En julio de 2025, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación sancionó a la ciudadana Karla Estrella, por presuntamente ejercer violencia política de género, derivado de un mensaje publicado en redes sociales, en el cual -según lo señalado por ese Tribunal-. insinuaba que la diputada Diana Barreras había accedido a su puesto público y debía su carrera a vínculos familiares, en específico a su esposo (Sergio Gutiérrez Luna quien es presidente de la mesa directiva de la cámara de diputados).
La resolución incluyó medidas inusualmente severas: disculpas públicas durante 30 días, una multa, cursos obligatorios, inscripción en el padrón de agresores políticos y la publicación de la sentencia en sus redes.
Este vergonzoso episodio, que comenzó como una simple controversia digital, terminó por evidenciar una tensión mucho más profunda: la transformación de ciertos marcos jurídicos en instrumentos de censura por delitos emocionales y con efectos punitivos.
Esta historia nos remite inevitablemente a un caso anterior, ocurrido en 2023, cuando la comunicadora Denise Dresser fue sancionada por el mismo tribunal por presunta violencia política de género en contra de la diputada Andrea Chávez, tras una crítica realizada en televisión.
Aunque esta sentencia fue revocada posteriormente, el episodio dejó un precedente importante: los mecanismos institucionales que había respaldado Denis Dresser como parte de su agenda, se activaron en su contra de forma totalmente autoritaria.
Ambos casos ilustran una paradoja central de nuestra época: el surgimiento de una sensibilidad política que -como atinadamente muchos advirtieron- se ha convertido en dispositivos de censura y autoritarismo; y exhiben el fracaso de ciertos sectores que se autoproclaman moderados, pero que, lejos de construir alternativas racionales terminan diseñando, facilitando y legitimando las herramientas con las que se cancela el disenso, se castiga la crítica y se excluye la deliberación.
Corea del Centro y la complicidad
El término “Corea del Centro” surge en el ámbito de la crítica política más informal como una metáfora irónica para describir a quienes, en medio de escenarios polarizados, eligen una aparente neutralidad.
La expresión alude a la inexistencia geográfica de una Corea del Centro entre Corea del Norte y Corea del Sur, sugiriendo que, en ciertos dilemas éticos y políticos, no hay espacio legítimo para la tibieza. Este término ha sido ocupado para describir el lugar en el que habitan -mentalmente- las figuras que siempre operan bajo una neutralidad performativa aludiendo a ser una tercera vía.
Este centrismo mimético no constituye una tercera vía real ni una alternativa frente a los extremos ideológicos.
Se trata más bien de una postura que reproduce la forma discursiva del autoritario, adoptando sus métodos de censura, sus marcos ideológicos e identitarios e incluso sus mecanismos de exclusión del disenso, pero presentados bajo una retórica de moderación con un estilo más pulido, un tono sobrio, pero con fundamentos operativos que responden a las mismas lógicas autoritarias que dicen rechazar.
A diferencia de un pensamiento crítico o deliberativo, este centrismo mimético no construye un espacio de mediación ni de acuerdos; es una equidistancia ensayada, que, en la práctica, termina reafirmando y legitimando los métodos de los autoritarios. Las figuras que lo encarnan suelen presentarse como el réferi entre los extremos, pero acaban validando e incluso diseñando y ocupando, los métodos de censura y ataque que pretendían combatir.
El principal riesgo que presenta el pensamiento entre-coreano es que, al perpetuar los gestos del extremo con su tono de moderación, Corea del Centro se convierte en un legitimador de los excesos ideológicos y los perpetúan sin consecuencias ni políticas ni éticas, pues su ambigüedad y falta de posicionamiento es la vacuna perfecta para querer quedar bien con todos.
Es inquietante del entre-coreano no solo su ambigüedad retórica, sino su alineamiento práctico con el autoritarismo. En su intento de preservar una imagen de moderación, este centrismo suele suscribir y legitimar las ideas, discursos e identitarismos de los sectores autoritarios.
En nombre del equilibrio, termina validando procedimientos punitivos. Políticas simbólicas y formas de censura que operan bajo criterios ideológicos extremistas.
Esta renuncia a una crítica sustantiva contribuye a blindar institucionalmente los excesos que dice rechazar. En los momentos decisivos, —cuando lo emocional se impone sobre lo argumentativo, y la identidad sobre el principio de legalidad— el entre-coreano acompaña, justifica o calla. Y al hacerlo, se convierte en legitimador funcional del autoritarismo emocional, revestido de corrección institucional.
Entre-coreanismo y la paradoja del aparato identitario
En los casos que describimos al inicio, el aparato institucional identitario se activó no en contra de un poder formal o fáctico, sino en contra de una comunicadora y una ciudadana sin cargo público alguno.
La paradoja es clara: Denise Dresser ha justificado en numerosas ocasiones la existencia de medidas regulatoria y la implementación de límites a la libertad de expresión en función de una “protección superior”. Pero esa defensa se construyó -como suele ocurrir en los espacios del entre-coreanismo- sobre la base de que el mecanismo es justo siempre y cuando se aplique a los otros. Cuando fue aplicado en su contra, fue calificado como un exceso.
Este tipo de gestos no son solamente anecdóticos, sino estructurales. El entre-coreano acompaña los marcos ideológicos más autoritarios, los justifica cuando se activa en contra de las figuras que ve como incómodas o contrarias a su identitarismo -o produce una falsa indignación-, y se vuelve su legitimador funcional, no lo cuestiona, no lo desmonta, ni lo interroga en su lógica autoritaria; lo decora, lo justifica y eventualmente, lo sufre.
La paradoja no se agota en que ese aparato institucional identitario se haya activado contra figuras como Denise Dresser. Lo inquietante es que dicho aparato fue diseñado, promovido y legitimado por los mismos sectores que ahora lo denuncian como excesivo, solo porque lo han sufrido en carne propia.
El entre-coreano no es víctima del autoritarismo identitario; es su ingeniero. Ha defendido abiertamente la construcción de mecanismos punitivos que operan bajo premisas emocionales, ideológicas e identitarias, tachando de extremistas, misóginos o reaccionarios a quienes se atrevieron a cuestionar los métodos que diseñaron. La crítica fue sistemáticamente anulada bajo el supuesto de que el fin justificaba los medios.
Cuando esas herramientas se activan en contra de quienes la respaldaron, no hay revisión de fondo. No hay crítica a la arquitectura con la que lo construyeron, ni en lo normativo, ni en lo lógico. Lo que hay es una queja parcial, tácita y subordinada al hecho de que en esa ocasión fue utilizada de forma incorrecta, es decir, contra “los que no le tocaba”.
Si las mismas medidas fueran aplicadas a un adversario ideológico, su severidad sería celebrada como justicia restaurativa, sin reparar en el deterioro democrático que produce. El entrecoreano no rechaza el método, lo condiciona al sujeto castigado, lo que le incomoda no es el exceso ni el castigo, sino que sea aplicado a quien no quieren.
Así, el entre-coreano, no solo acompaña el diseño institucional autoritario: lo fabrica, lo legitima y lo encubre bajo una estética de moderación; no es solo un usuario accidental de estos mecanismos, es su arquitecto emocional, es el rostro amable del castigo político; no lo cuestiona, ni lo ataca, solo espera que no lo alcance.





