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Valorar la democracia

por | Política

Los mexicanos que nacieron en la décadas de los ochenta y después – los millenials y generación Z – tienen todos edad para votar, y tendrán la oportunidad de hacerlo el próximo 2 de junio. Si lo hacen o no depende del atractivo que encuentren en las campañas que aún no inician – ‘aunque usted no lo crea’ -, en las candidaturas que se les presenten, y en la motivación que susciten los estímulos que desde ahora están tratando de incidir de manera especial en este rango de edad, los que nacieron desde 1981 y hasta 2005.

Quienes nacimos antes – baby boomers y generación X – podemos contrastar lo que hoy sucede en el ámbito electoral contra lo que ocurría en nuestra juventud, y esto nos da elementos para valorar los avances que hemos tenido como país en este ámbito. Vale la pena revisar algunos datos que pueden ayudar a los jóvenes de hoy a entender lo que está en juego.

Carlos Salinas de Gortari asumió la Presidencia de la República el 1 de diciembre de 1988. Un turbulento proceso electoral precedió ese momento, que marcó el inicio de la transición democrática en México.

El hasta entonces poder hegemónico del PRI sufrió su peor escisión, con la conformación del Frente Democrático Nacional que postuló al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas como su candidato presidencial. Por su parte el PAN eligió a Manuel Clouthier, y Rosario Ibarra de Piedra fue candidata del PRT.

En ese entonces, el gobierno conducía las elecciones; el Registro Nacional de Electores elaboraba y resguardaba el padrón electoral, el Secretario de Gobernación presidía la Comisión Federal Electoral. Ellos determinaban las casillas, nombraban funcionarios, imprimían las boletas, concentraban las urnas, contaban los votos y cantaban los resultados.

La Cámara de Diputados, de abrumadora mayoría priísta, calificaba la validez de las elecciones, descalificaba los argumentos de los opositores, ratificaba a sus candidatos, exoneraba a los mapaches electorales, ungía a los triunfadores y declaraba sin rubor la validez de las elecciones, cada tres años sin excepción.

La jornada electoral de 1988 tuvo lugar el 6 de julio, después de una campaña donde campeó el cierre de los medios de comunicación para los candidatos opositores, utilización del erario para favorecer al del gobierno, cooptación de voluntades a través de dádivas, y culminó con la histórica ‘caída del sistema’, coordinada por el entonces Secretario de Gobernación y Presidente de la Comisión Federal Electoral, Manuel Bartlet – el mismo que hoy regentea la Comisión Federal de Electricidad – y operada por la burocracia bajo sus órdenes.

El sistema diseñado para recibir los resultados de la votación se cayó, y se calló. Se canceló la posibilidad de saber con certeza cuántos votos había obtenido cada uno de los candidatos y por lo tanto, de quién era el triunfo. Lo demás fue todo maquillaje, cifras simuladas, decisiones fraudulentas.

Carlos Salinas asumió la titularidad del Poder Ejecutivo, pero al mismo tiempo se inició el fin del PRI como partido hegemónico y se fincaron los cimientos del largo camino a la democracia. Algunos elementos clave para ellos fueron:

– El liderazgo carismático de ‘Maquío’, como candidato del PAN, y su convicción de que las cosas debían ser diferentes, así como la participación de amplias capas de la sociedad a la arena política, hasta entonces ajena al ciudadano común.
– La exigencia conjunta de los tres candidatos opositores – Maquío, Cárdenas, Ibarra de Piedra – en contra de la caída del sistema, y la respuesta de la naciente sociedad civil a su llamado a la resistencia contra la imposición.
– La iniciativa panista del ‘Compromiso Nacional por la Legitimidad y la Democracia’, sustentando la ilegitimidad de origen del gobierno salinista, y la oportunidad de legitimarse en el ejercicio, a través de acciones democratizadoras específicas.

Podemos afirmar, con total apego a los hechos, que a partir de entonces se empezaron a concretar las instituciones de la democracia en México. No fueron graciosa concesión del régimen, le fueron arrebatadas gradualmente, en la medida en que el ejercicio de la política se abrió paso frente al monolito unipartidista y construyó alternativas ciudadanas.

La exigencia opositora puso en primer lugar la construcción de un nuevo marco electoral, autoridades electorales en manos ciudadanas, tribunal electoral autónomo, desaparición del Colegio Electoral, así como reestructuración del Registro Nacional de Electores. En efecto, se llevó a cabo la reforma constitucional de 1989 que dio nacimiento, en 1990, al Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (COFIPE).

En el COFIPE se incluyó la creación del Instituto Federal Electoral (IFE), antecesor del INE, que surgió en 2014. Este Instituto sustituyó a la Comisión Federal Electoral y fue incorporando tareas de organización, capacitación y supervisión de las elecciones en México. Diversas reformas han venido ciudadanizando y dando autonomía al IFE/INE. La credencial para votar con fotografía nació en 1992. En 1990 surgió el TRIFE, y en 1996 lo sustituyó el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
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Estas instituciones que han fortalecido la democracia electoral han permitido que hoy en día tengamos procesos electivos creíbles, que la incertidumbre sobre el resultado de una elección esté fundada en la certidumbre de procesos legales y ordenados, que las contiendas electorales hayan dejado de ser un burdo montaje y hayan dado paso a la competencia real.

Como instituciones creadas y manejadas por seres humanos, todas padecen deficiencias que no satisfacen totalmente la necesidad de claridad, transparencia y exhaustividad. En el camino se han experimentado cambios positivos, pero el ámbito de la política y sus vaivenes hacer extremadamente difícil acertar en las soluciones adecuadas.

Al Congreso de la Unión también se asomó la democracia. Las iniciativas que no procedían del Presidente o de su bancada empezaron a ser tomadas en cuenta con seriedad, y muchas de ellas aprobadas después de diálogos e intensos debates, en comisiones o en la tribuna. Desaparecieron la Gran Comisión y el Colegio Electoral, en el que los diputados electos autocalificaban su elección, las bancadas de oposición ganaron espacios y posiciones.

En 1988 el PRI perdió la mayoría calificada en la Cámara de Diputados, y en 1997, los grupos parlamentarios de oposición en conjunto tuvieron mayor número de diputados que el PRI. La pluralidad llegaba al Poder Legislativo.

Un aspecto fundamental del proceso de transición a la democracia en sin duda el año 2000, en el que los mexicanos logramos la alternancia en la titularidad del Poder Ejecutivo. Es de elemental justicia darle a la gesta electoral de ese año la calidad de hito histórico en el México contemporáneo. El hecho de que un candidato abanderado por el partido de oposición más importante del país, el PAN, haya logrado triunfar sobre el PRI democrática y pacíficamente, no tiene parangón.

Vicente Fox llegó a la Presidencia en alianza con el Partido Verde, arropado por importantes grupos de la sociedad organizada, y por escisiones tanto del Frente Democrático Nacional, ya entonces constituido en PRD, como del propio PRI, que reconoció la derrota.

Fue un gran paso, pero no la consolidación de la democracia, como algunos pensaron, ni mucho menos el fin de la lucha por lograr el México que queremos.

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