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Xóchitl y la fenomenología de la esperanza mexicana

por | Política

I

Apenas fue “destapada”, Xóchitl Gálvez ha sido punto de convergencia de un caudal de reflexiones, críticas, apoyos y desquicios varios de parte de la ciudadanía mexicana.

¿Salvará Gálvez a México de las garras de una Cuarta Transformación que ha provocado una bancarrota democrática en el país? ¿Será capaz de hacer lo que los impúdicos gobiernos de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto fueron incapaces: cambiar las reglas no escritas de la política y democratizar al país, desde la periferia hacia el centro; desde lo local a lo federal? ¿No merece Xóchitl Gálvez el apoyo incondicional de las y los mexicanos, un voto de fidelidad hacia quien se la está jugando por el futuro del país?

Digamos, primeramente, que Xóchitl Gálvez representa hoy la única alternativa viable para contender contra Claudia Sheinbaum. Con excepción de Gálvez, quienes participaron en las primarias de la oposición carecían por completo de posibilidades ya no de ganar, sino incluso de hacer un papel digno en la contienda. Así las cosas, quienes quieren encontrar a otros candidatos simplemente están viviendo en una dimensión distinta, incapaces de leer la realidad política mexicana. Xóchitl es, por otro lado, la candidata de la oposición debido a la imprudencia presidencial: fue Andrés Manuel quien le entregó la candidatura, en uno más de sus esfuerzos de hacer política hueca, apoyado por completo en una retórica de confrontación, tan violenta que terminó por salirse de control y construir a una candidata capaz de encender una contienda que se antojaba paseo en el parque para la impresentable Sheinbaum. Xóchitl es el producto de los delirios resentidos del inquilino de Palacio Nacional, una candidata forjada a modo por la arrogante desmesura presidencial, que viola la ley cada vez con mayor aplomo, convirtiendo el desprecio al andamiaje institucional mexicano en la base de unas mañaneras cada vez más estultas, más vulgares y sin sentido alguno.

II

Xóchitl Gálvez es, a todas luces, la única que está en condiciones de plantarle cara a Sheinbaum. Pero esto no responde a nuestra pregunta: ¿Qué actitud debe tener la ciudadanía hacia la candidata de oposición y, para el caso, con todos los candidatos?

Hace algunas semanas miles de mexicanas y mexicanos se dieron cita en el Ángel de la Independencia de la capital para celebrar la candidatura de Xóchitl Gálvez a la presidencia. En sí misma, la celebración supone un acto de apoyo, válido y hasta necesario, hacia una candidata que tendrá que remontar en pocos meses una tendencia que se había mantenido estable durante todo el sexenio lopezobradorista. Y, sin embargo, no deja de percibirse un tufo antidemocrático, ancestral resabio de glorias caudillistas del pasado, en la forma en que los hoy incondicionales de oposición se rinden a su candidata.

Permítaseme concentrarme un minuto en ese terminajo, “incondicional”, para llevarlo a su extremo más escabroso. Ese era el nombre que el apóstol de la Luz del Mundo dio a hombres y mujeres que hacían votos de obediencia ciega y en perpetuidad. No es necesario detenernos aquí en los horribles atropellos que se hicieron a la dignidad de hombres y niños, mujeres y niñas, bajo la lógica estúpida de la incondicionalidad. Quiero apenas mostrar cuán antidemocrática—por no decir diabólica—es esta lógica.

Todo esfuerzo que conduce a la exaltación de un ser humano, por excepcional que este sea, y colocarlo, por así decirlo, más allá de la ciudad (recuérdese a Thomas Hobbes y su dios mortal, Leviatán), conduce inevitablemente al desastre. La apuesta por el gran hombre, por la mujer extraordinaria, conducen a procesos sociales que terminan por afectar la psique y la (¿magra?) estabilidad del caudillo, convenciéndole de que es ontológicamente “más” que el resto, y por ende “merece” cosas distintas que se derivan de su estación. El caudillo termina convenciéndose de la retórica que le permitió llegar al poder y, desde la cima, regurgita ese mismo discurso, reificado, a fin de consolidar su imperio.

Evidentemente no estoy sugiriendo que los que se abrazan a la candidatura de Xóchitl Gálvez hoy tengan un parecido con los “incondicionales” de la Iglesia Luz del Mundo, lo cual sería simplemente desorbitado. Lo que estoy tratando de hacer es trazar el rostro deformado, la apoteosis de la maldad que resulta de una falta de mesura en el trato que damos a nuestros líderes. ¿No pasa algo similar con tanto celebrity que termina esclavo del alcohol, las drogas, el sexo o de todos al mismo tiempo?

¿No conduce la fama en muchas ocasiones a la destrucción de la personalidad del idolatrado, incluso orillando a algunos, en la cima de su poder, a terminar con su propia vida, asqueados al parecer de lo que dicha estación social hace a la persona? Si esto es cierto—y me parece que el registro histórico muestra su pertinencia con tremenda evidencia—entonces debemos reconocer que toda acción social que tenga por objetivo ensalzar a una persona debe ser tomada con absoluto cuidado, asegurándose de que en el proceso no se construya un dictador en lugar del salvador.

En su Política, Aristóteles alerta a las ciudades sobre los peligros del demagogo, asegurando que “la forma final de la democracia es la tiranía” (1312b), una idea que ya había sido desarrollada por Platón y otros teóricos. En suma, el argumento dice que la democracia, en tanto que gobierno de la masa, es intemperada y, por ello, termina generando caos social y problemas que promueven la aparición del demagogo que confronta a ricos contra pobres, destruyendo el frágil equilibrio entre las diversas partes de la polis, imponiendo una confrontación simplista entre dos bandos.

Traigamos a la mente el caso del actual presidente de El Salvador, Nayib Bukele. Muchos aplauden la mano dura que ha mostrado contra el crimen organizado en dicho país, ofrendando al mandatario los números de aprobación más altos en América Latina. Y, sin embargo, la pregunta interesante al respecto tiene que ver con el peligro siempre presente de que, deslumbrado por su propio éxito, Bukele se convierta poco a poco en el dictador que es. Al día de hoy, Bukele ya viola sistemáticamente derechos humanos, con lo que la pregunta por la posibilidad de que se consolide una dictadura no es ociosa, sino tremendamente urgente.

Si bien, como he dicho ya, no estoy sugiriendo que algo similar esté ocurriendo en México, sí que vale la pena prender una alerta sobre los comportamientos que algunos dentro de la oposición están teniendo con respecto a Xóchitl Gálvez. Ciertamente no hay indicios de dictadura en México, pero: ¿No es el fanático ardor de los lopezobradoristas una señal de la descomposición de la democracia mexicana? ¿Y no resulta, por ende, necesario rechazar cualquier intento por hacer de una candidata más que alguien que compite por dirigir el gobierno con la finalidad de crear bienes comunes que afecten positivamente el bienestar dentro del país?

Si, con acierto, criticamos a muchos grupos de la sociedad que han querido ver en López Obrador a un enviado del cielo para devolver el poder a los pobres—cosa que no ha hecho y que, todo parece indicar, no hará—, ¿cuánto más deberá hacer la oposición para mostrar a Xóchitl Gálvez su contingencia respecto del auténtico poder que emana originariamente del pueblo mexicano?

 

III

La democracia es un sistema tremendamente exigente que, en palabras que hacen eco de Rousseau, exige una transformación de la naturaleza del ser humano para convertirlo en un sujeto social. La democracia moderna, por otro lado, realizó una dura crítica al concepto democrático ateniense y asimismo al defendido por Rousseau. Contra la idea del último de que todo tipo de representación implica ya una condición de servidumbre, los founding fathers norteamericanos opusieron el concepto de república al de democracia, aseverando que la diferencia estriba en que, en una república, el “pueblo” no participa directamente en ninguna de las áreas del poder, sino que siempre y en todo momento lo hace de forma mediada. La democracia no es “de masas”, aunque actualmente permita organizar electorados masivos; la democracia no es “popular” en el sentido de que dé siempre la razón al capricho del populacho; la democracia requiere grandeza, mérito, límites constitucionales, intelecto y virtud cívica si ha de funcionar bien.

La aparición del tufo caudillista, de las loas a las celebridades, indican que la calidad de la democracia está disminuyendo. Contra la idea de una ciudadanía activa y enérgica que está siempre vigilando a sus autoridades, demandando de ellas rendición de cuentas y un estricto cumplimiento de la ley, aparece la masa que aclama irracionalmente.

Bajo esta perspectiva, la aclamación que pueden recibir López Obrador y Xóchitl Gálvez no es esencialmente diferente, sino que es producto de una ciudadanía que quiere encontrar salvadores donde no hay más que representantes populares.

No puede haber duda de que ha llegado el momento de refundar los valores democráticos en México. Esto implica, contra muchos que defienden una idea meramente procedimental de la democracia, optar por una idea sustantiva de la democracia, que inicie con el reconocimiento de que, antes que un mecanismo para la alternancia en el poder, la democracia es una forma de ser en sociedad. Y lo primero que reconoce un público democrático es que aquellos que hacen de la política una profesión no son salvadores ni redentores, no son héroes ni semidioses, sino empleados, hombres y mujeres a disposición de la ciudadanía, con un encargo específico y delimitado por la norma, y nunca celebridades a las que el ciudadano deba aclamar.

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Autor

  • Juan Pablo Aranda

    Maestro y doctor en ciencia política por la Universidad de Toronto; licenciado en la misma disciplina por el ITAM. Actualmente es profesor investigador en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (Upaep), donde también funge como director de Formación Humanista. Miembro (candidato) del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) desde 2022.