¿Es posible el encuentro entre Dios y el ser humano? Y si lo es, ¿cómo sucede? ¿Qué provoca?
Como bien lo dijo el Papa Benedicto XVI en la encíclica Deus Caritas Est, este acontecimiento no se reduce a una abstracción filosófica, sino que constituye el núcleo de la existencia cristiana. No se comienza a ser verdaderamente cristiano, con todo lo que ello implica, por una decisión ética o como respuesta a una serie de preguntas existenciales, sino por el encuentro con un acontecimiento y una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida, así como ocurrió con el apóstol Pablo.
¿POR QUÉ ES POSIBLE EL ENCUENTRO?
La posibilidad del encuentro radica en una doble apertura: la constitución misma del ser humano y la naturaleza de Dios, que es amor y desea comunicarse.
1. El fundamento antropológico y filosófico: el ser humano como apertura al infinito
El ser humano está constitutivamente abierto a lo trascendente (capax Dei). Somos seres finitos, limitados por el tiempo, el espacio y la muerte, pero estamos habitados por un deseo infinito y una sed de absoluto que ninguna realidad material puede saciar.
Como afirmaba Blaise Pascal, «El hombre supera infinitamente al hombre».
Esta experiencia irreductible nos sitúa ante la paradoja de que nuestra existencia exige un sentido último. La opción por el absurdo total es impensable y contradictoria.
San Agustín resumió esta antropología magistralmente en una frase: «Nos creaste, Señor, para ti, y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti».
Además, el ser humano se enfrenta a la inevitabilidad del misterio. Karl Rahner explica que la misma palabra Dios es un hecho ineludible en el lenguaje y la historia humana. No es una fórmula científica que podamos dominar o encerrar en un sistema, sino que señala hacia el fundamento originario: el misterio santo, silencioso e incomprensible que sostiene la totalidad de lo real.
El ser humano, en su libertad, permanece abierto a ese horizonte infinitamente lejano y trascendente, dispuesto a escucharlo y responder a su llamada.
Entonces, decimos que este encuentro es posible fundamentalmente porque la propia constitución del ser humano está diseñada para buscar lo trascendente. Pero, si somos finitos y contingentes, por mucha sed de absoluto que tengamos, jamás podremos construir un puente hacia lo infinito por nuestros propios medios.
2. El fundamento teológico: Dios es amor y toma la iniciativa
Si bien el hombre busca, el encuentro es consumable solo porque Dios no es un ser estático o indiferente, sino un Dios personal que toma la iniciativa absoluta movido por el amor.
En la fe cristiana, el Creador del universo no es un motor inmóvil que solo es amado, sino un Dios que ama personalmente con pasión, uniendo en sí mismo el principio metafísico de todas las cosas (logos) y el amor oblativo y de perdón (ágape).
Dios quiere revelar el misterio de su propia vida y habla al hombre para darse y compartir su intimidad.
Entonces, para cerrar esta primera gran interrogante, concluimos que la viabilidad de este encuentro se sostiene en un equilibrio dinámico perfecto. Por un lado, nuestra propia búsqueda incansable de plenitud y una apertura estructural hacia lo divino. Por el otro, la iniciativa incondicional de un Dios que sale a nuestro encuentro por amor. Sin esta doble realidad, el puente entre ambos mundos jamás podría existir.
¿CÓMO SUCEDE ESTE ENCUENTRO?
El encuentro se da en la historia concreta a través de una pedagogía divina que respeta la libertad y la naturaleza humana.
Dios no habla desde un vacío ininteligible. Para que el encuentro sea posible, la Palabra de Dios asume la condición humana, integrándose en las leyes de la historia, la cultura y el lenguaje.
Los Padres de la Iglesia explican que en la Encarnación «el Verbo se ha abreviado». La Palabra eterna se hizo tan pequeña como para estar en un pesebre y tener un rostro visible: Jesús de Nazaret. Jesús es, simultáneamente, la revelación perfecta de Dios y de la vocación suprema del hombre, porque en el misterio de la Encarnación ambas realidades convergen en una única vida.
Él no nos entrega un mensaje abstracto sobre Dios, sino que utiliza una vida plenamente humana para manifestar lo divino, demostrando así no solo quién es Dios, sino también quiénes estamos llamados a ser nosotros.
Dado que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, la humanidad de Jesús nos sirve de puente. Al contemplar un hombre transparente, vaciado de egoísmo y ocupado enteramente por el amor, descubrimos simultáneamente la naturaleza de Dios —que es amor— y la meta suprema del ser humano: amar como Dios ama. De esta forma, Jesús se convierte en el lugar exacto donde la libertad de Dios y la libertad del hombre se encuentran definitivamente.
Este acontecimiento no quedó atrapado en el pasado. Sigue vivo y actuante en la historia a través de la tradición viva de la Iglesia como interpretación de la Escritura, resultado de un proceso comunitario y creyente. La Escritura enseña la verdad que conduce a la salvación.
En los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, el amor de Dios nos llega corporalmente, transformando nuestro encuentro en una comunión real.
La gracia divina no es una simple ayuda externa, un sentimiento moral o un conjunto de reglas. Es la comunicación de la vida misma de Dios al ser humano.
Dios actúa en lo profundo del hombre incluso antes de que este pueda nombrarlo de forma consciente. Dios se comunica a sí mismo mediante el mundo en el que está presente. Las cosas lindas de la vida median el encuentro con Dios.
Frente a la iniciativa divina, el ser humano responde con la fe. La fe es la respuesta libre del hombre al Dios que se comunica. No es un salto irracional ni se basa en ideas, sentimientos o costumbres, sino que es un acontecimiento luminoso anclado en la verdad y el amor.
La fe requiere un acto doble, ya que es la confianza en alguien y también en lo que se revela.
Fides qua: confianza personal en Dios.
Fides quae: confianza personal en su Palabra.
¿QUÉ PROVOCA ESTE ENCUENTRO?
La participación en la vida divina no deja al ser humano inalterado, sino que provoca una metamorfosis radical que afecta a todas las dimensiones de su existencia.
«El que está en Cristo es una nueva creación; lo viejo ha pasado y ha comenzado lo nuevo» (2 Corintios 5, 17).
«Se despojaron del hombre viejo y de sus obras para revestirse del hombre nuevo» (Colosenses 3, 9-10).
El encuentro hace que el amor humano madure. El amor no se reduce a un sentimiento voluble (emotivismo) ni a una obligación moral, sino que consiste en querer libre y verdaderamente el bien del otro. La fe cristiana enseña que el eros (amor de deseo y fascinación) necesita purificarse y unirse al ágape (amor oblativo y de entrega). Quien se encuentra con Dios bebe de la fuente inagotable de su amor y se vuelve capaz de entregarlo, transformando toda su persona.
«Les doy un mandamiento nuevo: ámense unos a otros como yo los he amado. En eso conocerán todos que son mis discípulos» (Juan 13, 34-35).
El amor recibido saca al ser humano de su aislamiento. El prójimo deja de ser un anónimo para convertirse en el espejo donde se ilumina Cristo. Detrás de cada hermano está la dignidad de ser alguien amado por Dios hasta la muerte en la cruz. Por ello, cerrar los ojos ante el prójimo nos vuelve ciegos ante Dios. Así como Dios comparte nuestra existencia haciéndose hombre, el creyente se encuentra con Dios al compartir la existencia con los demás (lógica encarnatoria del amor cristiano).
«Por encima de todo, el amor, que es el broche de la perfección» (Colosenses 3, 14).
Como resultado de esta transformación, quien ha vivido este encuentro asume activamente la misión de Cristo en el mundo. El creyente se vuelve:
Profeta: confía su vida a Dios y comunica el Evangelio.
Sacerdote: ofrece su vida y la transforma en alabanza, intercediendo por el mundo.
Rey: ejerce su libertad en el servicio compasivo, haciéndose solidario con los que sufren y construyendo comunidad.
Filosóficamente, el mal es una privación o una deficiencia ontológica propia de un mundo finito. El encuentro con Dios provoca una gran esperanza que no consiste en un optimismo ingenuo que niega el dolor, sino en la certeza de que el mal no tiene la última palabra. Dios no tolera pasivamente el mal: la cruz demuestra que el Creador entra en su creación, se hace solidario con el sufrimiento humano y lucha junto a nosotros. Esto otorga al creyente esperanza y fuerza para comprometerse activamente con el mundo, sabiendo que el amor absoluto de Dios es la garantía de redención y plenitud.
«Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes» (Romanos 8, 11).
Dios otorga vida infinita y plenitud a nuestro cuerpo mortal por medio del Espíritu que habita en nuestra alma.
Bibliografía:
Benedicto XVI. (s.f.). Carta encíclica Deus caritas est del Sumo Pontífice Benedicto XVI a los obispos, a los presbíteros y diáconos, a las personas consagradas y a todos los fieles laicos sobre el amor cristiano.
Benedicto XVI. (2010, 30 de junio). Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini del Santo Padre Benedicto XVI sobre la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia.
Benedicto XVI. (s.f.). Carta encíclica Spe salvi del Sumo Pontífice Benedicto XVI a los obispos, a los presbíteros y diáconos, a las personas consagradas y a todos los fieles laicos sobre la esperanza cristiana.
Francisco. (s.f.). Carta encíclica Lumen fidei del Sumo Pontífice Francisco a los obispos, a los presbíteros y a los diáconos, a las personas consagradas y a todos los fieles laicos sobre la fe.
Balthasar, H. U. von. (s.f.). El amor, forma de la vida cristiana.
de Sahagún Lucas, J. (s.f.). El problema del mal. Perspectivas filosóficas. En Dios, horizonte del hombre (pp. 268-281). Serie de Manuales de Teología.
Rahner, K. (2008). Dios, una palabra breve: Meditación sobre la palabra «Dios». En La gracia como libertad (pp. 15-30). Herder Editorial.
Sesboüé, B. (s.f.). Creer. Invitación a la fe católica para las mujeres y los hombres del siglo XXI. San Pablo.
Cita este artículo
Von Horoch, J., (2026, septiembre 12). ¿Es posible el encuentro entre Dios y el ser humano? Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/es-posible-el-encuentro-entre-dios-y-el-ser-humano/
Enlace a edición mensual







