Un extenso recorrido por los lugares que solía frecuentar con su hermano gemelo y por otros nuevos como Boston, Montana, Quebec y Montreal, fue suficiente para despejar la mente de Waite Phillips.
En septiembre de 1914 entró en acción y adquirió la North Arkansas Oil Company, empresa dedicada a la venta y comercialización de productos petrolíferos refinados a mayoristas y minoristas. Su residencia familiar se trasladó a Fayetteville, en el noroeste de Arkansas.
Sin embargo, el comercio nunca despertó en él la misma pasión que la exploración y un año después regresó a Oklahoma convencido de que bajo sus praderas permanecían ocultas las mayores oportunidades de su vida.
Las primeras perforaciones en el condado de Okmulgee no arrojaron resultados alentadores. Muchos habrían dado por fracasada la empresa, pero Waite confiaba más en su intuición que en la fortuna. Decidió cambiar de ubicación y perseveró allí donde otros habrían desistido, hasta que finalmente dio con el petróleo que buscaba. Aquel hallazgo cambió el rumbo de su vida.
En 1916 fundó la Okmulgee Producing & Refining Company y el arrendamiento de 20 hectáreas le reportó su primera gran fortuna. Ese mismo año participó en la creación del Central National Bank de Okmulgee, consolidando un prestigio que ya trascendía en el mundo del petróleo.
En 1918 nació su hijo Elliot, coincidiendo con el momento en que el yacimiento de Youngstown superó una producción de tres mil barriles diarios. Antes de partir con su familia de vacaciones hacia Chicago, Waite decidió trasladar la residencia familiar a Tulsa, ciudad que por entonces era conocida como la Capital Mundial del Petróleo.
Tulsa se había convertido en el centro neurálgico de la industria y ofrecía el escenario ideal para un empresario cuya fortuna aumentaba con rapidez. El oro negro desempeñaba un papel fundamental en la economía, el estilo de vida y la cultura de Tulsa.
En 1920 dos tercios del petróleo mundial provenían de Estados Unidos. Gran parte del crudo se extraía de Oklahoma, donde Waite, recién nombrado director del First National Bank of Tulsa, se había consolidado como uno de los mayores productores del país.
A partir de ese año el crecimiento de sus negocios alcanzó una dimensión sin precedentes. El yacimiento de Phillipsville producía más de veinte mil barriles diarios, permitiéndole extender sus operaciones en varios estados, construir una refinería y establecer una red propia de estaciones de servicio. Con ello logró integrar en una sola organización la exploración, producción, refinación y comercialización del petróleo, un modelo empresarial adelantado a su tiempo.
Sin embargo, en medio de aquella expansión comenzó a experimentar una transformación interna. La compra de un rancho en Colorado y, poco después, de una extensa propiedad en las montañas de Nuevo México – a la que dio el nombre de Philmont Ranch – despertó en él una forma distinta de contemplar la vida.
Allí, cabalgando frente a las montañas de Sangre de Cristo y recordando a su hermano Wiate, comprendió que existían riquezas imposibles de medir en dinero. Poco a poco descubrió que el tiempo compartido con Genevieve y con sus hijos tenía un valor que ninguna refinería, pozo o mansión podían igualar.
Esta introspección se produjo precisamente cuando su imperio alcanzaba el mayor esplendor. En 1922 consolidó sus empresas bajo la denominación de Waite Phillips Company, con sede en Tulsa, cuya expansión parecía no conocer límites. Incluso comenzó a rivalizar en las subastas de concesiones petroleras con la Phillips Petroleum Company dirigida por sus hermanos mayores Frank y L. E. en Bartlesville.
En 1924 sus operaciones alcanzaron un nuevo apogeo. Cientos de pozos producían petróleo en Oklahoma, Kansas, Texas, Arkansas y Missouri y sus combustibles y lubricantes Phillips Higrade abastecían una red comercial en constante expansión. En El Dorado, Arkansas, la producción era de cuarenta y dos mil barriles por día. Ya para entonces, Waite Phillips era considerado el más destacado operador petrolero y una figura de enorme influencia en la banca, la ganadería y los bienes raíces.
No obstante, Waite no se aferraba a la posesión de su compañía. “Nada es permanente excepto el cambio”, solía decir con frecuencia.
Entonces hizo lo que casi nadie esperaba.
En julio de 1925 Waite tomó una decisión que sorprendió al mundo financiero: vendió la Waite Phillips Company a un consorcio neoyorquino encabezado por Blair & Company por veinticinco millones de dólares, una de las mayores transacciones petroleras realizadas hasta entonces. Muchos interpretaron aquella decisión como el retiro de un hombre que había conquistado cuanto podía desear. En realidad, era el comienzo de una búsqueda completamente distinta.
A los cuarenta y tres años, Waite era considerado uno de los hombres más ricos del país. Poseía más de 283 mil hectáreas en Oklahoma, Colorado, Arizona y Nuevo México y según el historiador Michael Wallis sus ingresos superaban los cuarenta mil dólares diarios. Sin embargo, el éxito empresarial ya no absorbía por completo sus pensamientos.
En 1926, cuando se anunció la construcción de la histórica Route 66, dirigió toda su energía hacia proyectos que reflejaban una visión más amplia de la vida. En Tulsa construyó Villa Philbrook, una residencia de setenta y dos habitaciones rodeada de jardines, que durante más de una década fue el hogar de su familia.
En Philmont Ranch levantó Villa Philmonte, desde donde contemplaba las montañas de Sangre de Cristo que le habían enseñado a valorar el silencio, la naturaleza y la vida familiar por encima de cualquier éxito material.
En el centro de Tulsa impulsó la construcción del Philtower Building y poco después Philcade Building, dos obras que simbolizaron el extraordinario crecimiento económico de la ciudad y que aún hoy forman parte de su patrimonio arquitectónico. Mientras otros empresarios medían su legado por la altura de sus edificios o el tamaño de sus fortunas, Waite comenzó a preguntarse qué permanecería cuando él ya no viviera.
La filantropía le dio un mayor impulso a sus acciones y legado. En 1938 donó Villa Philbrook a la ciudad de Tulsa para convertirla en un museo de arte. Tres años después donó a los Boy Scouts of America Villa Philmonte, la mayor parte de Philmont Ranch y Philtower Building, convencido de que aquellas montañas podían formar el carácter de generaciones de jóvenes. Fueron donaciones extraordinarias, no solo por su magnitud económica, sino porque representaban el desprendimiento de los lugares que más había llegado a amar.
Waite consideraba que “La verdadera filantropía consiste en ayudar a los demás –fuera de nuestro propio círculo familiar– sin esperar ni exigir agradecimiento alguno”.
Con el paso de los años desarrolló una filosofía personal sobre el trabajo, la riqueza y la responsabilidad. En su diario escribió: “Es más honroso ser el mejor cavador de zanjas de una cuadrilla que un presidente mediocre en una empresa, pues el primero ha logrado algo sobresaliente gracias a su propio esfuerzo, mientras que el segundo se conforma con dejarse llevar por la dignidad de su cargo”.
Para Waite, la excelencia no dependía del cargo sino del esfuerzo, integridad y dedicación con que cada persona desempeña su labor.
Durante años coleccionó aforismos por considerarlos auténticas reglas de vida. Uno de ellos terminó reflejando su propia existencia: “Las únicas cosas que conservamos para siempre son aquellas que regalamos”. No era una frase inspiradora más; era el principio que orientó las decisiones más importantes en la segunda mitad de su vida.
Waite y Genevieve pasaron sus últimos años en California, donde continuaron apoyando a instituciones educativas y hospitalarias, incluyendo a la Universidad del Sur de California. Waite Phillips falleció en Los Ángeles el 27 de enero de 1964, a los ochenta y un años.
Sus biógrafos coinciden en que la verdadera grandeza de Waite Phillips no radicó en la inmensa fortuna que llegó a acumular, sino en la libertad con la que supo desprenderse de ella.
Para Waite las posesiones tenían un valor limitado mientras permanecieran bajo el dominio de las personas, pero adquirían un valor permanente cuando se convertían en beneficio para otros.
Waite Phillips fue un gran pionero de la industria petrolera. Pero quizá su mayor conquista no fue extraer petróleo sino descubrir que la riqueza encuentra su sentido más profundo cuando se transforma en servicio. Ese es el mayor legado de Waite Phillips. La certeza de que la riqueza solo alcanza su verdadera dimensión cuando mejora la vida de otros.
Cita este artículo
Quilantán Arenas, R., (2026, septiembre 15). La travesía de Waite Phillips. Parte II. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-travesia-de-waite-phillips-parte-ii/
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