La discusión sobre la posibilidad de una democracia mexicana ha estado dominada durante décadas por la jerga institucionalista.
Hablo de “posibilidad”, pues México no es ya, si es que algún día lo fue, una democracia. Cualquier definición mínima de democracia (piénsese en Robert Dahl o en Giovanni Sartori) deja mal parado a nuestro país, que hoy carece de un mínimo de pesos y contrapesos, ha aniquilado la autonomía de los poderes legislativo y judicial frente al ejecutivo, y sufre asimismo un programa contra las libertades básicas de las y los mexicanos, por mencionar solamente los aspectos más preocupantes. Y esta falta de democracia no es “culpa” de este o aquel partido político, movimiento o facción conspiranoica, es el resultado de procesos de transformación social truncos, corrupción, olvido sistemático de los menos aventajados, y un gusto exquisito por convertir los recursos públicos en patrimonio privado, características que han estado presentes, en mayor o menor medida, en la historia política de nuestro atribulado país.
Y si bien hablar de instituciones es fundamental en todo repensar democrático, el excesivo énfasis en la parte formalista de la democracia termina por oscurecer el mucho más complejo dilema de la existencia o no de raíces democráticas en determinada comunidad. Quisiera introducir solamente (un desarrollo más a fondo del tema implicaría un trabajo mucho más complejo) aquí la temática de las mœurs en México, analizadas desde la literatura mexicana.
La sociedad mexicana se ha caracterizado, desde sus inicios, por tener sólidas convicciones comunitarias. Aunque crecientemente amenazada y abandonada, la familia sigue siendo la piedra angular sobre la que construimos nuestra existencia social.
Nuestras tradiciones, asimismo, siguen irrumpiendo, festivas, en la vida de las comunidades—pesaroso, Octavio Paz asevera: “es significativo que un país tan triste como el nuestro tenga tantas y tan alegres fiestas”. Somos herederos de una tradición que entremezcla culturas indígenas, europeas e incluso árabes, que hacen de nuestro pueblo algo completamente nuevo, fortalecido por la diversidad y la riqueza de nuestro pasado. La imponente pirámide de Cholula en Puebla, coronada por el Santuario de Nuestra Señora de los Remedios, es testigo del encuentro de culturas que conforma nuestro ser social. Ni españoles ni indígenas, los mexicanos somos ese maravilloso golpe visual que nos sugieren lo mismo el majestuoso Tlachihualtépetl que nuestra María de Guadalupe, la madre de Dios con rostro indiano, símbolo de identidad mexicana por excelencia.
Sin embargo, los mexicanos somos también un amasijo de contradicciones y traumas históricos. El laberinto de la soledad de Paz ofrece un magistral análisis de la identidad mexicana. Vale destacar aquí dos rasgos francamente antidemocráticos identificados en el capítulo cuarto, probablemente el mejor de todo el libro, donde Paz sugiere que los mexicanos, primero, nos caracterizamos por la “adhesión a las personas y no a los principios”.
Contrario a este rasgo del mexicano, la democracia se caracteriza por el reinado de la ley que sustituye al carisma del caudillo. La política mexicana se ha caracterizado por su predilección hacia el caudillismo:
Zapata, Obregón, Calles, Cárdenas, son nombres que nos recuerdan al hombre fuerte de la Revolución (como mito); Fox y López Obrador, en nuestro tiempo, no escapan esta lógica, sino que la refuerzan y encarnan gustosos. La lógica del caudillo presupone una política de amiguismo en la que el líder supremo reparte dádivas, honores y castigos en función de la lealtad. En su magistral novela, Las Batallas en el Desierto, José Emilio Pacheco ironiza sobre el caudillismo mexicano: “La cara del Señorpresidente en dondequiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos. Adulación pública, insaciable maledicencia privada”. El señorpresidente adulado en público, pero despreciado en privado: “Dicen en mi casa que están robando hasta lo que no hay. Todos en el gobierno de Alemán son una bola de ladrones”. Esta misma lógica caudillista, por ende, se traduce, en el nivel social, en una política marcada por el clientelismo, el tráfico de influencias y la corrupción: Gamboa refiere sarcásticamente cómo “las profesionales les untan la mano” a los “Agentes de Sanidad”, esos “dizque encaminados a salvaguardar la salud de los masculinos de la comuna”.
El segundo rasgo aúna el desprecio por la igualdad y la violencia de género. México, dice Paz, es la sociedad de los hijos de la chingada: “El chingón es el macho, el que abre. La chingada, la hembra, la pasividad pura, inerme ante el exterior”. Esta relación reemerge una y otra vez en el imaginario mexicano. Piénsese como ejemplo a Santa, la protagonista de la novela homónima de Federico Gamboa, la joven vejada y abandonada que, repudiada por su madre y sus hermanos, es forzada a convertirse en prostituta. El final de la novela muestra con toda su intensidad la intuición de Paz. A punto de someterse a una cirugía que no sobrevivirá, Santa exige a Hipo, el pianista viejo y ciego, eternamente enamorado de la prostituta, que la entierre junto a su madre, con esa madre que la repudió y que, no obstante, es símbolo de la pureza que Santa ensució en las sábanas de aquel burdel que fue su casa. Gamboa cierra su novela con la oración a María Virgen, antítesis de la Chingada, la madre violada. La hija que se va de prostituta es un tema recurrente en la literatura mexicana. En su cuento, “Es que somos muy pobres”, Juan Rulfo refiere los esfuerzos del padre para evitar que su hija se dedique al ancestral oficio: “mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes”.
Un tercer rasgo lo muestra el hecho de que el mestizaje mexicano no es un proceso terso sino profundamente accidentado, doloroso y cargado de contradicciones. Ciertamente los mexicanos somos todos una mezcla de sangres y tradiciones, pero, lamentablemente, el mexicano no deja de interrumpir esta idea para declarar que hay de mezclas a mezclas:
Hay a quienes la mezcla lo dejó más blanquito, más caucásico, más europeo, y hay a quien lo dejó más prietito, más indígena, más cobrizo. Y ello es, por supuesto, el piso para erigir el clasismo y los racismos propios de nuestro país. Pacheco, en las Batallas, describe ferozmente el tufo clasista mexicano. La madre de Carlitos se queja de la “venganza de la indiada y el peladaje contra la decencia y la buena cuna”. El hermano mayor, Héctor había respondido poco antes a las ínfulas de su madre: “Pero mamá, ¿cuál clase? Somos puritito mediopelo, típica familia venida a menos de la colonia Roma: la esencial clase media mexicana”. En la brillante novela de Elena Garro, Los Recuerdos del Porvenir, encontramos este mismo miedo al indio: “¡Ah, si pudiéramos exterminar a todos los indios! ¡Son la vergüenza de México!”. El indio requiere mano dura —es necio—, es peligroso por traidor y siempre está a un paso de la sublevación. Félix, el criado, escucha impávido y se dice: “Para nosotros, los indios, es el tiempo infinito de callar”.
México es una tierra cargada de ideas, ideales, paradojas, contradicciones y aporías. Quizás podríamos decir que todo pueblo tiene algo de paradójico y absurdo. Sin embargo, hay algo mágicamente contradictorio en nuestro país, algo que duele y que se mezcla con lo que reconforta, algo que puede matarnos y que grita por la salvación que viene desde el otro extremo de nuestro imaginario. México es el producto, inescapablemente paradójico, del encuentro de culturas. Si vemos en otros países culturas más uniformes, más monolíticas, probablemente deberíamos preguntar por la riqueza de dichas culturas. Porque en los grupos humanos pasa exactamente lo contrario a lo que sucede con las razas caninas: mientras que estas últimas ganan con su pureza, en las comunidades humanas la mezcla es auténtico signo de crecimiento, enriquecimiento y creatividad. Entre los seres humanos, la mezcla no contamina sino embellece.
Pero si México es un hermoso abanico de culturas y formas de ser, es también el sitio de contradicciones que provocan sufrimiento, diariamente, a millones. La riqueza no puede hacernos olvidar el caudal de injusticias que, contra la mujer, contra el mayoritariamente indígena —pues tampoco existe el indígena puro, prístino, intocado por la cultura occidental, como algunos quieren sugerir— y contra las clases desprotegidas se ejerce desde las cúpulas del poder y el privilegio. Esto no indica, por otro lado, esa partición del país entre buenos y malos, puros e impuros, leales y traidores, patriotas y vendepatrias, bendecidos y malditos, que se nos ha querido imponer en los últimos años. México es y, por ende, cada mexicano y mexicana lo es también, un amasijo de contradicciones, pero también de virtudes, de vulnerabilidades, de rasgos, de sueños, de envidias, de preocupaciones, de emprendimientos, de perspectivas, de colores con que se dibuja, día a día, la compleja realidad mexicana, que no es una realidad de violencia y punto, sino una realidad cargada de extraordinarias oportunidades lo mismo que de complejas dificultades.
¿Por qué, finalmente, la literatura? ¿Para qué, podrían preguntar algunos? ¿No es el lujo de los privilegiados el poder abrir un libro y sentarse a leer? ¿No será que los intelectuales pierden ineluctablemente la brújula, preocupándose al final por nimiedades en lugar de enfocarse a las terribles crisis de nuestro tiempo? Difiero. Y lo hago con absoluta certeza de tener razón. La literatura no es un lujo, es una necesidad de primer orden. Vamos, que evidentemente no leer no nos matará de hambre o sed, ni nos dejará indefensos ante la fuerza de los fenómenos naturales. Pero una vida sin cultura sí que empobrece al ser humano, y lo hace en un sentido mucho más trascendental que la falta de comida. Porque el ser humano no es un animal que se contenta con sobrevivir: el ser humano es un proyecto vivo, es un arco que se tensa, diría Nietzsche, y que en esa tensión le va la vida entera, pues implica la posibilidad de su ser-sí-mismo, es decir, de construirse como una obra de arte. Evidentemente, la alimentación es fundamental, y sin ella no es posible todo lo demás. Pero la eterna crisis de hambre y sed ensombrece el auténtico problema, a saber, la pobreza espiritual del ser humano. Porque hoy, la humanidad tiene los medios para alimentar a todos y cada uno de quienes habitan el planeta. ¿Por qué no lo hacemos? La respuesta es simple: porque no somos suficientemente humanos —humanitarios, dirían algunos— como para reconocer que mi libertad está en función de la libertad de los demás, que mi felicidad no puede simplemente ignorar la tristeza, el dolor de otros millones que no tuvieron la misma suerte en la lotería genética. Hoy tenemos la tecnología para asegurar a cada familia el bienestar mínimo necesario para una vida digna, así como el acceso a la cultura al que todo ser humano tiene derecho.
Sin embargo, estamos atorados en una nueva coyuntura de guerra, de ambición por recursos naturales, de poder absoluto; estamos siendo gobernados por una de las generaciones de líderes políticos más estúpidas de la historia moderna; estamos agazapados esperando un cese (temporal) al fuego que nos permita sobrevivir un poquito más. De esta sensación da cuenta el protagonista de Sin Destino, de Imre Kertész, prisionero de campo de concentración en la Segunda Guerra Mundial, quien, encontrándose al filo de la muerte, saturado de hambre, dolor y desesperanza, se aferra a la vida, incluso a una vida inhumana:
… en medio de aquel aire frío, punzante y húmedo sentí el olor inconfundible de la sopa de zanahoria. Aquella visión y aquel olor me provocaron un sentimiento en el pecho entumecido que fue creciendo en oleadas y consiguió llenarme los ojos —completamente secos— de lágrimas. No servían ni la reflexión, ni la lógica ni la deliberación, no servía la fría razón. En mi interior identifiqué un ligero deseo que acepté con vergüenza —porque aun siendo absurdo, era muy persistente—, el deseo de seguir viviendo, por otro ratito más, en este campo de concentración tan hermoso.
El ser humano quiere vivir, sí, pero merece vivir dignamente. En la primera afirmación viene dado nuestro carácter de criatura que instintivamente lucha por la supervivencia. La segunda, en cambio, nos habla de la dimensión estrictamente humana, la condición de seres cualitativamente distintos al resto del orden creado. ¿Cómo pues, podemos aceptar la reducción de millones de seres humanos al hambre, la sed, el trabajo forzado, la trata, la explotación sexual, la indigencia y el descarte? He ahí, en mi opinión, la función de la literatura, que no es otra que ser escuela de humanidad. La literatura nos habla con la voz de la historia de una humanidad que trastabilla, se equivoca, se envilece lo mismo que se crece, una humanidad que es capaz de dar vida a majestuosas obras de arte lo mismo que emprender guerras intestinas, absurdas y devastadoras. La literatura nos enseña pacientemente, no como la filosofía, que es dura y exigente, sino recurriendo al más antiguo de los modos de comunicación humano, a saber, contándonos historias. Son esas historias las que nos hacen ser lo que somos—mexicanos y mexicanas, liberales o socialistas, individualistas, colectivistas o promotores un bien común que se aloja en el medio. Sin la literatura, el ser humano se empequeñece, acercándose al nivel de la bestia o, por insistir en el pensamiento de Nietzsche, en el último hombre, aquel que necesita satisfacer cada impulso, cada deseo, sin orden ni jerarquía, convirtiéndose al final en esclavo de sí mismo.
La literatura es lo inútil, y no hay nada más bello que esa inutilidad, esa libérrima actividad de entrar en una conversación con la humanidad, con sus sueños, sus ideales, sus dolores y ambiciones. Quizá el futuro de la democracia mexicana esté, precisamente, en saber enseñar a nuestros hijos y nietos esa actividad tan vieja, tan abandonada, tan indispensable, que es la de leer historias.
Cita este artículo
Aranda, J.P., (2026, abril 12). Ir a la raíz: Las mores del mexicano. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/ir-a-la-raiz-las-mores-del-mexicano/
Enlace a edición mensual





