Infantilización de la política: cuando los símbolos reemplazan a las soluciones

Rafael Funes Torres

La infantilización de la política: cuando los símbolos reemplazan a las soluciones
El Grito de Independencia de México de 2025 nos regaló un catálogo completo de frivolidades: el morado del vestido presidencial, la escolta femenina perfectamente coreografiada, las menciones calculadas de apellidos de soltera y los vivas a personajes anónimos que nadie recordará mañana. Mientras tanto, la comentocracia nacional —esa fauna que vive de analizar tonalidades y bordados— celebró cada detalle como si fuera un acontecimiento histórico.

Hemos llegado al punto donde la política nacional se discute con la misma profundidad con que se comentaría un desfile de modas o una telenovela. Los analistas dedican a decodificar si el listón del vestido era lila o violeta, mientras los homicidios diarios pasan desapercibidos y los hospitales públicos siguen sin medicamentos. La presidenta lo sabe y lo explota: es más fácil generar titulares con un atuendo que con un plan de seguridad coherente.

 

La complicidad mediática del kindergarten político

Lo más patético no es que el gobierno apueste por el simbolismo barato —eso ya es tradición nacional—, sino la entusiasta complicidad de quienes deberían ejercer el escrutinio crítico.

Periodistas y comentaristas se deshacen en elogios por cada gesto vacío, cada pose estudiada, cada frase hueca envuelta en retórica progresista. «¡Qué poderoso mensaje!», exclaman ante una foto de mujeres uniformadas, mientras evitan preguntar cuánto costó el montaje o qué se hizo con el presupuesto de salud.

Esta infantilización del análisis político ha creado un ecosistema perverso donde importa más si la pose era muy “girl power” que el indicador económico, donde una frase vacía o una consigna woke tiene más peso que un informe de resultados.

Los mismos que deberían exigir transparencia y rendición de cuentas se conforman con aplaudir la coreografía, como un grupo ingenuo de niños frente a un mago que los distrae con trucos baratos.

Cada puesta en escena tiene un precio que pagamos todos. Las productoras audiovisuales, los vestuarios especializados, las pantallas gigantes, los ensayos interminables: todo sale del erario. Mientras se gastan millones en crear la imagen perfecta, los centros de salud operan sin insumos básicos.

Pero el costo más grave no es económico, sino político. Esta obsesión por lo cosmético ha vaciado el debate público de cualquier sustancia. Ya no discutimos políticas públicas sino paletas de colores. No evaluamos resultados sino narrativas. No exigimos soluciones sino espectáculos cada vez más elaborados. Hemos normalizado que gobernar es posar, que administrar es coreografiar, que servir es actuar.

Es preocupante cómo sectores supuestamente ilustrados han abrazado esta deriva con fervor religioso. Grupos enteros de opinadores defienden cada gesto simbólico como si fuera doctrina sagrada. Cualquier crítica al montaje es recibida con acusaciones de misoginia, conservadurismo o falta de sensibilidad histórica. Se ha creado una policía del pensamiento que vigila que todos aplaudan el espectáculo con el entusiasmo correcto.

Esta tribalización impide cualquier análisis serio. Si cuestionas el costo del evento, eres un aguafiestas. Si preguntas por resultados concretos, no entiendes el «momento histórico». Si exiges datos duros en lugar de emotividad, careces de empatía. El resultado es un espacio público donde la pertenencia al grupo importa más que la verdad, donde la lealtad al símbolo supera cualquier compromiso con los hechos.

 

El sentimentalismo como arma de distracción

La estrategia es clara: sustituir los argumentos por emociones, los datos por anécdotas, las estadísticas por lágrimas. Cada acto oficial viene envuelto en una narrativa diseñada para conmover, no para informar.

Se nos cuenta la historia de la niña que soñaba con ser presidenta, no el plan para reducir la pobreza. Se nos muestra la foto emotiva de mujeres empoderadas, no el presupuesto asignado a combatir la violencia.

Este sentimentalismo calculado anestesia la capacidad crítica. El ciudadano, bombardeado con imágenes conmovedoras y relatos inspiradores, pierde de vista las preguntas fundamentales: ¿Cuánto? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Con qué recursos? ¿Con qué resultados? La política se convierte en un melodrama donde importa más hacer llorar que hacer pensar.

México no necesita más rituales vacíos ni coreografías costosas. Lo que urge es recuperar la seriedad en el ejercicio del poder: planes concretos con metas verificables, presupuestos transparentes con auditorías públicas, funcionarios que rindan cuentas con datos, no con fotos.

Es hora de que los medios dejen de celebrar vestidos y empiecen a escudriñar expedientes. Que los analistas abandonen los simbolitos baratos y retomen el periodismo de investigación. Que los ciudadanos exijan resultados tangibles en lugar de conformarse con gestos simbólicos.

La alternativa es seguir hundiéndonos en este teatro del absurdo donde la forma mata al fondo, donde el gesto suplanta a la gestión, donde gobernar es entretener y no transformar. Un país no se construye con símbolos bonitos sino con trabajo serio, y mientras sigamos aplaudiendo el circo, seguiremos pagando las consecuencias de un gobierno que prefiere verse bien a hacer bien.

 

La función debe terminar

Al final, todo este montaje revela una verdad incómoda: tenemos un gobierno que ha perfeccionado el arte de parecer sin ser, de simular sin realizar, de emocionar sin solucionar. Y lo más triste es que una parte considerable de la opinión pública —especialmente esa que se considera informada y progresista— ha decidido aplaudir el espectáculo en lugar de exigir resultados.

Mientras sigamos obsesionados con el color del vestido presidencial, mientras sigamos analizando gestos como si fueran políticas públicas, mientras sigamos confundiendo Instagram con gestión gubernamental, seguiremos teniendo exactamente el gobierno que merecemos: uno que nos trata como niños fascinados con cuentos de hadas mientras los problemas reales del país se pudren sin atención.

Es hora de crecer. Es hora de exigir. Es hora de dejar de aplaudir el teatro y empezar a demandar gobierno.

Autor

Suscríbete al canal de Revista Forja en WhatsApp

RECIBE GRATIS LA REVISTA

Suscríbete gratis a nuestro canal en WhatsApp y recibe la revista en PDF cada mes, además de artículos y reflexiones todos los días.

También síguenos en redes sociales y mantente al día con lo mejor de nuestra comunidad.

LEER MÁS

De urnas, exámenes e ideologías

De urnas, exámenes e ideologías

Dos propuestas recientes han vuelto a poner en duda algo que parecía resuelto: quién puede votar. Una pediría acreditar un conocimiento mínimo del Estado antes de sufragar; la otra sustituiría el voto individual por un voto por hogar, emitido por un solo responsable de la familia. Ambas nacieron en redes y ambas apuntan a problemas reales, como una ciudadanía poco informada y un voto expuesto a la compra y la coacción.

leer más
México en el ojo del huracán

México en el ojo del huracán

El barómetro político de México marca mínimos históricos. Lo que comenzó como una promesa de transformación hoy se configura como el cierre de un régimen que entrega un territorio bajo alerta de desastre institucional. El Observatorio Meteorológico de nuestra realidad nacional no miente: nos encontramos en el ojo de un huracán donde confluyen la erosión del Estado de derecho, el colapso financiero y la pérdida de la soberanía, este fin de ciclo no es una transición ordinaria, sino la resistencia de las estructuras comunitarias frente a una tormenta perfecta.

leer más
Revista Forja para el Bien Común
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.