¿Qué es México?, ¿Cuál es la esencia de lo mexicano y de la mexicanidad?
En fin, estas y muchas preguntas nos cuestionan acerca del ser o esencia de lo que conocemos como patria o nación; vale la pena hacer un alto en el diario caminar y reflexionar en torno a ello.
Atendiendo al significado etimológico de patria, el término procede del latín “pater” “patris” padre, nos refiere a la tierra de los padres o antepasados; para los romanos no era solo un lugar geográfico, sino una comunidad política heredada de los mayores que con el tiempo se ha generalizado como identidad colectiva ligada a un territorio determinado; en ese sentido, tiene una relación de semejanza y aún de equivalencia con el concepto “nación”, derivado del latín “nasci”, nacer, con lo que se nace, en la antigüedad designaba a un grupo humano unido por un origen común, en la edad media, en las universidades se usaba para referirse a los grupos de estudiantes según su origen o procedencia, es decir, ambas palabras nos refieren al pasado, a la herencia recibida de las generaciones que nos han antecedido: la tierra, los valores espirituales, la cultura, la lengua, las tradiciones.
Ontología de México
En su extenso estudio Vocación y estilo de México, Fundamentos de la Mexicanidad, el sabio mexicano Agustín Basave se pregunta ¿qué es México?, y se responde con una profunda reflexión filosófica acudiendo a la ontología, sin la cual, aclara, será imposible una visión clara de la esencia de México: “factores naturales (territorio, raza) históricos (tradiciones, costumbres, lengua, religión y leyes) y psicológicos (la conciencia nacional) integran la nación mexicana”.
Pero añade: “Son los mexicanos por lo que México existe y son los mexicanos la realidad sobre la que descansa permanentemente toda la vida social de México. Nada sería México sin los mexicanos.
Porque México está hecho de relaciones de convivencia con sentido de bien común”. “México no es un ser sustancial, solo los mexicanos son seres sustanciales, México es un ser accidental porque las relaciones de que está hecho necesitan, para su propia existencia, de los mexicanos”.
Y para profundizar y concluir el mismo Basave aclara que hay “un paisaje mexicano predominante, pero México no se circunscribe a su paisaje, aunque no pueda prescindir de él.
Hay una complicadísima mezcla de razas y tradiciones, pero México no es un puro pueblo con determinadas características raciales, ni una simple tradición… hay valores que los mexicanos realizamos, pero México no es un mero valor por mas que no sea ajeno a la valiosidad. México no es un ser sensible –inorgánico u orgánico-, ni un ser psicológico -mero fenómeno psíquico-, ni un ser ideal -o de pura razón-.
Existe México porque existe lo mexicano. Y existe lo mexicano porque existen los mexicanos. Lo mexicano está ubicado en el mundo de la cultura… es expresión concreta de lo humano, se trata, pues, de un modo de ser mexicano, de ser hombre”.
Origen de las naciones
Remontándonos a los orígenes de las naciones, vemos que conforme se desintegra el modelo feudal en la Europa post medieval, surgen integraciones políticas superiores que crean conglomerados más amplios, teniendo como referencia y elementos de cohesión principios y valores históricos y culturales compartidos: lengua, religión y tradiciones, que congregan a las familias en torno a intereses comunes, con unidad y autoridad política, todo ello va generando al paso del tiempo una conciencia de pertenencia a una comunidad nacional.
A lo largo de la historia hemos visto que no siempre una nación estuvo conformada como estado independiente, basta recordar el caso de la nación polaca, que luego de ser invadida y repartida entre los tres imperios europeos dominantes, el Prusiano, el Austro-húngaro y el Zarista, permaneció dominada por más de un siglo antes de su reintegración en el siglo XX; así mismo, el caso de naciones que comparten idioma, religión, mestizaje y orígenes históricos, fraccionada en diversos estados, el caso de Hispanoamérica y la veintena de repúblicas que la conforman; incluso la existencia milenaria de una nación, errante y dispersa hasta conformarse como estado moderno, como ha sucedido con el pueblo judío, que hoy conforma el Estado de Israel y finalmente la coexistencia en una entidad estatal de varias naciones.
Lo deseable sería que cada nación esté constituida como estado libre y soberano, es decir que el Estado sea la organización política de la nación.
Hay casos, también, en que se ha dado importancia superlativa a los lazos de sangre y de raza, derivando ello en aberraciones racistas como es el caso del Nacional Socialismo que exaltó a la raza aria hasta el desprecio de cualquier otra; otros han dado la mayor importancia a la comunidad de lengua o a las tradiciones, los usos, costumbres y religión en un territorio geográficamente definido, quedando aislados del resto de la cultura humana.
Ernest Renan, en un esfuerzo de reflexión sobre la realidad nacional, en la conferencia dictada en La Sorbona, Paris, en 1882, titulada ¿Qué es la Nación? analiza una serie de elementos para comprender la esencia de la nación, elementos que se integran no siempre plenamente y que iremos desglosando.
Territorio y geografía
La nación requiere de una base física, pero a veces las naciones no han coincidido con territorios geográficos determinados; la comunidad de sangre ha contribuido a formar la integración nacional, pero en multitud de casos, debido a innumerables conquistas o migración han dejado a un lado esta consideración, el mestizaje ha enriquecido la base étnica de las naciones; la lengua es quizá el elemento diferencial más típico, ya que el alma nacional se reflejara en la comunidad de lengua, sin embargo hay naciones bien integradas, como Suiza, con tres o más lenguas; las tradiciones son un factor más profundo porque se trata de un elemento con alto contenido espiritual, sin embargo ni la lengua ni las tradiciones per se conforman la nación como tal; la vida de las comunidades nacionales no se agota en el culto a las tradiciones ni en el territorio ni en la raza, la lengua ni en las tradiciones, ¿cuál es entonces la esencia de la nación?
La geografía de alguna manera define las fronteras naturales de una nación, contribuye ciertamente a la división de las naciones, es uno de los factores esenciales en la conformación del perfil de las naciones.
Por los ríos han transitado los pueblos; las cordilleras los han separado, pero los límites geográficos no determinan a una nación. La geografía aporta el suelo sobre el que se desarrollan los pueblos, pero es el hombre el que, mediante el trabajo intenso, transforma y “cultiva” esa tierra, la perfecciona y engrandece. El trabajo humano es sustantivo en la conformación de las naciones y su cultura.
Renan afirma que hay naciones que refieren sus orígenes a una dinastía que representa una antigua conquista, aceptada primeramente y después, al paso del tiempo, olvidada por la masa del pueblo; el agrupamiento de provincias efectuado por una dinastía -por sus guerras, por sus matrimonios o por tratados- sin embargo, las hay también como los Estados Unidos, que se han formado como conglomerado de adiciones migratorias sucesivas por décadas, sin ninguna base dinástica.
Cuando el principio de las naciones es basado principalmente en la etnografía, se cometen errores y se corre un riesgo muy grande que, si llega a ser dominante afectaría a la civilización.
Considerar primordial en la conformación de las naciones a las razas es un verdadero peligro para el progreso real de la civilización, así lo afirmó Renan medio siglo antes de la aberración Nacional Socialista. En la tribu y la ciudad antiguas, el hecho de la raza tenía ciertamente una importancia de primer orden, ya que la tribu y las ciudades incipientes no eran sino una extensión natural de la familia.
El cristianismo, con su carácter de hermandad universal (católico) al contraer con el Imperio Romano una alianza íntima, va a generar un sentido trascendente fundado en los valores del evangelio.
Posteriormente, Carlomagno rehízo, lo que Roma ya había creado: un imperio único europeo compuesto de las más diversas razas y pueblos y con fundamento cristiano. Surge la llamada cristiandad.
A partir de entonces, reconoce Renan, la consideración etnográfica no ha estado presente sustantivamente en la constitución de las naciones modernas europeas: Francia es céltica, ibérica, germánica; Alemania es germánica, céltica y eslava; Italia es una nación con una etnografía variadísima: Galos etruscos, pelasgos, griegos y muchas más.
La raza en la conformación de las naciones
La realidad es que hoy no hay raza pura, y querer reposar la política sobre el basamento etnográfico es hacerla montar sobre una quimera.
Los más nobles países son aquellos donde la sangre está más mezclada, donde el mestizaje ha predominado, el caso de España es notable por la enorme cantidad de mezclas de sangre históricas con la aportación de godos, visigodos, celtas, celtiberos, vándalos, romanos, cartagineses, árabes e indoamericanos, por ello, no le supuso ningún inconveniente a los colonizadores y conquistadores iberos mezclar su sangre con la recién descubierta del indígena.
Se ha dicho que España, a diferencia de los anglosajones, no podía sentir asco racial, porque ellos mismos son fruto acabado del mestizaje.
Las discusiones sobre las razas son interminables porque la palabra raza es tomada por los historiadores filólogos y por los antropólogos fisiólogos evolucionistas en dos sentidos completamente diferentes.
Para los antropólogos, la raza tiene el mismo sentido que en los orígenes zoológicos de la humanidad, son conceptos anteriores a los de cultura, de civilización y del lenguaje. La raza, en cambio como la entienden los historiadores, es algo que se hace y se deshace, se modifica indefinidamente con el paso del tiempo.
La raza, vital en el origen de las naciones, va progresivamente perdiendo su importancia. La historia y razas humanas difiere esencialmente de la zoología. La raza no lo es todo. Fuera de los caracteres antropológicos y genómicos, existen la razón, la justicia, los valores, la Verdad, el Bien y la Belleza, que son referentes idénticos para todos.
La política basada en la etnografía no es segura. Los que la explotan hoy día contra los otros, después la verán volverse contra ellos mismos. Por ello, la absurda política que promueven los de Morena, de exaltar a los pueblos originarios -dignos como el que más- con desprecio o ignorancia del resto de la población, es una falta de respeto incluso para los mismos aborígenes -todos somos ab-origen, originarios de-, por cuanto supone de manipulación con fines ideológicos y no por autentico aprecio a los mismos.
La lengua y tradiciones en las naciones
Lo dicho respecto de la raza, es preciso decirlo también de la lengua. La lengua invita a reunirse, no fuerza a ello. Hay en el hombre algo superior a la lengua que es la capacidad volitiva, la voluntad.
Durante los tres siglos del Virreinato de la Nueva España, no se ha buscado obtener la unidad de la lengua castellana a través de medidas impositivas o de coerción -que sí las hubo a partir del siglo XIX-, por el contrario, los misioneros siempre investigaron y trabajaron intensamente para conocer a la perfección las lenguas de las comunidades indígenas, al grado de publicar, desde el siglo XVI, catecismos, vocabularios y gramáticas en una decena de lenguas, anteriores incluso a las gramáticas francesa, italiana o inglesa y demostraron que pueden tener los mismos sentimientos, expresar los mismos pensamientos, amar las mismas cosas en lenguas vernáculas, adelantándose así más de cuatro siglos a las reformas conciliares de la iglesia en siglo XX.
Esta exaltación de la lengua, así como el excesivo endiosamiento a la raza, tiene sus peligros e inconvenientes. Cuando se cae en la exageración, se encasillan solo en una “cultura nacional”; que limita y empobrece. “Se abandona el vasto campo de la humanidad para encerrarse en los conventículos de los compatriotas.
Nada peor para el espíritu; nada más perjudicial para la civilización, afirmará Renan, porque el hombre es un ser racional, moral y de espíritu trascendente, antes de ser encerrado en tal o cual lengua, antes de ser un miembro de esta o aquella raza, o adherirse a tal o cual cultura, antes que cualquier cultura histórica, está la cultura humana”.
La religión en la conformación de las naciones
La religión es el principal elemento aglutinador de los pueblos y a través de la cual las comunidades adquieren un sentido de vocación y trascendencia; sabemos que no podría por sí misma ofrecer hoy una base suficientemente sólida para el establecimiento y permanencia de la nación moderna. En el pasado, la religión mantenía la cohesión del grupo social que era una clara extensión de la familia.
En el caso de naciones como México podemos y debemos afirmar que la inculturación del evangelio y la evangelización de las culturas por los frailes mendicantes sembró la semilla para la gestación de la nueva cultura: la mexicanidad.
Esa ecuación religión-cultura, afirmará Watkin, es ya manifestación de un mismo fenómeno. Es el impulso religioso el que da la fuerza de unión que unifica a la nación. El notable historiador Arnold Toynbee ha afirmado que las civilizaciones existen al servicio de la religión, generando una intima y profunda vitalidad en la sociedad; ¡la unidad política no basta para crear un alma nacional, ella solo es posible desde una comunidad espiritual!
El gran intelectual mexicano Antonio Caso, ha dicho que el dolor del pueblo mexicano no se cura con discursos políticos, sino con caridad activa. México se salvará en la historia cuando los mexicanos vivamos el entusiasmo de la caridad. Se requiere una gran fuerza moral para ser fiel al don de la caridad. Basta contemplar -en el sentido mas profundo de lo que significa el término- el sacrificio de Alicia Matías, para salvar a su nieta del infierno en la explosión en Iztapalapa. Al pueblo es posible mostrarle que los hombres -y mujeres- superiores son quienes mejor han realizado la naturaleza humana. Los héroes son mártires, los santos, son más hombres que los demás. Sed santos, místicos y héroes. Concluye Caso en 1922.
Sentido de trascendencia en la nación
“Una nación es un principio espiritual, según Renan, resultante de las complicaciones profundas de la historia, una familia espiritual, no un grupo determinado por la configuración del suelo.
No bastan para crear tal principio espiritual la raza, la lengua, los intereses personales, la afinidad religiosa, ni la geografía”.
Una nación, en ese sentido, es mucho más que un territorio, es un alma, un principio de orden espiritual. Referida no solo al recuerdo común de un pasado, heroico y a veces ingrato, “es el consentimiento actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad de continuar haciendo valer en el presente y proyectar al futuro la herencia que se ha recibido.
La nación, como el individuo, es el resultado de un largo pasado de esfuerzos, de sacrificios y de desvelos. Por ello, el culto a los antepasados es el más legítimo; los antepasados nos han legado, nos han hecho lo que somos. Un pasado heroico, grandes hombres, la gloria (se entiende, la verdadera), he ahí el capital social sobre el cual se asienta una idea nacional. Supone la permanencia de una tradición y la voluntad, de superarla en lo futuro.
Víctor Andrés Belaunde, es su soberbio ensayo Peruanidad, confirma que “la nación no es solo un producto geográfico, ni un conglomerado económico, ni una estructura política; es una integración humana animada de un espíritu nutrido de las mismas tradiciones y orientado hacia los mismos destinos”.
El carácter espiritual de la patria ha señalado Fustel: “Los hombres sienten en su corazón que son un mismo pueblo cuando tienen comunidad de ideas (ideales) y de recuerdos”.
Con el tiempo, la unidad territorial y un gobierno legítimo -factor histórico, geográfico y político- lo que proyecta a la nación es la voluntad permanente de vivir en común los valores recibidos de las generaciones que les antecedieron y proyectarlos a las que vendrán.
Por ello la voluntad de esa vida comunitaria supone la conciencia de una vocación o destino común. He ahí la importancia trascendental de la familia como ente forjador de los futuros buenos ciudadanos y patriotas compromrtidos.
Por ello, afirma Belaunde en un sentido figurado, las naciones están animadas por un alma o espíritu nacional, por lo que la conciencia nacional, no será sino la adhesión libre, voluntaria y permanente, a la cultura, tradiciones legadas y fe en un destino común. “La patria es el amor de las tumbas y de las cunas”.
Por ello en este concepto de patria no caben las ideologías individualistas rousseaunianas, ni las colectivistas marxistas. El individuo, su familia y su comunidad, solidarios e integrados, he ahí el quid de la cuestión.
Tener glorias comunes en el pasado -la historia patria- y una voluntad en el presente; haber hecho grandes cosas juntos y querer seguir haciéndolas, son condición esencial.
Se ama en proporción a los sacrificios y sufrimientos que ha supuesto a los padres y abuelos y la superación de los males que han enfrentado. Se ama la casa que se ha construido y que se transmite. El canto espartano: “Somos lo que ustedes fueron, seremos lo que son”, es en su simplicidad el himno abreviado de toda patria.
En el pasado, una herencia de gloria y de pesares que compartir; en el porvenir, un mismo programa que realizar; de ahí lo que se comprende a pesar de las diversidades: “haber sufrido juntos”; sí, el sufrimiento en común une más que el gozo.
En lo tocante a los recuerdos nacionales, los duelos valen más que los triunfos; porque imponen deberes; piden el esfuerzo en común. Basta recordar la forma como reaccionó el pueblo mexicano ante las tragedias, los sismos de 1985 o las explosiones en Guadalajara.
Una nación es una gran solidaridad humana, constituida y consolidada por el sentimiento de los sacrificios que se ha hecho en el pasado y de aquellos que todavía se está dispuesto a hacer.
Supone un pasado; sin embargo, se resume en el presente por un hecho tangible: el consentimiento, el deseo claramente expresado de continuar la vida común. La existencia de una nación es un plebiscito cotidiano, de todos los días, nunca será suficiente un mes para horrar a la patria, es un compromiso consuetudinario y permanente.
Las naciones no son algo eterno, de ahí que Basave asegure con verdad de filosofo que son seres sustanciales. Han comenzado en algún momento e igualmente terminarán. La existencia de las naciones es buena, inclusive necesaria. Su existencia es la garantía de libertad, que se perdería si el mundo no fuera tan rico en naciones y culturas.
A través de la nación es factible la consecución, incremento y mantenimiento del bien común que facilite a la persona humana alcanzar grados más humanos de bienestar y felicidad en aras de lograr su destino eterno.
La Vocación histórica y la nación
Finalmente, con innegable razón, Víctor Belaunde concluye: “La diferenciación nacionalista no solo se basa en la diversidad de tierras y de lenguas, en la variedad de tradiciones y de ciertos modos de cultura, sino en la diferencia de destino, de vocación histórica. Lo fundamental en cada nación es descubrir ese destino y esa vocación histórica”. Por ello, no merece el nombre de Nación aquel que no tiene conciencia de su vocación.
San Juan Pablo, fue un patriota polaco que conoció y amó a México, más que muchos mexicanos, en su discurso del 7 de mayo de 1990, en Veracruz, “tierra de Dios y de María santísima”, nos dijo que nuestra identidad, está marcada por múltiples elementos raciales culturales y religiosos que conforman la nación mexicana.
Como pueblo cristiano, “por el bautismo habéis sido incorporados a la iglesia católica, que ha venido a ser parte constitutiva de vuestra identidad, de esa identidad brota la pregunta: ¿Cuál es vuestra misión hoy como pueblo cristiano?… Vuestra misión es la de dar testimonio de vuestra fe ante el mundo”.





