El tema del indigenismo ha sido sostenido más bien con un carácter ideológico que con un auténtico sentido antropológico, viene de un rancio deseo de descalificar la herencia española portadora de la religión Católica. No es muy atrevido pensar que naciera en las logias masónicas anticatólicas; esta actitud de esa sociedad es un tema más allá de lo que aquí queremos tratar, pero muy real.
El hecho es que esa animadversión llega a expresarse con desplantes tan ridículos como el que sigue: miembros de alguna de las facciones de esa secta tratan de usar la expresión “época precuauhtemocsina” en lugar de la bien establecida “época precortesiana” o “prehispánica” al hablar de Historia de México.
Después de varios años de abandono, por inútil, el gobierno de López Obrador, quien supo avivar rencores clasistas, también buscó y su continuadora sigue buscando, reposicionarlo ahora hasta en la Suprema Corte de Justicia con un ministro mestizo que tratan de pasar por indígena. Quieren sustituir la universal toga, herencia romana, por un huipil.
El mestizaje es una realidad que nos rodea; sí, decimos cuitlacoche, tlacoyo, también zopilote o molcajete y varias palabras más incorporadas en el idioma español que la inmensa mayoría hablamos en México. Por cierto, también decimos almohada, algebra, aljibe y otras palabras árabes, porque el mestizaje, tan rico en cultura como en biología se inició hace siglos y en otros lados.
El indigenismo -nuevamente digo “arma ideológica”-, es difícil de sostener en la práctica como una realidad que nos influya en el diario vivir, porque ¿a qué nación deberíamos referirnos: purépechas, aztecas, zapotecas, mixtecas, mayas…?
Suele en ocasiones, en deportes o turismo, referirse a nosotros los mexicanos como “pueblo azteca o los aztecas”, pero esto es más bien una reducción.
Porque la porción de tierra que hoy es México, por cierto ya reducido a la mitad de lo que originalmente fue, parte de Centroamérica, la Altiplanicie y Aridoamérica, no estaba poblada más que parcialmente por aztecas y varios de sus vecinos eran sus enemigos, al grado de que más de un historiador ha dicho: verdaderamente hablando de México, la Independencia la hicieron españoles y la conquista indios, es decir los naturales.
Es decir, no teniendo una población significativa que hable náhuatl o maya y no teniendo una etnia que destaque, es mucho más serio hablar de nuestro mestizaje; así podemos por ejemplo disfrutar de las pirécuas, que si bien no entendemos su letra en purépecha, si nos suenan muy melodiosas.
Por otro lado, tenemos el mestizaje cultural y el mestizaje de sangre totalmente reales y que cubren todo México. Ambos mestizajes se iniciaron en 1521, el cultural principalmente por frailes y varones renacentistas como Vasco de Quiroga y autoridades eclesiásticas, el de sangre por parejas de hombres principalmente españoles y mujeres nativas, pocos casos al revés, parejas que se formaron en una amplia gama de relaciones desde la violenta hasta la tierna.
Por supuesto la literatura ha prestado más atención a los encuentros violentos y abusivos que sin duda hubo en la Iberoamérica y se prestan para el drama. De ahí lo que Octavio Paz señala en su Laberinto de la soledad, la Llorona abandonada y Zorrilla de San Martín cante en Tabaré, entre charrúas y españoles.
Cayó la flor al río. Los temblorosos
Círculos concéntricos
Balancearon los verdes camalotes
Y en el silencio del juncal murieron.
Ahora, hace ya cinco siglos de esos encuentros, en la práctica podemos decir que el mestizaje cultural es total y el mestizaje de sangre supera por mucho la época de la Llorona y de Tabaré. De los 140 millones de mexicanos, solamente quedan unos 3 millones que se reconocen indígenas.
Cuatro libros son clásicos en sus aproximaciones a estos temas: El perfil del hombre y la cultura en México, Samuel Ramos, El Laberinto de la soledad, Octavio Paz, El mexicano, su dinámica psicosocial, de Francisco González Pineda y El mexicano, psicología de sus motivaciones, de Santiago Ramírez. A estos clásicos podemos añadir un libro de Jorge Castañeda: Mañana o pasado. Si bien Castañeda no entra directamente en esos -hasta cierto punto especializados temas-, lo que si hace es demostrar que casi cien años después, Samuel Ramos publicó en 1934, las condiciones sociales de México han cambiado bastante.
Por otro lado, Buttiglione en su “Caminos para una teología del pueblo y de la cultura”, dice en esencia: la única salida ante la herida de la conquista es el la reconciliación. Justo el mestizaje es reconciliación objetiva.
El mestizaje cultural nuestro es un producto riquísimo porque no solamente incorpora las diferentes naciones que había en la América, los españoles, los europeos que predominaron por mucho en México, ya traían un importante mestizaje desde celtas, íberos, romanos, cartagineses, godos, judíos y muslines. Ningún pueblo europeo puede tener mayor riqueza en su ADN que los peninsulares de Iberia. En buena medida este bagaje permitió el que sin mayor prejuicio hubiese tantas parejas naturales y matrimonios legales entre llegados y naturales.
No en balde el Maestro Vasconcelos nos habló de la Raza Cósmica, a la que damos vida los iberoamericanos.
¡Viva la Raza!
Cita este artículo
Guevara, J. M., (2026, abril 25). Mestizaje e indigenismo. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/mestizaje-e-indigenismo/
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