En el número anterior de la revista iniciamos un análisis del discurso del presidente argentino, Javier Milei, ante el Foro Económico Mundial en Davos, el día 23 de enero de 2025. En él señalábamos que, si bien el presidente del país sudamericano podía ser un aliado en ciertos puntos, sus razones para apoyar dichas causas no eran las mismas que las nuestras como católicos, por lo que se volvía imperativo manifestar sus errores doctrinales y criticar aquellos puntos equivocados a fin de no caer en la tentación de considerarlo un representante del pensamiento político cristiano.
En esta ocasión, retomamos el discurso del presidente Milei y continuamos con nuestro análisis.
Retomamos el discurso con la crítica al cambio de los tradicionales derechos negativos (vida, propiedad y libertad) a la lista interminable de derechos positivos postmoderna. Los siguientes párrafos relativos a la expansión de los Derechos Humanos, el proceso de vaciado de su contenido y la divinización del Estado como garante de la libertad son sorprendentemente correctos, aunque con la necesidad de aclarar que este proceso inició ya con la Revolución Francesa, que se identifica con la supuesta “edad dorada” a la que Milei quiere regresar. Nuevamente, Milei es incapaz de reconocer en su propia ideología la fuente de las desviaciones actuales.
Su discurso continúa relativamente bien hasta que decide, al enlistar las instituciones del progresismo, agregar la inmigración al grupo. La inmigración es un fenómeno natural de la existencia humana. Inmigraciones han existido toda la vida desde que el hombre empezó a existir como tal. Todas las sociedades son producto de la inmigración, y es incluso curioso que un argentino que se precia de ser de ascendencia italiana y, supuestamente, judía, la señale como parte del progresismo.
Esto claramente está ligado a las aberrantes y completamente anticristianas teorías conspirativas de “el gran reemplazo”, en el que, supuestamente, las élites conspiran para destruir a Occidente llenándolo de africanos, árabes e incluso asiáticos, que eliminarán a las razas occidentales al tener más hijos que aquellos. Si esto no recuerda a los temores nazis a la impureza racial, no sé qué podría hacerlo entonces. Y si esto no les parece evidentemente una locura, entonces recomiendo, primero, un estudio de sangre para ver lo “impura” que esta es, y segundo, realizar una lectura de la historia de su país de origen y de residencia para despejar cualquier duda de que la historia humana es la de una gran familia con domicilio itinerante.
A pesar de esto, suscribo la afirmación:
“Todas ellas son distintas cabezas de una misma bestia que pretende justificar la expansión del Estado mediante la apropiación y distorsión de causas nobles”.
Como bien se suele afirmar, “lo más peligroso de un error es que contiene algo de verdad”.
Los siguientes párrafos dirigidos hacia el feminismo radical expresan de manera generalmente acertada los problemas de esta corriente. Su crítica al ambientalismo también es elogiable, si bien habría que preguntarle a Milei hasta dónde considera que “el desarrollo económico” puede justificar la destrucción y el daño medioambiental. Si bien es cierto que la Tierra naturalmente pasa por periodos de cambios de temperatura, no podemos negar que en este último el ser humano en algo ha contribuido.
La siguiente crítica al aborto y a la ideología de género y su relación con el invierno demográfico son también acertadas y muy agudas, nada que criticar ahí, salvo el innegable hecho de que ambas son hijas del liberalismo. Sus comentarios sobre la intervención estatal en estos casos son correctos, así como la imposición de las “cuotas de diversidad” y “acciones afirmativas”, aunque vuelve a ser curioso que las señale como “una regresión a los sistemas aristocráticos del pasado”, olvidando que la “época dorada” del siglo XVIII y XIX creó también sus propias aristocracias de la mano del liberalismo.
Los siguientes párrafos tratan de la inmigración. Además de remitirnos a lo previamente comentado, podemos criticar que, en su opinión, la inmigración actual difiere de las anteriores porque ahora se trata de una “inmigración masiva, impulsada no por intereses nacionales sino por la culpa”. Nuevamente resurge el uso de los conceptos totémicos populistas. Hablar de “la Nación” es tan irreal como hablar de “el Pueblo”; son conceptos inventados en el siglo XVIII y fortalecidos en el siglo XIX para justificar la centralización del poder y el crecimiento del Estado. El tema ha sido desarrollado ampliamente por autores de todo el espectro político e ideológico. Su utilidad radica en su indeterminación y en su tergiversación del sentido natural de patriotismo y pertenencia. Y si el puro concepto de “Nación” es ridículo, el de “interés nacional” lo es aún más; los peores crímenes de la humanidad se han hecho apelando a la “Nación” y a los “intereses nacionales”.
Milei continúa afirmando que:
“Dado que supuestamente Occidente es la causa fundamental de todos los males de la historia del mundo, debe redimirse abriendo sus fronteras a todos, lo que conduce a una forma de colonización inversa que se asemeja al suicidio colectivo”.
Si bien coincido en que hay un fortísimo movimiento en Occidente de autodesprecio, es innegable que la mano de la Europa moderna (la surgida tras la desaparición de la Cristiandad Medieval) no fue del todo positiva en el resto del mundo. El colonialismo real, aquel surgido del protestantismo y el racionalismo ilustrado, ha sido uno de los peores flagelos de la humanidad.
El que lo dude que lea un poco sobre el Congo Belga y su genocidio en nombre del progreso, o sobre las condiciones en las antiguas colonias asiáticas y africanas. Es incuestionable que hubo algo de desarrollo en las colonias, pero lo sucedido en ellas tampoco puede ser callado. Incluso el propio establecimiento de las fronteras entre los países africanos, con regla y compás en diversos congresos y tratados europeos, que a la larga ha generado múltiples guerras y conflictos, no puede achacarse a nadie salvo a la propia Europa. Uno no puede imputar todas las falencias y la triste situación africana a Europa, pero tampoco se puede decir que esta esté libre de responsabilidad.
Es innegable igualmente que hay muchos inmigrantes que han cometido crímenes brutales y que han pretendido implantar sus culturas en los países europeos a los que han llegado. Pero igualmente se puede afirmar que hay millones más que no han sido parte de estos crímenes y que han llegado a aportar mucho a sus países adoptivos, tal y como ha sucedido durante toda la historia. Nuevamente, el crear enemigos, fuente de todos los males de una sociedad, y el generalizar los actos de unos cuantos a todo un grupo, es una táctica de libro de los populistas desde tiempos ancestrales. El miedo al otro, a lo diferente, es tan primitivo como el miedo a la oscuridad y a lo desconocido.
Los siguientes párrafos, en los que se critica la ideología de género y a la infiltración de las universidades por ideólogos progresistas, son muy claros y no presentan mayores problemas. Claramente con Milei, en esos temas en concreto, hay amplísimas coincidencias.
Milei prosigue señalando la responsabilidad de instituciones, como el propio Foro de Davos, en la implantación y promoción de esta ideología, cosa cierta e innegable, igual que su descripción del uso de los órganos de crédito internacionales para presionar la adopción de estas propuestas perversas. La crítica al uso de etiquetas para acallar a los disidentes es igualmente real, aunque no difiere mucho de las propias etiquetas que Milei se ha dedicado a poner a aquellos que difieren de él. Recordemos que hasta hace poco llamaba al Papa Francisco “el imbécil que está en Roma” o su ya famoso “zurdos de mierda” a aquellos que difieren con él.
Sus siguientes críticas a la hipocresía progresista, a su supuesta tolerancia y democracia, son acertadas sin lugar a dudas. Su visión de un futuro colectivista y totalitario, aunque algo improbable, puede ser plausible. Lo criticable es presentar la falsa disyuntiva de que solo existen dos modelos de futuro: uno libertario y uno comunista. Esto olvida que ambos modelos son nefastos, pues desconocen la propia naturaleza humana. Ni el hombre es puramente comunidad ni el hombre es puramente individuo. Un futuro comunista es tan terrible y deleznable como un futuro individualista, como el que propone Milei, en el cual la única ley es la oferta y la demanda. Esto demuestra nuevamente el desconocimiento de Milei de la verdadera antropología judeocristiana y grecorromana que al inicio afirmaba apoyar.
Su aparente reconocimiento de que los más necesitados puedan recibir asistencia social no termina de tranquilizarme, especialmente tras la posterior referencia a la terrible e inhumana Ayn Rand, ejemplo acabado y perfecto de lo peor del liberalismo.
La siguiente crítica a los partidos y al Estado me parece acertada, aunque la subsiguiente divinización del mercado como perfecto e incapaz de error por ser supuestamente un “mecanismo de cooperación social” me parece ingenuo en el mejor de los casos y una afrenta al sentido común en el peor de ellos. Ya hemos experimentado suficientes crisis y abusos cuando dejamos que el mercado “se regule naturalmente”. No creo que el intervencionismo total del Estado sea lo mejor, pero lo cierto es que el gobierno sí debe intervenir en alguna medida para evitar abusos. Escudarse en que “el concepto mismo de fallos del mercado es una contradicción en sus términos” es tan ridículo como los comunistas que dicen que la Unión Soviética no fue comunista porque nunca se logró la sociedad sin clases.
El siguiente párrafo vuelve a señalar el retorno a la imaginada “edad dorada”, en la que no había intervención estatal, pero sí esclavitud, trabajo infantil, jornadas de 20 horas al día, violencia patronal, siete días de trabajo semanales y patrones que, en medio de incendios, cerraban las puertas de las fábricas para evitar que los trabajadores se robaran el producto. Lo único en lo que concuerdo con Milei es en su propuesta de reducir el tamaño del Estado, aunque no creo que estemos del todo de acuerdo en aquello que se debe reducir.
Mi crítica a los siguientes párrafos de Milei es a su reducción e identificación del gobierno con el Estado, olvidando que el Estado es una construcción moderna, por lo que puede y debe desaparecer eventualmente para dar lugar a una nueva forma de organización política. El gobierno por sí mismo no es malo. La satanización del mismo es producto del pensamiento liberal y del erróneo estado de naturaleza que los racionalistas utilizaron como fundamento de su pensamiento, nada más lejano del pensamiento judeocristiano y grecorromano que, a partir de la naturaleza política del hombre, reconoce en el gobierno la mejor forma de estructurar a la comunidad para lograr el Bien Común. Nuevamente, esto demuestra la ignorancia de Milei sobre el pensamiento cristiano.
La siguiente parte del discurso, la imagen de un mundo que se rebela contra las mentiras y las cadenas del progresismo, es esperanzadora, y espero que se cumpla. Su llamado al resto de los líderes mundiales es también digno de elogio y muestra un lado de Milei más centrado y reconciliador.
Este llamado al cambio está acompañado de otro guiño a los conservadores y a los cristianos, pues retoma lugares comunes y expresiones que estarían muy cómodas en un tratado de política medieval:
“Ser valiente significa situarse fuera del tiempo, significa mirar hacia atrás, no dejarse deslumbrar por lo transitorio, perder de vista lo universal, significa recuperar verdades que eran obvias para nuestros antepasados y que están en el núcleo del éxito de la civilización occidental (…) Como dijo Churchill: ‘cuanto más atrás miremos, más adelante veremos’. En otras palabras, debemos reconectarnos con las verdades olvidadas de nuestro pasado, desenredar los nudos del presente y dar el siguiente paso como civilización hacia el futuro”.
Muy bellas y acertadas palabras. Lamentablemente, Milei ha demostrado en este y otros discursos, y en sus propios actos, que su mirada no es capaz de ir más allá de una versión idealizada e ideologizada del siglo XVIII. Esto se demuestra con su afirmación siguiente:
“¿Y qué veo cuando miro hacia atrás? Que debemos volver a abrazar la última tesis probada de éxito económico y social. Este es el modelo de libertad, abrazando una vez más las ideas de libertad. Volviendo al libertarismo”.
Con el afán de no ser cansino, me remito a mis comentarios anteriores. Milei coincide y hace guiños al pensamiento católico, sin embargo, está atado y limitado por un pensamiento filosófico que ya ha demostrado sus errores y que es la fuente de todo aquello que hoy critica. El libertarismo no es la solución, sino -en parte- la fuente de los problemas, y mientras no sea capaz de reconocer esto, su pensamiento no es ni grecorromano ni judeocristiano, por más que lo afirme.
Para no dejar dudas sobre la modernidad de su pensamiento, en el cierre de su discurso Milei habla de convertir a Occidente en una gran nación, una clara referencia a Trump y una idea que, conforme a lo comentado previamente, no es enteramente cristiana. Posteriormente, cierra con un muy propio grito de: “¡Qué viva la libertad, maldita sea!”.
A modo de conclusión de este ya muy extenso análisis, solo puedo repetir aquello que dije en un inicio: si bien Milei coincide en algunos puntos con las ideas del cristianismo, la forma en la que llega a sus conclusiones y las posturas sobre las que se fundamenta no son cristianas. Podemos y debemos apoyarnos y trabajar juntos en aquellas cosas que tenemos en común, igual que debemos hacerlo con los actores de todo el espectro político. Ese es el fundamento de la política. Sin embargo, debemos cuidarnos de considerarlo un exponente del pensamiento cristiano y estamos obligados a criticarlo en aquello en lo que es francamente incompatible con el verdadero pensamiento judeocristiano y grecorromano, o correremos el riesgo de darle poder a una ideología que, tarde o temprano, terminará por atacar a quienes no se le someten.





