Autoridad Política – Manipulación – Masificación

Juan Alberto Treglia

Autoridad Política – Manipulación - Masificación
Manipulación ideológica: política, religiosa, económica: si un grupo social lo asume como programa de acción y quiere imponerlo tiene dos recursos: a) la violencia y provoca la tiranía, o la astucia y recurre a la manipulación (Gramsci).

Ya lo hemos expresado muchas veces que ‘la autoridad e influencia’ se fundan en el servicio; ser capaz de satisfacer las necesidades de los demás, incluso antes de que tomen conciencia de que existen. Sin embargo hoy asistimos a numerosas formas de manipulación por parte de quienes ejercen la autoridad en la política, en el sindicato, y en otras asociaciones.

Manipula quien quiere vencernos sin convencernos, seducirnos para que aceptemos lo que nos ofrece sin darnos razones. El manipulador no habla a nuestra inteligencia, no respeta nuestra libertad; actúa astutamente sobre nuestros centros de decisión a fin de arrastrarnos a tomar las decisiones que favorecen sus propósitos

Manipulación ideológica: política, religiosa, económica: si un grupo social lo asume como programa de acción y quiere imponerlo tiene dos recursos: a) la violencia y provoca la tiranía, o la astucia y recurre a la manipulación (Gramsci)

MASIFICACIÓN

Si las personas que integran una comunidad pierden la capacidad creadora y no se unen entre sí con vínculos firmes y fecundos, dejan de integrarse en una auténtica comunidad; dan lugar a un montón amorfo de meros individuos: LA MASA.

Al carecer de cohesión interna, la masa es fácilmente dominable por los afanosos del poder. La masificación se realiza cuando la gente pierde de manera casi habitual sus características personales, sin preocuparse ni de verdades, ni de valores, asociándose a aquel conglomerado uniforme de opiniones, de deseos y de conductas.

El hombre masificado es un hombre gregario, que ha renunciado a la vida autónoma, adhiriéndose gozosamente a lo que piensan, quieren, hacen u omiten los demás

Es el hombre de la manada, no analiza ni delibera antes de obrar, sino que adhiere sin reticencias a las opiniones de la mayoría. Es un hombre sin carácter. Sin conciencia. Sin libertad. Sin riesgo. Sin responsabilidad.

El hombre de masa no tiene vida interior, aborrece el recogimiento, huye del silencio, necesita del estrépito ensordecedor, la calle, la televisión, el ruido en sus oídos. Vacío de sí se sumerge en la masa, busca la muchedumbre, su calor, sus desplazamientos. El individuo, vuelto cosa, se convierte en un objeto dúctil, un ser informe y sin subjetividad.

La ilegitimidad de la autoridad es una de las causas del desorden político que desemboca en un totalitarismo donde el gobernante hace suya la frase histórica ‘El estado soy yo’ y no permite disenso alguno, y asimismo genera un estado de anarquía, donde la instrumentalización política de la violencia, se convierte en el paradigma de este ‘desorden organizado’.

Ejemplo contemporáneo de tal estado del poder político son las llamadas democracias liberales que al decir de S.S. Juan Pablo II, consideran que “quienes están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos”. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. (Centesimus Annus nº 46)

Como vemos, el relativismo gnoseológico y el desprecio por la verdad, se encuentran en la raíz de las falsas democracias; ya que se pretende incluso, someter al voto popular los principios del orden natural, como el derecho a la vida, entre otros, haciendo de la verdad el patrimonio del ‘número’, que ha de consensuar qué es lo Verdadero, lo Bueno y lo Bello, según los nuevos tiranos del poder: los formadores de opinión.

Ante este desorden político, cabe preguntarnos sobre las opciones que hemos de procurar para contribuir a un recto orden social, económico y político;

Las condiciones de un régimen político que verdaderamente esté al servicio de todo el hombre y de todos los hombres, suponen la articulación de la sociedad a través de las asociaciones intermedias que coadyuvan a vivir una comunidad organizada, que se sustenta en los principios de solidaridad y subsidiariedad.

Esto reclama un Estado presente y eficiente que como Fin Último debe procurar la Gloria de Dios y como fin inmediato el Bien Común, por ello todo proyecto que se pretenda construir de espaldas a la Voluntad de Dios, irremediablemente llevará al fracaso, aunque pudiese parecer que se alcanzan algunos logros, éstos serán efímeros, pues no responden a la religación principal de todo hombre y de toda comunidad, que es la religación con Dios.

NECESITAMOS UNA EDUCACIÓN DEL PUEBLO, que al igual que el madero de la Cruz, esté contemplando hacia arriba a Dios, firmemente enraizada hacia abajo, en la Patria y con los brazos abiertos en la SOLIDARIDAD con los que más lo necesiten.

Por todo lo expuesto, es necesario suscitar en la sociedad vocaciones políticas, que asuman su tarea como un auténtico servicio, que implica: el desprendimiento de sí, la entrega generosa, la idoneidad, la prudencia; en suma todas las virtudes necesarias para el recto ejercicio de la autoridad y el poder, teniendo como modelo el Gobierno de Dios providente que ama y sirve a todos los hombres.

Sólo con dirigentes con vocación política y una sociedad ordenada, podemos crecer en la esperanza de vislumbrar a nuestras Patrias, fieles a su origen y a la vocación, que como Nación, asumimos.

Estamos acostumbrados a vivir una democracia llamada representativa, que no representa a nadie, y en la que todos evitan la responsabilidad del Bien Común; por ello debemos una vez más escuchar la voz del Papa Juan Pablo II, quien en Centésimus Annus, nos dice:

«Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la «subjetividad» de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad.”

Es por ello que el Papa Juan Pablo II, nos exhortaba a nosotros, los fieles laicos, a no permanecer ociosos ante el desafío de las realidades temporales, y nos decía que “en el ejercicio de la política, vista en el sentido más noble y auténtico como administración del bien común, (podemos) encontrar también el camino de la propia santificación[1]

Pidamos a Nuestra Madre la Virgen, patrona de nuestras Patrias, que suscite en estas tierras políticos que sean santos y santos que sean políticos.

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[1] Juan Pablo II – Iglesia en América nº 44

Autor

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