La Carrera por la Tierra de 1889 –también llamada la Carrera de Caballos de Harrison– no tardó en trascender fronteras. Como señala Sam Anderson en Boom Town (2018), en los puertos de Liverpool y Hamburgo se congregaron hombres y mujeres dispuestos a cruzar el Atlántico en busca de fortuna. En Estados Unidos la expectación solo encontraba paralelo en la Fiebre del Oro de California de 1849.
Howard R. Lamar, ex presidente de la Universidad de Yale, en el libro The Culture of Oklahoma (1993), recuerda que periódicos de todo el país cubrieron el evento del 22 de abril. El New York Herald Tribune envió al reportero Harry Hill para documentar lo que pronto sería considerado uno de los episodios de colonización más extraordinarios de la historia estadounidense.
Hill observó que los principales participantes en la ocupación de tierras eran angloamericanos llegados de todos los rincones del país, seguidos por alemanes, irlandeses, escandinavos y algunos colonos afroamericanos. Eran en su gran mayoría agricultores, comerciantes, profesionales, veteranos de guerra, funcionarios públicos y especuladores. Una multitud diversa y heterogénea.
El anuncio presidencial no detallaba el mecanismo de apertura de las tierras, pero las autoridades habían dejado claro que el derecho pertenecería al primero en llegar. Quien habitara la parcela y la mejorara durante cinco años obtendría su título de propiedad. Los aspirantes colonos debían ser ciudadanos estadounidenses mayores de 21 años o haber iniciado el procedimiento de naturalización.
El domingo 21 de abril las Tierras No Asignadas estaban prácticamente cercadas por una multitud expectante. Al mediodía del lunes 22, entre cincuenta y sesenta mil personas aguardaban en un silencio tenso el disparo de un arma de fuego, el sonido de una trompeta o el disparo de un cañón, como ocurrió en Fort Reno, para romper la quietud y desatar la carrera en búsqueda de la “tierra prometida”.
Stanley W. Hoig, profesor emérito de la Universidad Central de Oklahoma, describiría aquel día como una mezcla de caos, exaltación y desconcierto absoluto. A la señal convenida, la multitud se precipitó hacia la pradera en una avalancha desordenada de caballos, carretas y jinetes. Cada uno buscaba reconocer su parcela entre los mojones trazados por los topógrafos, clavar una estaca con su nombre y ubicación y, con ese gesto mínimo, afirmar su derecho sobre la tierra.
Pero no todos lo lograron. En el frenesí, algunas carretas volcaron, jinetes cayeron y fueron arrastrados y aplastados por la marea humana. Hubo empujones, disputas y enfrentamientos. La esperanza, en muchos casos, se vio frustrada. Y cuando por fin los colonos se encontraron en la pradera descubrieron que muchas parcelas ya estaban ocupadas. Del intenso entusiasmo se pasó al desorden y desenfreno.
Otros habían llegado antes, en silencio, a escondidas, días previos al 22 de abril. Eran los llamados “sooners”: adelantados, ocupantes ilegales que se habían infiltrado para asegurarse las mejores tierras. Entre ellos había alguaciles, empleados del ferrocarril, granjeros, comerciantes y abogados. Su presencia generó altercados, desavenencias y reclamaciones que se prolongarían durante años en tribunales.
Para 1892, según la Oficina de Tierras de Oklahoma, más de once mil reclamaciones seguían en conflicto. Algunas llegaron hasta la Suprema Corte, como el caso Smith v. Townsend (1893), donde la legitimidad de una ocupación temprana se convirtió en el centro de un conflicto legal que reflejaba el desorden original de la carrera.
La petición de registro de tierra de Alexander B. Smith, trabajador del ferrocarril Santa Fe, fue impugnada por Eddie B. Townsend, ganadero proveniente de Iowa, quien argumentó que Smith estaba descalificado para reclamar el terreno porque había estado viviendo en el territorio antes de que se abriera para el asentamiento. La Suprema Corte falló en favor de Townsend.
En la noche del 22 de abril ocurrió lo que se conocería como la guerra de las estacas (“stakes war”). El acto de clavar un palo en la tierra – acto fundacional de la propiedad – se transformó en motivo de disputa. Las estacas eran movidas, arrancadas, reemplazadas; los nombres desaparecían; los límites se desdibujaban. Algunos relatos cuentan que muchos colonos durmieron abrazados a sus estacas para resguardar que nadie las moviera o pudiera reclamar su parcela.
Para reforzar sus derechos, levantaron chozas precarias, cavaron pozos, improvisaron signos de ocupación. Se organizaron turnos de vigilancia: mientras unos dormían otros vigilaban. Cada metro de tierra se volvía valioso.
Por la noche de ese día, la pradera silenciosa de la mañana se volvió una amalgama de luces, voces y tensiones. Más de diez mil personas se asentaron en lo que hoy es Oklahoma City, mientras otros miles se agruparon en las estaciones ferroviarias que darían origen a las ciudades de Guthrie, Mulhull, Edmond, Moore y Norman.
En cuestión de horas, el territorio que hasta entonces había permanecido casi deshabitado se llenó de improvisados campamentos, sin orden ni autoridad. Un reportero de la revista Harper´s Weekly, testigo de la escena, lo describió como uno de los episodios más insólitos y caóticos de fundación de ciudades en la historia.
Otro dato significativo del “asentamiento urbano más desordenado que este país –y tal vez el mundo– haya presenciado jamás”, en palabras del profesor emérito John William Reps de la Universidad de Cornell, fue el traspaso de la tierra pública o comunal a la propiedad privada, de lo abierto a lo limitado, de lo colectivo a lo individual.
Esta transición encontró un rostro en Anton Classen. Nacido en Illinois y de ascendencia alemana, participó en la Carrera de 1889 y obtuvo su parcela. Tras establecerse en Guthrie y luego en Edmond, llegó a Oklahoma City en 1897, en donde empezó a comprar terrenos a los colonos originarios que no deseaban o no querían desarrollarlos para luego subdividirlos y revenderlos. Como tantos otros, Classen se involucró en el desarrollo y embellecimiento de la ciudad y con el paso de los años se convirtió en uno de los promotores urbanísticos más destacados en Oklahoma City.
La imagen vibrante y elocuente del conjunto escultórico que evoca la Carrera por la Tierra en Oklahoma no ha estado exenta de debate y controversia. Desde que se anunció que Paul Moore había sido comisionado para dar forma al Centennial Land Run Monument surgieron voces disonantes. Para algunos, el monumento no representa con fidelidad la historia ni la memoria viva de los pueblos indígenas, ni el verdadero origen de Oklahoma.
Aún hoy en día, historiadores, académicos, estudiosos y miembros de naciones nativas argumentan que la obra glorifica la ocupación de las Tierras No Asignadas por colonos blancos, sin reconocer y honrar el legado ancestral de los pueblos originarios cuya presencia en la región antecede por siglos a 1889.
Cita este artículo
Quilantán Arenas, R., (2026, mayo 23). La carrera por la tierra. Parte II. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-carrera-por-la-tierra-parte-ii/
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