Hemos pues de considerar primeramente a qué nos referimos cuando hablamos de Capitalismo, y para ello he de citar a S.S. León XIV, quien nos recuerda en su reciente Encíclica, que San Juan Pablo II, en Centésimus Annus nos decía:
Podemos entender por «capitalismo» un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, …quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre».
Por el contrario, podemos entender al «capitalismo» como un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces las consecuencias de esta concepción se vuelven inhumanas.
Como podemos vislumbrar en la primera consideración se destacan los Valores ético-culturales del auténtico Capitalismo:
Un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, es decir un sistema en el cual se acepta y procura que el orden económico surja de la interacción del Estado y de la iniciativa privada, que debe concebir siempre su inversión y su hacer desde una función social, ya que la economía está al servicio del hombre y por lo tanto de la sociedad toda.
Esto supone una recta concepción del mercado, donde a través de la oferta y la demanda y la ley de reciprocidad en los cambios, se constituye en el motor de la producción y el consumo, siempre y cuando exista un marco jurídico adecuado que proteja a la sociedad de los tan conocidos monopolios e injusticias de un mercado sin regulación.
A través del mismo el hombre accede a los bienes y servicios que le son esenciales para la vida, con ello asume la responsabilidad de la propiedad, como un derecho humano esencial que le permite su plenitud. Sin embargo esta propiedad privada, debe caracterizarse por la función social de la misma, respetando su finalidad natural y el destino universal de los bienes. (Aspecto especialmente remarcado por S.S. León XIV en su Encíclica Magnifica Humanitas).
El marco para que la economía sea el medio para el desarrollo humano sustentable, será la libre creatividad, que alienta el crecimiento y el despliegue de la inteligencia, llamada a generar los mejores frutos de los talentos recibidos, haciendo realidad emprendimientos sustentables.
En cambio, en la segunda acepción de capitalismo, nos retrotraemos a las más nefastas consecuencias de una concepción materialista del ser humano, por lo cual se vuelve contra el propio hombre, como lo demuestra la historia.
Muchos hombres, aun no estando marginados del todo, viven en ambientes donde la lucha por lo necesario es absolutamente prioritaria y donde están vigentes todavía las reglas del capitalismo primitivo, junto con una despiadada situación que no tiene nada que envidiar a la de los momentos más oscuros de la primera fase de industrialización.
A pesar de los grandes cambios acaecidos en las sociedades más avanzadas, las carencias humanas del capitalismo, con el consiguiente dominio de las cosas sobre los hombres, están lejos de haber desaparecido; es más, para los pobres, a la falta de bienes materiales se ha añadido la del saber y de conocimientos, que les impide salir del estado de humillante dependencia y el difícil acceso a la tecnología.
En este sentido se puede hablar justamente de un sistema económico injusto, entendido como método que asegura el predominio absoluto del capital, la posesión de los medios de producción y la tierra, respecto a la libre subjetividad del trabajo del hombre.
En la oposición a este sistema no se propone, como modelo alternativo, el sistema socialista, que de hecho es un capitalismo de Estado.
Sino una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en la participación. Esta sociedad tampoco se opone al mercado, sino que exige que éste sea controlado oportunamente por la sociedad civil y por el Estado, de manera que se garantice la satisfacción de las exigencias fundamentales de toda la sociedad.
Es inaceptable la afirmación de que la derrota del socialismo deja al capitalismo como único modelo de organización económica.
Hay que romper las barreras y los monopolios que colocan a tantos pueblos al margen del desarrollo, y asegurar a todos -individuos y naciones- las condiciones básicas que permitan participar en dicho desarrollo. Este objetivo exige esfuerzos programados y responsables por parte de toda la comunidad internacional.
Es necesario que las naciones más fuertes sepan ofrecer a las más débiles oportunidades de inserción en la vida internacional; que las más débiles sepan aceptar estas oportunidades, haciendo los esfuerzos y los sacrificios necesarios para ello, asegurando la estabilidad del marco político y económico, la certeza de perspectivas para el futuro, el desarrollo de las capacidades de los propios trabajadores, la formación de empresarios eficientes y conscientes de sus responsabilidades.
Es deber del Estado proveer la defensa y tutela de los bienes colectivos, como son el ambiente natural y el ambiente humano, cuya salvaguardia no puede estar asegurada por los simples mecanismos de mercado. Así como en tiempos del viejo capitalismo el Estado tenía el deber de defender los derechos fundamentales del trabajo, así ahora con el nuevo capitalismo el Estado y la sociedad tienen el deber de defender los bienes colectivos que, entre otras cosas, constituyen el único marco dentro del cual es posible para cada uno conseguir legítimamente sus fines individuales.
La democracia liberal-capitalista
Las llamadas democracias liberales, como decía San Juan Pablo II, consideran que “quienes están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos”.
A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder (Centesimus Annus nº 46).
Como vemos, el relativismo gnoseológico y el desprecio por la verdad, se encuentran en la raíz de las falsas democracias; ya que se pretende incluso, someter al voto popular los principios del orden natural, como el derecho a la vida, entre otros, haciendo de la verdad el patrimonio del ‘número’, que ha de consensuar qué es lo Verdadero, lo Bueno y lo Bello, según los tiranos del poder: los formadores de opinión anclados en las redes sociales.
La democracia participativa-capitalismo con rostro humano
Ante este desorden político, cabe preguntarnos sobre las opciones que hemos de procurar para contribuir a un recto orden social, económico y político; una vez más recurrimos al Magisterio de San Juan Pablo II, quien nos dice: “La Iglesia aprecia la democracia (república en la concepción platónica), en la medida que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente …Una auténtica democracia es posible solamente en un estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana” (Centesimus Annus nº 46).
Se fijan así las condiciones de un régimen político que verdaderamente esté al servicio de todo el hombre y de todos los hombres; el mismo, supone la articulación de la sociedad a través de las asociaciones intermedias que coadyuvan a vivir una comunidad organizada, que se sustenta en los principios de solidaridad y subsidiariedad.
Esto reclama un Estado presente y eficiente que como fin último debe procurar la Gloria de Dios y como fin inmediato el Bien Común, por ello todo proyecto que se pretenda construir de espaldas a la Voluntad de Dios, irremediablemente llevará al fracaso, aunque pudiese parecer que se alcanzan algunos logros, éstos serán efímeros, pues no responden a la religación principal de todo hombre y de toda comunidad, que es la religación con Dios.
Para ello es necesario suscitar en la sociedad vocaciones políticas, que asuman su tarea como un auténtico servicio, que implica el desprendimiento de sí, la entrega generosa, la idoneidad, la prudencia; en suma todas las virtudes necesarias para el recto ejercicio de la autoridad y el poder, teniendo como modelo el Gobierno de Dios providente que ama y sirve a todos los hombres.
Sólo con dirigentes con vocación política y una sociedad ordenada, podemos crecer en la esperanza de vislumbrar a nuestras patrias restauradas, fieles a su origen y a la vocación, que como nación, asumimos.
Nuestras patrias necesitan políticos que aspiren a la santidad y santos que se involucren en la política, para elevarlas del letargo en el que se encuentran, volviendo a ser tierras de paz y justicia, abiertas a recibir a todos los hombres de buena voluntad, que vean en ellas el renacer de los valores y la posibilidad de vivir en plenitud el Bien Común.
Pidamos a nuestra Madre de Guadalupe, Emperatriz de América, la siempre fiel, que nos conceda la fidelidad y el amor a Dios, a la patria y a la familia, cimientos firmes de un auténtico patriotismo.
Cita este artículo
Treglia, J. A., (2026, septiembre 5). Modelos de valores ético-culturales del capitalismo. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/modelos-de-valores-etico-culturales-del-capitalismo/
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