Los derechos humanos, el libre albedrio, la justicia y la dignidad humana; el derecho natural, de gentes, las condiciones de la guerra justa, los justos títulos de conquista, la naturaleza de la soberanía; las teorías subjetivas del valor y cuantitativa del dinero; las de los precios, de la propiedad privada, del interés, del precio justo… se apellidan Vitoria, Soto, Cano, Suarez, Azpilcueta, Mercado, Molina, Mariana, Covarrubias, Alcalá, Vázquez de Menchaca…
Un acercamiento a lo que es y lo que implicó esta “corriente” de pensamiento nos da elementos para comprender mejor la magnitud de la empresa hispanoamericana, el contexto del que nacen y florecen las naciones americanas, además de desmentir algunas de las sentencias falsas sobre historia, religión, política, economía, etc.
¿A QUÉ SE LE CONOCE COMO LA ESCUELA DE SALAMANCA?
El burgalés Francisco de Vitoria es considerado el padre de esta escuela y del derecho internacional. Nació en 1483 en los albores del descubrimiento de América, bajo el reinado de los reyes católicos. Estudia en París, en el colegio de los dominicos en la primera década del siglo XVI.
A su regreso a España consigue una cátedra en la Universidad de Salamanca, institución que ya contaba con 300 años de historia. Su talento trasformó la universidad de la que surgirían grandes pensadores, formadores, intelectuales en el siglo XVI y XVII, en su mayoría religiosos, primero dominicos y agustinos; en posteriores generaciones, jesuitas.
La universidad en aquella época partía del supuesto de que el estudiante debía prepararse para ser capaz de entablar un debate con el profesor, quien a su vez comentaba las obras a estudiar. Las notas de alumnos y profesores eran un tesoro de difícil acceso.
Domingo de Soto fue el primero en escribir, editar, publicar y vender sus lecciones; traducidas del latín por el mismo. Le siguieron sus colegas castellanos y el pensamiento salmantino se extendió a toda su red de universidades periféricas, tanto en España como en Coímbra –especialmente durante el periodo en que Portugal formó parte del imperio hispánico— y en las universidades hispanoamericanas.
LA NOVEDAD SALMANTINA.
La formación universitaria tradicional partía del estudio teológico de las Sentencias de Pedro Lombardo. Era habitual que un docto contara con aprendices y le siguieran como a un “gurú”.
Vitoria fue testigo en París de un cambio radical: ese manual fue sustituido por la Summa Theologica de Santo Tomás. El aquinate ofrecía genio, doctrina y método; las posibilidades intelectuales de la academia se expandieron permitiendo profundizar, avanzar e incorporar otras teorías.
Francisco de Vitoria tuvo la capacidad de descubrir, replicar y perfeccionar esa pedagogía tomista, la llevó a Salamanca e implementó en sus aulas. Él, sus alumnos, durante generaciones, desmenuzaran la Summa minuciosamente. No es casual que de ahí surgiera una escuela que fuera pionera en casi todas las áreas del saber.
LA SEGUNDA PARTE DE LA SEGUNDA PARTE
La Summa Theologica, estructurada en tres partes, concentra en la segunda de la segunda los tratados sobre la justicia, los precios etcétera. Los comentarios sistemáticos a esta sección detonaron el desarrollo de la ciencia económica, jurídica y política en este núcleo intelectual.
La solidez del tomismo desglosa las ideas de manera lógica, socrática; pero su característica más identitaria es el realismo y su aplicación práctica, la moral. El descubrimiento, conquista y expansión en América y la aparición del protestantismo fueron el contexto histórico sui generis para que los salmantinos dieran respuesta a una realidad que les interpeló.
Las leyes de Indias, la junta de Valladolid, surgen como respuesta a la pregunta moral de reyes y juristas sobre la licitud de sus acciones. La escuela de Salamanca, pionera en ciencia económica, no llega a ese ámbito de trabajo por inquietud intelectual, surge de la solicitud de consejo moral de empresarios a los sabios, sobre el enriquecimiento.
De ahí que España concluyera que el derecho de conquista no provenía de concesiones papales o imperiales, sino del derecho natural a viajar, establecerse y, sobre todo, a comunicar civilización y fe; y que los pueblos del Nuevo Mundo tenían derecho a recibirlas.
LA DEFORMA DE LUTERO Y EL REALISMO TOMISTA
Este hecho derriba totalmente el mito de que el protestantismo se reveló contra un catolicismo obscuro y obstinado.
Del mundo protestante surgieron teorías y posturas intelectualmente insostenibles que distorsionan la realidad para que encajen en sus exégesis bíblicas personales, en lugar del análisis fino y reflexivo que requiere la comprensión de la realidad. La verdad, el bien y la moral quedaron en entredicho.
Su dogmatismo y prejuicios contra la doctrina católica les empujaron a censurar todo lo que sonara, oliera o pareciera tomista; prefirieron retroceder siglos o adoptar un pensamiento nominalista, ockhamista.
El resultado fue que, en lugar de desarrollar una teoría política a partir de instituciones históricas como la Cámara de los Lores, la denominada “novedad” protestante derivó en la soberanía por derecho divino; en España, en cambio, las ideas de San Isidoro de Sevilla y de las Cortes de León maduraron, nutridas por la escolástica de Salamanca.
Ese relativismo intelectual protestante les impide prosperar en materia jurídica, política, económica. La situación se “destraba” cuando los Smith, Locke y pensadores de la famosa escuela escocesa descubren las migajas salmantinas que permearon a través de segundos y terceros autores no censurados por el mundo reformado.
Hugo Grotius, por ejemplo, calvinista holandés censurado y exiliado por disputas doctrinales, encontró refugio en Francia, donde pudo acceder a ese mundo intelectual, que ya era entonces, la vanguardia en toda la Europa católica. Años más tarde, intelectuales protestantes se permitirían leerlo y citarlo.
LA SOBERANÍA Y LOS “DERECHOS DE BRAGUETA”
Los tratados de justicia, derecho y soberanía que resultaron de las plumas de Vitoria, Suárez, Soto, Azpilcueta, Cano, Molina, Covarrubias, Vázquez de Menchaca o Mariana, concluyen que la justicia es el fundamento del orden político y social; que el derecho natural está por encima del poder político; que todos los seres humanos poseen dignidad y derechos; que la soberanía no es absoluta y que debe orientarse al bien común.
Aunque algunas de estas doctrinas son posteriores a Carlos V, fue esta cosmovisión la que lo llevó a cuestionarse la licitud de la epopeya americana sometiéndola al escrutinio moral de los sabios de Salamanca; siguiendo el ejemplo de su abuelo, Fernando el Católico.
En la orilla opuesta, el lecho de Enrique VIII fue la brújula de sus decisiones políticas; los “intelectuales” para “justificar” el voluntarismo del rey cometieron la torpeza de asegurar que, la soberanía del monarca era voluntad divina, otorgada directamente a él; el poder reside en su persona, sin límites, ni siquiera en el terreno religioso.
A Mariana se le acusará de azuzar el tiranicidio de Enrique II de Francia —este capítulo merece su propio espacio— aunque para la escuela salmantina, y ya desde Santo Tomas, está claro que es válido deponer al gobernante injusto.
Dios concede el poder, pero no al rey: lo otorga a la sociedad, que lo delega en los gobernantes bajo condiciones y limitaciones. Esta tesis, con raíces jurídicas centenarias en los fueros, llevó a teólogos y juristas a profundizar en la figura de los contrapesos; los salamantinos le abrieron la puerta a los derechos civiles y políticos; los ingleses y franceses, al absolutismo.
LA CIENCIA ECONÓMICA Y LOS LÍMITES AL SOBERANO
Limitar al poder del rey y emitir un juicio sobre sus acciones puede tener su mejor ejemplo en el episodio del envilecimiento de las monedas de plata ordenado por Felipe III, para pagar salarios a tercios y embajadores.
El polémico Mariana le hace ver que esta acción está generando inflación, cuyo peso recaía sobre los súbditos y que equivalía a un impuesto oculto, por tanto, ilícito al carecer de aprobación por las Cortes.
La capacidad de observación y análisis de los hechos económicos ya tenía algún recorrido. La cantidad de moneda de plata proveniente de América había causado inflación; los empresarios de trigo podían obtener más réditos por sus ventas y consultaron a los teólogos salmantinos si era moralmente aceptable buscar el lucro personal.
La respuesta corta fue si el enriquecimiento provenía de factores externos y no del monopolio, era legitimo. Estas conclusiones no fueron simplistas, implicaron ciencia inaugurando una nueva disciplina, cuyos conceptos y teorías siguen vigentes. Además, nos develan la falsedad de la premisa de que la riqueza fue un “invento” anglosajón.
También en la economía, el nominalismo protestante tuvo sus efectos. El margen de maniobra al que tuvo que ajustarse Adam Smith para explicar la construcción de su teoría económica, le obligó a obstinarse erróneamente en el papel del trabajo como clave única para fijar el valor de los bienes, despreciando las conclusiones de Azpilcueta, Soto, Mercado o Molina, por tomistas.
Smith sería corregido años después por la escuela austriaca, la clave del valor de los bienes está en su utilidad marginal. No estaban descubriendo el hilo negro, la escuela de Salamanca lo desarrolló ampliamente, aquellos teólogos conocían a la perfección lo que ya Aristóteles había esbozado: la escasez, utilidad y complacencia, como base para fijar el precio.
LA OSCURIDAD DE LA ILUSTRACIÓN
El iluminismo, el enciclopedismo y el despotismo exaltado por la historiografía constituyó el mayor eclipse intelectual hasta entonces experimentado. Hija de la mentalidad reformada, la ilustración hizo tabula rasa para imponer sus prejuicios y subordinar al hombre a un Estado todopoderoso.
Cuando el ilustrado Carlos III expulsó a los jesuitas y promovió su supresión, dio por muerta a la Escuela de Salamanca y al mundo universitario a ambos lados del atlántico. La imposición de la ilustración como fuente de la filosofía política condenó al olvido al humanismo católico.
Las generaciones hispanoamericanas formadas por 300 años en universidades y colegios de igual calidad que la de Salamanca, desaparecieron; los protagonistas de las independencias americanas ya no pertenecieron a esa época; eligieron “deslumbrarse” por los principios franceses.
Nos arruinaron. Nunca fue más atinado decir -lo que natura no da, Salamanca no presta-.
Las naciones herederas intelectuales de aquella gran escuela renegaron del realismo tomista para entregarse a los brazos del fundamentalismo ateo. Irónicamente, solo una nación del continente, por ósmosis intelectual, de forma inadvertida e insospechada, sacó provecho de los hijos de Vitoria: Estados Unidos.
¿CUÁL ES LA LECCIÓN?
Primero; hacer escuela.
Segundo; recordar que el pensamiento político, jurídico y económico debe responder a la realidad, a la verdad; que su utilidad es práctica, que se orienta a la pregunta por lo bueno; y que los límites morales no sofocan, sino que articulan desarrollo y creatividad al servicio del Bien Común.
Tercero; ¿Cuánto bien le haría al mundo escolar, académico —y aún al autodidacta— recuperar un modelo en el que alumnos y profesores se retan, con responsabilidad activa, en la generación de conocimiento?
Cita este artículo
Mondragón Cobos, M., (2026, mayo 23). Quod natura non nat, Salmantica non præstat. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/quod-natura-non-nat-salmantica-non-praestat/
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