Entre 2009 y 2024, la progresía, a la que en inglés se conoce como “woke”, controló la conversación, ‘canceló’ a quienes consideraba como sus enemigos y silenció con variables niveles de efectividad cualquier opinión que no se alineara con la revolución.
Lo hizo mientras sus operadores capturaban gobiernos, empresas, partidos y universidades, con un celo -y una violencia- que en ocasiones llegó a recordar incluso aquella “revolución cultural” de la China maoísta, no solo por la intensidad de su activismo, sino por la radicalidad de sus proclamas, empeñadas en deconstruir -léase destruir- las certezas básicas de la cosmovisión y la convivencia; consensos fundamentales que se habían mantenido durante miles de años, de la noche a la mañana fueron condenados como “ultraderechistas” y reemplazados con febriles novedades convertidas en derechos.
La velocidad del movimiento fue tal que incluso los políticos de izquierda se vieron obligados a -figurativamente- correr para mantener el paso, seguidos por muchos colegas de centro derecha, espantados de que la supuesta nueva ola de los derechos civiles los tomara en el lado incorrecto de la historia.
Ahora, cuando parece que lo woke, ya plenamente instalado en el territorio del absurdo, comienza a retroceder, podríamos caer en la tentación de simplemente voltear la página y olvidarnos del asunto; sería un error.
Al contrario, es el momento para arrojar luz sobre la progresía, para entender cómo funciona, por qué creció tanto, y cómo prepararnos ante eventos similares.
Dicho lo anterior, vamos al punto.
La progresía es un movimiento autoritario, muy poderoso y peligrosamente distinto a lo que habíamos visto en escenarios anteriores. Por eso, el primer problema consiste en comprenderla: Al referirnos a este movimiento escuchamos -y utilizamos- conceptos como “la izquierda radical”, las “élites” o el “marxismo cultural” pero estos se quedan pasmosamente cortos.
- La progresía no es de izquierda radical en el sentido tradicional, pues no reivindica muchas de las prioridades normales de la izquierda; por el contrario refleja un desprecio cada vez más evidente hacia los trabajadores y sus necesidades, mientras la figura del proletariado queda desplazada por una marabunta de nuevas banderas.
- La progresía no son necesariamente las élites. Muchos de sus integrantes y activistas distan ampliamente de ser catalogados como élites bajo cualquier definición razonable; mientras que otras personas, que sí son élites, están en contra de ese movimiento.
- La progresía tampoco es, en estricto sentido, marxismo cultural, porque (incluso aunque algunos de sus integrantes retomen a Marx como figura) no se ajusta a la disciplina ideológica del marxismo, a las que en todo caso considera como un mero instrumento.
No, esto es algo distinto. He aquí tres luces sobre la progresía:
Primera luz: no es una conspiración, sino un consenso.
Las teorías de la conspiración, desde Qanon hacia abajo, pretenden que existe una especie de complot o de acuerdo explícito entre varios centros de poder, para someter al mundo y controlarlo de manera estructurada.
No, no hay reptilianos, ni zombis; ni siquiera estamos ante una conspiración en el sentido tradicional. No es que se hayan reunido todos los liderazgos de este movimiento en el jardín de George Soros a comerse un asado vegano mientras planeaban los detalles de su plan mundial. No funciona así.
La progresía es un consenso; es decir, un movimiento que se organiza de forma mucho más descentralizada. No se articula con ordenes explícitas, ni con jerarquías permanentes, sino a través de dos ideas transversales:
- El repudio hacia el orden establecido, derivado de la idea de que todo orden es opresión, y toda opresión es intolerable;
- La necesidad de reemplazar ese orden “jerárquico”, con una “igualdad planificada” que prioriza a los oprimidos, reconociendo en armonía sus diversas banderas, causas y anhelos.
Ahora bien, seguro que, al leer la segunda idea, usted piensa: “bueno, es que esto es un absurdo; odian el orden, pero quieren imponer el suyo, y dicen que todos los oprimidos son siempre buenos y sus banderas son siempre nobles, aunque esas causas choquen entre sí”. Y tiene razón, la progresía es el absurdo convertido en método; rechazan la lógica y hasta las matemáticas como ciencias “racistas”, mientras simultáneamente defienden causas contrapuestas.
Esto es clave; a diferencia hasta del marxismo, que al menos pretendía ser racional y “científico”, la progresía es heredera del romanticismo, emocional y anticientífica.
Para ser parte de la progresía no es necesario jurar con sangre. Basta con asumir como propios los postulados de estos dos focos ideológicos. Todas sus banderas son instrumentales para ese propósito: cooptan temas como el aborto, el veganismo, el ecologismo, el socialismo, el islamismo, el feminismo, pero sin militar realmente en ellos. No son causas, son pretextos; consumibles e intercambiables.
Los adaptan a su agenda, convirtiéndolos al mismo tiempo en mecanismos de reclutamiento y de presión pública, para debilitar cualquiera de las estructuras o lealtades que puedan competir con su proyecto. Por eso va sistemáticamente contra las familias. Por eso es antioccidental. Por eso es fervientemente globalista, porque la idea es reemplazar las estructuras e identidades previas con nuevas identidades, prefabricadas por ellos mismos.
Justamente por ser un consenso, un movimiento, pudo crecer de forma muy rápida, expandiéndose desde los nichos universitarios hacia las palancas y estructuras de poder político, económico y mediático, irónicamente anulando a su paso la diversidad que realmente importa: la de las ideas.
Este fenómeno es particularmente notorio en las universidades. En los Estados Unidos, que es donde hay más estadísticas con respecto a la filiación ideológica de los docentes, actualmente trabajan en promedio 6 profesores “liberales” (de izquierda, pues) por cada maestro conservador; en las universidades de mayor prestigio esa proporción puede llegar a 40 o 50 progres a 1 conservador, y en las mal llamadas ciencias sociales, las cifras llegan a 99 a 1 -o hasta 100 a 0.
A pesar de todo su supuesto respaldo a la diversidad, la izquierda primero, y la progresía después, transformaron a la academia en un desfile donde se valen todos los colores y las preferencias, pero siempre y cuando todos piensen exactamente igual.
La radicalización subsecuente afecta ya no sólo a los conservadores (a quienes se les obliga a mantenerse con un bajo perfil o se les niega el acceso a la carrera universitaria) sino incluso a los liberales que en algún momento se atreven a mencionar algo que vaya en contra de la ortodoxia de la izquierda radical.
Sucede incluso en el mundo empresarial. Para muestra un botón: En 2020, James R. Bailey y Hillary Phillips publicaron en Harvard Business Review un artículo llamado “How Do Consumers Feel When Companies Get Political?” donde detallan los resultados de un estudio que hicieron entrevistando a 168 directivos y alumnos de MBA, del cual podemos obtener varios insights interesantes:
El primero es que, en la muestra, los “liberales” (42%) superan ampliamente los “conservadores” (27%); y los “Demócratas” (34%) duplican a los “Republicanos” (16%). No estamos hablando de sociología, sino del ámbito empresarial, y aun ahí, la izquierda lleva ventaja.
El segundo qué es que dichos participantes tienen una reacción claramente negativa respecto de las empresas que reflejan valores conservadores: al responder la encuesta, mostraron un 25.9% menos de probabilidades de comprar los productos y 43.9% menos probabilidades de solicitar empleo en una compañía a la que percibían como conservadora.
El tercero es que, para esos mismos participantes, el activismo liberal es y cito: “normal business”, y una extensión natural de los modelos de negocio de las compañías.
Sucede también en las industrias de alta tecnología y especialmente en las redes sociales, los reportes de donaciones políticas otorgadas por empleados de los gigantes tecnológicos suelen muestran abrumadores porcentajes de apoyo a los demócratas. En 2020, la izquierda recibió el 97% de las donaciones provenientes de empleados de Facebook, y el 98.4% de los empleados de Twitter.
Eso no es normal. Esas cifras cuadran más con un politburó de Corea del Norte que con una sociedad democrática. Y a la uniformidad le siguen los despidos, como el de James Damore, liquidado de Google por atreverse a plantear internamente argumentos distintos al discurso hegemónico respecto a la igualdad de género.
Segunda luz: es un ecosistema con 4 ejes (prensa, academia, gobierno y empresas).
Hay una alianza malsana -e informal- alrededor de la izquierda progre, que une a funcionarios de gobiernos, corporaciones, medios y universidades. No surgió de la noche a la mañana. Tiene muchas décadas, pero su desarrollo se aceleró en la última generación y se fortaleció especialmente a partir del Gobierno de Obama y de la “resistencia” al Gobierno de Donald Trump, cuyo éxito ellos mismos presumieron en la revista Time en su artículo sobre “The Secret History of the Shadow Campaign That Saved the 2020 Election”.
En Estados Unidos, este ecosistema une al movimiento político de izquierdas, al Partido Demócrata que ha controlado durante los últimos 20 años a los grandes medios de comunicación, a las jefaturas corporativas de las grandes empresas y a buena parte de alta burocracia del Gobierno federal (conocida coloquialmente como el “Deep state”). En Europa e Hispanoamérica se repite casi igual, con actores locales.
A primera vista, los intereses de grupos tan disímbolos no cuadran ¿Qué podría unir a un CEO empresarial, un agente de la CIA, un presentador de televisión, un candidato el Partido Demócrata y un profesor universitario Ivy League? La respuesta no requiere una compleja teoría de la conspiración, basta con observar sus coincidencias institucionales y, sobre todo personales. Veamos:
A nivel institucional, los grupos que aquí mencionamos comparten en sus organizaciones el gusto por la Ingeniería Social. Académicos, grandes empresarios, políticos y gentes de seguridad nacional tienen en común una cultura de lo que podríamos definir como “arrogancia institucional”. Es decir, la idea de que la sociedad solo funciona bien cuando ellos la dirigen.
Durante décadas cada una de estas organizaciones impulsaba su propia visión de la Ingeniería Social. Sin embargo, de forma natural se han acercado a una especie de consenso alrededor de los principios de un capitalismo corporativo y globalizado, que rechaza las viejas lealtades a la patria y la religión, para reemplazarlas con nuevas lealtades hacia marcas o identidades de consumo que esperan manipular con mayor facilidad.
Dicho de otro modo:
- Los académicos quieren llevar a la práctica sus utopías teóricas, mientras que disfrutan de privilegios políticos y económicos, aderezados con las mieles del estrellato.
- La prensa industrializada quiere consolidarse como conciencia global y ganar mucho dinero en el proceso.
- Los políticos quieren convertirse en estrellas mediáticas y usar esa fuerza para ganar elecciones y multiplicar su poder, que ejercerán ahora a través de mecanismos multinacionales cuyo funcionamiento está mucho menos sujeto a contrapesos o supervisión.
- La alta burocracia empresarial, educada por académicos ideologizados, quiere servir a su propio ego, para presentarse a sí misma como valiente y activista, utilizando como pretexto el posicionar a la marca o mejorar el ambiente laboral.
Todo ese amasijo de intereses explica una mitad de la alianza. La otra mitad es mucho menos política y mucho más humana. ¿Qué tienen en común los grandes líderes de las empresas, la alta burocracia, los medios de comunicación, las universidades de lujo y la alta política?
Que ellos y sus hijos tienden a vivir en las grandes ciudades, acuden a universidades de la Ivy League, leen libros respaldados por el consenso mediático-académico, y conviven con personas de sensibilidad mucho más cargada a la izquierda.
El “zeitgeist” de ciudades como Nueva York, Boston, Los Ángeles o San Francisco lleva décadas completamente controlado por el “liberalismo americano”, que a su vez se integra en un modo de vida “cosmopolita” cuya prosperidad económica es tal que incluso puede permitirse transformar la moral misma en un objeto de consumo.
Es decir: “compran” diversidad, inclusión, antirracismo y demás juegos de identidad con la misma facilidad con la que compran un bolso de diseñador o un viaje de fin de semana a París, para comer platillos “orgánicos y gluten free”.
Entre ellos se conocen, entre ellos se casan, entre ellos viven. Y el resultado son élites cosmopolitas que tienen mucho más parecido entre sí que con el resto de los ciudadanos de los países a los que teóricamente pertenecen. Un miembro de la élite americana tiene mucho más en común en términos de ideología, prioridades e identidad, con un miembro de la élite mexicana o italiana, que con un americano de clase media.
Para ver en acción al ecosistema de la progresía pensemos, por ejemplo, en el caso de George Floyd.
- El 25 de mayo del 2020, la policía arrestó de manera inadecuada a Floyd, lo que desencadenó su muerte. La indignación estaba a flor de piel, de modo que los activistas se lanzaron a las calles a destruir estaciones de policía e incendiar negocios, mientras que las figuras de la prensa industrializada, las grandes empresas y los referentes de opinión se lanzaron a justificar el movimiento.
- Rápidamente transformaron a Floyd en un héroe internacional y a Black Lives Matter en una institución sagrada, con millones de personas poniendo cuadros negros en sus perfiles de Facebook, con las grandes empresas sumándose al activismo y con la clase política literalmente de rodillas ante el movimiento.
El mecanismo se repite, casi por igual, a través del mundo: Los académicos que radicalizan a sus estudiantes por medio las “teorías críticas”; los activistas y grupos de choque, que se lanzan a la calle a imponer sus agendas por medio de la violencia y la intimidación; la prensa industrializada que los convierte en héroes; las empresas que se someten esa agenda, ya sea porque sus directivos fueron radicalizados en la universidad o porque la progresía les resulta estratégicamente provechosa; los políticos que se “someten” a la supuesta voluntad popular y, finalmente, las millones de personas que participan, ya sea por seguir alguna de las banderas antes mencionadas o porque simplemente ven la moda y quieren ser populares.
Tercera luz: es un movimiento intolerante y autoritario.
Una consecuencia del éxito de la progresía en los últimos años es que han construido una gigantesca cámara de eco y una convicción cada vez más profunda de que el futuro les pertenece. Ambos ingredientes están cocinando un estofado autoritario, que empieza a salirse del ámbito de lo político para asumir matices que nos recuerdan los peores momentos del siglo 20.
Si algo ha quedado claro en los últimos años es que no solo pretenden una lucha política y una victoria electoral, sino un exterminio ideológico. Su objetivo es eliminar del debate público toda referencia de aquellos a quienes consideran opresores o impuros. Cada vez más, la cultura de la cancelación, impulsada por la progresía, adquiere el ímpetu y el aroma de las leyes anti-blasfemia y de los juicios por herejía.
Hace unos años, el que alguien pudiera ser expulsado de la universidad, despedido de su trabajo o callado masivamente en las redes sociales a causa de sus opiniones políticas hubiera parecido no solo indignante, sino inverosímil. Hoy es una realidad, incluso para el presidente de los Estados Unidos, con lo que la progresía envió una clara advertencia a todas las demás personas: o se someten o serán anulados.
En 2020, la progresía no solo llegó a censurar al propio presidente Trump, sino que proclamó una purga autoritaria, sintetizada en forma inmejorable por el analista mexicano Pablo Majluf, cuando celebró en Twitter que “empieza una gran operación pedagógica que revisará y condenará al trumpismo y sus facilitadores para desenquistarlos de la sociedad. Intelectuales, artistas, académicos, educadores, deportistas, todos serán nuevos guardianes”.
“Gran operación pedagógica”, “revisará y condenará”, “desenquistarlos de la sociedad”, “intelectuales, artistas, académicos, educadores, deportistas, todos serán nuevos guardianes”. Esos conceptos parecieran sacados de una novela distópica o de un manual de relaciones públicas para campos de exterminio, pero es real, y la progresía lo presume.
Ese mismo eco de rituales de limpieza y campañas de reeducación corre por los pasillos de la prensa y la maquinaria política, que en países como el Reino Unido se ha convertido casi en política pública, con la policía arrastrando a personas fuera de sus casas, para sancionarlas por tuitear cosas que van en contra de los dogmas woke.
A estas alturas, incluso muchos liberales y socialdemócratas se dan cuenta de que la progresía avanza por un camino de censura y de linchamiento sistemático que es incompatible con paradigma liberal e, incluso, con la propia sobrevivencia de la democracia y de la civilidad política.
Durante años la izquierda decidió darle “vía libre” a los radicales, para utilizarlos como arma en contra de la derecha. Los “moderados” pensaban que, ya que ellos son tolerantes y modernos, no estaban en riesgo de que la turba woke eventualmente se volviera en su contra. Mientras los caníbales políticos afilaban sus dientes y aumentaban su poder, la izquierda vegetariana volvía la vista hacia otro lado y aprovechaba la sensación de superioridad moral al hacer equipo con los progres para denunciar a los conservadores.
Recién ahora empiezan a darse cuenta de que ellos mismos son retrógradas a los ojos de la progresía a la que alimentaron. La lección es que no importa qué tan liberal o izquierdista seas, nunca será lo suficientemente “progre” para los progres, a menos que estés dispuesto a disolver tu mente en el movimiento, asumir como propias las ideas más radicales y avanzar en forma permanente hacia la destrucción de lo que tú mismo creías unos años antes.
Eso es lo que en la práctica implica el concepto de progresividad que, en términos políticos, es una ruta permanente e irrefrenable de destrucción de las certezas previas. Por eso, quizá hace 10 años usted era lo suficientemente igualitario, vegetariano, feminista y gluten free, pero ahora las mismas actitudes que lo volvían de avanzada se convertirán en el pretexto para condenarlo como racista, machista o especista.
La progresía – por definición- se lanzará permanentemente a nuevas conquistas, hasta que todo el mundo quede liberado (o sea, deconstruido y en cenizas). Sus primeros enemigos son los conservadores, pero una vez que acaben con ellos, o simplemente cuando están aburridos, no tienen ningún empacho en dirigir sus baterías contra la izquierda y los liberales, porque también los consideran opresores.
Y aunque ahora parece retroceder, más vale entenderla, pronto.





