Hablemos un poco de la disciplina, ese concepto hoy despreciado, arrinconado y ridiculizado, pero inexcusable en la educación y en la vida normal.
Cada vez más, los tiempos que vivimos llevan a pensar a muchos jóvenes que todo aquello que les implica límites, que les define espacios y que se atraviesa en su intención permanente de hacer lo que se les antoja y ocurre, va en contra de su libertad.
De ese sentimiento creciente deriva, al menos en parte, la idea de que toda autoridad es represiva y su función es poner freno a la “libertad” de los jóvenes. En este `punto, hay que admitir que, en algunos casos, esa parece ser la intención de quienes detentan el poder en diversas latitudes, pero es un simplismo asegurar que a ello tiende toda autoridad.
En efecto, a los chicos y a las chicas les parece inadmisible que haya quien se oponga a lo que quieren, porque quienes lo hacen amenaza su libertad. Pretenden ignorar, por una parte, que la libertad de cada persona termina donde comienza la de las demás, y por la otra, que la libertad no consiste en que cada quien haga lo que le da la gana, sino en tomar buenas decisiones, que aporten al crecimiento personal y respeten a los demás.
Soy libre de sentarme en donde me da la gana, pero si me da la gana sentarme donde ya hay una persona sentada, no es mi liberad levantarla para ponerme yo o sentarme sobre ella, no. La libertad, tiene límites y eso es lo que les cuesta entender.
Pero lo más relevante es que la libertad es un atributo esencialmente humano, ejercible a partir de la toma de decisiones, y de decisiones acertadas.
“¿Acertadas según quién?”, preguntan no pocos muchachos que se oponen a ser limitados. Pues acertadas según la ética, según el sentido común, según el destino al que lleve esa decisión. Una decisión que implica dañar a otros puede ser muy mía, pero no es acertada. Y si la tomo, no estoy actuando libremente, lo hago de manera libertina, abusiva y egocéntrica.
Ahora, bien: en la lucha por su libertad, muchos jóvenes son enemigos gratuitos, rabiosos y permanentes de la disciplina y de las reglas. Por eso llaman represión a todo aquello que los obliga a adoptar ciertas conductas establecidas para respetar a los demás y propiciar el bien común. Pero esa manera de entender la disciplina y las reglas es reduccionista; la disciplina es necesaria en la vida.
Gracias a la disciplina hay avances tecnológicos, hay profesionales de la salud, de la ingeniería, de la ciencia y de la vida en general. La disciplina no es solo necesaria, sino indispensable.
Si en un crucero altamente transitado el semáforo se enciende en rojo, lo normal es que los autos se detengan. Ello permite que crucen la calle otros autos y los peatones, lo cual permite la convivencia civilizada y ordenada. Para eso sirven las reglas. Y por eso se sanciona –o se debería sancionar– a quienes las transgreden o no las cumplen. Eso lo entiende cualquiera.
Imaginemos que los automovilistas frenados por un semáforo se organizan en ese mismo instante para protestar por la arbitraria detención de sus autos, porque consideran que es una forma de represión. Eso sería realmente absurdo. Sin semáforo, ese crucero sería un caos.
Quizá ahora no sea tan difícil imaginar el caos que sería la convivencia humana si no hubiera reglas, educación y límites, en la calle y en la casa, en la escuela y en la oficina. Para eso sirve, eso es la disciplina. Por delgada que sea su frontera con la represión.
Cita este artículo
Camacho, P., (2026, mayo 23). Disciplina y represión: una sutil frontera. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/disciplina-y-represion-una-sutil-frontera/
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