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La arrogancia de la verdad

por | Filosofía

En el siglo II de la era cristiana encontramos la figura de Celso, neoplatónico y rabioso crítico de la recientemente creada secta (identificada como “el camino”) de los seguidores de un tal Y’shua, un maestro—un charlatán, corregiría el ilustre griego—que caminara en tierras mediterráneas de poca monta, terminando su vida clavado a una cruz romana.

En su ataque al cristianismo, Λόγος Ἀληθής [Discurso Verdadero], Celso pregunta irritado: “¿Quiénes son, en efecto, esos judíos para justificarse con semejante arrogancia?”. El ilustre griego percibe un tufo de arrogancia en la afirmación cristiana del logos encarnado. ¿Qué Dios bajaría al estercolero que es esta tierra? ¿Qué Dios sufrirá de semejante desequilibrio como para abajarse, para convertirse en nada?:
Dios es bueno, honesto, feliz; es el supremo bien y la belleza perfecta. Si él desciende al mundo, sufrirá necesariamente un cambio: a su bondad le desagrada la maldad, a su belleza la fealdad, a su felicidad la miseria, a su perfección la infinidad de defectos. ¿Quién aspiraría, pues, a tal cambio?

El neoplatonismo comparte la intuición de Platón sobre la existencia de Dios, con mayúscula, sin renunciar por completo a la larga tradición politeísta de las religiones civiles. Una doble dimensión de la “arrogancia” cristiana se abre aquí ante nosotros. En primer lugar, el cristianismo atenta contra la armonía que ha conseguido el universo politeísta al presentar como demonios a todos los que se presentan bajo el disfraz de Dios. Es la arrogancia de Pablo en el Areópago, que toma al dios desconocido de la supersticiosa piedad ateniense para erigir, desde ahí, la defensa del único Dios, del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Aquel día, al escuchar hablar de resurrección—Celso pregunta con ironía: “¿Habrá algún cuerpo que, después de haber entrado en descomposición, pueda volver a su primitivo estado?” —, algunos ríen, pero unos cuantos se convierten y siguen al apóstol.

Es la arrogancia de Pedro en Pentecostés, que no dulcifica ni acomoda la verdad, sino que la presenta desnuda, capaz de brillar con toda su magnitud: per manum iniquorum affigentes interemistis, por manos impías le dieron muerte, clavándolo a la cruz (Hch 2:23). Es la arrogancia de Agustín, quien en su De civitate Dei contra paganos, desarma la religión civil romana, burlándose de los vergonzosos ritos que se ofrecen a Líbero, “que en su honor se rendía culto a las partes vergonzosas del hombre” (VII.21), concluyendo: “¿Quién puede consagrarse a estos dioses para vivir feliz después de la muerte, si consagrado a ellos no puede vivir honradamente antes de la muerte, sometido a tan repugnantes supersticiones y condenado a inmundos demonios?” (VII.26).

La arrogancia proviene, en segundo lugar, del movimiento descendente que propone el cristianismo, que supone un afeamiento, un abajamiento y pauperización de lo noble, fuerte y sano hacia lo vulgar, débil y enfermo. La antigüedad clásica identifica en el descenso de lo noble hacia lo innoble una auténtica contaminación. Por eso el hombre clásico se horrorizará ante la idea de un dios que come con publicanos y afirma que las rameras se nos han adelantado en el camino (Mt 21:31). Los judíos mismos contemplarán incrédulo a ese Jesús que parece ignorar la contaminación de la sangre, y que se vuelve a aquella mujer que había tenido sangrados durante doce años y que, temblorosa, le mira llena de temor por haber tocado la túnica de un hombre santo siendo ella impura (Mc 5:25-34).

Lleva razón Nietzsche, no debe olvidarse, en su crítica al cristianismo: la nueva religión operó, en efecto, una transvaloración mediante la cual los antiguos valores que eran identificados con la fuerza y el autodominio fueron cuestionados, volviéndose la humildad, la sencillez y la mansedumbre, entonces tildados como “debilidad”, como auténtica fuerza, ánimo y dominio de sí. Por eso dice Pablo que “el que no tiene el Espíritu, no puede aceptar lo que viene del Espíritu de Dios, pues le parece una locura [stultitia]” (1 Cor 2:14). Celso denuncia esa locura divina como mera locura; Pablo sonríe y recuerda haber quedado ciego, recordatorio perenne de cuán perdido estaba antes de conocer a Jesús. Para Pablo, la única inteligencia es la de un Dios loco de amor por su criatura: Sic enim dilexit Deus mundum… dice Juan en su evangelio.

Será Max Scheler quien desarmará la bomba nietzscheana, aseverando que, si bien Nietzsche está en lo correcto en que el cristianismo está siempre tentado por el resentimiento, no hay nada intrínseco en él que conduzca ineluctablemente a dicho sentimiento. Así, la crítica que hace Marx a la religión, y al cristianismo muy particularmente—Die religion sie ist das opium des volkes—es cierta solamente si se dirige a un cristianismo inauténtico, corroído por el resentimiento; se trata de aquel cristianismo del padrecito que habla a su comunidad tratando de convencerla de que la condición de pobreza es deseada por Dios y que Él ama con mayor intensidad al pobre, ese cristianismo que romantiza la pobreza en lugar de rechazarla como un mal producto del uso desordenado de la libertad humana, ese cristianismo que así quiere convencer para oprimir…, en una palabra, el cristianismo del Gran Inquisidor de Dostoievski.

Scheler es enfático al rechazar que estas y otras perversiones puedan ser consideradas como cristianismo auténtico: El amor debe mostrarse juntamente en el hecho de que lo noble se rebaje y descienda hasta lo innoble, el sano hasta lo enfermo, el rico hasta el pobre, el hermoso hasta el feo, el bueno y santo hasta el malo y vulgar, el Mesías hasta los publicanos y pecadores –y ello sin la angustia y temor antiguos a perder y volverse uno mismo innoble, sino con la condición piadosa de conseguir lo más alto en la realización de este acto de “humillación”, en este rebajarse a sí propio, en este “perderse a sí mismo”—, con la convicción de hacerse igual a Dios.

Resulta, por tanto, que la crítica de Celso no se sostiene en absoluto.

La arrogancia cristiana no es tal, sino lisa y llanamente la aceptación del logos que se ha encarnado en Jesucristo para redimir al mundo.

El escándalo es, a todas luces, la imposibilidad clásica de asumir este abajamiento, esta inversión del movimiento amoroso, como la llamará Scheler, como signo del Dios auténtico. Celso no puede aceptar el cristianismo porque no ha logrado aceptar la premisa básica que lo sostiene, a saber, que la relación del ser humano con la verdad es receptiva : no descubrimos ni, mucho menos, producimos la verdad, sino más bien somos atraídos hacia ella, llamados por ella, seducidos por la voz amante que nos llama y nos responde la pregunta que lanzará Pilato para tormento de la humanidad, Quid est veritas? La verdad-persona, que habla al corazón del ser humano, conmoviéndola, la verdad que sólo es comprensible una vez que nos hemos lanzado de lleno al vacío, que hemos abandonado la certeza de lo sensible y lo demostrable para acariciar, sin retirarlo, el fino velo del absoluto, esa es la verdad que escandaliza a Celso, quien escribe al inicio de su tratado: “Ninguno de ellos quiere ofrecer o escrutar las razones de las creencias adoptadas. Dicen generalmente: ‘No examinéis, creed solamente, vuestra fe os salvará’; e incluso añaden: ‘La sabiduría de esta vida es un mal, y la locura un bien’”. No es de extrañar que uno de los más grandes humanistas cristianos, Erasmo, nos deleite con un Stultitiae Laus, un Elogio a la Locura.

* * *

¿No debería el cristiano dolerse hoy de la intestina guerra que las sociedades hacen a la verdad? ¿No nos encontramos hoy, como dijera Joseph Ratzinger, en una era neopagana en la que el ethos cristiano, las verdades más caras a nuestra religión y a la existencia humana misma, son tenidas por mera locura, por insultante arrogancia en un mundo dominado por la posverdad? Permítaseme cerrar esta pequeña reflexión con un par de ideas sobre nuestro tiempo.

Primero, es necesario decir que ninguna sociedad puede sobrevivir sin un mínimo de verdades compartidas. La sociedad no es una colección de individuos, sino un organismo vivo que genera su propia lógica a través de una serie de distinciones—a saber, entre bueno y malo, bello y feo, sano y enfermo, normal y anormal, etc.—a través de las cuales se hace posible la vida en comunidad. En democracia, es verdad, estas distinciones son siempre provisionales y exigen de la sociedad civil una regia vocación al diálogo y la argumentación, pues sin esta la sociedad termina anquilosada, víctima de una esclerosis que la conduce a su muerte. En la actualidad esta verdad, la necesidad de hablar, argumentar, criticar, sopesar, repensar, innovar, desdecir y reformular está en franco ataque.

De un lado y del otro del espectro ideológico se fragua una guerra contra el pensamiento: no puedes decir esto porque ofende; ni publicar lo otro porque es considerado violencia; no puedes oponerte a nadie, puesto que todos somos la misma nadería, un hato de miedosa consistencia. Hoy rige en nuestras sociedades el pedante y decadente ethos burgués, que no es sino la apoteosis de la forma que asfixia el fondo.

Ya Rousseau se quejaba en su Discours sur les sciences et les arts de 1749 de esa cultura donde parecer virtuoso era más importante que serlo—enseñanza que habría tomado de Machiavelli, el gran maestro de la modernidad. Hoy es más importante ser un bonachón que un defensor de la verdad; un donnadie antes que un rijoso que quiere decir algo que valga la pena ser dicho; un amigo de la diversidad por la diversidad misma, aunque esta violente los principios más básicos del sentido común, antes que alguien que quiere pensar con el otro sin tener que asumir a priori una postura de laissez-faire, laizzes-passer.

El cristianismo está bajo fuego, de eso no hay duda. La visión casi profética que Joseph Ratzinger lanzara en 1970 refiriéndose a la iglesia en el tercer milenio es hoy una realidad. La iglesia, dijo en esas emisiones radiofónicas recogidas luego bajo el título Fe y Futuro, “se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad”.

El fuego enemigo se origina ya en las derechas radicales con sus sueños racistas y xenófobos que conduce a la distopia de la pureza conseguida a punta de autoritarismo, ya en las izquierdas y su ridícula pretensión de que todo-va, del igual valor de todo, pretensión que ha terminado por silenciar, autoritariamente, a todo aquel que cuestione la sensatez de los supuestos sobre los que se erige semejante sandez.

¿Pero qué hay del fuego “amigo”? ¿No es hoy la iglesia misma, los cristianos mismos, parte integral del problema? ¿No habremos caído también nosotros en los vicios de una posmodernidad sin brújula? ¿No hablamos también, sin dejo alguno de vergüenza, de la universidad como fábrica de profesionistas, de iglesias a modo que reformamos en nuestra mente hasta convertirlas en microimágenes de sus esquizofrénicos demiurgos? ¿No apelamos al “buenismo” siempre que se trata de defender a mi amigo que robó y corrompió a manos llenas mientras en la política, justificando sus fechorías bajo mil argumentos que se resumen todos en la lógica tribal? ¿No justificamos a nuestro grupo con mucha mayor intensidad, no nos indigna que ataquen a los “nuestros” aun cuando los nuestros se han hecho meritorios de crítica y censura? ¿No llora sangre el país hoy precisamente por tanto bonachón que, en lugar de ponerse a contar las vigas propias y de los suyos, sigue creyendo en la sensatez de la paremia que canta: “en tierra de ciegos, el tuerto es rey”?

¿No caminamos al desastre los cristianos, precisamente, por ese miedo que heredamos de las décadas de deconstrucción posmoderna de la razón, que parece convencernos de que la defensa enfática de la verdad no es sino arrogancia?

La verdad es, para el cristianismo, cuestión de vida o muerte, más allá de amiguismos y cursilerías, más allá de optimismos desfondados y de pesimismos de ultratumba. ¿Hay en esto arrogancia? De ninguna forma. Hay, eso sí, una certeza que da al cristiano una seguridad trascendental y que, sin embargo, no puede convertirse en mera arrogancia. Recordando una reflexión de un querido amigo y magnífico teólogo, Mathias Nebel, la encíclica de Benedicto XVI, Caritas in veritate debe leerse, también, a la inversa, como veritas in caritate. El amor es tal sólo cuando está del lado del a verdad, lo mismo que la verdad no puede sino anclarse en el amor. Y todo esto, porque Él, que es amor, es asimismo la verdad última de la existencia. Ni el amor ni la verdad son agresivas, pero tampoco timoratas; no se vanaglorian en la visión del contrincante vencido, pero tampoco considera digno ni justo tolerar la falsedad a fin de no ofender a quien, voluntariamente o no, ha dicho algo falso.

El amor y la verdad dan frutos, y los dan en abundancia; las medias tintas y el comodino mimetismo que presentan las sociedades actuales están produciendo fruta podrida, manzanas llenas de ceniza y peras agrias. Sólo en el difícil compromiso con una verdad que no aplasta, sino que abraza, que no transige sino que se planta firme frente al error, será posible refundar esa iglesia pequeña de Ratzinger, esa que es el cuerpo místico de Aquel que decidió venir pobre y sin apellidos regios para enseñarnos que la arrogancia no es de quien eleva los ojos al cielo sino de quien trepa a un ladrillo para admirarse con la peculiar belleza de su ombligo.

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Autor

  • Juan Pablo Aranda

    Maestro y doctor en ciencia política por la Universidad de Toronto; licenciado en la misma disciplina por el ITAM. Actualmente es profesor investigador en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (Upaep), donde también funge como director de Formación Humanista. Miembro (candidato) del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) desde 2022.