La hora del amor

Rafael Funes Díaz

En este complejo entramado de nuestro tiempo, donde la realidad social nos interpela con urgencia, emerge la resonancia del Evangelio, una voz que no nos permite la huida. El Papa Francisco, con su clarividencia habitual, no nos invita a la inacción, a la pasividad complaciente, sino que nos lanza una interpelación directa, un desafío radical: abandonar la cómoda butaca del “hincha” para descender al ruedo de la vida, al diálogo, al compromiso tangible y a la acción transformadora. Es el eco de una ciudadanía viva que se niega a ser mero espectador mientras otros deciden su destino.

En este complejo entramado de nuestro tiempo, donde la realidad social nos interpela con urgencia, emerge la resonancia del Evangelio, una voz que no nos permite la huida. El Papa Francisco, con su clarividencia habitual, no nos invita a la inacción, a la pasividad complaciente, sino que nos lanza una interpelación directa, un desafío radical:

Abandonar la cómoda butaca del “hincha” para descender al ruedo de la vida, al diálogo, al compromiso tangible y a la acción transformadora.

Es el eco de una ciudadanía viva que se niega a ser mero espectador mientras otros deciden su destino. 

Y es que, como subraya el Pontífice, la democracia no es una mera ritualidad electoral ni una colección de estructuras; su verdadera savia vital fluye cuando el pueblo se erige en comunidad vibrante, cuando personas de carne y hueso se atreven a dialogar, a escuchar y, sobre todo, a hacerse cargo del prójimo. ¿Acaso no hemos cultivado, incluso entre nosotros, una lamentable normalización de la pasividad social? Una suerte de inercia que nos lleva a aguardar soluciones “desde arriba” —de partidos, gobiernos o autoridades— para luego, ante la ausencia, claudicar en la crítica fácil o la resignación silenciosa. Mas Francisco, con voz profética, nos desvela una verdad ineludible:

La verdadera metamorfosis no brota en las alturas del poder, sino en el latido mismo del pueblo, en el alma de nuestras parroquias, en el pulso de nuestros barrios, en la humildad de nuestras decisiones de cada día. 

El mensaje papal es tajante: la caridad jamás podrá ser un mero paliativo o un sustituto de la justicia. Es imperativo forjar una cultura del encuentro, un espacio donde cada voz, desde su propia trinchera, pueda contribuir y sentirse parte indisoluble del bien común. Es precisamente en este punto donde la fe, nuestra fe, revela su intrínseca fuerza transformadora. No hablamos aquí de incursionar en la política partidista desde el púlpito, sino de vivir el Evangelio con una audaz proyección pública. Se trata de percibir el clamor del pueblo, de acompañar sus complejas trayectorias, de atreverse a «ensuciarse las manos con la realidad», emulando el incuestionable ejemplo de Jesús. Porque una Iglesia que se repliega en sus propios muros, que rehúye el encuentro, está condenada a la esterilidad, a la lejanía, a la orfandad de testimonio. 

La participación de cada ciudadano no es, pues, una mera alternativa, una opción secundaria; es, en su esencia más profunda, una vocación irrenunciable. Y cuando esta participación germina desde el humus de la fe, porta en su seno la simiente inconfundible del Reino. Una comunidad cristiana que permanece al margen de la realidad de su pueblo es, de facto, una comunidad que ha desdibujado en su memoria que el prójimo no se circunscribe al cercano geográfico, sino a todo aquel cuya dignidad se encuentra bajo asedio. En este presente convulso, la urgencia de creyentes capaces de escuchar con hondura, de dialogar con genuinidad y de tender puentes en el fragor de tantas divisiones se torna acuciante. Hombres y mujeres que, imbuidos por el espíritu de la Doctrina Social de la Iglesia, se atrevan a sembrar procesos en la arena de la política, la economía, la educación, y en la sencillez de las decisiones cotidianas. Porque, como bien sentenciara Francisco: “La política, tan denigrada, es una de las formas más altas de la caridad, porque busca el bien común”. 

Que nadie, pues, espere que otros asuman la tarea que, por vocación y por conciencia, nos incumbe a cada uno. Cada individuo, desde la particularidad de su llamado —sea madre de familia, dedicada docente, joven estudiante, entregada religiosa, incansable trabajador o sabio jubilado— posee una contribución singular para la transformación del mundo. Es tiempo de abandonar la fría tribuna del mero observador. Es la hora de transitar del silencio complaciente al clamor elocuente. Hagamos de nuestra fe no solo un refugio interior, sino un sendero que irradie luz sobre la vida pública. Porque es en esa activación de la ciudadanía, en la participación decidida del pueblo, en el acompañamiento comprometido de la Iglesia, donde la esperanza se despoja de su ropaje de «bonita palabra» para transfigurarse en historia viva y palpitante. 

En el torbellino de la realidad contemporánea, una sentencia del Papa Francisco resuena con la fuerza de una auténtica revolución: “El dinero debe servir, no gobernar”. Esta consigna, aparentemente sencilla, encierra una radical subversión de la lógica imperante, interpelando por igual a gobiernos, comunidades y, con especial énfasis, a nosotros, los creyentes. Navegamos hoy en un sistema económico que, con descaro, coloca al lucro por encima de la persona humana, una maquinaria que descarta al improductivo, que silencia al vulnerable, que priva de pan y techo a incontables hijos de Dios. Es una economía que, si bien genera riqueza, exhibe una clamorosa incapacidad para distribuir justicia. Francisco, es vital subrayarlo, no la condena desde una mera ideología, sino desde la raíz innegociable del Evangelio y la dignidad humana. 

Porque no es suficiente con ofrecer paliativos a los desposeídos si no nos atrevemos a indagar la razón de su abrumadora cantidad. No basta con la compasión efímera si no germina en nosotros la indignación profunda ante las estructuras que, perversamente, perpetúan la desigualdad. Como cristianos, la neutralidad nos está vedada frente a un modelo económico que, sin pudor, excluye, explota y borra el rostro humano que se esconde tras cada cifra estadística. Francisco nos convoca a soñar, sí, pero no a soñar quimeras.

Nos invita a concebir una economía de otra estirpe: aquella donde la ética y la espiritualidad no sean apéndices decorativos, sino el corazón mismo que pulse en cada decisión. Una economía que brote del encuentro genuino, que se construya desde la base, protagonizada por seres de carne y hueso: campesinos, mujeres, migrantes, jóvenes, trabajadores. 

En la trama de este sueño audaz, no podemos permitirnos el lujo de ser espectadores pasivos. La invitación trasciende la mera exigencia de legislaciones más justas o la vana esperanza de un cambio de rumbo en las élites poderosas. Se ancla, de forma ineludible, en nuestras elecciones personales más íntimas: ¿cómo ejerzo mi consumo? ¿dónde dirijo mi inversión? ¿a quién me abro a escuchar y a incluir en el círculo de mi prójimo? Evocamos aquella escena evangélica donde Jesús, con gesto firme, expulsa a los mercaderes del Templo. No lo hizo por aversión al comercio en sí, sino porque el espacio sagrado había sido profanado por una lógica de mero beneficio y exclusión. Hoy, numerosos ámbitos vitales —el trabajo, la tierra, la vivienda, la educación— corren el ominoso riesgo de transmutarse en meros templos del mercado. Y frente a ello, la voz del mensaje cristiano permanece límpida e irrenunciable: la economía está, por designio, al servicio de la vida, y nunca a la inversa. 

Si bien estas ideas han resonado en la Doctrina Social de la Iglesia por décadas, es con Francisco que adquieren una voz renovada, de urgencia perentoria y concreción palpable. Él nos habla desde las periferias, desde esos vastos territorios donde el sistema revela sus fisuras más dolorosas, y nos susurra una verdad esencial: “no nos salvamos solos”. La interdependencia, lejos de ser un mero dato económico, es una profunda verdad espiritual: lo que hiere a uno, repercute en la totalidad. La reciente pandemia, los conflictos que asolan el orbe, la apremiante crisis ambiental… todos son testimonios flagrantes de la intrínseca fragilidad de un modelo que nos prometió seguridad a cambio de acumulación desenfrenada. Francisco, sin ambages, lo sentencia: “el mercado no se regula solo”. Urge construir una economía que acoja el desgarrador grito de la tierra y el clamor de los pobres, tal como nos implora en las encíclicas Laudato Si’ y Fratelli Tutti. Una economía que, más allá de la fría cifra de ganancias, se interrogue con honestidad: ¿a quién hemos dejado atrás en este camino? 

Esta no es, pues, una proclama exclusiva para economistas o teóricos. Es una exhortación que nos interpela a todos: religiosas, laicos comprometidos, trabajadores incansables, líderes comunitarios, padres y madres de familia. Porque en este sistema, todos habitamos, y en su transformación, todos tenemos una cuota ineludible de contribución. La buena nueva es que esta metanoia no germina en las torres de Wall Street ni en los despachos de los grandes organismos financieros. Comienza, silenciosamente, en la urdimbre de nuestras opciones cotidianas: en la dignificación del trato a quien nos sirve, en la innegociable defensa del trabajo justo, en la audacia de abrirnos a nuevas expresiones de solidaridad económica, como el comercio justo, la banca ética o el consumo responsable. 

No olvidemos jamás que el motor de la transformación, la verdadera fuerza del cambio anida precisamente en los márgenes. Como recordaba Francisco a los jóvenes reunidos en “La economía de Francisco”, no estamos condenados a la estéril repetición de modelos fallidos. Estamos convocados a la audacia, a la creatividad, a la valentía. Y desde la luz de nuestra fe, estamos llamados a anunciar, con la elocuencia de los hechos, que otra economía es verdaderamente posible. Una economía cuyo epicentro no sea el capital, sino la inalienable dignidad de la persona. Donde el éxito no se tase exclusivamente por el rendimiento, sino por la tangible inclusión. Donde el servicio desinteresado a los demás tenga un valor preeminente sobre el mero beneficio individual. En síntesis, una economía que respire, una economía con alma. 

Que este mensaje, por ende, no se diluya en la etereidad de «bonitas ideas» o la corrección de discursos. Que se traduzca en decisiones firmes, en encuentros transformadores, en procesos que dignifiquen la existencia humana. Que cada comunidad cristiana se erija en germen, en semilla viva, de ese nuevo paradigma económico que el Papa nos inspira a forjar. Porque es en el momento en que el dinero se convierte en siervo, que la dignidad humana eclosiona. Y es cuando la economía se reviste de humanidad, que el Evangelio se encarna, palpable y vibrante, en la urdimbre de la historia. 

Y así, con la contundencia de un eco evangélico, emerge otra verdad cardinal que el Papa Francisco ha desgranado en palabras de una sencillez engañosa, pero de un desafío monumental: “El verdadero poder es el servicio”. En un mundo que idolatra el dominio, el prestigio y el privilegio, esta afirmación puede sonar a contravía, casi ingenua. Mas no es esa, en absoluto, la inconfundible lógica del Evangelio. 

Desde los albores de su pontificado, Francisco ha fijado su mirada en una idea de autoridad radicalmente distinta.

Para él —y para el corazón de nuestra tradición cristiana— el liderazgo auténtico no se impone desde las alturas, sino que se edifica desde la humildad de la base, desde la entrega desinteresada, desde la cercanía profunda con el otro, desde la valentía de tocar con ternura las heridas más profundas.

Jesús, en la Última Cena, nos legó el paradigma más diáfano de esta verdad cuando, en un acto de asombrosa humildad, se arrodilló para lavar los pies de sus discípulos. En ese gesto silente, derribó milenios de concepciones jerárquicas del poder, optando no por una disertación teórica, sino por un acto conmovedor. 

En su eco, Francisco nos ha recordado que la Iglesia no está llamada a ser una estructura ensimismada, obsesionada con la defensa de sus propios privilegios. No. La Iglesia ha de ser, en palabras suyas, “accidentada por salir, que enferma por encerrarse”. Una Iglesia, en definitiva, que se aventura a caminar codo a codo con el pueblo, que se despoja de temores para ir al encuentro de las periferias, aún si ello demanda «mancharse las manos» con la realidad más cruda. 

Esta visión, conviene subrayarlo, no es patrimonio exclusivo de obispos o jerarcas.

Cada uno de nosotros está convocado a ejercer alguna forma de autoridad en los distintos escenarios de su vida: en el seno familiar, en la comunidad, en el ámbito laboral. Y la interrogante crucial no es la de la influencia que poseemos, sino la de a quién servimos con la esencia misma de nuestro ser. Francisco ha insistido: el poder genuino “no es tener más, sino servir mejor”.

En una sociedad obsesionada con la competencia y la eficiencia, esta afirmación podría ser tildada de utópica. Sin embargo, la historia nos enseña que la fuerza más potente es aquella que se consagra al servicio. Como el Apóstol San Pablo sentenciaba: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”. Porque es en la entrega desinteresada, en la honesta vulnerabilidad, en la generosidad sin límites, donde cristaliza la auténtica autoridad moral. 

Cabe, pues, interrogarnos: ¿qué rostro adopta este poder que se entrega al servicio? Quizás se asemeja al padre de familia que, en un silencio elocuente, se convierte en bastón de su hija durante la enfermedad. A la religiosa que acoge con infinita paciencia el lamento de los marginados. Al joven que, en el corazón de su barrio, teje espacios de diálogo, de encuentro, de reconciliación. A la mujer que congrega a sus vecinos no para imponer su visión, sino para erigir los cimientos de la comunidad. El servicio, que quede claro, no es sinónimo de pasividad. No implica ceder al avasallamiento o renunciar a la propia responsabilidad. Al contrario: el servicio exige una valentía férrea. Demanda la disposición a renunciar al efímero aplauso para perseguir el bien genuino del otro, incluso cuando la propia acción no encuentre comprensión. 

Con meridiana claridad, el Sumo Pontífice nos ha espetado: “Si uno no vive para servir, no sirve para vivir”. Esta frase, lejos de ser un mero reproche, se alza como una provocación audaz a vivir con mayor hondura, a emplear nuestras capacidades —por cuantiosas o modestas que sean— para elevar al prójimo, y no para trepar sobre sus hombros. Hermanos y hermanas, habitamos un tiempo que clama por una nueva estirpe de liderazgo: menos triunfalista, más compasivo; menos egocéntrico, más anclado en el «nosotros». Y ese liderazgo cristiano, ese que bebe de la fuente inagotable del servicio, no florece en la suntuosidad de las catedrales o los palacios, sino que germina en la plaza, en la calle, en el diálogo cotidiano que entablan personas que, aun distintas en sus dones, se reconocen idénticas en dignidad. 

Convirtamos nuestras comunidades en auténticos crisoles donde el poder deje de ser un privilegio para transmutarse en misión. Donde la autoridad no se pondere por la acumulación de títulos, sino por la inconmensurable capacidad de levantar al caído, de escuchar al que ha sido olvidado, de suturar aquello que está fracturado.

Porque es solo cuando el poder se consagra al servicio que se convierte en gracia pura. Y cuando el liderazgo nace del corazón mismo del Evangelio, se erige en un instrumento ineludible de transformación. 

En el epicentro de las grandes crisis que convulsionan nuestro tiempo —políticas, económicas, ecológicas, relacionales—, el Papa Francisco insiste, con una persistencia vital, en una verdad de una sencillez desarmarte, pero de una profundidad revolucionaria: el cambio verdadero se inicia en la base, desde abajo. No en la resonancia de grandes discursos, no en la inaccesibilidad de los centros de poder, sino en la intrincada urdimbre de los vínculos que tejemos día tras día, en la aparente insignificancia de gestos que, sin embargo, sustentan la vida misma. 

Para ilustrar esta verdad, el Pontífice no recurre a intrincadas disquisiciones teóricas, sino a imágenes arraigadas en lo más profundo de la condición humana: la plaza, el mercado. Esos espacios donde la mirada se encuentra con la mirada, donde la vida simplemente acontece. Allí, precisamente allí, es donde se trama el inquebrantable tejido social que posibilita la paz, la justicia y la fraternidad. La plaza, en su esencia, es el ágora donde los ciudadanos se observan, se escuchan, se reconocen en su humanidad compartida. No hay lugar para el anonimato; solo para el encuentro genuino. En su seno, tienen lugar las celebraciones barriales, los reclamos legítimos, los abrazos que suturan heridas, la risa contagiosa de los niños, las conversaciones que, en su sencillez, pueden transformar el rumbo de una comunidad. Francisco nos convoca a rehabitar estas plazas con una renovada conciencia, con el corazón abierto de par en par y con una responsabilidad ineludible. 

Análogamente, el mercado —esa constante vibrante en el pulso de nuestras ciudades— trasciende su función de mero epicentro de intercambio económico. Es también un espacio privilegiado donde la solidaridad puede adquirir forma concreta, donde un humilde productor puede tejer el relato de su vida, donde los lazos entre vecinos se robustecen, donde es posible cultivar una economía con rostro más humano y justo. El Papa, con insistencia, se refiere al “pueblo como sujeto”, despojándolo de la connotación de masa inerte, de clientes anónimos o de votantes pasivos. Habla de pueblo en un sentido eminentemente evangélico: una comunidad de personas que transitan unidas, que cuidan, que sostienen, que oran, que celebran, que luchan. Y este pueblo, es crucial entenderlo, no se forja en la asepsia de los escritorios, sino en el latido crudo de la calle. En la humildad de los bancos de la plaza. En la fortaleza de las redes solidarias del barrio. En la efervescencia de las ferias comunitarias. En la calidez de los encuentros parroquiales. 

A menudo, la magnitud de la tarea de transformar el mundo nos lleva a creer que es una empresa exclusiva de grandes líderes. Sin embargo, Francisco insiste en que la historia, la verdadera historia, se urde también en los márgenes, con la aspereza de manos curtidas, con la generosidad de un pan compartido, con la ternura de palabras de consuelo ofrecidas en una humilde banqueta, con el eco de un saludo sincero a quien padece la soledad. Allí donde alguien se detiene a escuchar con atención al prójimo, donde un joven congrega voluntades para limpiar una calle o distribuir alimentos, donde una madre invita a otra a unirse en oración… allí, en ese preciso instante, se gesta la transformación. Una transformación no solo real, sino profunda y, en su esencia más prístina, evangélica. 

La Doctrina Social Cristiana, en su sabiduría milenaria, nos reitera una verdad inquebrantable: no existe caridad genuina sin justicia, y no hay justicia sin participación.

El Pontífice, con firmeza, ha sentenciado que no se trata de limitarnos a la función de “asistentes sociales de emergencia”, sino de erigirnos en sembradores de procesos, en artesanos de comunidad. En creyentes que asumen que la fe no puede confinarse entre los muros sagrados de un templo, sino que debe derramarse, como levadura viva, en la vasta masa del mundo. 

Queridos hermanos, ¿qué sucedería si hoy nos atreviéramos a revisitar nuestras plazas, nuestros mercados, nuestras calles con una mirada renovada? ¿Y si en ellas descubriéramos no la mera rutina de lo predecible, sino una oportunidad latente de encuentro, de misión, de comunión profunda? Porque lo cotidiano, lejos de ser banal, se transfigura en sacramento del Reino cuando es habitado por el amor, por la conciencia plena, por el anhelo inquebrantable de dignificar al otro. 

Francisco nos convoca, insistentemente, a transitar de una fe de mera conservación a una fe en «salida». Una fe que, con audacia, se interroga: ¿qué heridas claman por sanación en mi comunidad? ¿Qué palabra puedo yo, desde mi singularidad, ofrecer? ¿Qué gesto humilde, aparentemente insignificante, puede descorrer la puerta al diálogo, al consuelo, a la esperanza? La edificación del tejido social es una tarea lenta, a menudo invisible, pero de una urgencia ineludible. No se logra a golpe de decreto, sino con la sutil fuerza de la ternura. No se impone, sino que se propaga por contagio. Y es, en última instancia, la manifestación más tangible en que el Evangelio se encarna, vivo y palpitante, en la cotidianidad del pueblo. 

En el presente, desgarrado por la fragmentación, la polarización política y una alarmante indiferencia global ante el sufrimiento de millones, se alza una figura que, trascendiendo su rol de líder católico, se ha erigido en un referente ético ineludible para creyentes y no creyentes por igual: el Papa Francisco. Desde los albores de su pontificado, supo con certeza que su misión desbordaría los milenarios muros del Vaticano. Al adoptar el nombre de Francisco, ya nos legaba una proclama poderosa: la de asumir la tarea de reconstruir aquello que se halla fragmentado, la de partir siempre desde los más humildes, la de pronunciar la verdad desde la sencillez y la de provocar al mundo entero desde la fuerza desarmante de la ternura. 

Francisco no se expresa en la gélida clave diplomática; su voz resuena con la fuerza incontenible del Evangelio. Así lo hace en los salones de la ONU, en las cumbres del G20, en conferencias internacionales, ante líderes de toda confesión y ante aquellos que no profesan ninguna fe. Y en cada instancia, lo que porta no es una agenda ideológica, sino un llamado innegociable a la recuperación de nuestra humanidad esencial. Cuando aborda el fenómeno migratorio, no lo hace desde frías estadísticas, sino desde la palpitante vida de historias concretas. Cuando se refiere al cambio climático, no se limita a hablar de «calentamiento global», sino de una crisis moral de dimensiones planetarias. Y cuando, con indignación, denuncia la guerra, su búsqueda no se limita a culpables aislados, sino que interpela el corazón mismo de un sistema global que ha normalizado la violencia y que, perversamente, ha transformado la economía en una contienda. En cada uno de estos gestos, Francisco se erige como un líder global singular: no impone, sino que propone; no confronta desde el poder, sino que interpela desde la conciencia más íntima. Es, en certera definición de un periodista, “una autoridad sin ejército, pero con palabra profética”. 

Para nosotros, que habitamos nuestra fe en la intimidad de comunidades locales, este rol global del Pontífice podría percibirse como distante. Pero, en una lectura más profunda, su resonancia es entrañablemente cercana. Porque cada vez que el Papa alza su voz por los descartados, por los pueblos subyugados, por los jóvenes desprovistos de oportunidades, nos recuerda una verdad innegociable: el Evangelio no conoce fronteras. Su magisterio en Laudato Si’ —esa profunda exhortación sobre el cuidado de la Casa Común— no es un llamado exclusivo para católicos; es una carta abierta a la humanidad entera. En Fratelli Tutti, nos convoca a reimaginar la esfera política, económica y social desde la perspectiva inmensa de la fraternidad universal. Y en cada uno de sus viajes apostólicos —a África, a Asia, al Medio Oriente, a nuestra propia América Latina—, su paso es el de un sembrador incansable de puentes allí donde otros persisten en levantar muros. 

Francisco, lejos de cualquier ingenuidad, es plenamente consciente de que su mensaje incomoda. Sabe que hay voces que anhelarían ver a la Iglesia silente ante ciertas injusticias. Pero es precisamente por esta razón que su testimonio resuena con una fuerza tan avasalladora: porque no ha abdicado de la verdad innegociable del Evangelio, aun cuando ello le granjee incomodidades y críticas. Para nosotros, esta realidad conlleva implicaciones sumamente concretas. No podemos limitarnos a la mera admiración del Papa como una figura pública distante. Estamos llamados a dejarnos conmover profundamente por su llamado. Él nos revela que cada cristiano puede y debe ser un agente activo de transformación. Desde la modesta plaza del barrio hasta el vasto escenario internacional, cada individuo posee una contribución única. Y este compromiso germina al reconocer que no existen “otros problemas”: lo que lacera a uno, lacera al cuerpo entero de la humanidad. 

¿Qué lecciones nos depara, entonces, la figura del Papa como actor global? En primer lugar, que la autoridad moral no precisa del estruendo del grito, sino de la sólida roca de la coherencia. En segundo, que el diálogo, lejos de ser debilidad, se erige en el método evangélico por excelencia. Y, en tercero, que la Iglesia ostenta una misión de carácter universal: no la de imponer una fe, sino la de ofrecer caminos genuinos de reconciliación, de justicia, de dignidad. Francisco nos enseña que la fe no se confina a la sacristía de los templos; su verdadera morada se encuentra sembrada en las plazas bulliciosas del mundo. Y que la esperanza no es una vía de escape, sino una fuerza social, espiritual y política de calado transformador. Quizás nuestra existencia no nos lleve a recorrer el mundo ni a pronunciar discursos en organismos internacionales. Pero desde el seno de nuestras comunidades, desde el aula, desde la simplicidad de nuestros actos cotidianos, podemos sumar nuestra voz a esa sinfonía de esperanza que el Pontífice anhela despertar en el orbe. Porque si en el fragor del ruido global aún subsiste una voz que resuena con autenticidad, es aquella que brota del Evangelio… y que se atreve a pronunciarse con alma, con ternura y con verdad. 

En este vertiginoso devenir del mundo, donde las distancias se ensanchan incluso entre vecinos y donde innumerables almas yacen heridas por el abandono, la pobreza o la indiferencia, el Papa Francisco nos interpela con una invitación clara y luminosa: “Prefiero una Iglesia accidentada por salir, que enferma por encerrarse”. Esta sentencia, lejos de ser una mera provocación retórica, se erige en una brújula certera para nuestro tiempo. Francisco nos convoca a forjar una Iglesia en «salida», una comunidad que no se arrellana en la complacencia de sus estructuras, sino que se aventura al camino —a veces con el temblor de la incertidumbre, a veces con el vértigo del miedo— pero siempre confiada en el Espíritu que la impulsa hacia afuera. 

¿Qué significa, en su esencia, este «salir»? No es una mera translocación física. Es, en rigor, un cambio de lógica, una mutación de paradigma: la transición de una pastoral de la espera a una pastoral del encuentro genuino. Es abandonar el lenguaje autorreferencial para sumergirse en la escucha de la vida concreta de las personas. No se trata de imponer respuestas preconcebidas, sino de caminar al lado del otro, como compañeros de ruta, compartiendo sus interrogantes, sus penas, sus búsquedas más íntimas. La Iglesia en salida es, pues, una comunidad que descorre la puerta, no solo de su templo, sino de su propio corazón. Y para lograrlo, es imperativo haber escuchado con hondura al Maestro que, como en Emaús, camina a nuestro lado. Porque no nos aventuramos en solitario: salimos con el Evangelio en nuestras manos y con el rostro de Cristo grabado en lo más profundo de nuestro ser. 

Francisco, con franqueza, lo ha proclamado:

No anhelamos una Iglesia obsesionada con su impecabilidad, sino una Iglesia capaz de «ensuciarse las manos» por amor. Una Iglesia que se atreva a tocar las llagas vivas de su pueblo sin el temor pueril a perder prestigio. Que sepa habitar los espacios donde la realidad duele con más intensidad: en los barrios sumidos en la exclusión, en los pasillos de los hospitales, en el fragor de los conflictos sociales, en el silencio de las cárceles, en los rincones donde la dignidad de tantos se juega a diario. El «salir» implica riesgos, ciertamente. Pero el riesgo más grande, el más funesto, es no salir.

Porque una Iglesia que se repliega en sí misma se marchita, pierde su savia vital, deja de ser la Buena Noticia que está llamada a ser. 

Una Iglesia en salida se atreve, además, a hablar el lenguaje del presente. No para descafeinar la esencia del Evangelio, sino para encarnarlo con mayor plenitud. Escucha el desgarrador grito de los migrantes, el dolor ancestral de los pueblos originarios, el clamor silente de los descartados. Se permite ser interpelada por la cruda realidad. No se confina al mero discurso doctrinal, sino que transfigura la fe en gestos concretos, en cercanía palpable, en compasión activa. Esta visión, sin embargo, no es una consigna reservada para obispos o misioneros. Nos compromete a todos, sin excepción. Cada parroquia, cada grupo, cada comunidad eclesial está impelida a discernir: ¿a quién estamos excluyendo sin advertirlo? ¿A quién no hemos ido aún a buscar? ¿A qué periferia concreta nos está convocando el Señor en este preciso instante? 

Francisco nos recuerda con lucidez que, en ocasiones, las estructuras que erigimos, si bien nos brindan protección, también nos aíslan. Por ello, el acto de «salir» implica, a su vez, una profunda conversión interior: la de permitir que el Espíritu Santo renueve nuestras formas, nuestras palabras, nuestras actitudes.

Salir es, por encima de todo, retornar a la esencia misma de nuestra fe: al Evangelio vivo, al rostro concreto del otro, al servicio desinteresado. Y no se trata de abrazar un frenético activismo. Salir no es emprender una carrera sin rumbo para «hacer cosas». Es, más bien, dejarnos conmover íntimamente por la compasión, por el anhelo irrefrenable de compartir la vida. Es llevar la inefable alegría del Evangelio a aquellos rincones donde una palabra de esperanza ha tardado en llegar. 

Queridos hermanos y hermanas, cuando la Iglesia decide salir de sí misma, se transfigura en madre. Se torna amiga. Se convierte en hermana. Su caminar se acompasa al ritmo del pueblo, sin la prisa de adelantarse ni la lentitud de quedarse atrás. Y esta metamorfosis solo es factible si cada uno de nosotros se permite ser tocado por la poderosa lógica del encuentro. Que esta reflexión, entonces, no se quede en la mera abstracción de un concepto. Que se convierta en una invitación personal a la introspección: ¿Cuál será mi propia «salida»? ¿Cuál es la puerta que, en mi vida, debo descorrer? ¿Qué periferia —ya sea cercana o simbólica— clama por mi presencia, por mi palabra, por mi abrazo sincero? 

Porque es en el acto de la Iglesia al salir donde el Reino se hace tangible, visible. Y es cuando un creyente da un paso genuino hacia el prójimo, que Dios mismo emprende el camino a su lado. Con la ascensión de León XIV al pontificado, el sueño profético de Francisco ha comenzado a cristalizar en la historia viva de los pueblos.

Su grito inaugural —“ha llegado la hora del amor”— no fue una mera frase simbólica, sino una declaración de intenciones que hoy se encarna en su palpable cercanía con los más humildes, especialmente en el Perú, esa tierra que fue su hogar y su campo de servicio durante casi cuatro décadas.

Desde la vitalidad de Chiclayo hasta la quietud de Chulucanas, desde la efervescencia del Callao hasta la tradición de Trujillo, León XIV no fue un visitante ocasional, sino un hermano, un pastor incansable, un amigo fiel. Fundó comedores que alimentaron el cuerpo y el alma, acompañó a los enfermos en la angustia de la pandemia, recorrió kilómetros a pie para estar junto a su gente, y tejió, con manos firmes, redes de justicia y ternura en los márgenes de la sociedad. Hoy, investido con el manto papal, no ha olvidado ese rostro entrañable del pueblo: lo lleva consigo, lo exhibe al mundo, lo convierte en su inquebrantable brújula. Y por ello, cuando proclama que ha llegado la hora del amor, sabemos que no se trata de un ideal etéreo y lejano, sino de una tarea urgente, apremiante. Porque si el Evangelio tomó carne y hueso en la lejana Galilea, hoy vuelve a encarnarse en las plazas vibrantes, los mercados bulliciosos y las olvidadas periferias de nuestra América Latina. Y nosotros, como Iglesia, no podemos quedarnos rezagados. Es nuestra hora también. La hora de salir, la hora de servir, la hora de amar. La hora de hacer del Reino una realidad palpable y luminosa. 

León XIV encarna con una alegría contagiosa aquello que Francisco sembró con visión profética: una Iglesia que no rehúye tocar las heridas más profundas del mundo, que se atreve a ser puente tendido, que se funde en la esencia misma del pueblo.

Hoy, con una intensidad sin precedentes, percibimos cómo el Espíritu nos impulsa, con urgencia inefable, a salir, a amar, a comprometernos sin reservas. Porque si, en efecto, ha llegado la hora del amor, entonces, con idéntica certeza, ha llegado también nuestra hora. La hora de responder con convicción, la hora de caminar con determinación, la hora de construir el Reino con manos abiertas y el corazón encendido de esperanza. 

 

* Intervención en el Congreso de la Asociación Laicos Servidores de la Palabra-2025.

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