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La masificación como paradigma de la falsa política

por | Política

A la luz de los sapienciales textos del R.P. Alfredo Sáenz S.J. sobre las realidades contemporáneas, plasmamos los desafíos para una sociedad que promueva un humanismo integral y solidario en permanente búsqueda del Bien Común.

 

El desarraigo

El hombre posmoderno ha perdido sus arraigos. En parte individualista, en parte colectivista, pero no un ser orgánico. El hombre es orgánico cuando se integra en un organismo, como miembro de un cuerpo, cuando tiende puentes a realidades que lo trascienden y enriquecen. El hombre inorgánico, es un ser aislado, mutilado, amputado de las religaciones que normalmente debían sustentarlo y darle vida.

Al hombre se lo ha intentado disociar de todas sus religaciones, de su familia, de su profesión, de su terruño, de su patria, imaginando la sociedad política como un absoluto, diagramado por pensadores de gabinete, diseñado sobre un escritorio.

Por el contrario el hombre tradicional, era un hombre pletórico de religaciones, las cuales le permitían desplegar lo mejor de su ser.

Esta ligereza en cortar vínculos que antes se consideraban poco menos que sagrados, explica el hecho de que el hombre dirija su mirada cada vez más exclusivamente hacia el futuro, con el consiguiente olvido del pasado, totalmente despreocupado de la herencia recibida, que es una de las raíces más fecundantes.

Desvinculado de sus raíces procurará el hombre rellenar las brechas. Para ello recurrirá no sólo a lo que es abstracto sino también a lo que carece de memoria. De ahí que su alimento cultural se reduzca a la forma típica del consumo digital. La vida se le presenta, al modo de una sucesión de acontecimientos, acumulados e inconexos, que se zambullen cotidianamente en el olvido.

El hombre tradicional se caracterizaba por una doble vinculación: hacia lo alto y hacia lo bajo. Hacia lo alto, porque jamás obviaba en su vida la consideración de Dios, de lo trascendente. Hacia lo bajo, porque estaba enraizado en la tierra, en la realidad. Este doble arraigo confería sentido a su existencia en el mundo.

Quizá la mejor figura del hombre moderno, sea la planta artificial; ésta carece de raíces. No hacia lo alto, ya que ignora la luz del sol. No hacia lo bajo, ya que no recibe la humedad de la tierra.

Un dato altamente expresivo de este desarraigo es la aparición de los productos llamados descartables. Anteriormente los objetos del hombre, su reloj, su jardín, su casa, eran considerados cosas duraderas. Los muebles hogareños estaban cargados de recuerdos: tales fueron los muebles de mis padres, de mis abuelos. Lo mismo pasaba con las propiedades rurales. Hoy las cosas no tienen perduración, no pasan de generación en generación. Todo es vendible, todo es intercambiable, justamente porque el hombre ha perdido sus vínculos, sus arraigos. Todo es descartable, hasta la mujer o el hombre en el matrimonio.

Una sociedad educada en los valores deberá reconstruir cuando se han roto, y favorecer cuando aún no existen, las religaciones que dan sentido a la vida del hombre. El valor de lo permanente, de aquello que no cambia, que perdura como amor a la Patria y a su historia generando ese vínculo existencial con la riqueza del pasado, que ilumine el presente y proyecte el futuro.

 Asimismo se han de reforzar y valorar los lazos familiares y solidarios, ya que son vitales para una verdadera comunidad organizada. La solidaridad, abarca también el derecho a una participación consciente en la vida social y política, que supone el haber interiorizado la relevancia del Bien Común, el sentido de la autoridad como servicio a los demás, y los principios que animan  a un recto orden social; principios que los adolescentes y jóvenes deben conocer y vislumbrar desde el momento de su escolaridad, a través de las enseñanzas de sus maestros, pero sobre todo a partir de los ejemplos de vida.

 

La masificación

Como consecuencia del desarraigo asistimos a una masificación generalizada. La palabra masa no designa una clase social, sino un modo de ser del hombre que se da en todas las clases sociales, y que por lo mismo representa a nuestro tiempo, en el cual predomina. En el campo social, la masa se da cuando un grupo más o menos numeroso de personas se agolpa sobre la base de idénticos sentimientos, deseos, actitudes, perdiendo, en razón de aquella vinculación, su personalidad en mayor o menor grado, convirtiéndose en un conglomerado de individuos uniformes e indistintos, que al hacerse bloque no se multiplican sino que se adicionan.

Cuando la gente pierde de manera casi habitual sus características personales, sin preocuparse ni de verdades, ni de valores, asociándose a aquel conglomerado homogéneo, conjunto uniformado de opiniones, de deseos y de conductas, nos encontramos en presencia de la ‘masa’.

El hombre masificado es un hombre gregario, que ha renunciado a la vida autónoma, adhiriéndose gozosamente a lo que piensan, quieren, hacen u omiten los demás. Es el hombre de la manada. No analiza, ni delibera antes de obrar, sino que adhiere sin reticencias a las opiniones mayoritarias. Es un hombre sin carácter, sin conciencia, sin libertad, sin riesgo, sin responsabilidad.

Más aún odia todo lo que huela a personalidad, despreciando cualquier iniciativa particular que sea divergente de lo que piensa la masa. Dispuesto a dejarse nivelar y uniformar, se adapta totalmente a los demás tanto en el modo de vestir y en las costumbres cotidianas, como en las convicciones económicas y políticas, y hasta en sus apreciaciones artísticas, éticas y religiosas. La conducta masificada es la renuncia al propio yo. El individuo no tiene ya que elegir, decidir, o arriesgarse por sí mismo; la elección, la decisión, y el riesgo se colectivizan.

El biologismo, el psicologismo y el sociologismo, persuaden al hombre de que es mero producto de la sangre, mero autómata de reflejos, mero aparato de instintos o del medio ambiente, sin libertad ni responsabilidad. (Víktor Frankl – ‘El hombre doliente’).

Se llamaba ‘noble’ al que superándose a sí mismo, sobresalía del anonimato por su esfuerzo o excelencia. Su vida ardorosa y dinámica era lo contrario de la vida vulgar, y estéril. Las personas nobles se distinguen de las masificadas en que se exigen más que los otros, asumiendo obligaciones y deberes, mientras que éstas, creyendo que sólo tienen derechos, nada se exigen, limitándose a exigir a los demás.

 El hombre masa se ha perdido en el anonimato del ‘se’, ‘se dice… se comenta… se piensa…; nadie asume la responsabilidad personal. La característica principal será pues la despersonalización, sin vida interior, que aborrece el recogimiento, huye del silencio; necesita el estrépito ensordecedor de la calle, de los medios digitales. Sumergido también en una verdadera adicción a las redes digitales impersonales. Vacío de sí, se sumerge en la masa, busca la muchedumbre, su calor, sus desplazamientos.

El individuo vuelto cosa, se convierte en un objeto dúctil, un ser informe y sin subjetividad, cifra de una serie, dato de un problema, materia por excelencia para encuestas y estadísticas que hacen que acabe finalmente por pensar como ellas, inclinándose siempre a lo que prefieren las mayorías.

 Una sociedad con valores debe apuntar a desarrollar una personalidad de carácter, que afirme el ser individual, que sea capaz de sostener sus principios, aún cuando sean cuestionados por ‘la mayoría’, nunca la verdad es patrimonio del número. El hombre es auténticamente libre cuando su libertad se funda en la Verdad, no en la mentira de los slogans que exaltando las libertades humanas, terminan negándolas al procurar su masificación.

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