Hemos llegado al punto donde la política nacional se discute con la misma profundidad con que se comentaría un desfile de modas o una telenovela. Los analistas dedican a decodificar si el listón del vestido era lila o violeta, mientras los homicidios diarios pasan desapercibidos y los hospitales públicos siguen sin medicamentos. La presidenta lo sabe y lo explota: es más fácil generar titulares con un atuendo que con un plan de seguridad coherente.
La complicidad mediática del kindergarten político
Lo más patético no es que el gobierno apueste por el simbolismo barato —eso ya es tradición nacional—, sino la entusiasta complicidad de quienes deberían ejercer el escrutinio crítico.
Periodistas y comentaristas se deshacen en elogios por cada gesto vacío, cada pose estudiada, cada frase hueca envuelta en retórica progresista. «¡Qué poderoso mensaje!», exclaman ante una foto de mujeres uniformadas, mientras evitan preguntar cuánto costó el montaje o qué se hizo con el presupuesto de salud.
Esta infantilización del análisis político ha creado un ecosistema perverso donde importa más si la pose era muy “girl power” que el indicador económico, donde una frase vacía o una consigna woke tiene más peso que un informe de resultados.
Los mismos que deberían exigir transparencia y rendición de cuentas se conforman con aplaudir la coreografía, como un grupo ingenuo de niños frente a un mago que los distrae con trucos baratos.
Cada puesta en escena tiene un precio que pagamos todos. Las productoras audiovisuales, los vestuarios especializados, las pantallas gigantes, los ensayos interminables: todo sale del erario. Mientras se gastan millones en crear la imagen perfecta, los centros de salud operan sin insumos básicos.
Pero el costo más grave no es económico, sino político. Esta obsesión por lo cosmético ha vaciado el debate público de cualquier sustancia. Ya no discutimos políticas públicas sino paletas de colores. No evaluamos resultados sino narrativas. No exigimos soluciones sino espectáculos cada vez más elaborados. Hemos normalizado que gobernar es posar, que administrar es coreografiar, que servir es actuar.
Es preocupante cómo sectores supuestamente ilustrados han abrazado esta deriva con fervor religioso. Grupos enteros de opinadores defienden cada gesto simbólico como si fuera doctrina sagrada. Cualquier crítica al montaje es recibida con acusaciones de misoginia, conservadurismo o falta de sensibilidad histórica. Se ha creado una policía del pensamiento que vigila que todos aplaudan el espectáculo con el entusiasmo correcto.
Esta tribalización impide cualquier análisis serio. Si cuestionas el costo del evento, eres un aguafiestas. Si preguntas por resultados concretos, no entiendes el «momento histórico». Si exiges datos duros en lugar de emotividad, careces de empatía. El resultado es un espacio público donde la pertenencia al grupo importa más que la verdad, donde la lealtad al símbolo supera cualquier compromiso con los hechos.
El sentimentalismo como arma de distracción
La estrategia es clara: sustituir los argumentos por emociones, los datos por anécdotas, las estadísticas por lágrimas. Cada acto oficial viene envuelto en una narrativa diseñada para conmover, no para informar.
Se nos cuenta la historia de la niña que soñaba con ser presidenta, no el plan para reducir la pobreza. Se nos muestra la foto emotiva de mujeres empoderadas, no el presupuesto asignado a combatir la violencia.
Este sentimentalismo calculado anestesia la capacidad crítica. El ciudadano, bombardeado con imágenes conmovedoras y relatos inspiradores, pierde de vista las preguntas fundamentales: ¿Cuánto? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Con qué recursos? ¿Con qué resultados? La política se convierte en un melodrama donde importa más hacer llorar que hacer pensar.
México no necesita más rituales vacíos ni coreografías costosas. Lo que urge es recuperar la seriedad en el ejercicio del poder: planes concretos con metas verificables, presupuestos transparentes con auditorías públicas, funcionarios que rindan cuentas con datos, no con fotos.
Es hora de que los medios dejen de celebrar vestidos y empiecen a escudriñar expedientes. Que los analistas abandonen los simbolitos baratos y retomen el periodismo de investigación. Que los ciudadanos exijan resultados tangibles en lugar de conformarse con gestos simbólicos.
La alternativa es seguir hundiéndonos en este teatro del absurdo donde la forma mata al fondo, donde el gesto suplanta a la gestión, donde gobernar es entretener y no transformar. Un país no se construye con símbolos bonitos sino con trabajo serio, y mientras sigamos aplaudiendo el circo, seguiremos pagando las consecuencias de un gobierno que prefiere verse bien a hacer bien.
La función debe terminar
Al final, todo este montaje revela una verdad incómoda: tenemos un gobierno que ha perfeccionado el arte de parecer sin ser, de simular sin realizar, de emocionar sin solucionar. Y lo más triste es que una parte considerable de la opinión pública —especialmente esa que se considera informada y progresista— ha decidido aplaudir el espectáculo en lugar de exigir resultados.
Mientras sigamos obsesionados con el color del vestido presidencial, mientras sigamos analizando gestos como si fueran políticas públicas, mientras sigamos confundiendo Instagram con gestión gubernamental, seguiremos teniendo exactamente el gobierno que merecemos: uno que nos trata como niños fascinados con cuentos de hadas mientras los problemas reales del país se pudren sin atención.
Es hora de crecer. Es hora de exigir. Es hora de dejar de aplaudir el teatro y empezar a demandar gobierno.





