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Contrapesos sí, oposición eterna no

por | Política

¿No es hermoso observar cómo la «democracia» (en el sentido encantador) está haciendo ahora para nosotros [los demonios] el mismo trabajo -y con los mismos métodos- realizado en otro tiempo por las dictaduras más antiguas? Recordarán que uno de los dictadores griegos que entonces llamaban «tiranos» envió un emisario a otro dictador para pedirle consejo sobre los principios del gobierno. El segundo dictador condujo al mensajero a un campo de maíz, y ahí cortó con su bastón la copa de los tallos que sobresalían un par de centímetros por encima del nivel general. La moraleja era evidente: no tolerar preeminencia alguna entre los súbditos, no permitir que viva nadie más sabio, mejor, más famoso y ni siquiera más hermoso que la masa, cortarlos todos por el mismo nivel, todos esclavos, todos ceros a la izquierda, todos «don nadies», todos iguales. Así podría el tirano ejercer la democracia en cierto sentido. Pero ahora la democracia puede hacer el mismo trabajo sin otra tiranía que la suya propia. Nadie necesita en la actualidad penetrar en el campo de maíz con un bastón. Los propios tallos pequeños cortarán las copas de los grandes. Incluso los grandes están comenzando a cortar las suyas movidos por el deseo de ser como todos los tallos. (Lewis, 2008).

 

No hay mejor terreno de cultivo para un régimen que aspira al totalitarismo que aquellas sociedades que temerosas de la excelencia o la mejora, renuncian a sus derechos y deberes, a su capacidad de solidaridad, al heroísmo en casos necesarios, y que renuncien a su sentido de pertenencia a la comunidad como sustancia que aporta capacidades.

El riesgo de negarse a participar en la política es ingrediente del genocidio cultural y antropológico, la despersonalización del individuo convertido en masa, o peor aún, en un ser “muriente” (Bibliotecas Independientes de Cuba, 2006) que ya no se distingue por su virtud ni sus capacidades sino únicamente por su enrolamiento en un grupo homogéneo e inerte controlado desde la cúspide del poder.

Y hablando de distinciones, existe una en particular que genera debate especialmente cuando existe un clima de polarización: ser o no ser parte del oficialismo, ser o no ser oposición y el debido significado a este papel.

Comencemos por afirmar que la oposición no una vocación, ni un rol de eternidad. Es una función temporal a cargo de cualesquiera fuerzas políticas con aspiraciones y capacidades para ejercer poder político (no necesariamente en el gobierno), que en el momento no cuentan ni con mayoría legislativa ni con suficientes posiciones, y cuyo propósito es ejercer contrapeso al poder mayoritario.

Dentro de sistemas democráticos la temporalidad de la oposición se presume en general breve, no así desde luego en sistemas hegemónicos como México en el siglo XX -con amplias posibilidades de regresión- o totalitarios como Cuba.

Pensemos en los contrapesos como los necesarios en un elevador. Para que un éste pueda subir necesita contrapesos fuertes que resistan la carga, de lo contrario colapsaría. Ahora pensemos que ese elevador se llama país y que los contrapesos son la oposición agrupada en partidos, movimientos cívicos y en general la sociedad organizada.

¿Quiénes controlan al elevador? Aquellos que detentan el poder político, el oficialismo, que no son dueños del elevador, solo sus operarios; de cuando en cuando el elevador requiere mantenimiento y esto implica que otras personas tomen el mando para solucionar el problema o mejorar el lugar, análogamente alguno de los contrapesos toma control del elevador y quién antes lo gobernaba ahora pasa a ser un contrapeso. Este delicado equilibrio es el que permite que el elevador se mueva y sea útil. Por cierto ¿a quiénes traslada el elevador? A la sociedad en general.

En un sistema que se aprecia, al menos en papel, de ser democrático, los contrapesos son grupos de interés que asumen un rol de crítica, vigilancia y exigencia, funciones necesarias dentro y fuera de las estructuras gubernamentales. Sin esos contrapesos el país no se movería y perdería sentido. La idea de los contrapesos no es ir siempre de forma paralela a la autoridad sino precisamente ir en contra de la autoridad, no para derrumbarla, sino para que el país avance como el elevador.

En democracia los contrapesos no son propiedad exclusiva de los partidos políticos, si bien son una de las manifestaciones más claras de la oposición, no son ni deberían ser la única oposición.

Aquí es donde entramos necesariamente los ciudadanos, las organizaciones de padres de familia, las religiones, las universidades, las empresas y en general todas las organizaciones de la sociedad civil formales e informales.

Sí, todos los organismos intermedios y ciudadanos estamos obligados a participar políticamente; dejemos de concebir la participación como un derecho que se ejerce cuando se quiere -y normalmente no se quiere- sino que asumamos el deber de ser agentes políticos antes que masas inertes carentes de voluntad y sometidas a los designios de quien controle los medios públicos.

Además, en las democracias representativas siempre tenemos la posibilidad de crear contrapesos efectivos dentro de los poderes legislativos con nuestro voto. Culturalmente tenemos una tendencia a la centralización que, si bien aporta ventajas indiscutibles en la solución de algunos problemas, representa una tentativa de exceso de control para el poder ejecutivo.

Baste mencionar que las campañas electorales casi siempre se enfocan en la figura de los candidatos presidenciales, situación muy bien aprovechada por los estrategas electorales para concentrar la opinión pública en una opción política caudillista/mesiánica, y para ocultar de la atención pública a la mayoría de los impresentables candidatos a legisladores que prácticamente todos los partidos políticos postulan, permitiéndoles acceder a una fracción del poder sin el debido escrutinio ciudadano mediante el cual podríamos tener representantes más dignos de ser contrapesos.

Por otro lado, tenemos que comprender que es inadmisible concebirse como una oposición eterna al régimen monolítico, visión que justamente alimenta el centralismo en su faceta más negativa y que poco a poco se reduce en aquella masa “muriente”, incapaz de acceder al poder, incapaz de tener agenda propia, que no abandera ninguna causa más que simplemente ser oposición y que eventualmente dependerá de la existencia del régimen por más dictatorial que sea, ya que sin este se agotaría su misión. Serán los tallos que se cortan a si mismos para no sobresalir. Este es el verdadero riesgo.

La oposición política, sea del signo político que sea y mientras lo sea, necesita formar sus capacidades internas para ejercer el poder y ser contrapeso efectivo, depositaria y canalizadora de las exigencias ciudadanas. De lo contrario cuando obtenga autoridad no sabrá hacia dónde moverse ni qué decisiones tomar; su momento de poder político será menos que testimonial, si no es que un ridículo.

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Bibliotecas Independientes de Cuba. (2006). Voces de cambio. Nueva literatura cubana. Miami: Ediciones El Cambio.

Lewis, C. (2008). El diablo propone un brindis. Madrid: RIALP.

 

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