Ingresé a un aeropuerto. Mi primera impresión: mucho mejor que el de mi propio país que, a escasos días de recibir una oleada de turistas deportivos, mantiene la pregunta, medio en vilo, medio en broma, de si terminarán las famosas obras a tiempo. Nada diré, mejor, del otro aeropuerto, aquel que un megalómano obsequió a mi país como pobrísimo sustituto de aquel otro gigantesco proyecto, que canceló, como dicen en mi tierra, por sus pistolas. En fin, de nada sirven nuestras lágrimas.
Caminando por el aeropuerto me asaltó una segunda impresión, que parecería contradecir la anterior pero que, por el contrario, la complementa paradójicamente: todos los aeropuertos son iguales, la misma estructura, la misma logística y, más importante, sus espacios giran, en última instancia, alrededor del consumo. Así, podemos fácilmente decir que, aunque algunos aeropuertos son miserablemente feos, pequeños, imprácticos, incómodos o mediocres (e.g., el novísimo Felipe Ángeles), mientras otros son magnánimos, pujantes, colosales y tremendamente funcionales (e.g., el aeropuerto de Estambul, uno de los más imponentes en el mundo), su íntima hechura no deja de compartir, cuando menos, dos rasgos. Primero, los aeropuertos son no-lugares, como Marc Augé definiera; son espacios para el tránsito y, en tanto que tales, se caracterizan por esa fluidez que les arrebata su consistencia, les roba esa condición ser un sitio con peso, enraizado. Segundo, estos no-lugares se componen de dos elementos básicos: uno, el funcional, que describe el uso de todo aeropuerto en términos de movilidad; y dos, el que me atreveré a llamar existencial, que transforma a todo aeropuerto en un gigantesco centro comercial (otro no-lugar, por cierto). Así, el aeropuerto se nos revela como un no-lugar en un doble sentido, esto es, tanto lugar de tránsito como espacio de consumo. El viajero que ha cruzado las salas de seguridad se vuelve, de inmediato, un individuo anónimo cuya mejor distracción es el consumo: la pasarela de marcas rimbombantes, las interminables ofertas de licor, los relojes de diseñador, los lentes de sol y una miríada de tentaciones se abren de par en par al viajero que, en su espera—porque todos los no-lugares son sitios donde la espera tiene, irónicamente, su lugar—deambula como alma en pena en busca de algo que parezca una oferta, del producto que le haga sonreír un poco, que lo distraiga de la rutina que es su vida, de ese ir y venir en un mundo que ha perdido su rostro.
Una tercera impresión no tardó en manifestarse. No estaba en cualquier aeropuerto. La ciudad que pisaba—la más hermosa que conozco, más que Madrid y París, más que Turquía y Seúl—no era una ciudad solamente, era un centro cultural y artístico extraordinario que, no obstante, pertenecía a un país en guerra con un gobierno tremendamente complejo. En mis días en San Petersburgo pude sentir la grandeza del espíritu ruso—no conozco a nadie que haya pisado el museo del Hermitage y haya quedado indiferente; no creo que quien visite esta ciudad se niegue a reconocer que un espíritu aristocrático de gran calado late ahí, día con día, por las calles donde un día caminó Dostoievski, esas mismas calles que dieron vida a las grandiosas obras que el genio ruso regaló a la humanidad. San Petersburgo es un titán de ciudad. Y, sin embargo, es una ciudad bloqueada, silenciada, ignorada por Occidente, que se ha confrontado con su presidente.
Entiéndaseme bien: de ninguna forma comparto las formas del gobierno ruso y, para ser absolutamente claro, me parece que el experimento democrático en sociedades occidentales sigue siendo la mejor forma de gobierno y de administración del poder. Pero hay algo que no deja de picotear mi cerebro como un cuervo enardecido. Sí, Rusia ha cometido excesos que deben ser señalados; ha violentado derechos humanos, lo que es y será siempre condenable. Por citar un ejemplo, un reporte reciente del Center for the Study of Democracy sugiere que los gobiernos ruso, chino e iraní estarían utilizando a los cárteles mexicanos como aliados para incidir en la política de las sociedades occidentales. Sin duda, la actuación de muchos gobiernos no-democráticos ilustra con absoluta claridad la importancia que el ethos democrático, es decir, su dimensión social, tiene para el bienestar de las personas que habitan un territorio.
La verdadera tragedia —Rusia, lamentablemente, no ha sido nunca una democracia— ocurre, no obstante, mucho más cerca de nuestras costas. Uno cae en cuenta del auténtico problema que enfrentamos al darse cuenta de que el último hegemón, Estados Unidos, ha cometido todos los excesos imaginables—asesinatos políticos, injerencia en la política interna de los países, imposición de líderes, guerras injustificadas (Vietnam, Irak y la lista se está ensanchando en nuestros días) hasta llegar al extremo del impresentable y profundamente ignorante e inepto presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmando, sin empacho y con orgullo, que la cantidad de petróleo que su país ha extraído de Venezuela podría haber pagado ya 25 veces el costo de la intervención. Desde los ataques terroristas en el 9/11, el coloso de Norteamérica sufre un proceso sostenido de de-democratización, de retroceso y vuelta a formas más y más autoritarias. La tragedia es el caudal de los países que están jugando el conocido juego de Simon says, donde el que lleva mano pone un ejemplo que los demás imitan dócilmente.
Es cierto, Rusia inició una guerra contra Ucrania que parece estar violentando el orden internacional; sin embargo, la expansión de la OTAN, liderada por Estados Unidos, aunado a la presencia militar occidental en las cercanías a Rusia, ha sido observada por algunos analistas como una clara amenaza geopolítica que Rusia no tardaría en responder. No es mi intención hacer un balance robusto de esta guerra —carezco del conocimiento necesario— sino simplemente problematizar algunos análisis que brillan por la imprudente rapidez con la que pintan de blanco y negro a los protagonistas. En mi opinión, las conclusiones del tipo “el país A es bueno mientras el país B es malo” ilustran más bien el simplismo característico de una época que atestigua a la primera generación en la historia reciente que es menos educada e inteligente que la anterior.
Ahora bien, ¿qué relación existe entre la guerra ruso-ucraniana, los no-lugares, el hombrecillo naranja que vive en una casa blanca y las regularidades en la hechura de los aeropuertos en el mundo? A primera vista uno debería responder: Nada. Pero piénselo bien, querido lector, tómese un momento antes de desechar esta errática columna. Lo que todo esto tiene en común es lo incuestionable, aquello que simplemente se asume, esto es, la absoluta tiranía del mercado y el consumo. Si usted es un férreo capitalista, convencido de que vivimos en el mejor mundo posible, estas líneas siguientes están escritas contra lo que usted cree. Así que quédese, nos vamos a divertir.
Lo que sorprende al entrar a un aeropuerto como el de San Petersburgo y encontrar allí todas las marcas occidentales es, precisamente, el hecho de que la economía parece no ser parte de guerras, ni de ideologías, ni de conflictos, guiños, arañazos ni dolencias varias.
El consumo es ubicuo, universal, absoluto; trasciende fronteras, une a los países, fraterniza y relaja. Esta conocida tesis la encuentra uno en los escritos prácticos de Kant. No olvidemos que este filósofo, clímax del espíritu ilustrado, creía en la existencia de una civilización que emergía del uso adecuado de la razón, y por ende asumía la posibilidad (que posibilidad, concedamos) de cierta homologación entre los pueblos. Lamentablemente (para los ilustrados) aquello no sucedió: las dos guerras mundiales (que no fueron “mundiales” en ningún sentido de la palabra) destruyeron el sueño ilustrado, mostrando que aquello que llamaban “civilización” no era la sino una civilización entre otras, cuyo valor no puede ser definido en términos absolutos sino relativos.
Insertos en una realidad posmoderna, desencantada, profundamente cínica y desprovista de savia espiritual, ¿realmente es difícil entender la razón de que la economía —otrora sierva de las grandes actividades humanas, a saber, la política y la búsqueda y contemplación de la verdad— se haya convertido en la ciencia de ciencias, en motor inmóvil de toda sociedad, en paradigma de la “buena vida”, en la última deidad en pie?
Es ahí, creo, donde encontramos la treta, el montaje que nos tiene hundidos. Ya Rousseau la había denunciado en la segunda parte de su Discours sur l’origine et les fondements de l’inégalité parmi les hommes, donde denuncia la treta que un grupo de ricos hicieron para fundar una sociedad civil que encadenara a toda la comunidad de hombres y mujeres, convenciéndoles, al mismo tiempo, de que habían encontrado su libertad. El ginebrino lamenta: “todos corrieron al encuentro de sus cadenas, creyendo haber asegurado su libertad”; más tarde, inaugurará su Du Contrat Social reconociendo que “el hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado”.
En algún momento entre los siglos XVIII y XIX, alcanzando su clímax en la filosofía de Karl Marx, la idea de que la economía prima sobre la política se hizo realidad. El sueño griego y romano, el ideal del ciudadano que hace política, será sustituido por el del consumidor que se repliega a la vida privada (el ιδιωτης griego). Trágicamente, la gente terminará por tragarse la idea de que la política es mala, perversa y corrupta, mientras que la economía es prístina, eficiente y pujante. Nada más absurdo que esto: la política puede ser terrible lo mismo que la economía, así como ambas pueden coadyuvar con el bien común.
La irrupción de los no-lugares ha cerrado el círculo de esta historia de la servitude volontaire descrita por el joven Étienne de la Boétie en 1577. En el nuevo servilismo podemos criticarlo todo excepto ese ambiente cálido y humano de los centros comerciales; podemos demandar nuestras libertades con exceso de violencia, todo menos sugerir que el sistema financiero es un sistema de esclavitud; podemos pelear sobre el aborto, la eutanasia y el abanico de géneros (dos de los más divertidos: “maverique”, identidad completamente independiente de hombre y mujer, que se define a sí misma de forma única; y “demiboy” o “demigirl”, parcialmente hombres o mujeres, o lo que es más claro, ni muy muy ni tan tan), pero lo que nunca podemos permitirnos es limitar el acceso al consumo, a cualquier consumo, en todo su esplendor y complejidad, a todos y cada uno de los seres humanos.
Tal como afirma Zygmunt Bauman: “las tiendas y la sección de comprar adquieren una dimensión escatológica plena y verdadera. Expresado con las famosas palabras de George Ritzer, los supermercados son nuestros templos. Y yo añadiría, la lista de la compra es nuestro breviario, mientras que los paseos por los centros comerciales se han convertido en nuestros peregrinajes”. Permítase el querido lector revisar la escena final de How to Get Ahead in Advertising, un monólogo exquisito sobre la era del marketing y el consumo:
They’re entitled to any innovation technology brings. Whether it’s ten percent more of it or fifteen percent off of it, they’re entitled to it! They’re entitled to one or four important new ingredients! Why should anyone have to clean their teeth without important new ingredients? Why the hell shouldn’t they have their CZT? How dare some smutty Marxist carbuncle presumes to deny them it? They love their CZT! They want it, they need it, they positively adore it! And by Christ, while I’ve got air in my body, they’re going to get it! They’re going to get it bigger…. and brighter…. and better! I’ll put CZT in their margarine if necessary; shove vitamins in their toilet rolls. If happiness means the whole world standing on a double layer of foot deodorizers, I, Bagley, will see that they get them! I’ll give them anything and everything they want! By God, I will! I shall not cease, till Jerusalem is built here, on England’s green and pleasant land.
La treta hoy implica que nuestras cadenas permanecen en la oscuridad de lo incuestionable. Sea uno estadounidense o ruso, madrileño o mexicano, belga o chino, el universo del consumo no deja de hacer una mella profunda en la vida de los seres humanos (quizá la excepción sean los países donde el islam radical reina, pregunta que merece más estudio). La treta es el convencimiento de que peleamos por una mejor vida… siempre y cuando el sistema económico y financiero queden al margen de todo cuestionamiento. La treta es la demonización de la política como terreno de la maldad y la simulación, lo que nos ciega de esa otra maldad que es el capitalismo salvaje y su control de la política (ver Colin Crouch, Postdemocracy after the crises). La treta es la absoluta identidad de aeropuertos que pertenecen a universos sociales absolutamente distintos, esto es, la convicción de que Giorgio Armani y Chanel son los mismos en democracia que en autoritarismo. ¿No es por ello por lo que las trasnacionales se alzan de hombros cuando se les critica por sus tratos con dictadores, como Nike en Vietnam e Indonesia, Volkswagen y Ford en las juntas militares de Argentina y Brazil del siglo pasado, o como Shell en Nigeria en los años noventa del siglo pasado? ¿No se esconde ahí una dolorosísima treta que no queremos ver?
La treta nos obliga a replantear el significado del consumo. Decía yo que hay en el consumo algo “existencial”. ¿Cómo no va a serlo si vivimos para el consumo? ¿Cómo podemos negar el carácter existencial del consumo cuando el exceso aumenta al mismo tiempo que la miseria de cientos de millones que no pueden vivir en un mundo con tecnología suficiente para alimentarnos a todos? ¿Cómo seguir hablando de política en un mundo que no termina de entender que su condición servil está tan íntimamente arraigada en su ser mismo que visibilizarla, ya no digamos combatirla, es ya prácticamente imposible?
No. Estados Unidos, Rusia, China, Irán, México y Francia no son iguales. Pero son lo mismo en tanto que comunidades imaginarias (à la Benedict Anderson) que han dejado de existir para su gente y se han arrodillado ante el dios Consumo, especie de Mamón con desorden de ansiedad y una tendencia obsesivo-compulsiva a reinventarse a sí mismo, a actualizarse a través de las cosas que posee.
El problema no es que seamos diferentes, el problema es que estamos dejando de serlo, convirtiéndonos, día con día, en iteraciones de un sujeto sin rostro ni alma, sombras grises que acechan a Momo (recuerde el lector que, en la bella historia de Ende, las sombras grises consumen la energía vital de los seres humanos, su tiempo). El problema es que, al volvernos ciegos respecto de uno de los problemas más graves de nuestra actualidad —la desigualdad exacerbada y las injustas estructuras económicas y sociales que impiden la movilidad social en beneficio de un puñado de magnates, la mayoría desalmados sin demasiado mérito— nos concentramos en la diferencia cultural, política y social, como si fueran enfermedades en sí mismas.
Es urgente empezar a soñar fuera de la treta, más allá del espectáculo que se ha montado. Solo así, en mi opinión, la auténtica discusión, entre personas, podrá comenzar.
Referencias:
https://csd.eu/publications/publication/shadow-alliances/
https://www.youtube.com/watch?v=TB0kf5uRAtg
Cita este artículo
Aranda, J. P., (2026, junio 24). Mientras discutimos… un montaje para ingenuos. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/mientras-discutimos-un-montaje-para-ingenuos/
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