La Persona en la Encrucijada: El Pensamiento de Wojtyla frente a las Crisis Políticas

Dignidad y Democracia: La Visión de Wojtyla en un Mundo Polarizado
En el panorama político contemporáneo, observamos una serie de crisis que desafían los fundamentos de la democracia y la participación ciudadana en diferentes regiones del mundo. En Europa, la integración del Parlamento Europeo enfrenta desafíos significativos, caracterizados por un debate polarizado entre dos extremos. Por un lado, se encuentran las posturas extremistas que proclaman el antieuropeísmo, denuncian supuestos complots globalistas, rechazan totalmente la inmigración y parecen olvidar la dignidad humana (Wodak, 2015). Por otro lado, están las posiciones de izquierda que promueven la ideología «woke», imponen modos y estilos de vida, y han sido acusadas de censurar las opiniones que no coinciden con las suyas (Pluckrose & Lindsay, 2020). Esta polarización complica aún más los esfuerzos de integración y cooperación a nivel europeo. Mientras tanto, en América Latina, presenciamos la proliferación de regímenes que han sido criticados por sus tendencias antidemocráticas, como los liderados por Nicolás Maduro en Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua y Andrés Manuel López Obrador en México, todos de tendencia socialista (Levitsky & Ziblatt, 2018).
Estos fenómenos políticos, aparentemente dispares, pueden ser analizados y comprendidos desde una perspectiva filosófica profunda, particularmente a través de la lente del personalismo desarrollado por Karol Wojtyla, más conocido como el Papa San Juan Pablo II. La visión de Wojtyla, especialmente su concepto de participación como valor personalista, ofrece un marco único para evaluar estas crisis y sus implicaciones para la dignidad humana y el bien común.
En su obra seminal «Persona y Acción» (Wojtyla, 1969/2011), Wojtyla desarrolla una filosofía que coloca a la persona humana en el centro de la reflexión ética y social. El concepto de participación, según Wojtyla, no es simplemente un acto externo de involucramiento en la sociedad, sino una propiedad intrínseca de la persona que le permite actuar «junto con otros» sin perder su individualidad y valor personal.
Esta perspectiva nos invita a reconsiderar cómo evaluamos la salud de nuestros sistemas políticos. Más allá de las estructuras institucionales y los procesos formales, ¿en qué medida nuestros sistemas políticos fomentan o inhiben la verdadera participación en el sentido wojtyliano? ¿Cómo podemos abordar las crisis actuales de una manera que respete y promueva el valor personalista de cada individuo?
A medida que exploremos estas cuestiones, veremos cómo el pensamiento de Wojtyla puede iluminar no solo los desafíos que enfrentamos, sino también los caminos hacia soluciones que respeten la dignidad inherente de cada persona y fomenten una participación auténtica en la vida política y social.
Participación y Poder: Repensar la Política desde el Personalismo de Wojtyla
Si consideramos que la dimensión social de un individuo está relacionada con su capacidad para actuar de manera cooperativa, entonces podemos decir que lo personal y lo social están intrínsecamente vinculados. Como señala Wojtyla (1969/2011):
«Las acciones que un individuo lleva a cabo en todos sus comportamientos sociales y como miembro de diferentes grupos o comunidades siguen siendo acciones personales. Su naturaleza social o comunitaria está profundamente arraigada en su naturaleza personal, y no al contrario. Además, parece que para explicar la naturaleza personal de las acciones humanas es absolutamente necesario entender las implicaciones del hecho de que estas pueden realizarse ‘junto con otros’.» (p. 271)
Un individuo actúa desde su propia naturaleza, incluso cuando su acción se manifiesta en un contexto social. Sin embargo, para comprender esta acción, es necesario tener en cuenta que puede darse como una cooperación, como una «co-actuación», en la que, aunque siempre es el individuo quien actúa, su acción depende en gran medida de la acción de los demás. Esta es la cuestión que Wojtyla busca esclarecer: cómo entender la acción de un individuo teniendo en cuenta que puede consistir en actuar junto con otros.
Wojtyla (1969/2011) señala, en primer lugar, que la realización de la acción por parte del individuo es un valor; pero no se trata de un valor moral, sino de un valor personalista:
«Este valor siempre difiere de los valores morales, que pertenecen a la acción realizada y provienen de la referencia a una norma. El valor personalista, por otro lado, es intrínseco a la misma realización de la acción por el individuo, al hecho mismo de que el individuo actúe de manera adecuada a lo que es él mismo, de que la autodeterminación sea inherentemente auténtica a la naturaleza de su actuar.» (p. 264).
Esto significa que el individuo manifiesta su propio valor personal a través de la acción. Aunque es cierto que el ser de un individuo es anterior a su acción, Wojtyla considera que es esta última la que manifiesta el valor intrínseco del individuo, y que se constituye como la posibilidad de autorrealización.
Esta idea, nos permite abarcar todas las posibilidades de interacción entre los seres humanos. Después de todo, vivimos y actuamos en compañía de otros; es un dato fundamental de nuestra realidad humana que merece la atención de la antropología.
Dentro de este vasto abanico de posibilidades, la participación, este concepto complejo tiene dos caras, y quiero explorarlas con ustedes.
En primer lugar, debemos considerar la participación como una propiedad intrínseca de la persona. Junto con otras cualidades como la trascendencia, la autodeterminación, la integración y la autorrealización, la participación forma parte de la compleja arquitectura personal. Desde esta perspectiva, la participación es una cualidad que nos permite interactuar con los demás manteniendo el valor personalista de nuestras acciones. Sin embargo, debemos reconocer que, en ciertos comportamientos de masas, la persona puede perder esta cualidad y ceder su capacidad de autodeterminación al grupo.
Pero aquí está la clave: desde un punto de vista ontológico, la persona posee esta propiedad. Es parte de nuestra naturaleza, al igual que la integración o la trascendencia. Al actuar junto con los otros, activamos esta dimensión participativa que nos conecta y nos permite ser parte de algo más grande que nosotros mismos.
En resumen, la participación no solo es una experiencia vivencial, sino también una característica esencial de nuestra humanidad. Al reconocerla y cultivarla, podemos construir comunidades más auténticas y significativas. La participación determina el valor personalista de toda cooperación.
La participación abarca dos dimensiones esenciales de la acción, la objetiva y la subjetiva.
- Dimensión personalista de la participación: Cuando el hombre actúa en relación con los demás, tiene la capacidad de conferir una dimensión personal a su existir y obrar. Esta dimensión personalista se refiere a la autorrealización y al valor intrínseco de la acción. Aquí, la participación se centra en el aspecto individual, permitiendo que cada persona se exprese plenamente al interactuar con otros.
- Dimensión interpersonal de la participación: Además, la participación implica una relación positiva hacia la humanidad de los demás hombres. No se trata de una idea abstracta del ser humano, sino de reconocer al otro como un «yo» personal, único e irrepetible. Esta dimensión se refiere al aspecto interpersonal y nos conecta con nuestra comunidad.
Ambas dimensiones coexisten de manera simultánea y unitaria. La participación genera tanto un derecho como un deber esencial:
– Derecho a actuar y autorrealizarse: Si una persona encuentra su plenitud personal a través de la participación, tiene el derecho de participar. Limitar este derecho va en contra de la dignidad humana.
– Deber de participar: La persona tiene la obligación moral de actuar de manera que se alcance y mantenga el valor personalista de la acción. Este deber no se refiere a una norma específica, sino a una «norma interior» que asegura la autodeterminación, la trascendencia y la integración en la acción.
En resumen, la participación no solo es una experiencia vivencial, sino también una característica esencial de nuestra humanidad. Al reconocerla y cultivarla, podemos construir comunidades más auténticas y significativas.
Referencias:
Levitsky, S., & Ziblatt, D. (2018). How democracies die. Crown.
Pluckrose, H., & Lindsay, J. (2020). Cynical theories: How activist scholarship made everything about race, gender, and identity – and why this harms everybody. Pitchstone Publishing.
Wodak, R. (2015). The politics of fear: What right-wing populist discourses mean. SAGE.
Wojtyla, K. (2011). Persona y acción (J. Fernández Zulaica, Trad.). Palabra. (Obra original publicada en 1969).
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