Ser socialista

Gerardo Garibay Camarena

Ser socialista
“Ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho. Esa es la escuela que hemos aprendido en la casa del pueblo, entre los militantes y compañeros”. Lo dijo en un congreso del PSOE el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, con esa bucólica pasión tan propia de los sinvergüenzas.

Ahora, ese mismo Rodríguez Zapatero, más “político” que poeta, está imputado por un multimillonario escándalo internacional, pues la policía española lo ubica como presunto líder de una “estructura estable y jerarquizada” de corrupción y tráfico de influencias, que según versiones incluiría hasta una mina de oro en Venezuela; por lo pronto, en los primeros cateos le hallaron más de cien joyas en una caja fuerte, mientras que a su “testaferro” le decomisaron casi 300,000 euros escondidos en su casa.

Ser socialista es tener muy poco, decía Zapatero mientras coleccionaba joyas, conectes y tratos dudosos. Y su caso no es la excepción, más bien parece la regla:

  • En Cuba, Fidel Castro, símbolo por antonomasia del comunismo latinoamericano y la lucha por el proletariado, dejó una fortuna personal calculada en 900 millones de dólares, mientras su nación se ahoga en la más absoluta miseria.
  • En Venezuela, Hugo Chávez proclamó a todo pulmón que “nosotros no queremos ser ricos. Ser rico es malo, es inhumano”, durante un discurso televisado en 2009, pero a su muerte se le calculaba un patrimonio que supera los mil millones de dólares, mientras que algunas investigaciones apuntan a un dispendio de más de 56 mil millones de dólares en fondos del pueblo venezolano, que Chávez gastó a capricho.
  • En Perú el también socialista Alan García “confesó” en 1990, durante su desastroso primer periodo presidencial, “sólo tengo un par de zapatos, no porque quiera pecar de pobre o exagerado, sino que no necesito más”; pero, años después fue acusado de recibir sobornos multimillonarios; alguno de ellos, irónicamente, en una caja de zapatos. Cuando se suicidó, estaban a punto de arrestarlo por su participación en la infame trama de corrupción de Odebrecht.

¿Y en México? Basta con voltear la mirada hacia el expresidente López Obrador, que con monástica austeridad pregonó en la mañanera del 11 de mayo del 2020 que los mexicanos tenemos que buscar la austeridad” y “no consumir de manera enfermiza, si ya tenemos zapatos ¿para qué más? si ya se tiene la ropa indispensable, sólo eso; si se puede, tener un vehículo modesto para el traslado. ¿Por qué el lujo?”

  • Ciertamente, señor López, ¿Por qué el lujo?, sobre todo cuando él vive en una propiedad campestre de lujo, cuando su hijo Jesús Ernesto López protagoniza la inauguración del lujoso restaurante de Salt Bae en la Ciudad de México y cuando a su otro hijo, José Ramón López, lo cacharon viviendo en una residencia de lujo las cercanías de Houston, además de ser cliente conocido y reconocido de marcas como Cartier, Loro Piana o Hermès; y ni hablar de la auténtica marabunta de políticos oficialistas que gozan de departamentos en Estados Unidos, viajes en primera clase, bolsas exclusivas y relojería fina.

¿Por qué el lujo?

¿Por qué esos que, una y otra vez, proclaman la austeridad de la “lucha socialista” mientras se envuelven en fortunas multimillonarias, a costa de la vida y el patrimonio de naciones enteras?

La primera respuesta es que, simple y llanamente, se trata de sinvergüenzas. Charlatanes que utilizan la austeridad y el resentimiento para manipular a una parte de la sociedad con el cuento proletario, usándola como palanca para adquirir, a la mala, un nivel económico al que jamás habrían podido aspirar creando valor para las personas.

Vamos, que como no tienen talento para hacerse empresarios, se vuelven bandoleros políticos. Y sería cierto.

Sin embargo, hay otra parte de la respuesta. Una que va más allá de la mera falta de escrúpulos y que está directamente vinculada con uno de los elementos más profundos del socialismo, no sólo a nivel de intereses, sino a nivel ideológico.

¿Por qué?

Porque, para no ir más lejos, el socialismo de los últimos 250 años ha sido profundamente utópico. Parte de la idea de que el ser humano es bueno y absolutamente moldeable por naturaleza; de que, por lo tanto, basta con crear (por las buenas o por las malas) un orden político y económico “bueno”, para que todas las piezas se acomoden y construyamos una sociedad de gente buena y generosa sostenida en aquel precepto de “de cada quien según su capacidad y a cada quien según su necesidad”.

El socialista se ha convencido a sí mismo de que la ambición, la avaricia, la envidia y demás rasgos semejantes son meras consecuencias del capitalismo o de la burguesía, y que -por lo tanto- pueden extinguirse simplemente extinguiendo al capitalismo y a la burguesía.

Esa fantasía ideológica, que linda con el pensamiento mágico, está presente en todas las ramas del socialismo, incluyendo al marxismo, a pesar de los intentos de Marx para diferenciar su variante al montar su utopía sobre una estructura supuestamente científica.

Así, armados con la seductora fuerza de la retórica (y la idea de que los seres humanos son buenos por naturaleza y pueden convertirse en un hombre nuevo leyendo folletines o repitiendo lemas en marchas con el puño en alto) una mezcla de sinvergüenzas peligrosos, e idealistas aún más peligrosos, se ha lanzado durante los últimos 250 años a la conquista del poder político.

El resultado han sido múltiples matices del mismo desastre: desde el caos de la Comuna de París y las “repúblicas” españolas, hasta los genocidios industrializados de la Unión Soviética y China, o las fábricas de miseria de Cuba y Corea del Norte. Así, hasta llegar en pleno siglo XXI, a los estofados de violencia, pobreza y corrupción de la Venezuela chavista, la Argentina de los Kirchner e incluso el que se cocina justo ante nuestras narices en el México obradorista.

Sí. Fracasan una y otra vez.

Fracasan, en primer lugar, por la corrupción de sus gobernantes y la incompetencia de sus políticas. Sin embargo, detrás de esa causa visible se oculta, una y otra vez, el gran defecto teórico de todo socialismo: su incapacidad de comprender la naturaleza humana y su arrogancia de pretender modificarla por decreto.

Avanzan hacia el vacío, confiados en que el hombre nuevo, desprovisto de egoísmo, generoso y bueno, está siempre justo a la vuelta de la siguiente regulación, de la siguiente expropiación, del siguiente preso político o de la siguiente ejecución.

Fracasan, entonces, no sólo porque son inmorales, sino porque son, en el sentido más profundo del concepto, antinaturales.

¿Qué corresponde entonces? ¿Cuál es el camino correcto?

  • Simple y sencillo: corresponde adoptar y adaptar los sistemas políticos y económicos a la naturaleza humana, en lugar de esperar que la naturaleza humana se modifique como si fuera plastilina, para ajustarse al molde decretado desde el gobierno.
  • La gente es envidiosa. La gente es perezosa. La gente es agresiva. La gente es rencorosa; también la gente es creativa, innovadora, trabajadora, generosa y solidaria; es mala y es buena. Es, en pocas palabras, gente.
  • La gran virtud de lo que, en términos muy generales, llamamos “capitalismo” o “derecha liberal” consiste en entender las complejidades de esta naturaleza y trabajar a partir de esos matices, para incentivar los comportamientos los comportamientos más constructivos, y desalentar los destructivos. Para alimentar, tomando prestado el término de Steven Pinker, a los mejores ángeles de nuestra naturaleza y mantener a raya a sus correspondientes demonios.

Por todo lo anterior, sí: Zapatero, Obrador, Castro, Chávez, Maduro y tantos otros, son una partida de sinvergüenzas, y parte de su fracaso se explica por sus correrías, pero no basta con reemplazarlos para construir un sistema exitoso.

Ellos no son la causa, sino el síntoma de un sistema condenado al fracaso de antemano. Para acabar pronto: el inconveniente no está sólo en ciertos políticos específicos; el problema -de fondo- está en ser socialista.

Cita este artículo

Garibay Camarena, G., (2026, julio 22). Ser socialista. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/ser-socialista/

 

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