“Deje usted que el mal se destruya a sí mismo”, le dijo Juan Pablo II a André Frossard en una de las primeras entrevistas que el recién Papa tuvo en 1978 con el que sería uno de sus más entrañables amigos y ex ateo, en un diálogo acerca de la que ya era para Karol Wojtyla, una caída previsible del comunismo en Europa. Hasta ese mismo año Juan Pablo II había sido arzobispo de la segunda ciudad polaca, Cracovia, uno de los principales bastiones del régimen comunista que gobernó Polonia desde la Segunda Guerra Mundial, y hasta 1989. El pontífice estaba convencido de que el comunismo caería y sabía muy bien de qué hablaba pues él mismo había vivido en carne propia los errores doctrinales y la terrible represión a la libertad humana que encarnaba el comunismo bolchevique y ateo que se impuso en buena parte del oriente de Europa finalizada la Segunda Guerra Mundial.
Durante su episcopado en Cracovia (1964-1978), Juan Pablo II hizo una notable promoción de la fe a partir de la identidad religiosa del pueblo polaco. Aun en medio de hostigamientos y presiones del régimen comunista, el prelado no dejó de recordarle a sus conciudadanos las raíces cristianas que estaban inscritas en la médula de todo el país. Sus mensajes frecuentemente apelaban a que los valores evangélicos eran herramientas para una salida humana y pacífica a la debacle social y moral que había instaurado el comunismo en Polonia durante toda la Guerra Fría. Su apoyo a movimientos opositores como el sindicato cristiano ‘Solidarność’ y su labor conducida a debilitar a partir del servicio diplomático de la Santa Sede la presión de Rusia sobre los países que habían suscrito el Pacto de Varsovia, llevaron en abril de 1989 a que el movimiento dirigido por Lech Wałęsa fuera legalizado y pudiera presentarse a elecciones democráticas en las que ganó por una mayoría aplastante frente al continuismo soviético.
Para cuando André Frossard hizo la entrevista, en 1978, no estaba muy convencido de la caída del comunismo en Polonia; y mucho menos en el resto de Europa Oriental. El nivel de alienación al que habían sometido los regímenes comunistas a los ciudadanos de sus respectivos territorios era tal que no existía, salvo en la conciencia de cada persona, un solo espacio de la vida sobre el que no tuviera un control absoluto alguna de las muchas instituciones del enorme aparato burocrático que había desplegado el sistema soviético.
Por lo que respecta a la fe, el esfuerzo comunista por borrar todas las alusiones cristianas que hubiera en las instituciones, en las normas y en la cultura fue encarnizado y violento. Como refirió en su momento Pío XI, el comunismo constituyó una “barbarie peor que aquella en que yacía la mayor parte del mundo al aparecer el Redentor” pues pretendía con claras intenciones “derrumbar radicalmente el orden social y socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana”. Y de cierto modo lo logró.
Sin embargo, y contra el pronóstico de muchos que creían invencible semejante aparato de gobierno, el comunismo cayó. El mal que llevaba en su interior fue la semilla de su propia caída, pues la ‘nomenklatura’ (la clase política), ineficiente y corrupta, develó que quienes asumían el poder solo querían conseguir para sí mismos lo que tanto condenaban para el resto de la población. Aunado a eso, las reformas económicas y políticas del último presidente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, la ‘perestroika’ y el ‘glásnost’, expusieron las debilidades internas del comunismo ruso y terminaron acelerando su colapso. El gigante implosionó y nos dejó una gran lección, pues se decía que el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética “parecía invencible apenas semanas antes de su caída”.
Esta debacle nos recordó la enseñanza de que “a los pérfidos su propia maldad los destruye”, o mejor, que la maldad aunque es más ruidosa y palpable que la bondad, tiene sus días contados. Es lo que Benedicto XVI, en su última misa del año 2012 expresó en la basílica vaticana, afirmando que, ciertamente, “el mal hace más ruido que el bien”. La inferencia que se antepone a esa última expresión es que el bien, a diferencia del mal, es silencioso, discreto y suele pasar inadvertido.
Mientras que las consecuencias prácticas del amplio espectro de la maldad humana expresada en las ideologías imperantes en el mundo de hoy se ven robustas y nítidas, el bien que se gesta en cientos de miles de personas y que se traduce en pequeños actos de caridad, en hogares constituidos por un amor auténtico, en servidores públicos que verdaderamente trabajan por el bien común, en empresarios que entienden la riqueza como un medio y no como fin, en jóvenes que se esfuerzan por vivir una vida virtuosa y en general, en sutiles ‘fiat’ al proyecto de Dios, no es percibido sino por quienes, a la luz de la fe, son capaces de ver en el proyecto de Dios incluso un espacio para el fracaso. El mediodía de las ideologías parece insufrible, desastroso, demoledor por donde se mire. Y ciertamente lo es.
Las ideologías invierten los valores sociales, pervierten el pensamiento, corrompen el orden social y la identidad de los pueblos. ¿Qué las hace entonces tan encantadoras? Justamente que prometen la felicidad en esta vida al modo de escatologías secularizadas.
Sea la ecología, el dinero, la identidad cultural, los sentimientos, el placer, el poder o cualquier otro aspecto temporal; siempre las ideologías toman aspectos nobles de la vida humana y hacen de ellos el fin último de los hombres, es decir, los convierten en escatologías sin Dios. Esto es, desde muchos aspectos, la radiografía de la civilización occidental moderna: confundida, frenética y alejada de su Creador.
A pesar de ello y como expresaría Benedicto XVI en una entrevista pocos meses antes de su renuncia como obispo de Roma con motivo de la película ‘Campanas de Europa’, las ideologías siempre “tienen un tiempo determinado. Parecen fuertes, irresistibles, pero después de un determinado período se consumen”. Chesterton, a su vez, dijo en 1908 que tras las ideologías siempre hay destellos de verdad, pues todas ellas no son sino “virtudes cristianas que se han vuelto locas”. Las ideologías son intentos de ajustar la realidad a los propios deseos, emociones, memorias, ideas y razonamientos. Son esquemáticas, omni abarcantes y utópicas; pretenden explicarlo todo a partir del reduccionismo que hacen. Por eso es que se hacen inevitablemente pasajeras, superfluas y temporales, pues el sustento que las mantiene son mentiras maquilladas con un poco de verdad. De ellas dijo Giuseppe Sarto –San Pío X– que eran un “!Cúmulo, en verdad, infinito de sofismas, con que se resquebraja y se destruye toda la religión!”
¿Qué hacer, entonces, en medio de una civilización ideologizada para no caer en esas redes del error? El Doctor Angélico nos explica que el mal no tiene otra manera de combatirse salvo con la fuerza del bien, y el bien absoluto no es otro sino Dios. Según Santo Tomas el mal no tiene existencia propia, sino que es una privación del bien, así como la oscuridad no tiene esencia en sí misma sino que aparece por falta de luz.
Así pues, si el remedio para el mal está en ordenar la propia voluntad hacia el bien supremo que es Dios, ciertamente podemos decir que la única solución a la levadura de las ideologías está en el sumo bien que subyace tras los destellos de verdad que ellas camuflan: Dios mismo.
Volver a Dios y restaurar todas las cosas en Él será siempre un llamado urgente y necesario para el mundo de hoy y del futuro. Solo así se evitará que muchos sucumban ante el caramelo envenenado que suponen, como el comunismo soviético, todas las ideologías.
Referencias:
André Frossard, “No Tengáis miedo: Diálogo con Juan Pablo II”. Plaza y Jaines Editores, 1982.
Pío XI, Carta Encíclica “Divini Redemptoris”. 1931. Introducción.
Eulogio López en ‘Hispanidad’. Juan Pablo II: Deje usted que el mal se destruya a sí mismo”. En: https://www.hispanidad.com/hemeroteca/confidencial/juan-pablo-ii-deje-usted-mal-se-destruya-si-mismo_12022539_102.html
Libro de los Proverbios, 11, 3.
Homilía de Su Santidad Benedicto XVI, Basílica Vaticana, lunes 31 de diciembre de 2012.
Entrevista Al Santo Padre, Benedicto XVI. Octubre De 2012. De La Película «Bells Of Europe – Campanas De Europa: Un Viaje En La Fe A Través De Europa». En: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2012/october/documents/hf_ben-xvi_spe_20121015_bells-of-europe.html
G.K. Chesteron, ‘Ortodoxia’ III, ‘El suicidio del pensamiento’. Ed Porrúa, p 18.
San Pío X. Carta Encíclica “Pascendi Dominici Gregis”, 10.
x Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q. 48, a. 1.





