En el siglo XXI, se afirma cada vez más una pretendida cultura globalizada que amenaza con extinguir la identidad católica de América -esencia de su cultura-. Consideramos, como lo hiciese el Card. Paul Poupard, que el cristianismo no es una teoría, sino el seguimiento de una persona, Jesucristo, paradigma de todo hombre y de la humanidad verdadera, a imagen y semejanza de Dios. Si la cultura, como decía nuestro querido San Juan Pablo II, es «aquello a través de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre» , es claro que la cultura, cuando es auténticamente humana, constituye un modo de acercarse a Jesucristo, «a la plena madurez de Cristo», como dice san Pablo (Ef 4,7). Cristo ha enviado a sus discípulos a anunciar el Evangelio «para hacer discípulos de todas las naciones» (Mt 28,19), es decir, a salvar las culturas.
Esto quiere decir que la evangelización no estará plenamente conseguida mientras el Evangelio no haya alcanzado también la cultura, es decir, «el conjunto de los principios y valores que constituyen el ethos de un pueblo», en una palabra el alma de un pueblo. Todos constatamos a diario la fragilidad de la vida cristiana cuando ésta se desarrolla en un ambiente culturalmente hostil que, en ocasiones, acaba por sofocar la semilla de la Palabra de Dios.
1. La identidad católica de América: Si Europa es un continente forjado por el Cristianismo, con mayor razón puede decirse esto de América, «el mayor don que América ha recibido del Señor es la fe, que ha ido forjando su identidad cristiana».
Fruto de la evangelización, que ha acompañado los movimientos migratorios desde Europa, es la fisonomía religiosa americana, impregnada de los valores morales que, si bien no siempre se han vivido coherentemente y en ocasiones se han puesto en discusión, pueden considerarse en cierto modo patrimonio de todos los habitantes de América, incluso de quienes no se identifican con ellos .
En efecto, ya desde los albores del descubrimiento asistimos a una increíble obra de evangelización que ha dado lugar con el paso de los siglos a un patrimonio cultural común, al que todos los pueblos de América pueden identificar su pertenencia, su origen común y su destino compartido.
La obra de la evangelización de América en el pasado fue el fruto del despliegue de una enorme creatividad e inventiva, unidas al sacrifico personal de innumerables personas que, convencidas de su fe, estaban dispuestas a entregar la vida por dar a conocer la Verdad. La evangelización americana dio lugar a una nueva síntesis cultural, que constituye algo nuevo. Esta síntesis ha marcado la identidad de los pueblos latinoamericanos y les permite reconocerse hasta hoy en una comunidad de destino.
2. El gran divorcio: Siendo esta la gran riqueza cultural de América, no puede por menos de sorprender «el gran divorcio» entre la cultura popular -la gran síntesis barroca y mestiza- con la cultura de las élites y las minorías dirigentes en la inmensa mayoría de las repúblicas americanas.
Una expresión, curiosa y flagrante de esta contradicción, puede hallarse en los símbolos oficiales de no pocas repúblicas americanas. La Bandera Argentina, creada en 1812 usando el color blanco y azul de la escarapela revolucionaria ya en uso. Sin embargo, estos colores son los propios del voto inmaculista con que los cabildos americanos, como tantas otras instituciones, se obligaban a defender la Inmaculada Concepción de María, mucho antes de su solemne proclamación dogmática. Y al mismo tiempo, en el escudo de la Nación Argentina, hallamos gran profusión de signos y elementos de origen masónico, como el gorro frigio.
El hecho es que, al menos desde la emancipación, la síntesis barroca comenzó a ser considerada por parte de las élites dirigentes como el gran obstáculo que había que superar para alinearse con los demás países. De aquí procede esta característica escisión, casi estaríamos tentados de calificarla como esquizofrenia, entre la cultura ilustrada de las élites, que vive mirando nostálgicamente a Europa o al poderoso vecino del Norte, y la cultura barroca del pueblo.
¿Cómo explicar esta paradoja? no podemos olvidar aquí la persecución sufrida por la Iglesia, expulsada de los ámbitos públicos de creación de alta cultura, que en algunos países alcanzó especial virulencia a lo largo del siglo XIX y XX y ofreció a la Iglesia una espléndida cosecha martirial.
Puesto que para entrar en los ámbitos de producción de la cultura era necesario sacrificar la fe y prescindir de las propias raíces culturales católicas, no pocos fieles se automarginaron respecto a esa cultura, encerrándose en una especie de ghetto cultural, sin la necesaria incisividad en el mundo de la cultura.
3. Evangelizar la cultura: Esta situación de escisión interna de las culturas americanas constituye un factor de empobrecimiento, tanto para la Iglesia como para el conjunto de la sociedad latinoamericana. Un pueblo privado de su identidad se ve permanentemente amenazado por nuevas formas de colonialismo cultural, que a la larga son fuente de tensiones.
Por ello, a las cuatro columnas que San Juan XXIII proponía como puntos de apoyo para la paz –la verdad, la libertad, la justicia y el amor–, habría que añadir una quinta, la cultura. No puede haber paz ni progreso auténticos ignorando o destruyendo la identidad cultural de un pueblo.
A lo largo de los últimos decenios, el Estado y el mercado han ido ocupando con eficacia el ámbito de las instituciones y de la vida pública. Pero ni el uno ni el otro son capaces de ofrecer al hombre el sentido profundo de su existencia, que no se esclarece ni por su pertenencia a un partido político, ni por el desempeño de una profesión, ni por el éxito económico.
Sólo así la respuesta será efectiva frente a fenómenos mundiales con especial incidencia en América, como el secularismo que ofrece un estilo de vida en el cual se puede prescindir de Dios y construir un mundo sin religión y lejano a todo comportamiento moral.
Es imposible ignorar un laicismo ateo presente en ambientes intelectuales, universitarios, profesionales y artísticos y que se difunde a través de los medios de comunicación . La evangelización de la cultura en América Latina es hoy más urgente que nunca. Así como el primer anuncio del Evangelio fue, ante todo, un encuentro entre culturas, es necesario hoy un nuevo anuncio que tenga como prioridad la cultura. Mientras no conquistemos con el Evangelio el alma de la cultura, no podemos esperar la transformación tan anhelada de nuestros pueblos.
Referencias:
Carta de fundación del Consejo Pontificio para la Cultura, 20 mayo 1982, https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/letters/1982/documents/hf_jp-ii_let_19820520_foundation-letter.html.
P. POUPARD, Pastoral de la Cultura», Culturas y fe, Edicep, Valencia 2004, 173-180.
JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Ecclesia in America, Ciudad del Vaticano 1999, n. 14.





