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Verástegui: Pasión en los espejos de la fe

por | Política

Eduardo Verástegui es un fenómeno de aspecto multifacético. Igual se encuentra comprometido con movimientos provida siendo un destacado abanderado (rosario en ristre frente a sus cientos de seguidores en redes sociales); inmerso en el mundo cinematográfico de corte apostólico, principalmente, y muy recientemente, generando expectativas en un público que cuenta con su simpatía como debutante en la política nacional tras su registro como aspirante a candidato independiente para dirigir el destino del país, a partir del 2024.

No deja de ser encomiable y digna de imitación la labor -tan válida como necesaria- que lleva a cabo en la promoción y defensa del nasciturus, o desde el cine en favor de menores víctimas de la trata.

No es cosa menor, si se toma en cuenta que proviene del mundo del espectáculo: un mundo decidido por los denominados derechos reproductivos de la mujer, que se reducen a la práctica del aborto, y que forma parte de una sociedad indiferente y relativista donde la posición más sencilla pasa por adoptar el parecer de la mayoría, cancelando toda sospecha sobre la verdad.

Sin embargo, el que Verástegui lleve a cabo una labor indispensable y que en las condiciones de una sociedad posmoderna resulte cuando menos ejemplar, no le habilita como la persona idónea para ser presidente en el 2024.

México atraviesa un momento de definiciones de gran calado. La transformación que lleva a cabo Andrés Manuel ha significado en los hechos un gran retroceso y una amenaza en distintos órdenes: democracia, estado de derecho, salud, seguridad, educación, combate a la corrupción, etc.

La continuidad del autoritarismo y su consolidación, son por todo el proyecto del ocupante de Palacio Nacional, cuya ejecución correspondería a su ungida Claudia Sheinbaum, de ganar las próximas elecciones.

En este complicado horizonte surge Xóchitl Gálvez como candidata de la oposición, quien además de aglutinar a los diezmados partidos políticos adversos a Morena y despertar la esperanza genuina en un gran sector de la población, tiene la virtud de arrebatar el elemento emocional manejado por el tabasqueño, como lo ha hecho ver la analista política Ivabelle Arroyo.

Xóchitl se vuelve, así, la única opción viable que puede enfrentar la elección del narcoestado.

Pero hay un reducido sector para quien Xóchitl incumple el requisito de limpieza de sangre, quedando deslegitimada para merecer su voto. Una fracción que (a veces simplemente por desinformación y mucha ingenuidad) la tilda de comunista, no obstante la evidencia en contrario; que la mira como una cabeza más del demonio de la política, de la corrupción y de la cultura de la muerte. El demonio con el que se la identifica tendrá a su cargo la implantación de las leyes del aborto, entre otros males y, por tanto, nada bueno se puede esperar de ella.

Para estas personas Verástegui viene a ser ese san Jorge que enfrentará, junto con los hombres y mujeres de buena voluntad, al dragón maligno hasta someterlo y restaurar la grandeza, la belleza, el bien y la verdad.

Es aquél que ha venido (como vino antes el prócer de la 4t) a separar a los buenos de los malos, a los justos de los que no lo son, a los partidarios de la vida de los de la muerte, y a dividir nuestro mundo en uno en blanco y negro.

Como populista -de signo cristiano-, vino a exigir definiciones: o con Dios (y por tanto conmigo, su humilde dignatario) o contra Él.

La política nunca será tarea sencilla: exige, en primer lugar, realismo y prudencia de todos. Las decisiones en esta materia, en consecuencia, deben partir de las circunstancias concretas y rectoras que demandan siempre ser evaluadas con cuidado, siguiendo el sabio apotegma de Ortega y Gasset: “soy yo y mis circunstancias, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

La reducción de la realidad a categorías binarias limita la capacidad de su comprensión, de suyo compleja, invisibiliza los valores y propuestas de aquellos otros que no están en comunión perfecta con nuestra causa, y degrada la responsabilidad tan grave que implica la elección de un gobernante, terminando en la mayoría de las ocasiones en un alto costo para los pueblos.

Quizás Xóchtil no a un dechado de virtudes morales, pero no es la candidata del comunismo, ni la obcecada de pañuelo verde como estas personas la quieren pintar. Para quien busca la verdad con honestidad resulta ineludible revisar su trayectoria, las experiencias personales de las que surgen sus convicciones y los valores (como su apertura para escuchar con atención a quien piensa distinto y eventualmente cambiar de opinión) que alimentan su mirada y sustentan sus propuestas. Esa también es obligación moral.

En estos momentos de tribulación que vive México, Xóchitl es quien garantiza la unión de quienes pensamos diferente pero que no estamos dispuestos a ceder nuestras libertades y capitular frente al aparato destructor empeñado en la construcción de un estado de servidumbre institucionalizada, y respecto del cual, Eduardo Verástegui y sus seguidores, sin pretenderlo quizás, hacen las veces del tonto útil que pone sus modestos ladrillos para su edificación.

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