sistema de valores se encuentra la premisa fundamental de que la igualdad ante la ley no es suficiente, ya que existen injusticias sistémicas ocultas que deben ser rectificadas, una idea que sirve como mina de oro para los burócratas que aspiran a la omnipotencia”.

Si bien coincidimos en que la idea de justicia social es un concepto nebuloso capaz de ser utilizado para justificar todo, lo cierto es que la idea de la “justicia legal” también ha sido rechazada por el pensamiento judeocristiano y grecorromano, ya que la idea de “ley”, como la entiende la modernidad liberal, es un concepto ajeno a la tradición iusnaturalista y nacido del deseo de centralización del poder por parte de los monarcas ilustrados racionalistas y de los Estados. La “justicia legal” no es justa, porque la ley en la modernidad y la posmodernidad no busca la justicia, sino la seguridad jurídica. Es una ley carente de una dimensión trascendental y de escaso contenido metajurídico (si es que puede tener alguno), herencia de 500 años de formalismo y cientificismo.

Después de esto, Milei logra, por milagro del adagio popular —“un reloj descompuesto da dos veces al día la hora de forma correcta”—, dar una correcta descripción del progresismo:

“Y esto es, en esencia, lo que significa el progresismo: el resultado de la inversión de los valores occidentales. Cada uno de los pilares de nuestra civilización ha sido reemplazado por una versión distorsionada de sí misma a través de diversos mecanismos de subversión cultural”.

Coincido plenamente con esta afirmación, pero, a diferencia de Milei, la extiendo a su pensamiento liberal, padre de gran parte de las aberraciones de las que se ha quejado. Continuaremos con el análisis del resto de este discurso en el próximo número de la revista.

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