En octubre pasado acudí al canal de Bricktown para conocer el Oklahoma Centennial Land Run Monument, el conjunto de esculturas que recuerda la histórica Carrera por la Tierra en Oklahoma. El deseo de ver in situ el monumento que conmemora uno de los episodios más intensos y simbólicos del origen del estado nació tras la lectura de Boom Town, libro del escritor Sam Anderson que explora la historia, la cultura y la identidad de Oklahoma City, así como su persistente sueño de convertirse en una metrópoli de clase mundial.
Cuando finalmente estuve ante él, quedé maravillado por las esculturas de bronce que capturan con extraordinaria fuerza el espíritu y la determinación de quienes participaron en la ocupación de las tierras no asignadas en el territorio de Oklahoma en 1889.
Ubicada a lo largo de la ribera sur del canal –vía fluvial artificial de 1.6 kilómetros que atraviesa la antigua zona de almacenes y distribución, hoy transformada en el principal distrito de entretenimiento de Oklahoma City–, la colosal obra está compuesta por 45 esculturas individuales, cada una un cincuenta por ciento más grande que el tamaño natural. El conjunto se despliega a lo largo de más de cien metros, con 27 metros de ancho y 4.8 metros de altura, recreando con sorprendente dinamismo a los participantes de aquella primera gran repartición de tierras.
En el bronce parece haberse detenido el instante mismo de la carrera: caballos lanzados al galope, carretas avanzando entre el polvo, colonos inclinados hacia adelante con la mirada fija en el horizonte. La emoción y la esperanza de miles de hombres y mujeres quedaron plasmadas con una intensidad extraordinaria en cada una de las esculturas que integran el majestuoso monumento considerado como uno de los más grandes del mundo.
El autor de esta obra multigeneracional es Paul Moore, reconocido escultor originario de Oklahoma City y miembro de la Nación Muskogee. El proyecto conmemorativo se completó en 2019, después de casi veinticinco años de trabajo ininterrumpido. Sus hijos, Todd y Ryan Moore, participaron activamente en la producción y finalización de las esculturas, convirtiendo la iniciativa en una labor familiar.
En reconocimiento a su trayectoria, la Sociedad Nacional de Escultura, con sede en Nueva York –la organización de escultores profesionales más antigua de los Estados Unidos– le otorgó en 2020 la Medalla de Honor, su máxima distinción, reservada para logros excepcionales en la escultura estadounidense.
Vale recordar que esta Medalla de Honor fue diseñada en 1929 por la escultora Laura Gardin Fraser, quien fue comisionada para crear una pieza en bajo relieve para conmemorar el cincuentenario del reconocimiento de Oklahoma como estado. Su obra, de 6.4 metros de longitud, actualmente exhibida en el Museo Nacional del Vaquero en Oklahoma City, representa la colonización de tierras de 1889 mediante una escena en la que más de 250 caballos, jinetes y carretas avanzan en una carrera frenética para ocupar la pradera abierta.
En 1880, Oklahoma aún no existía. El territorio que hoy conocemos con ese nombre era entonces el Territorio Indio, una vasta extensión de tierra cuya historia comenzó a tomar forma con la Ley de Remoción de Indios de 1830 (Indian Removal Act).
Esta ley otorgó al presidente Andrew Jackson la facultad de negociar tratados para trasladar a numerosas naciones indígenas del este de los Estados Unidos al oeste del río Mississippi, lo que llevó a la creación del Territorio Indio en 1834.
El Territorio Indio estaba destinado a ser un área de reasentamiento para los pueblos indígenas desplazados del este: Cherokee, Chickasaw, Choctaw, Creek y Seminole. Cada uno de ellos recibieron territorios específicos, sin embargo, una gran área en el centro del territorio no fue asignada a ninguna tribu por lo que pasó a llamarse tierras no asignadas.
Según estudios de la Oklahoma Historical Society, mucho antes de la célebre fiebre por la tierra de 1889 ya existían intentos persistentes de colonos y activistas para ocupar las llamadas tierras no asignadas. Detrás de esos esfuerzos se encontraba el llamado Movimiento Boomer, cuyos seguidores sostenían que aquellas tierras debían considerarse propiedad pública y, por lo tanto, abiertas a cualquier colono dispuesto a reclamarlas.
Su argumento se apoyaba en una cláusula de la Ley de Asentamientos Rurales de 1862 (Homestead Act), que permitía a cualquier ciudadano reclamar hasta 160 acres de tierras para cultivarlas y habitarlas. Pero las tierras que ambicionaban los boomers no eran un territorio cualquiera. Como señala el historiador Bob L. Blackburn, esas tierras no asignadas se encontraban en el corazón mismo del Territorio Indio, en la región central de lo que hoy es Oklahoma, y abarcaban cerca de dos millones de acres, es decir, unas 3 mil millas cuadradas.
El atractivo de aquellas tierras era evidente. Aquella vasta extensión poseía un suelo fértil, ideal para la agricultura y el pastoreo de ganado, y estaba rodeada por fronteras naturales formadas por los ríos Canadian, North Canadian, Cimarrón, Deep Fork y Little.
Para miles de colonos blancos que buscaban nuevas oportunidades en el Oeste, esas tierras representaban un horizonte de prosperidad aún no conquistado.
El historiador Stan Hoig explica que el término “boomer” surgió de la idea figurada de hacer ruido, de provocar alboroto, de agitar la opinión pública. Y eso fue precisamente lo que hicieron. Entre 1879 y 1889, los boomers –en su mayoría agricultores y veteranos de la Guerra Civil– organizaron expediciones y penetraron repetidamente en las tierras no asignadas para refrendar lo que consideraban su derecho a asentarse allí.
En 1880, uno de sus líderes más decididos, David L. Payne, encabezó una expedición de colonos con la intención de fundar un poblado en ese territorio disputado. Lo llamaron Ewing, en honor al general de la Unión Thomas Ewing, quien simpatizaba con la causa expansionista de los boomers. Aquel asentamiento sería, con el tiempo, el germen de lo que más tarde se convertiría en Oklahoma City.
La vida de esos primeros poblados fue efímera. Tan pronto como las autoridades federales se enteraban de la ocupación, enviaban tropas para desalojar a los colonos y disolver el asentamiento. Era un juego de avances y retrocesos, de ocupaciones fugaces y expulsiones inevitables. La presión, sin embargo, no dejó de crecer.
Finalmente, en 1889, el presidente Benjamin Harrison cedió ante las insistentes demandas de los colonos blancos y de las compañías ferroviarias –especialmente Santa Fe, la única línea ferroviaria que atravesaba la región– interesadas en abrir nuevas rutas a través de aquellas tierras fértiles.
El 23 de marzo de 1889, Harrison firmó la proclamación presidencial que cambiaría para siempre el destino del territorio. El documento establecía que el 22 de abril de 1889, exactamente al mediodía, las tierras no asignadas serían abiertas oficialmente a la colonización.
La noticia se propagó como un incendio en las praderas. Miles de personas comenzaron a congregarse en las fronteras del territorio, esperando la señal para lanzarse a la carrera. Aquel episodio pasaría a la historia con un nombre que aún evoca polvo, ambición y determinación: la Carrera de Caballos de Harrison o la Carrera por la Tierra de 1889.
Continuará.
Cita este artículo
Quilantán Arenas, R., (2026, abril 26). La carrera por la tierra (parte I). Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-carrera-por-la-tierra-parte-i/
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