En 1555, la Paz de Augsburgo consagró el principio cuius regio, eius religio: la religión del gobernante sería la religión de sus súbditos. Aquella fórmula no era una exaltación de la libertad, sino un reconocimiento pragmático de que la fe estructuraba la vida colectiva. La religión no era una opción privada: era el fundamento de la comunidad política.










