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La causa provida, su explotación política, y su próxima derrota

por | Política

La vida humana es un misterio y un don en sí mismo que inicia en la concepción y termina con la muerte natural. Su defensa, por tanto, se impone como deber para cualquiera desde el momento en que se comprende su carácter invaluable y se asume su dignidad.

Bajo esta premisa, podemos razonablemente asumir que la vida no es una causa privativa de filiaciones políticas determinadas, puesto que incluso traspone umbrales de naturaleza religiosa y marcos interpretativos de índole ideológico.

A manera de ejemplo, no deja de ser significativa la postura de rechazo frente al aborto que asumiera Norberto Bobbio, siendo un hombre ilustre de la izquierda italiana del siglo anterior y fallecido en 2004, en aquella entrevista publicada en el Corriere della sera del 8 de mayo de 1981, para quien la posición de sus correligionarios sobre la materia en sentido opuesto le generara perplejidad. Para Bobbio ser de izquierda no debía implicar una actitud de rechazo a la vida del concebido no nacido.

La causa de la vida es, pues, una causa abierta y transversal y como tal debiera ser promovida por sus diversos defensores.  

Hoy, sin embargo, la vida y su defensa corren un gran riesgo al ser usadas como posicionamiento político de carácter excluyente en el contexto de las campañas para las elecciones presidenciales en México del próximo 2024.

Eduardo Verástegui ha hecho de la defensa de la vida el centro de su campaña y empuñando esta bandera va de ciudad en ciudad para alcanzar las firmas que exige la normativa vigente en la materia para contender como candidato independiente por la presidencia en las siguientes elecciones, con el apoyo económico de un grupo de empresarios católicos.

Fuera de su candidatura, arguyen, no hay alguien más que haya puesto como centro de la actividad política el derecho humano más básico como el valor más importante, ni nadie habrá de venir con firmeza a poner un alto y revertir todo el daño que se ha llevado a cabo sobre este tema desde hace varios años en el país, como él lo garantiza.

No sólo eso, pues desde esta óptica, las dos opciones restantes, ya Xóchitl Gálvez, ya Claudia Sheimbuam, han sido puestas en el mismo saco como representantes de lo mismo: son ellas por igual quienes buscarán la consolidación del aborto como derecho reproductivo y como política de salud del Estado.

Más allá de alcanzar las firmas requeridas para aspirar a participar en la próxima elección (pues todo parece indicar que quedará muy lejos de este objetivo), Eduardo Verástegui no será presidente. Eso todos lo tenemos claro. Y más allá del daño (marginal, ciertamente), que hará a la oposición en un momento tan definitorio para el destino del país, la verdadera víctima de su efímera y descabellada aspiración será la propia causa de la vida.

¿Cuál será el saldo que eventualmente podría resultar de esta malograda campaña política para la causa de la vida?

En primera instancia, la lectura que con mucho provecho harán los partidarios de los mal llamados derechos reproductivos de la mujer sobre el pírrico resultado de su campaña, concluyendo que se debe en realidad a la poca adhesión de los ciudadanos a la causa de la vida y la protección del no nacido. No es Eduardo, dirán estos, sino la bandera con la que ya solamente unos cuantos se identifican en realidad.

Por la misma razón, el debilitamiento de la defensa de la vida como un espacio dentro de la propia oposición que encabeza Xóchitl, que se agrava con el sambenito que les fue endilgado como artífices de la agenda abortista.

Por último, el costo que tendrá al interior de los grupos provida para aquellos que se enrolaron de buena fe en torno a la aventura verastiguiana, y que tendrán frente sus ojos los resultados contraproducentes de haber confundido la agenda de la vida con una campaña presidencial, por una parte, y por la otra al culpable de haber dilapidado todo o parte de lo logrado hasta ahora en su delicada y difícil tarea en defensa de la vida.

Capitalizar la causa de la vida, arrogarse el derecho exclusivo a su explotación e intentar lucrar políticamente con su defensa, solamente pavimentará el camino para que otros, con la facilidad que otorga la caída del vencido, posicionen con mayor soltura la agenda de la cultura de la muerte.

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