MMucho se habla de la necesidad del bien común, pero poco se comprende de qué hablamos cuando hablamos de él. En este espacio, los miembros del equipo del Instituto Promotor del Bien Común de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP) aportaremos elementos teóricos y metodológicos para mejor entender este concepto, y compartiremos algunos de los resultados del trabajo que realizan nuestros investigadores en México y en otras partes del mundo. En esta primera entrega, quisiera exponer, de forma breve y sencilla, algunas reflexiones para clarificar qué entendemos por bien común.
El desarrollo de la idea del bien común hunde sus raíces en la historia del cristianismo. Lo común es, primeramente, aquello que se distingue de lo privado.
Mi casa es propiedad privada, así como el parque al que llevo a pasear a mi perra es común. Lo común, por ende, pertenece a la dimensión social, a aquello que no es tuyo ni mío, sino nuestro.
Desde la perspectiva cristiana, Cristo es el Bien Común que atrae a toda la humanidad. El evangelista Juan narra el hermoso diálogo entre Jesús y el Padre: “Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros” (Jn 17:20-21).
La iglesia [ἐκκλησία] lleva en su mismo nombre esta dimensión de lo común: es la asamblea que se reúne en torno al banquete sacrificial que el Hijo ofrece al Padre para el perdón de los pecados; es comunidad de fieles que esperan el regreso a la comunidad celestial—a la civitas Dei, la Jerusalén celestial—donde todos seremos uno en Dios.
En tiempos recientes, la iglesia católica ha definido el bien común como “el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección” (CIC §1906), mismo que se compone de tres elementos esenciales, a saber, la dignidad de la persona, el bienestar y desarrollo de la comunidad, y la paz (CIC §1907-1909). Esta forma de ver el bien común nos ayuda a evitar un malentendido.
El bien común no implica que todos alcancemos la misma perfección, ni que lo hagamos de la misma forma. La diversidad es un elemento clave en el catolicismo (cf. 1 Cor 12:4-11). Tal como nos enseña el misterio Trinitario, la unidad se consigue a través de la diversidad y no de la uniformidad (cf. Hch 2:11). La diversidad es la marca de lo divino, como lo atestigua el orden creado; la unidad es Dios, a quien se dirige cada elemento de la creación.
Desde la tradición cristiana, el bien común es, por tanto, el camino que posibilita el florecimiento humano de todos y de cada uno en su particularidad. Pero, al mismo tiempo, el bien común es el telos hacia el que se dirige la creación toda, que regresa a las manos de su Creador.
Se crea aquí una interesante paradoja donde el bien común está tanto al inicio como al final, convirtiéndose en motor y destino, en propulsor y objetivo.
Sin lo común, eso que llamamos sociedad no existiría, o lo haría como mera agregación de individuos, tal como erróneamente consideraba el pensador ordoliberal, Friedrich Hayek. Contrario al libertarismo de Hayek, la sociedad emerge a partir de la consolidación de los comunes.
La cultura, la educación, el trabajo, la solidaridad y el estado de derecho son, en el marco teórico de nuestro instituto, “bienes comunes de base”. Cuando estos bienes escasean o funcionan mal, la sociedad degenera rápidamente, convirtiéndose en un amasijo de mónadas desvinculadas entre sí que, movidas por la necesidad de sobrevivir, reaccionan a los estímulos de su ambiente más con desconfianza y violencia que con un sentido de comunidad.
He hablado aquí, sin explicarme, indistintamente de “bien” y de “bienes”.
Digamos al respecto que la idea de “bien común” deviene, en el análisis, en un racimo de “bienes comunes” a través de los cuales se construye una comunidad pujante, libre, igual y solidaria, donde el individuo cobra conciencia de su dimensión “personal”, entendiendo que el yo es constituido por sus relaciones con los demás y que el bien personal está ineluctablemente conjugado en clave social.
Así pues, hablamos de “bienes comunes” con la intención de hacer notar la diversidad de bienes que intervienen en la salud de la comunidad, mismos que, evidentemente, contribuyen a la configuración de eso que podemos llamar, de forma integral, el bien común de la comunidad.
Si se me permite una analogía, los bienes comunes son a la comunidad de seres humanos lo que la mielina es a las conexiones nerviosas. Así como la mielina recubre las conexiones nerviosas, permitiendo su comunicación, los bienes comunes son el lubricante de las relaciones sociales. Cuando la mielina no funciona adecuadamente, la función neuronal—que, en la analogía, es la vida social—se trastoca, pudiendo generar problemas para caminar o ver, o cambios en el funcionamiento de algunos órganos.
En el caso de lo social, la deformación o decaimiento de los bienes comunes desgastan la vida social, dificultando las relaciones cotidianas entre vecinos y conciudadanos, o entre ciudadanos y gobernantes, rompiendo el vínculo social, lo que en el lenguaje del instituto llamamos anomia [ἀνομία ], que etimológicamente significa la ausencia de ley, pero que entendemos más bien en el sentido que le diera el sociólogo francés, Émile Durkheim: la anomia como implica el debilitamiento de los vínculos sociales que conduce a un desprecio por las normas de la comunidad.
Esta anomia es la consecuencia de la progresiva pauperización de los vínculos sociales. En lugar de una comunidad que genera dinámicas positivas de bienes comunes, esto es, que los aspectos comunes de una sociedad se fortalecen y consolidan, vemos estas dinámicas deteriorarse y volverse negativas. Cuando esto sucede, las comunidades experimentan mayores niveles de desconfianza respecto de los demás, violencia más o menos generalizada, así como dificultad para colaborar con otros de forma pacífica, eficiente y productiva.
Resta una última precisión a nuestra idea del bien común. Sin lugar a duda, es posible generar una idea básica, harto general, de lo que es el bien común para todo ser humano. Esto es, precisamente, lo que buscó el experimento que dio como fruto la Declaración Universal de los Derechos Humanos, promulgada en 1938, apenas unos años después del final de la cruentísima Segunda Guerra Mundial.
Los derechos humanos pretenden marcar los mínimos debajo de los cuales ninguna convivencia auténticamente humana es posible. Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que las condiciones de tiempo y espacio alteran la forma específica en que las comunidades entienden su bien común (sin que ello implique transigencia ante violaciones de derechos humanos universales).
El bien común de una comunidad es entendido, pues, a través de un denso tejido de dinámicas sociales a partir de las cuales esta existe armónicamente. Estas dinámicas son entendidas de forma distinta en distintos lugares y tiempos, de forma tal que, si queremos comprender qué se entiende por bien común en determinado sitio y tiempo, es necesario una aproximación desde abajo hacia arriba, es decir, desde la carne de lo social, desde las intuiciones más básicas a partir de las cuales una comunidad se da forma, hasta las normas más generales que se han consolidado, incluso convirtiéndose en leyes.
Los trabajos que realizamos en el instituto nos han mostrado importantes variaciones que existen, por ejemplo, en la comprensión de los conceptos de justicia y policía entre comunidades occidentalizadas y poblaciones mayoritariamente indígenas; en la comprensión de la idea de “humillación” entre poblaciones con altos o bajos recursos económicos y/o educativos, etc.
La particular forma en que cada comunidad se comprende a sí misma y hace vida sus intuiciones más básicas configura ciertas dinámicas las cuales conducen, por caminos diversos, a una concepción universal que podemos llamar “humanidad”, y que no significa otra cosa que el reconocimiento y respeto de la dignidad de cada persona y el establecimiento de relaciones armónicas, productivas y eficientes entre personas que se ven a sí mismas como libres e iguales, así como responsables, dependientes y solidarias unas de otras.
Volveremos, en una siguiente entrega, sobre la métrica del bien común desarrollada por el Instituto a fin de medir efectivamente las dinámicas del bien común.





