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El poder del mendigo

por | Filosofía

Para un politólogo el interés por los fenómenos relacionados con el poder se encuentra en el núcleo de su actividad intelectual. En ese sentido, el estudio de la teología espiritual en general y el conocimiento de la espiritualidad carmelitana en particular, ha reavivado la reflexión en torno a un cuestionamiento paradójico: ¿por qué un autor católico como Lord Acton afirmó que «El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente[1]» cuando, por ejemplo, al final de evangelio de San Mateo, Jesús afirmó; “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra? (Mt. 28:18). ¿Qué es, por tanto, el poder?, ¿es, axiológicamente hablando, algo positivo o negativo? y, ¿Quién lo detenta? En esta exposición compartiremos algunas de las ideas surgidas de la reflexión de éstos cuestionamientos a la luz de varios puntos de la propuesta carmelitana. Para ello, trataremos de sintetizar primero nuestra comprensión de dicha propuesta y, en la medida en que se va presentando comentaremos la forma como, a nuestro juicio, se vincula con la paradoja del poder.

Propuesta del Carmelo

Lo primero que descubrimos fueron los pasos de la propuesta surgida en el Carmelo, que hemos percibido como un proceso, una vía o un camino en el que se desarrolla un trabajo personal pero compartido y enriquecido en una compañía. Además, el camino se encuentra reforzado por la Fe entendida como vía por la que se transita; la Esperanza como la fuerza externa que impulsa la marcha y; la Caridad como el principio motor del movimiento. Para los ermitaños del Monte Carmelo en Haifa su experiencia se caracterizó por un camino para seguir a Cristo en una dimensión más orante y contemplativa bajo la protección y con la devoción a María como: madre, hermana y modelo quien, además, caminaba a su lado.

Fuerza, impulso y motor son elementos fácilmente relacionados con las características aplicadas a los fenómenos de poder, pero ¿para qué sirven? Para poder transitar un camino, para seguir una vía, pero ¿para llegar adonde? La respuesta del Carmelo fue: para seguir a Cristo.

Es aquí donde encontramos una primera respuesta a nuestro planteamiento paradójico: en la cultura democrática contemporánea se entiende al poder como un instrumento para el dominio social. En ese sentido, el planteamiento o valor axiológico del concepto lo propone quien dirige, quien lidera o quien gobierna: será tiránico si domina para sí y bondadoso si domina tomando en cuenta a los demás. La propuesta cristiana no solo rebasa, sino que sale de ese ámbito.

En la escena del Evangelio de San Mateo cuando la madre de los hijos de Zebedeo le pide a Cristo que, en su reino, ubique a sus hijos a su lado (mentalidad dominante), Él les propone: “Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”. (Mt. 20: 25-28) El poder entonces, corrompe cuando se encuentra orientado hacia el dominio, pero, Cristo hace nuevas todas las cosas y lo reorienta hacia el servicio al prójimo hasta el extremo de dar la vida.

Caminar para seguir a Cristo como lo propusieron los monjes del Carmelo ha tenido y tiene una incidencia política. Entender esto no es evidente cuando nuestra idea de la política la percibe como la forma de distinguir, obtener, conservar y acrecentar el poder.

Es necesario cambiar el enfoque y para ello proponemos recordar el sentido original del término. La palabra política se deriva del concepto polis que en griego no hace referencia a una ciudad (palabra de origen latino) sino, a la integración de muchos. Pensamos que la palabra en castellano que más podría aproximarse a su origen es la comunidad, es decir, la unidad de muchos o ¿porque no?, de todos. En ese sentido entendemos la política como el arte de vivir en comunidad. La forma de vida de los monjes -un camino de trabajo personal compartido y enriquecido en una compañía- fue asimilada por dos de los pilares de la propuesta carmelitana: Santa Teresa y San Juan de la Cruz.

Indicadores del Camino

Santa Teresa de Jesús acepto que, en el inicio de su vida consagrada, su mirada era más por temor al matrimonio y a la condenación. Sin embargo, señala también dos aspectos notablemente significativos: el primero es que sentía, desde el inicio, una gran felicidad y; el segundo que, como consecuencia de una profunda observación y reflexión de una talla de Cristo crucificado en 1554, pudo evidenciar todo el Amor de Dios. Santa Teresa pasó entonces a formar parte de esa multitud a la que Cristo se refería al afirmar: “el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”. Al agradecer éste hecho Santa Teresa inició la oración mental y descubrió una experiencia contemplativa.

Al transitar su camino en seguimiento de Cristo va a madurar la consciencia de servir a otros, a tal grado, que llegará a ampliar su disposición de servicio a la inclusión de los laicos como una entrega, pero también -a nuestro juicio-, como una necesidad para descubrir la presencia de Cristo en el rostro de los demás. De esta manera inicia una reforma donde descubre la importancia de testimoniarlo y de seguir la vocación. Éste llamado en su dimensión comunitaria implica una propuesta política la cual, sentimos, se encuentra contenida en algunos de los puntos de su reforma como: proponer pasar con los hermanos el mismo número de horas de contemplación con Dios; hablar y acompañar con suavidad; ser, además de una orden contemplativa, apostólica, es decir, misionera; con apertura hacia los laicos formando una sola familia y; generar el acompañamiento espiritual.

Santa Teresa descubre a Cristo en el rostro de los demás, pero también, con la Interioridad y la Oración, se da cuenta que Él se encuentra presente en su interior. Cristo la habita. Al contemplar, es consciente de su presencia en las exigencias de su corazón y se encuentra con la belleza, la justicia, la verdad y la paz. Las experiencias vividas se ven aclaradas y comprendidas a la luz de las Escrituras: “El Camino de la Santidad debe pasar siempre por la Sagrada Escritura”. En un vínculo constante con lo humano: “Si Dios no te lleva a encarnar lo que vives no puede ser Dios porque Dios se ha encarnado”.

Vida comunitaria

Todo ello aporta una gran riqueza a la vida comunitaria y política a partir de dos aspectos: el primero, al proponer a la autoridad -en el caso de su comunidad, a la priora- a María como modelo de oración, de contemplación y de entrega a Dios y a San José como ejemplo de obediencia y sugerir imitar su ejemplo al resolver los problemas del día a día. El segundo aspecto, la invitación a seguir tres elementos clave: el humor porque la Alegría es un fruto del Espíritu Santo al saberse amado gratuitamente; la humildad para poder andar en Verdad, en autenticidad y, en transparencia. El humilde reconoce sus heridas y las pone al aire para empezar la sanación. Por ello, el humilde se sabe perdonar y perdona y; la humanidad porque Cristo se convirtió en el rostro humano de Dios. Al descubrir la naturaleza humana de Jesús nos llegan todos los bienes.

Las ideas de Santa Teresa proporcionan a la vida política y social una gran riqueza. Partir de una actitud humilde para saber pedir perdón es un gran aporte para pedir y otorgar justicia. Saber decir la Verdad y reconocer la Verdad en el otro es un aspecto fundamental para el diseño de un marco jurídico. Escuchar al otro y saber pedir al Espíritu Santo -presente en todos- que se manifieste, es invaluable en la conducción social y comunitaria. Además, el cristiano debe ser siempre generador de comunión. Santa Teresa nos enseña la importancia de la unidad. En ese sentido es interesante recordar que la raíz de la palabra diávolo es separar. Lo que separa no viene de Dios. Si no existe una unidad común no hay comunidad y entonces, tampoco un Bien Común. Santa Teresa nos enseña que María es generadora de comunión.

Es en ese sentido que nos parece que propone la escena de Martha y María al recibir a Cristo en su casa (Lc. 10: 38-42): la primera de las hermanas desarrolla un trabajo en beneficio de todos y la segunda una acción contemplativa de desarrollo personal. Recordemos la propuesta de los monjes del Carmelo: un camino de trabajo personal compartido y enriquecido en una compañía. Espiritualidad creativa y plena de humanidad para llevar adelante la obra de Dios apoyados en y con el otro donde la clave es: aprender a caminar juntos.

Por su parte, la experiencia de San Juan de la Cruz abre puertas diferentes a la espiritualidad. Su vida, hundida en la pobreza, le enseñara a abrazarla y a vivir con una significativa libertad interior. Quizá, pensamos, su limitada o nula posesión lo orientara a aferrarse de quien lo da todo. A tal grado que se enamorará profunda y completamente. De ahí su preferencia por “el Cantar de los Cantares”. El aporte a la política de ésta visión es enriquecedor: la vida social y comunitaria nace en la familia y ésta es, la primera institucionalización de la pareja humana.

Además, su explicación a partir de la obscuridad de la noche resulta sencilla, clara, elocuente y profunda. Es verdad que la noche y la obscuridad pueden significar y/o generar desconocimiento y temor. Sin embargo, es en la noche donde el alma amante es capaz de salir sin ser notada, es ahí donde espera ansiosa el encuentro con el ser amado y es ahí, donde al descubrir la luminosidad de su presencia se oscurece todo lo demás. Mientras más cerrada y obscura es la noche, es más evidente la belleza, el calor y la luminosidad de la llama de Amor Viva. Amor capaz de inflamar el corazón.

En la cultura contemporánea el concepto de poder se encuentra relacionado, entre otros contenidos, con el concepto de dominio, de control, de imposición o, de superioridad que proporciona, a quien lo detenta una independencia de todo. A partir de San Juan de la Cruz vemos un contenido totalmente diferente. La propuesta cristiana del amor. El poder del amante en el ser amado y viceversa. El poder del amor lejos de dominar de manera independiente establece y fortalece un vínculo interdependiente entre los amantes el cual, los hace salir de sí mismos y enfocar su atención en el otro.

Conclusión

El poder del amor es capaz de tocar el Corazón al corresponder con sus exigencias más profundas de belleza, justicia, bondad y sobretodo: Verdad. En el Evangelio de San Juan, Cristo dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (14:6). Y posteriormente ante la pregunta de Pilatos “¿Entonces tú eres rey?” afirmó: “Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn. 18:37). Nosotros afirmamos que el poder es la facultad de influir en las voluntades de otros. Hay muchas formas de influir en las voluntades de los demás: la violencia, el chantaje, la imposición, la superioridad, en miedo y muchas más. El problema de ello es que todas implican la sumisión de la libertad. Creemos que la única forma de influir en la voluntad para que actúe en libertad es la Verdad. Éste es el contenido real del poder. El poder del amor que es capaz de tocar con la Verdad al corazón humano. El verdadero poder que engrandece lo humano es la humanidad de Cristo. Este es el despertar de la noche obscura del alma: “Cuando el alma cae en la cuenta de lo que es Dios para ella e inicia el camino a salir de ella misma”[2].

Terminamos, por el momento, ésta reflexión con una aportación de Santa Teresita del Niño Jesús: “Dios no puede poner deseos irrealizables en el corazón”. Al descubrir a Cristo en el rostro sufriente de su padre se encuentra con una imagen de Cristo orientada a motivar la acción de la voluntad humana:  Jesús como el eterno mendigo de amor. Quizá por ello el Papa Francisco nos invita, en el capítulo segundo de Fratelli Tutti, a orientar nuestra mirada hacia el ser humano que sufre.

Escribió Santa Teresita a su hermana María: “Lo que agrada a Dios en mi pequeña alma es que ame mi pequeñez y mi pobreza, es la Esperanza ciega que tengo en su Misericordia” (Carta 197). El gran aporte de la propuesta de la espiritualidad carmelitana a la vida política, social y comunitaria es, a nuestro juicio, el invitarnos a reconocer, aceptar y amar al verdadero poder del eterno mendigo del corazón humano: la Verdad. Es aquí donde encontramos un profundo sentido al comentario de Charles de Gaulle durante su gestión como primer ministro francés: “He llegado a la conclusión de que la política es demasiado seria para dejarla en manos de los políticos”.

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[1] Rodríguez, J. C. “Lord Acton”. La Ilustración Liberal. Núm. 34. https://www.clublibertaddigital.com/ilustracion-liberal/34/lord-acton-jose-carlos-rodriguez.html

[2] Arbesú Ignacio. 2022. Nota de clase. Diplomado en Teología Espiritual. Teresianum. Pontificia Facoltà Teologica. Roma.

Vaticano. 1990. El Libro del Pueblo de Dios, La Biblia. https://www.vatican.va/archive/ESL0506/_INDEX.HTM

 

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