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Entre el Estado y la pared III: La Burguesía

por | Historia, Internacional, Política

Para el siglo XIII la Cristiandad ya había alcanzado su apogeo y a partir de ese momento sólo podía ir a peor. Las dos grandes instituciones del Ordo político Medievalis, la Iglesia y el Imperio, después de sus luchas por las investiduras, habían quedado exhaustas; su prestigio social y moral a tal punto perdido que, un Felipe IV de Francia, pudo enfrentarse sin temor al papa Bonifacio VIII y, un par de años después, en 1305, conseguir la elección de un papa francés –Clemente V.

Tan subordinado estaba el papado al monarca francés, que trasladó la sede de Roma a Aviñón, abriendo uno de los periodos más deslucidos de la historia de la Iglesia y que sólo se cerró tras el tristísimo episodio del Cisma de Occidente (de 1378 a 1417), en el cual hasta tres papas llegaron a disputarse la tiara pontificia.

Encontrándose los dos grandes pilares de la Cristiandad en plena decadencia no es difícil imaginar el estado del resto de la sociedad. Por donde se viera, la gloria medieval empezaba a dar paso a un estancamiento y a un sopor que sólo podía presagiar su muerte.

Poco a poco los conceptos e instituciones sobre las que descansaba la cosmovisión medieval se fueron quebrando y en su lugar aparecieron nuevas formas de entender la realidad, cuyas consecuencias políticas a largo plazo serían la creación de una nueva forma de organización política totalmente ajena a la que le precedía: el Estado.

Este proceso ha sido identificado por el profesor Elías de Tejada como “Las 5 fracturas del Ordo politico medievalis”, largo camino que inicia en el siglo XIV y concluye en el siglo XVII con el reconocimiento del Estado como la nueva forma política de Europa.

Las 5 fracturas conforme al pensamiento de Francisco Elías de Tejada fueron la religiosa del luteranismo, la ética del maquiavelismo, la política del bodinismo, la jurídica del hobbesianismo y la sociológica de la paz de Westfalia; a las que podríamos agregar:[1] la económica de la burguesía capitalista y la cultural del humanismo renacentistas.

Cada una de estas fracturas fue una respuesta a las circunstancias y necesidades que atravesaba la sociedad de finales de la Edad Media, y fueron astutamente utilizadas por las monarquías y las burguesías locales para construir un nuevo modelo político al servicio de sus intereses.

Es en la burguesía en la que nos centraremos en esta ocasión; pues no solo fue una de las principales promotoras de los cambios políticos, sino también uno de sus principales beneficiarios, mediante el cambio de la economía de subsistencia medieval a uno de lucro capitalista.

Tras las invasiones bárbaras y durante el primer medioevo las antiguas ciudades romanas habían caído en decadencia y habían cedido su primacía a los castillos y aldeas rurales capaces de alimentar y proteger a sus miembros. A partir del siglo XI el superávit en alimentos, las mejoras en comunicaciones, el restablecimiento de períodos de paz más constantes y la experiencia de las Cruzadas que hicieron necesario el transporte de hombres y bienes desde Europa hacia el outremer[2] permitieron el resurgir de las ciudades y del comercio.[3]

La cultura del primer medioevo centrada en el castillo daba prioridad a la seguridad y la supervivencia. La comunidad se unía detrás de las murallas y se cerraba hacia lo externo que se alzaba amenazante; en el extremo opuesto a esta forma de vida aparecía la ciudad, donde los hombres, situados sobre las principales arterias de comunicación, se abrían al mundo y a lo que éste pueda ofrecer.

Las nuevas ciudades no podían ser autosuficientes y para su mantenimiento requerían de un constante tráfico de bienes provenientes del campo y de otras ciudades y regiones. Las necesidades de las nuevas urbes eran algo nunca antes visto en la Europa Medieval y su rápido crecimiento modificó en poco tiempo a la sociedad. El constante movimiento y el uso de la moneda se generalizaron a finales del siglo XIV para responder a la cada vez más creciente demanda de la vida citadina.

La apacible economía hogareña del medioevo enfocada en la subsistencia y fuertemente ligada a la esfera privada fue sustituida por una economía activa cuyo objeto era la continua producción para la satisfacción de las crecientes demandas y que solamente podía encontrar su lugar en la esfera pública, convirtiéndose a partir de ese momento en un factor determinante del orden social.

Esta red de relaciones comerciales no tardó en requerir de especialistas que facilitasen las cada vez más extensas y complejas cadenas de intercambios, de esta manera aparecieron los mercaderes profesionales. Esta nueva clase se lanza a la búsqueda de nuevas rutas y oportunidades que les permitan obtener grandes rendimientos, haciéndose rápidamente de los mercados y controlando cada vez más la producción de bienes; logrando todo esto sin la limitación y el control de los gremios.

La preponderancia económica y el poder que conlleva pasaron rápidamente de manos de la nobleza y su campesinado a la de los mercaderes de las ciudades. A la natural centralización de las autoridades en las ciudades se sumó el de la consolidación de la cultura y las artes alrededor de estos nuevos ricos que invertían sus recursos en la legitimación de su posición en detrimento de los viejos nobles.

Los mercaderes y burgueses veían en el fortalecimiento de las ciudades el instrumento con el cual hacer frente al poder inmerecido de la nobleza y dotarse de los instrumentos jurídicos que les permitiera eventualmente sustituirlos jerárquicamente.

Poco a poco las nuevas urbes consiguieron, de la mano de sus benefactores, hacerse de independencia y poder político, al tiempo que construían una nueva cultura en la que no había lugar para la nobleza guerrera de antaño.

Estos nuevos grupos encontraron en la nobleza un contrincante político, pero no fue el único enemigo que se hicieron. El estilo de vida basado en la búsqueda de la ganancia y el lucro enfrentaba a estos nuevos personajes con la ética vigente y desde el inicio los confronta con la Iglesia, quien condena su búsqueda de bienes terrenales.

La Iglesia propugnó durante la Edad Media por una economía libre de espíritu de lucro y de la avaricia que este provocaba. Para la Iglesia el dinero era solo un instrumento que debía utilizarse para procurar lo necesario para la vida y ayudar a los menos afortunados; para la Cristiandad era impensable la idea moderna de capital y de dinero que producía dinero, no porque se desconociera esta posibilidad, sino por el desprecio que provocaba.

Los hombres de negocios del último medioevo desdeñaron estas enseñanzas, emanciparon la fe de su actividad económica y se enfrentaron a las prohibiciones de la Iglesia. La posición social y política de la burguesía era bastante complicada y requería de una construcción filosófica y jurídica que les permitiera hacer frente a las críticas del clero y la nobleza. Las universidades pronto se volvieron laboratorios del pensamiento burgués, alimentados por el dinero que este estamento estaba dispuesto a invertir en su causa.

Así pues los burgueses durante la Alta Edad Media buscaban eliminar o al menos disminuir la intervención de la Iglesia en el orden temporal para llevar a cabo sus actividades económicas de manera más libre. Buscaban igualmente la forma de minar la posición de la nobleza por considerarla fuente de conflictos, lo que afectaba sus negocios, y contrincantes políticos inmerecedores del poder que poseían, así como defensores de un antiguo orden en el que no había posibilidad de ascenso social.

Sus intereses requerían de un gobierno fuerte capaz de mantener la paz y la estabilidad que les había permitido hasta el momento crear sus riquezas, y el mosaico jurídico medieval hacía poco por facilitar sus actividades.

Sin embargo, el auge de las ciudades no había beneficiado únicamente a la burguesía. De igual manera que los mercaderes vieron su poder crecer debido a las nuevas facilidades para el comercio, otro grupo descubrió muy pronto los beneficios que traía consigo la congregación de las autoridades sociales en las urbes y la mejora de las comunicaciones: las Monarquías.

[1] Siguiendo a Dalmacio Negro que señala que toda sociedad cuenta con un orden religioso, moral, jurídico, económico, cultural y político que los identifican.

[2] Outremer es el término genérico con el cual se identificaban los reinos cristianos fundados tras la primera cruzada.

[3] Este proceso de formación de las ciudades es descrito con lujo de detalles por Henri Pirenne en sus obras Historia de Europa. Desde las invasiones hasta el siglo XVI y Historia económica y social de la Edad Media.

 

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    Abogado, ferviente creyente que la política y el arte son las perfectas formas de humanidad.