Nuestro mundo es líquido, cruel y apático; es relativista con la verdad, etnocentrista con el otro y rapaz con el planeta; su centro es el narciso individualista, su espacio, los no-lugares, su actividad, el consumo. En el mundo actual la ciencia yerra, la magia renace y la superstición reina; la desconfianza es moneda de cambio, el bullying un secreto a voces, el descarte la estrategia más refinada para la supervivencia del más apto; el individuo reina y, no obstante, está aterido de dolor; habita la autopista de la información sin saber absolutamente nada; todo lo reclama, todo lo exige, pero siempre desde la comodidad de un reclinable. El cansancio es anatema, pero el dolor es compañero de viaje; para qué el esfuerzo, pregunta impávida la mónada, contemplando su mundo en ruinas. Nuestro mundo se ahoga en sangre, clama contra la violencia, se desgarra en lamentos por los desaparecidos, luego calla, cómplice, aceptando que el mundo es lo que es y que querer otra cosa es digna de ilusos y soñadores.
El medioevo, con su barbarismo y colorida superstición, puso a Dios en el centro de la existencia humana. Qué duda cabe de los excesos que esto provocó: entre los inquisidores y sus convictos a fuerza, la Cristiandad casi olvidó que su Dios exigía que toda conversión procediera del corazón y no, como en ocasiones sucedió, del miedo de sentir el filo de la espada en el cogote. Las tiendas de raya, la servidumbre y la ausencia de derechos no hicieron de esta una época fácil para las multitudes. Y, sin embargo, la Edad Media irradió potentes luces, desarrollando muchas de las intuiciones que cementarían el proyecto de la civilización occidental; fue este tiempo marcado por el reconocimiento—que las sociedades esclavistas ignoraron—de la inviolable dignidad de la persona, dignidad que le venía de su condición de hijo o hija de Dios; este tiempo desarrolló potentísimas corrientes artísticas y amuebló las mentes que parirían la ciencia moderna.
En nuestro tiempo la ciencia se ha abierto como flor en celo, descubriendo al ser humano secretos íntimos del universo, secretos que la Edad Media no pudo haber imaginado ni intoxicado con los más recios alucinógenos.
Y, sin embargo, es nuestro mundo tierra fértil para el terraplanismo y el rechazo a las vacunas; en nuestro tiempo las personas quieren ser perros y gatos, las mujeres hombres y los hombres quimeras. Nuestros contemporáneos resoplan, aburridos, frente a la exposición de esta o aquella doctrina, prefiriendo perderse en esas catedrales de la imbecilidad que son las redes sociales.
La Edad Media sabía que la Verdad, con mayúscula, era al mismo tiempo imposible de aprehender, es decir, que podíamos soñar apenas con aproximarnos a ella, como, por otro lado, una Verdad que estaba fuera del yo, que se imponía como aquello que es real y no, como nuestro mundo, un constructo del intelecto humano, plastilina con que hacer la realidad a modo.
Y llegó la Ilustración. La razón humana emancipada, rebelde y mostrando los dientes a la superstición y el prejuicio que la Edad Media ciertamente protegió más de una vez. La razón altísima, áurea potencia capaz de entregar el progreso ilimitado, la ortodoxia y la ortopraxis. Sin desconocer al Creador, el siècle des Lumières acalló su potente voz, convirtiendo a Dios en relojero y al ser humano en el detective capaz de descubrir el lenguaje en que la vida y la realidad fueron codificados. Fue la Ilustración, sin embargo, quizá demasiado lejos en su pretensión de haber descubierto la civilización, idea que sería utilizada por desalmados y cobardes que justificaron las colonias como escuelas de civilización, como obras pías de aquellos que habían descubierto la llave de la felicidad hacia quienes vivían todavía oprimidos por la oscuridad y la neblina. Pecaron aquellos de arrogancia, pero no menos de radicalismo en su preferencia por la razón. Era ella y solo ella, pensaron, la que podía entregar la felicidad, el progreso y la paz. Poco sabían de la rapidez con que el sueño se convertiría en infierno. Pues la razón—como nos recuerda Joseph Ratzinger en su debate con Jürgen Habermas—sufre, como la religión, de patologías que exigen vigilancia y contrapesos.
Y si bien la Ilustración tuvo sus pecados, ¿qué nos dice nuestro tiempo, cuando por ventura aventuramos una comparación?
Nuestro tiempo no solamente desprecia la racionalidad, sino que de ella hace mofa. El inteligente es el nuevo bufón: ¿no es la educación hoy día profesión vituperada como propia de quienes no supieron tener éxito en la vida?
Leer es para aquellos estúpidos que no se han enterado de que hoy pululan aplicaciones que te escupen resúmenes de quince minutos por un módico precio. ¿El Idiota de Dostoyevski? ¿Quién tiene tiempo para sus interminables descripciones del carácter y la psicología humanas? Dígame usted qué pasó, quién mató a quién, por qué y cuál fue el castigo y déjeme en paz. Y estas aplicaciones, hay que decirlo, son propias de la población que se considera a sí misma informada y culta. Para todos los demás existen las redes sociales. Ahí somos iguales: igual de estultos, igual de vulgares, igual de básicos, repetitivos, simplones y mendaces. Ahí triunfa la peor forma de igualdad: la de los cerebros, porque tu idea y la mía no difieren en calidad, sino meramente en contexto. ¿No fue la pedante Ilustración mejor que nuestro tiempo? ¿No habremos sido, quizá, críticos en exceso respecto de sus bondades, maldades y peligros?
Y vino el espíritu romántico, ese huracán que se abrasó en el sentimiento y la emoción, el erotismo y la pasión, el heroísmo, lo sublime y el conocimiento a través de las lágrimas del arte y la poesía. El Romanticismo reaccionó a una racionalidad seca y fría que olvidaba al ser humano todo; idealizó en cambio las flores envenenadas, el ajenjo, la bohemia, el suicidio y el contacto con la dimensión ulterior de lo humano, ahí donde los seres humanos pellizcan la eternidad de lo divino; soñó los grandes sueños ya no detenidos por una razón calculadora, sino lanzados al infinito de la mano de un lenguaje-símbolo que hace guiños a lo inefable. Recuperar la savia del espíritu y diseminarla en tierra, fecundándola; soñar despiertos, dormir con ojos abiertos, sonreír y cantar a cappella entre campos salvajes heridos de tulipanes y toda clase de flores, ese fue el motor que impulsó a los grandes románticos.
El romanticismo terminó exagerando aquello que demandaba y que veía ausente en épocas anteriores, es decir, acabó haciendo lo que cada época ha hecho con las anteriores. Llevó demasiado lejos el concepto de libertad, abjurando de cualquier momento particular de la voluntad y aferrándose al momento universal-negativo hegeliano de esta facultad. Por supuesto, la suspensión de toda decisión, la utopía de un mundo de posibilidades absolutas y eternamente a la mano no podía sostener ningún proyecto social sensato. El romanticismo receló en exceso del orden y la autoridad, de la disciplina y de la ciencia, sucumbiendo en muchas ocasiones a un esteticismo sin profundidad, a un autoritarismo emotivista, al rechazo a la autoridad sin considerar sus nefandas consecuencias. Olvidó, ironía de la historia, que la emoción y la sensibilidad también tienen patologías.
¿Y este tiempo nuestro? ¿Puede jactarse de estar haciéndolo mejor? ¿Dónde está la grandeza, racional o emocional, el idealismo puro o la ciencia que conquista el universo? ¿Dónde la excepcionalidad, la grandeza, la sobreabundancia del espíritu? La respuesta es tan obvia que duele: se ha ido, está muerta.
No pudimos conformarnos con haber matado a Dios; a su muerte le seguiría el resquebrajamiento de todo aparato de legitimación social, toda idea que postule la grandeza—porque, lo sabemos, toda idea que habla de grandeza conlleva en sí misma, necesariamente, un peligro mortal. Abandonados a nuestras fuerzas, la mónada individualista quiso emerger de las cenizas como salvadora. Era, empero, un globo desinflado, un poema escrito con números, la invención de lo absurdo.
Nuestro tiempo es hijo del horror. Las raíces de la época contemporánea echaron raíces en el campo sembrado de ceniza, sangre y carne quemada de las guerras mundiales. Fue ese tiempo testigo de la capitulación del espíritu humano, de la mostración más horripilante y nauseabunda de lo que el ser humano es capaz cuando lo único que quiere es destrucción. Hitler, dice Bernard-Henri Levy, no murió en Berlín, ha salido victorioso y vaga por las calles de las grandes urbes, con la sonrisa abierta de quien sabe que su nombre pesa más que los nombres de los supuestos vencedores. La demoniaca combinación de un organicismo radical y el despiadado uso de la razón instrumental con fines de destrucción mostró que la historia humana será siempre un campo de batalla, que no existe posibilidad alguna de una resolución de los problemas de la humanidad, que lo único que podemos anhelar es, quizá, que el caminar de la sociedad humana implique ciertas mejoras para los menos aventajados, un mayor reconocimiento de la dignidad de todos, condiciones más humanas y una cierta seguridad que casi, ¡casi!, podríamos llamar “paz” y que, sin embargo, es tan frágil y caprichosa que puede esfumarse en cualquier momento.
Nuestro tiempo es porno y psi, dice Lipovetsky con razón. Porno, pues los cuerpos son usados, modelados, imaginados, empaquetados, adornados, optimizados, embellecidos, transformados, repensados, convertidos en marca y consumidos sin ningún tipo de escrúpulo ético. La revolución sexual, tan necesaria, terminó derrotada por un capitalismo que es capaz de generar profit de cualquier circunstancia, incluso de lo que podría percibirse como un revés a su propia doctrina. Hoy los cuerpos se venden al mejor postor, exigiendo únicamente—como el cintillo que avisa que tal producto es alto en azúcares—el consentimiento de las partes. Se blande el mentado consent como si fuera una gran victoria, olvidando que es apenas el reconocimiento de que toda relación que carezca de éste es una violación y, por ende, un crimen. Hoy los jóvenes se atiborran con las mieles del sexo… solamente para terminar deprimidos, solos y con la desagradable sensación de no ser más que juguetes sexuales para el placer del otro. Se proclama la posibilidad de tener sexo sin amor, pero todo termina con una pareja de inexpertos aplastados por la realidad de una corporeidad que está invadida completamente por sentimientos, emociones, ideas, anhelos y necesidades. Quizá el sexo sin amor comparte el sentido de absurdo que las sodas sin azúcar, esas que te ofrecen goce sin culpa, pero te ocultan que al final, si no cambias tus hábitos, tendrás el mismo cuerpo choncho y aquejumbrado por la diabetes que reconocía, honesta, la soda con azúcar.
Nuestro tiempo es psi, es el triunfo de los psicologismos. Algo que aplaudir, sin duda, pues derribar los tabúes que esconden la realidad de las enfermedades mentales es de brutos y supersticiosos. Y, sin embargo, como adictos que somos, los ciudadanos de nuestro tiempo abusamos del psicologismo hasta convertir todo en un pretexto para la terapia. “¿Cansado, molesto, contrariado, desganado, apático? Corra usted con el especialista quien, con un poco de suerte, le soltará unas cuantas píldoras de la felicidad”. Tenemos hoy una histeria por el diagnóstico: todo debe ser explicado a través de causas ajenas a la voluntad del sujeto, no hay pecado mayor que hablar de “culpas”. Nos equivocamos, una y otra vez, confundiendo un apoyo, una muleta, con una forma de vivir. La normalidad es hoy un mundo intoxicado, muchas veces por auto-diagnóstico, que ha olvidado lo que significa la libertad de vivir sin estar intoxicado.
Este mundo drogado, idiotizado, alterado, no es, lo que es peor, más feliz, ni más productivo, ni más empático u honesto o tolerante. Las nuevas generaciones—muchas, muchísimas de las veces sin llevar culpa en ello—son brutalmente frágiles, agresivas, reactivas, caprichosas, haraganas y dolorosamente ignorantes; no obstante, también transpira en ellos, en jóvenes e infantes, un profundo deseo de ser felices, de ser comprendidos, acogidos, abrazados. Son ellos, tantas veces, los primeros descartados, arrumbados en casas sin padres ni madres, silenciados a punta de billetazos, ignorados por padres demasiado ocupados con sus propios deseos reprimidos y la necesidad de satisfacerlos.
Nuestro mundo es un problema. Y, sin embargo, la realidad es que el mundo no es, sino que ha sido y será siempre y en todo momento un problema. Un problema llamado libertad, esa cualidad que nos permite elevarnos por encima de los ángeles o derrumbarnos por debajo de las fieras, que nos permite crear arte, ciencia y progreso lo mismo que destruir el planeta y todo lo que contiene. Nuestro mundo es una esfera saturada de una belleza que muchas veces dejamos de ver, sumidos en la contemplación de la fealdad con firma humana. Nuestro mundo es paradoja: es fe y razón, razón y voluntad, voluntad y contingencia, contingencia y absoluto, absoluto y relatividad, relatividad y verdad, verdad y Verdad. Es Calígula, Mao, Hitler, Amin y Videla, pero es también Parks, Gandhi, Wałęsa, Curie y ese carpintero ignoto salido de Belén que hizo su trono en una cruz.





