La cultura política es la forma en la que un grupo social reacciona ante los estímulos del sistema en que se organiza la vida pública de un país. Es una parte de la cultura, en general, y responde a los mismos códigos básicos: lenguaje, símbolos, expresiones y, sobre todo, actitudes.
La psicología nos enseña que la actitud se compone de tres elementos: lo que sabes de un tema; lo que te hace sentir ese tema; y la manera en la que actúas ante él. Cualquier estímulo externo al individuo provoca estas tres respuestas, y el resultado es la actitud, también llamada “la defensa del yo/ego” porque precisamente es la defensa de la persona ante el entorno dinámico que lo rodea.
Este esquema funciona igual en el ámbito social bajo estímulos del sistema político. Siguiendo el concepto podríamos entenderla como “la defensa del nosotros”: ¿qué piensas de los partidos políticos, los políticos y del gobierno; qué te motiva a votar en elecciones; qué te impide participar en la política de tu ciudad, región o país? La respuesta sigue siendo individual, pero tiene componentes grupales muy fuertes.
Para lograr un cambio político, es necesario entender algunos componentes de la cultura:
- Los principales motivadores de los grupos sociales
¿Qué personajes, acciones o hechos motivan la acción social o política? Por ejemplo, en México la Virgen de Guadalupe, el fútbol, las reuniones familiares en torno a la comida, la capacidad de gasto y el ocio son grandes motivadores sociales, así también el verse directamente afectados por un desastre natural o un problema público como la inseguridad o el abasto de agua potable son motivadores políticos.
- Al contrario, los principales desmotivadores o causas de las decepciones.
Aquellas situaciones que sistemáticamente provocan una sensación de desánimo: La evidente tolerancia a las mafias de corrupción, la enorme capacidad de acción de los actores políticos contra la escasa capacidad del ciudadano de a pie, las frecuentes dificultades económicas que presuponen una disyuntiva entre participar políticamente o atender a la familia y el trabajo, son causas que desincentivan la acción política.
- Las tendencias al largo o al corto plazo
El corto plazo no necesariamente es malo, se traduce en capacidad de improvisar y lograr resultados prontos, caso contrario del largo plazo que establece horizontes de éxito muy grandes que demandan paciencia y constancia en objetivos. América Latina mayormente tiende al corto plazo.
- El apego o desapego a los grupos sociales.
Hay sociedades cuya cultura estimula la vida social. No es lo mismo la familia en América Latina: padres, hermanos, primos, tíos, compadres y amigos de toda la vida, todos invitados a bautizos, bodas, XV años, cumpleaños y hasta el Día de la Independencia, que en Europa donde a duras penas se reúne la familia nuclear en muy pocas ocasiones en el año. Y otras que la restringen a condiciones especiales como la atención a problemas comunes, en los que cada persona requiere salir de su natural aislamiento social.
Esta situación también aplica en entornos laborales y políticos, en América Latina la lealtad al grupo se valora mucho y en general hay expectativas de retribución por la permanencia en el grupo (ver el caso de partidos políticos, donde muchos militantes reclaman en cada elección: “¡ya me toca!”).
- La capacidad de autodominio, especialmente ante los vicios.
Lo que solemos identificar como disciplina y orden en los alemanes, es en realidad una gran capacidad socialmente formada en el autodominio, el control de las pasiones y emociones, que ocasionalmente desahogan en sus expresiones verbales y corporales a manera de válvula de escape.
Caso contrario en México o Brasil donde la sociedad es mucho menos controlada a esas emociones y pasiones lo que se traduce en una tolerancia social al consumo de alcohol o pornografía desde edades muy tempranas. Ponga usted una “ley seca” cualquier día en México, y el día anterior las tiendas de abarrotes vacían sus inventarios de cerveza, la bebida alcohólica más accesible, a veces más barata que una papilla para bebés.
- La actitud ante las figuras de autoridad y las jerarquías en general.
Cuando un político sale a pasear en Austria, no pasa nada en las calles, nadie sale a pedirle autógrafo ni entregarle cartas. En América Latina, por el contrario, hay un despliegue de seguridad notorio, la población aprovecha la ocasión para detener sus actividades y salir a las calles por donde el presidente o el gobernador pasará, para entregarle peticiones al tiempo que se inaugura con bombo y platillo un bache tapado.
¿Y si aquel político no es de nuestro agrado? También aprovechamos la ocasión para protestar por la falta de un apoyo o la cancelación de un programa social del que nos beneficiabamos. En suma, es una relación de amor y odio.
Lo siguiente es más complejo: enlazar este entendimiento con la realidad cotidiana de los grupos sociales y encontrar un hilo conductor que los agrupe a todos en torno a señales, símbolos o actitudes semejantes entre sí.
Normalmente las propuestas de cambio político viajan en una realidad alterna a la vida cotidiana de la población. Sus diseñadores pasan horas analizando aspectos macro como los que hemos referido que, si bien es muy necesario tener en cuenta, deben encontrar la conexión con la realidad y los hechos de la vida diaria, de lo contrario no dejarán de ser teorías que no encontrarán eco en nadie, fuera de círculos de estudio.
Las propuestas exitosas de cambio político logran esta conexión efectiva, traduciendo la teoría macro con acciones muy concretas en comunidades muy concretas, que se integran con actitudes sociales que estimulan el esfuerzo, el bienestar y el progreso; que crean las condiciones adecuadas y estimulan la participación de sus ciudadanos.
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En México la abismal distancia entre el ejercicio de la política y la vida cotidiana fue capitalizada por el nuevo partido hegemónico, Morena, que “rellenó” -y amplió- esta distancia con odio (hacia) a los privilegios, fuesen reales o no, de quienes ejercían la política tradicionalmente.
El monopolio del poder se ejerce expulsando y generando rechazo hacia quienes no pertenecen al mismo grupo, señalándolos como enemigos y antipueblo; identificándolos como privilegiados e inmorales por el hecho de tener más, ya sean empresarios, ricos, quienes tienen grados de excelencia o superioridad académica, económica, política, material o incluso espiritual. A todos los que no piensan como ellos se les considera enemigos; se les agrupa en un bloque y se los hace aparecer como una corriente histórica antiprogresista empeñada en impedir los avances de la agenda morenista: partidos políticos, jueces, empresas, organismos autónomos periodistas y medios de comunicación.
Normalmente la distancia al poder cuando se incrementa tiende a propiciar ese odio; bastó poner un objetivo ¿a quién odiar?: al privilegiado, al empresario, al rico, al potentado, al que tiene cualquier grado de excelencia o superioridad sea académica, económica, política, material o incluso espiritual; luego asociar esos personajes con instituciones que obstaculizaran los avances de la agenda morenista: algunos partidos políticos, los tribunales, algunas empresas, organismos autónomos -léase, fuera del control político del régimen- periodistas y medios de comunicación.
No fue necesario “crear” odio, ya existía, solo fue encauzado perversamente usando los recursos y el aparato propagandístico del gobierno.
¿La situación económica, social o política realmente mejoró cuando le cedimos casi todo el poder a un solo partido? No, nada. En realidad empeoró todo. El de abajo se consuela con lo mal que les va a los que estaban arriba de él; con los que ahora se asemeja en condiciones.
Multiplica eso por millones de personas en situación actitudinal semejante, y agrega cualquier tipo de diferencia, no solo pobres y ricos, bien podría ser militantes de partidos vs las dirigencias partidistas, eternos aspirantes a un puesto de poder vs los candidatos de siempre; gerentes que llevan años luchando por un ascenso o incremento de sueldo, sin éxito; estudiantes que no lograban obtener beca por sus bajas notas; y un largo etcétera.
Además, la terrible tendencia a la indulgencia, a ese perdonar o disimular las culpas y malas actitudes, hace que las sociedades latinoamericanas seamos muy propensas al control político: “roban, pero comparten”, “la escuela está muy mal, pero hay escuela”… vivimos de un continuo “pero…” que mentalmente justifica la precariedad, la miseria y la tolerancia excesiva a los errores -y horrores- del sistema político.
El cambio político en sentido positivo es viable, aunque demanda esfuerzo, pensamiento, comunicación y acción muy accesibles y claros para que se edifique una alternativa socialmente viable, con la recompensa de un futuro mejor que valga la pena el sacrificio.





