En el mundo hispano de antaño, el cumpleaños, el día del santo, se celebraba con una «cuelga»: un cordón a manera de collar que se otorgaba al festejado y al que se ataban frutas, dulces, panes u otros obsequios. En algunas regiones ibéricas la tradición persiste; en el México de la era porfiriana, la cuelga destinada a las señoritas solía ser más lujosa: joyas o reliquias familiares de modesta dimensión, pero valiosas. Su destino inmediato era el baúl que toda joven soltera en edad de merecer poseía; el baúl no era una caja de recuerdos, sino el lugar de acopio de objetos útiles y valiosos para la futura vida matrimonial.
Con motivo del 250º aniversario de su independencia, podríamos obsequiar a los Estados Unidos una «cuelga» hecha de algunas joyas simbólicas para su baúl de memoria histórica, no para abrirlo de vez en cuando, sino como un tesoro vivo, práctico y lleno de potencial.
Todo tesoro necesita su mapa; recordemos de manera somera algunos aspectos históricos a manera de contexto.
EL MAPA: BREVÍSIMA HISTORIA.
Entre la llanura costera del Atlántico y la cordillera de los Apalaches, dotado de bahías y puertos naturales, se ubica el territorio donde, a lo largo de más de un siglo, se establecieron las trece colonias, pobladas principalmente por migrantes ingleses.
Explorada desde el siglo XVI por españoles, seguidos de franceses, ingleses y holandeses, la región contaba con una población nativa no muy numerosa, aunque organizada en más de 50 tribus, agrupadas en tres grandes familias lingüísticas: algonquinos, iroqueses y cherokee. [1]
Tras varios intentos, se fundó el primer asentamiento inglés permanente en Jamestown (1607), en la futura Virginia, seguido por nuevas oleadas de colonos, entre ellos los peregrinos del Mayflower (1620). Diversos grupos religiosos —puritanos, congregacionalistas, presbiterianos, luteranos, metodistas, católicos, cuáqueros, bautistas, hugonotes, amish, menonitas, reformados holandeses y alemanes— emigraron huyendo de la intolerancia religiosa —la que más temprano que tarde trasladaron al continente—
Con el tiempo, la Corona formalizó las colonias, fortaleció su vínculo con la metrópoli, impulsó compañías comerciales y promovió colonias estratégicas como Georgia. Aunque gobernadas por representantes reales, conservaban cierta autonomía. Su rápido poblamiento y la diversidad de origen, religión y geografía generaron marcadas diferencias regionales:
Nueva Inglaterra (Massachusetts, Nuevo Hampshire, Rhode Island y Connecticut), orientada al comercio marítimo, la pesca y la industria maderera; las colonias centrales (Nueva York, Pensilvania, Nueva Jersey y Delaware), caracterizadas por su diversidad cultural y producción cerealera; y las del sur (Maryland, Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia), basadas en plantaciones de tabaco, arroz y algodón.
La esclavitud estuvo presente en todas, aunque con menor peso en las regiones más industriales, donde predominaba el servicio doméstico, y mayor en las agrícolas. Geográficamente, las colonias estaban delimitadas por el Atlántico al este; por territorios franceses en Canadá y Luisiana al norte y oeste; y por las Floridas españolas al sur.
En la frontera con Francia, el valle del Ohio —conectado al Mississippi— se convirtió en foco de conflicto: para los franceses, un corredor estratégico; para los colonos, la única vía de expansión. De ahí surgió la guerra franco-india, en el contexto de la guerra de los Siete Años (1756–1763), [2] tras la cual Inglaterra triunfó y Francia perdió el control del Ohio y de Luisiana, que cedió a España en compensación por las Floridas.
Los elevados costos bélicos llevaron al Parlamento británico a exigir la contribución colonial mediante apoyo en la manutención militar e impuestos: el del azúcar, que afectaba el comercio intercolonial; el del timbre, aplicado a impresos; [3] y aranceles a productos ingleses. [4] A ello se sumó la prohibición de expansión hacia el Ohio y el monopolio del té otorgado a la Compañía Británica de las Indias Orientales.
Bajo el lema «no hay tributación sin representación», los colonos resistieron. El Motín del Té de Boston intensificó el conflicto, [5] provocando el cierre del puerto y la imposición de las Leyes Intolerables. En respuesta, se convocó al Primer Congreso Continental, que reclamó derechos perdidos y amenazó con boicot si Jorge III no negociaba. La tensión escaló con la represión británica en Lexington y Concord (abril de 1775), dando inicio a la guerra de independencia.
El 4 de julio de 1776, el Segundo Congreso Continental aprobó la Declaración de Independencia, redactada por Thomas Jefferson, John Adams, Benjamin Franklin, Robert Livingston y Roger Sherman. Bajo el mando de George Washington y con apoyo decisivo de Francia y España, el ejército continental logró revertir las derrotas iniciales, especialmente tras Saratoga. Francia reconoció a la nueva nación en 1778 y España entró plenamente en la guerra en 1779. [6] La victoria final se consolidó en Yorktown (1781), y Gran Bretaña reconoció la independencia en 1783.
Posteriormente, se abrió un periodo de organización política: en 1787 se sancionó la Constitución y, en 1789, George Washington asumió la presidencia, seis años después del fin de la guerra.
LA PERLA: «YO SOLO»… ¿YO SOLO?
Hace algunos días, el secretario de Estado Marco Rubio reconocía que lo que hoy es EUA fue territorio explorado, conquistado y fundado por católicos españoles. [7] Palabras ciertas, novedosas y políticamente incorrectas —considerando su investidura—, pero acordes con un proceso lento y progresivo de reconciliación de Estados Unidos con su pasado, iniciado décadas atrás.
También se refirió a la cooperación del Imperio Español con la causa de independencia, tema que amerita las siguientes líneas.
La ofensiva inglesa contra los rebeldes comenzó en Boston, fijando su puesto de operaciones en el codiciado valle del Ohio. Tras la derrota en Saratoga, los británicos adaptaron una estrategia de cerco: atacar desde el Atlántico por el este, Canadá por el norte, a lo largo del Mississippi por el oeste y el Golfo de México por el sur.
El triunfo de los colonos habría sido impensable sin Francia y España. Francia reconoció la independencia en 1778; enviaron suministros, recursos bélicos y tropas —principalmente infantería— que combatieron junto a las fuerzas patriotas.
España actuó con mayor discreción al principio, pero en 1779 declaró la guerra a Inglaterra, prestó ayuda financiera, artillería, pertrechos y desplegó contingentes de tropas sin precedente en ultramar. [8] Derrotó a los británicos a lo largo del Mississippi y desde Texas hasta Florida, incluyendo tierra adentro y la costa.
Para dimensionarlo, las 13 colonias abarcaban unos 1,114,000 km2; las tropas hispanas reconquistaron y controlaron cerca de 1,189,000 km2.
En el ámbito naval, atacaron convoyes británicos en puertos ingleses, en el canal de la Mancha, el Mediterráneo, el Atlántico, en el Caribe, —Luis de Córdova derrotó un convoy de 55 navíos —; incluso en el Índico y en Filipinas. Las operaciones de abastecimiento —orquestadas y ejecutadas por el almirante José de Solano —y la captura de la flota enemiga, fueron determinantes. [9]
España recuperó Campeche, las Islas Bahamas, las costas de Honduras y Nicaragua, Guatemala y Belice, arrebatando a la corona británica no solo posesiones coloniales, sino posiciones estratégicas en el marco de la guerra.
Bernardo de Gálvez, gobernador de Luisiana, fue artífice de muchas campañas; en la de Pensacola, en una clara desventaja —con solo cuatro navíos y unos 500 hombres—, sus tropas dudaron, y a los mandos de su bergantín pasó a la historia con la célebre frase «Yo solo». Lo siguieron y tomaron la plaza. El Congreso Continental ordenó colocar su retrato en el Capitolio, reconociendo —en palabras de Washington— su papel decisivo.
Hubo que esperar 233 años; en 2014 recibió la ciudadanía honorífica y el retrato prometido. Su memoria pervive en el sur, un par de sitios llevan su nombre —aunque lo recibieron cuando aún eran territorio hispano—.
En Gálvez se refleja el «estado del arte» de la contribución hispánica a la independencia de EUA: reconocida en su momento, identificable para el académico que se sumerge en las fuentes de la época e invisible para el público de a pie.
Sería un error creer que Gálvez estuvo realmente solo; las gestiones de Unzaga, Gardoqui y el Conde de Aranda fueron decisivas; la maestría militar y naval de figuras como Córdova y Gillonet, Leyba, Saavedra y Sangronis, Matías de Gálvez y Solano, entre muchos otros, no tuvieron parangón.
Y tampoco debemos olvidar a los otros reinos del imperio español. Relata el nieto del novohispano Conde de Regla, Don Pedro Romero de Terreros, que al enterarse su abuelo que «faltaban en cierta ocasión víveres para la espedición [sic] de Panzacola, y con el objeto de racionar á las tropas, puso a disposición del Teniente General D. Martín de Mayorga, Virrey de Méjico, como donativo gracioso, 3000 cargas de buen trigo, [y] 28,865 pesos fuertes [además] un navío de guerra de tres puentes con 80 cañones [finalmente se colocaron 112] y fue construido de madera de caoba en el antiguo arsenal de la Habana, á sus propias expensas y provisto de víveres necesarios para seis meses. [con un valor de] 20 millones de reales». [10] El Buque Terreros participó en la batalla del cabo San Vicente.
Si de apoyos se trata, la interrupción del comercio de Indias y el retraso en la aplicación de los acuerdos para el libre comercio, implicaron perdidas incuantificables para todos los reinos hispanos.
—México podría reivindicar su aportación, pero como se se auto-percibe como conquistado perdedor y no como el virreinato más poderoso de un gran imperio, no puede—
LA ESMERALDA: WATERLOO EN NORTEAMÉRICA
En las oficinas del teniente gobernador español de San Luis de los Illinois, Francisco Cruzat, se presenta un hombre de imponente estatura. Viste camisa blanca de algodón, mitazas —polainas— de piel de venado y una capa de lana gruesa que cruza su torso. Lleva atado en la cabeza un pañuelo de rica seda, que cae hasta los hombros, ceñido por una diadema de piel de nutria; su rostro surcado de líneas rojas se alcanza a ver su corte de pelo mohicano y del cuello pende un gran gorjal de plata en forma de medialuna, material del que también están hechos sus brazaletes y otras joyas.
Se llama Siggenauk, líder potowatomi de los Milwaukee —conocido como Black Bird en inglés, Letourneau en francés y Leturno en español—, y viene a informarle al gobernador que un pequeño contingente, integrado por franceses, colonos y gente de su tribu ha saqueado con éxito el Fuerte de San José, al sur del lago Michigan, bajo las órdenes de Thomas Brady y Jean-Baptiste Hamelin.
Durante la retirada con el botín, fueron alcanzados por el comandante de Detroit y, con el apoyo de los potowatomi aliados de los ingleses, masacrados el 6 de diciembre de 1780. Consciente de que desde el fuerte se prepara un nuevo ataque a San Luis para la próxima primavera, y de que ni los colonos ni los franceses parecen capaces de detenerlo —en buena medida por la ventaja numérica de sus aliados indígenas—, Siggenauk instó Cruzat a asumir el liderazgo de un contrataque sorpresa, ofreciendo sus servicios.
Para demostrar su poder tanto frente a los británicos como a sus aliados indígenas, Cruzat acepta lo que podría parecer una temeridad táctica: lanzar una expedición que habría de recorrer 800 kilómetros en pleno invierno, bajo temperaturas que pueden descender hasta los −33°C y con sensaciones térmicas cercanas a los −78°C.
En seis días, Francisco Cruzat y Siggenauk organizan una expedición de 120 hombres, mitad europeos y mitad potowatomi y miami, bajo el mando de Eugène Pouré. [11] Parten el 2 de enero de 1781, remontando el río Mississippi hacia el norte y después el Illinois, hasta que el hielo les cierra el paso. Entonces cargan los pertrechos en caballo y continúan a pie, internándose en territorio enemigo —los actuales Illinois e Indiana—, hasta el río San José. Cruzan por los pasos terrestres que conectan los afluentes de la cuenca del Mississippi con los de la cuenca del lago Michigan, rutas que los nativos dominaban. [12]
El 11 de febrero llegan a su objetivo. Una comitiva de potowatomi españoles se reúne con su contraparte aliada a los británicos para pactar: si no oponen resistencia, participarán del botín.
Así, el 12 de febrero, la bandera española ondeó a las orillas del lago Michigan, sin gran batalla.
Ningún europeo tuvo parte del botín. Regresaron a San Luis el 6 de marzo para entregarle a Cruzat la bandera inglesa y el acta de posesión, por derechos de conquista, del fuerte, sus dependencias, la región del río San José y la del Illinois.
Aquel «Waterloo» americano sí fue exitoso. Las negociaciones diplomáticas que siguieron quedan para otra historia; baste destacar la pericia militar, el arrojo, y sobre todo su capacidad para tejer alianzas con los nativos, en un vasto territorio en el que España apenas llevaba dos décadas.
Este episodio es desconocido. [13] Sucedió durante la etapa «discreta» de apoyo a la causa patriota y, quizás ayude a explicar la tibieza con la que, a lo largo del tiempo, se ha reconocido el papel de la monarquía hispánica en la Revolución Americana.
Su intervención fue, sin duda, significativa; pero muchas de sus acciones, como la toma de San José, se realizaron sin una postura plenamente definida. De hecho, nunca existió una alianza formal con los insurgentes.
Y era lógico: se trataba de un conflicto local, de súbditos que se rebelaban contra su rey, en un territorio pequeño que aspiraba a la independencia en una época en la que el concepto estado-nación no existía. Además, España libraba su propio conflicto con Portugal por las fronteras sudamericanas.
Entraron en guerra para defender lo propio y debilitar a su gran adversario. Sin embargo, la victoria en San José encendió alarmas entre los independentistas: uno de sus reclamos centrales era la imposibilidad de expandirse hacia el oeste. Ahora, no solo seguía vedada, sino que los límites del Imperio español se extendían al este del Mississippi.
Si la monarquía hispánica actuó conforme a sus intereses, también lo hicieron los nacientes Estados Unidos, pues finalmente se hicieron de aquellas conquistas, tanto hispanas como indígenas.
LA JOYA DE LA CORONA: EL VERDADERO DESTINO MANIFIESTO
En diferentes medios de comunicación católicos se ha debatido sobre un ensayo —escrito hace más de un siglo— de Gaillard Hunt, Cardinal Bellarmine and the Virginia Bill of Rights; publicado en la Catholic Historical Review en 1917. El ensayista afirma que Thomas Jefferson y más tarde George Mason y James Madison leyeron los escritos de San Roberto Belarmino, de quien tomaron las ideas de soberanía popular, libertad y república, las cuales se plasmaron en los diferentes documentos fundacionales de los Estados Unidos —The Declaration of Rights, The Declaration of the Independence, The Constitution, The Federalist Papers, The Amedments, etc.—
Su teoría surge del hallazgo del libro titulado Patriarcha: The Naturall Power of Kings Defended Against the Unnatural Liberty of the People —escrito por Robert Filmer, el teólogo de cabecera del Rey Jacobo I— en la biblioteca de Jefferson. Este libro a favor del derecho divino de los reyes comenzaba polemizando, a la usanza escolástica, contra su oponente contemporáneo: el arzobispo jesuita, inquisidor y famoso por su apologética frente al protestantismo, Belarmino. Según Hunt, Jefferson impresionado por las ideas del erudito católico, leyó sus obras, de las que, según se afirma, había copias en Virginia. [14]
Hunt continúa afirmando que muchos de los Padres Fundadores estudiaron en Inglaterra, donde Belarmino era todavía más conocido, y que de ahí tomaron los principios políticos que dieron forma a la nueva nación; pero que necesitaron ocultarlo porque el estado de intolerancia religiosa, especialmente anticatólica, era tal, que no podía ser de otra manera. La teoría de este autor fue seguida por los padres Morehouse Millar, Keneth Ryar y el padre John Clement Rager.
Así como esta conjetura ha tenido sus seguidores, también ha tenidos sus detractores [15] —John Courtney Murray; Thomas T. McAvoy S.J.; Francis Canavan C.S.C.; Bradley J. Birzer S.J.— son algunos de ellos. Con ciertas diferencias argumentativas, estos autores sostienen que no existe evidencia suficiente de la presencia de libros de Belarmino en manos de estos próceres, y que:
- El arzobispo era un intelectual de la Contrarreforma, deliberadamente monárquico y demostraba en sus Disputaciones los errores y riesgos de una democracia o una república.
- Los principios político-doctrinales de Jefferson y Belarmino nacen de dos posturas antagónicas. Donde el primero es deliberadamente un ilustrado deísta y masón cuyas ideas —recibidas de un intermediario radical protestante de la tradición whig inglesa, Algernon Sidney— se sustentan en las del contrato social moderno de John Locke y Thomas Hobbes, mientras que, en Belarmino, la comunidad es un cuerpo orgánico natural querido por Dios.
- En todo caso, los principios estadounidenses encajan mejor con la ley natural católica en general, la cual no fue exclusiva de Belarmino; y que, en realidad, la influencia del pensamiento católico era puramente ambiental, difusa y mediada por los pensadores de la Ilustración escocesa e inglesa.
El debate sobre la influencia de Belarmino sigue vigente; hasta cierto punto es irrelevante si había o no un libro «eslabón» en manos de Jefferson. Lo que ha «viciado» la discusión es el sesgo histórico de visión de túnel, la utilidad ideológico-política resultante de una definición categórica (democracia ilustrada vs. republica iusnaturalista) y en el mito mismo de la ilustración.
Desde ahora podemos afirmar que, eliminando estos vicios, podríamos llegar a la conclusión de que ambas partes tienen algo de razón, o más bien, que es posible una «tercera vía».
Efectivamente, Belarmino fue un genio. Pero, para quien sigue el hilo de la filosofía política y la teología a lo largo de la historia, podrá comprobar que la mayoría de los principios que él sostiene estaba ya presente desde los griegos; luego en Cicerón, San Pablo, San Agustín, San Isidoro, Graciano, Alberto Magno, San Buenaventura y por supuesto Santo Tomas de Aquino. Pero si de antecedentes más recientes se trata, la Escuela de Salamanca, [16] alcanzó su época de oro en los siglos XVI y XVII; Belarmino fue uno entre muchos.
Tampoco yerran quieres señalan el contexto anticatólico y de intolerancia o censura contra todo lo que pudiera parecer contrario a la reforma protestante; acusando de cripto jesuitas o filo-católicos a diestra y siniestra, quemando obras, persiguiendo y asesinando opositores.
Pero he aquí la novedad, un puente entre la escolástica católica y los pensadores protestantes contrarios al derecho divino de los reyes —donde deben buscarse posibles coincidencias—: Hugo Grocio, [17] los calvinistas anti-anglicanos y algunos o muchos Whig. Esta afirmación no parte de un «libro fantasma en una biblioteca»; hay evidencias fácilmente verificables.
El jesuita Francisco Suárez escribió el De Legibus ac Deo Legislatore [18] en 1612. En 1628 en el Parlamento Británico hubo una serie de discusiones entre los defensores del rey y los partidarios de los derechos del pueblo a propósito de la potestad real de imponer impuestos con o sin su consentimiento. Estos debates, que pueden consultarse, toman el De Legibus como autoridad a favor del pueblo. —¿No suena esto a «No taxation without representation»?—
No se puede confirmar que, en su paso por las universidades inglesas, los padres fundadores conocieran a Belarmino. Pero si se puede afirmar con certeza que en el Emmanuel College de Cambridge —el seminario puritano en el que estudia Locke— se leía a los escolásticos.
Es decir, cuando se afirma que Jefferson viene de Belarmino es cuestionable, afirmar que proviene de Locke es cierto, pero resulta que Locke es mucho más escolástico de lo que parece, y en él si pueden rastrearse influencias salmantinas, especialmente de Francisco Suárez.
Wallis, el célebre teólogo matemático anglicano, graduado del mismo colegio que Locke, afirmó que la filosofía de estos escolásticos «es la filosofía de moda en la universidad» y particularmente valoró la presencia e impacto de Suárez en las disputaciones metafísicas en las matemáticas.
En palabras de Leopoldo Prieto, el problema es que los intelectuales de hoy ya no leen las fuentes primarias, y, sobre todo, cada vez hay menos personas capaces de leerlos en su lengua original: el latín.
En la reciente obra Proyección de la escolástica jesuita en el pensamiento británico, [19] Prieto y Cendejas profundizan en la aportación particular de Suárez en Sidney, en Locke y en los impuestos; de José Acosta en Robertson y Bacon; de Pedro de Ribadeneira en Persons; en el derecho nacional sobre el extranjero; de Juan de Mariana, entre otros.
Se puede trazar un hilo conductor; pero tampoco deberíamos descartar que estos pensadores protestantes distorsionaron muchos de los principios católico-humanistas para adecuarlos a su doctrina religiosa. De ahí algunas inconsistencias como en la expresión «We the people» (1787) en la que no queda claro quiénes son «we» y quienes «people» cuestión que tardó cien años en clarificarse (1868).
El tema excede este espacio, pero no podemos dejar de mencionar la influencia de los Carroll [20] en el Memorandum on the vices of the political system of the United States de Madison (1787), [21] así como en la defensa de principios morales y derechos naturales y en la Primera Enmienda de la Bill of Rights sobre la libertad religiosa y de expresión (1791). [22]
Finalmente, el mito de la ilustración —que todo lo opaca— impide leer conceptos como derechos humanos, libertad, igualdad, en una clave diferente a la enciclopédica. Así, a la escuela escocesa a la que nos hemos referido, se le pone la etiqueta «ilustración escocesa» cuando el propio Locke, por ejemplo, era en realidad un teólogo «a la escolástica», hereje, pero cristiano, kilométricamente distante de Voltaire y sus secuaces.
Cuando Marco Rubio afirma que Estados Unidos se construyó sobre lo hispano y lo católico, no se equivoca: esas son las raíces del 90% del territorio que hoy ocupa, tampoco se equivoca al usar la palabra «sobre», porque en su proceso de expansión y consolidación, se pretendió eliminar esas raíces.
Sin embargo, a 250 años de su fundación, es el cuarto país con más católicos en el mundo; nación católica por conquista más que por herencia. Las semillas han estado ahí, a lo largo de su historia han germinado lentamente —en algunos casos muy lentamente— y en otros, bajo amenaza de retroceso. [23] Pero hay un rasgo de la cultura cívica norteamericana sumamente esperanzadora: su constitucionalismo.
En efecto, a pesar de las vicisitudes políticas, partidistas e ideológicas, no existen movimientos que pretendan reinventar la Constitución; ésta, y los documentos fundacionales que la respaldan, fungen como ancla desde la cual se interpretan las leyes y, en general, la forma de vida en Estados Unidos. De tal modo que los principios y valores implícitos en estos pueden llevar a plenitud el Bien Común. Ahí el llamado a los patriotas del presente.
EL DIAMANTE EN BRUTO: LA UNIDAD DE «LAS AMÉRICAS»
¿Lo veremos algún día?…
Referencias:
[1] Resulta lamentable que nos sean tan poco familiares los nombres de las tribus, pero podríamos al menos mencionar la lista. En la zona norte de Nueva Inglaterra: los Wampanoag, Narragansett, Mohegan, Pequot, Abenaki, Penobscot. En la región centro: los Mohawk, Oneida, Onondaga, Cayuga y Seneca (confederados Iroqueses o Haudenosaunee), los Lenape o Delaware y los Susquehannock. Region sur: la confederación de más de 30 tribus Powhatan, los Cherokee, Catawba, Yamasee y Creek (o Muscogee).
[2] Esta guerra podría considerarse como una guerra mundial, pues en el frente americano lucharon solo Inglaterra, Francia y España, pero en el europeo y asiático participaron Prusia, Austria, y otros aliados, con batallas en el Atlántico, en el Mediterráneo, en África, en la India, etc.
[3] Ley de la Póliza: Duties in American Colonies Act 1765 (conocida como la Stamp Act).
[4] Leyes Townshend.
[5] Sucede después del conocido episodio de la «matanza» de Boston en la que un grupo de colonos enfurecidos insulta a unos soldados británicos y les arroja bolas de nieve y piedras. Los británicos disparan matando a tres manifestantes e hiriendo a algunos más, de los que terminarían falleciendo otros dos. La noticia circula por el territorio americano de manera notablemente exagerada, lo que provoca una gran indignación.
[6] Con la firma de la Convención de Aranjuez, mayo de 1779; reconociendo así la independencia de EUA y entrando oficialmente en la guerra.
[7] Rubio, Marco. (9 de abril de 2026). The Catholic Roots of America [Discurso en video]. Simposio Endowed by Their Creator: Catholicism, the Declaration of Independence, and the American Experiment at 250, The Catholic University of América y la University of Notre Dame Washington D. C., Estados Unidos.
[8] García, Jorge Luis (2024) Revolución: El papel decisivo de España en la Independencia de Estados Unidos. Madrid: EDAF. (Libro disponible en inglés y español).
[9] Torres Sánchez, Rafael (2025) Caza al convoy: El triunfo de la Armada española en la independencia de Estados Unidos. Madrid: Desperta Ferro Ediciones.
[10] Romero de Terreros y Rodríguez, Pedro (1858) Apuntes biográficos del Sr. Don Pedro Romero de Terreros primer Conde de Regla, caballero profeso en la Orden Militar de Calatrava. Madrid: Ducazcal.
[11] Aunque de nombre francés, era súbdito español.
[12] Algunos años más tarde, el jefe de los indios Miami, Jean Baptiste Richardville, que vivía cerca de lo que hoy es Fort Wayne, Indiana sería uno de los dos hombres más ricos del país. Era indígena, católico practicante e hizo su fortuna controlando un porteo de ocho millas que conectaba los Grandes Lagos con el río Ohio.
[13] Trillo, Manuel (2025) La conquista española olvidada: La expedición que pudo cambiar la historia de los Estados Unidos. Barcelona: Editorial Critica.
[14] Maurer, Karl (2003) St. Robert Bellarmine’s Influence on the Writing of the Declaration of Independence & the Virginia Declaration of Rights. https://www.catholicculture.org/culture/library/view.cfm
[15] Grant, Ryan (2021) St. Robert Bellarmine: Herald of Republics? — Part I Catholic Family News, disponible: https://catholicfamilynews.com/blog/2021/10/01/st-robert-bellarmine-herald-of-republics-part-i/#_ednref1
[16] Mondragón Cobos, M., (2026, mayo 23). Quod natura non nat, Salmantica non præstat. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/quod-natura-non-nat-salmantica-non-praestat/
[17] El holandés Hugo Grocio desarrolló su carrera intelectual en Francia y tuvo la oportunidad de explorar libremente las ideas políticas de Salamanca por el libre acceso a estos pensadores. Explícitamente les menciona cuando estaba en Francia, veladamente cuando pasó a la isla británica; Grocio será uno de muchos autores que son políticamente correctos por su origen reformado.
[18] Acto de la voluntad justa y recta, ley natural, derecho de gentes, libertad, soberanía popular, etc.
[19] Prieto Leopoldo; Cendejas José Luis (2024) Proyección de la Escolástica jesuita española en el pensamiento británico. Nuevos horizontes en la política, el derecho y la ley. Países Bajos: Grill, disponible en inglés y español en https://brill.com/display/title/70145
[20] Charles, único católico firmante de la Declaración de Independencia, (el hombre más rico de las 13 colonias, irónicamente la mala propaganda dice que los protestantes son prósperos por protestantes). Daniel, uno de los dos católicos que firmaron la Constitución y John, primer obispo y arzobispo de los EUA.
[21] Arcturus Publishing Limited (2025) The founding of America. The words that shaped a nation.
[22] Connor STL, Charles (2024) Charles Carroll of Carrolton. American Revolutionary. Alabama: EWTN Publishing Inc.
[23] Massa SJ, Mark (2003) Anti-catholicism in America. The last acceptable prejudice. New York: The Crossroad Publishing Company.
Cita este artículo
Mondragón Cobos, M., (2026, junio 24). Happy birthday America! Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/happy-birthday-america/
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