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Entre el Estado y la pared (II): La Respublica Christiana

por | Historia, Política

Los historiadores suelen ubicar el inicio de la llamada Edad Media (desafortunado nombre creado con desprecio por los humanistas renacentistas) en el 476 d.C. con la caída de Roma y su final ya sea en el 1453 d.C., con la caída de Constantinopla, o en 1492 d.C., con el descubrimiento de América. Pero el fin de la Edad Media no fue sólo la desaparición del Imperio Bizantino, sino la muerte de una forma de organización política fundada en los ideales cristianos, la Respublica Christiana, y la aparición de una nueva artificial y racionalista: la Estatalidad.

Para comprender los presupuestos sobre los que se construye el Estado es necesario primero hacer un breve recuento de la Cristiandad Medieval y sus características, pues fue en contraposición a ésta que el modelo estatal fue elaborado y sus objetivos establecidos.

Así pues, después de los primeros siglos de oscuridad, violencia y caos que siguieron a la caída del Imperio Romano de Occidente y a las sucesivas invasiones bárbaras desde el este (tal vez ya desde estas épocas se coloca en la conciencia colectiva occidental el temor a “la amenaza del este”), el panorama europeo poco a poco fue recobrando el orden mediante un retorno a los bienes más básicos que necesita cualquier grupo humano: la tierra, la lealtad y la religión.

El proceso de institucionalización de la Respublica Christiana es en realidad bastante lógico y natural si se consideran las circunstancias históricas[1], sin embargo no debe olvidarse que si bien se pueden hacer generalizaciones sobre la forma en la que esto sucedió, lo cierto es que en cada región fue distinto y que con el paso del tiempo las instituciones sufrieron modificaciones, lo que sigue es una versión simplificada de la manera en la que la Europa cristiana se organizó durante la mayor parte de la Edad Media.

Tras la caída del Imperio Romano la inseguridad y la escasez provocaron un movimiento de ruralización que llevó a la desaparición de la mayor parte de las grandes ciudades europeas. En su lugar la tierra se convirtió en el bien más codiciado.

Para asegurar sus tierras y sus vidas los campesinos rápidamente voltearon su vista hacia aquellos guerreros y otrora hombres nobles que por su poder o por su fuerza eran capaces de enfrentarse a los enemigos y proteger los bienes y la integridad física de sus subordinados; por su parte estos poderosos señores requerían de alimento y servicios varios para poder dedicarse por completo a la vida guerrera y a sus labores de protección. La relación que se estableció entre ellos no sólo era lógica sino beneficiosa para ambos.

De esta coyuntura de necesidades surge una relación simbiótica en la que ambas partes se comprometen mutuamente y de la que obtienen deberes y derechos recíprocos, la manera conforme a la cual se formaliza esta relación es mediante el llamado pacto feudal o feudo-vasallático el cual no tiene solo una obligatoriedad jurídica sino sagrada, quedando de esta forma ligados los hombres por el Derecho y por la Religión.

Tras la caída del Imperio Romano y las subsecuentes invasiones bárbaras, la única institución que se mantuvo con vida y con los conocimientos del mundo clásico fue la Iglesia.

Contrario a lo que se suele pensar, muchas de las tribus que invadieron Europa Occidental no sólo conocían el cristianismo sino que incluso lo practicaban, aunque no en su versión católica sino la de la herejía arriana. De igual manera estos pueblos habían tenido en mayor o menor medida un contacto con el Imperio Romano por el cual siempre se habían sentido deslumbrados, por lo que tan pronto se asentaron se dieron a la tarea de intentar recuperar, aunque fuera de manera superficial, parte de la cultura romana; las múltiples compilaciones de derecho romano vulgar que desarrollan los reyes bárbaros son solo una muestra de esta fascinación que el ideal cultural del viejo imperio seguía causando.[2]

La Iglesia se convirtió en el bastión de la cultura alrededor del cual todo el mundo europeo se congregó.

Conforme los siglos pasan, el ideal político de la cristiandad adquiere forma y es en el siglo IX cuando aparece en escena la otra gran figura de la Respublica Cristiana, el día de Navidad del año 800, en la ciudad de Roma, es coronado emperador del Sacro Imperio Romano Carlomagno. Con este acto queda instituida no sólo la figura del emperador sino el modelo ideal de la Cristiandad: el Papa como líder espiritual y el Emperador como líder material de todos los cristianos, “el Sol y la Luna”, como simbólicamente sería denominado por los académicos.

La realidad, sin embargo, nunca alcanzará a identificarse plenamente con este modelo; el poder del Emperador, y de muchos de los reyes, será más moral que otra cosa, sus vasallos tienden a ser más fuertes que él y si lo respetan es más por tradición que porque éste pueda imponerse por la fuerza. Por su parte el Papado, al intentar cumplir con su misión de liderazgo espiritual, será llamado a enfrentarse al Imperio y a los demás poderes fácticos; la Guerra de las Investiduras (1075 a 1124) es sólo uno de los muchos episodios que debilitan la relación entre la Iglesia y el poder político y que terminará por dar al traste con todo el ideal medieval.

Sin embargo, a pesar de estos problemas, la sociedad europea sí se encuentra imbuida del espíritu de la Cristiandad: muchos reyes, emperadores y papas verdaderamente se esfuerzan por guiar sus agendas políticas por el ideal de la santificación de sus súbditos; las corporaciones intermedias evitan abusos por parte de los señores y son responsables de enormes obras de piedad; los nobles se arrojan en empresas como las cruzadas para combatir por la fe, muchas veces perdiendo vida y hacienda en el intento; el amor cristiano y el deseo de contemplar la verdad impulsan la creación de Universidades, hospitales, hospicios y demás instituciones de beneficencia.

La Edad Media fue una época complicada como cualquier otra, pero no fue ni de lejos la noche tenebrosa que muchos señalan, al contrario, como diría Paolo Grossi, la Edad Media fue una “noche estrellada”, donde lo mejor y lo peor del ser humano conviven día a día y donde la gracia es capaz de convertir a los hombres y darles esperanza de que algo mejor siempre puede existir.

Tal vez para sentir la Edad Media no hay ni siquiera que ver las grandes catedrales o leer las gestas heroicas, tan sólo escuchar una canción como la infame In taberna quando sumus que resume tan bien el espíritu medieval: una canción de taberna, de fiesta, encontrada en un monasterio, en el que se mezclan a una vez lo sagrado y lo profano, en donde igual se brinda por todos los cristianos y por el Papa, que por los monjes disolutos y los soldados silvanos; donde se reconoce que todos beben y todos pecan, pero no por eso se olvidan que hay cosas más importantes y sagradas y que en el fondo saben que la risa, la gracia y los sacramentos son todas maneras en las que Dios nos ayuda a superar las dificultades terrenales y alcanzar la santidad.

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[1] En su magnífica obra Historia de Europa desde las invasiones hasta el siglo XVI, el profesor belga Henri Pirenne hace un exquisito recuento de la forma en la que Europa evolucionó desde la caída del Imperio Romano hasta el siglo XV.

[2] Estas particularidades de los grupos bárbaros (religión cristiana y fascinación por Roma) son propias de las primeras invasiones que se suceden durante los siglos V al VII, los grupos que vienen después (escandinavos, musulmanes, magiares, etc) proceden de lugares remotos, sus procesos de conversión, si es que se dan, suelen ser más complicados y su único contacto con el antiguo ideal romano es en su versión vulgarizada.

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    Abogado, ferviente creyente que la política y el arte son las perfectas formas de humanidad.