La radio y la televisión hicieron de Fulton Sheen una figura nacional, pero nunca modificaron la esencia de su ministerio: detrás del micrófono y frente a las cámaras seguía siendo un sacerdote. Su triunfo no fue conquistar audiencias, sino demostrar que la verdad cristiana podía entrar en los medios modernos sin diluirse ni convertirse en espectáculo.





