Sistema Político Mexicano II: repliegue y reforzamiento

José Luis Dueñas Barrera

Sistema Político Mexicano II: repliegue, reforzamiento y regresión
Usando nuevas estrategias de comunicación política, saliendo de un repliegue masivo que mantuvo en bajos perfiles a los políticos de izquierda revolucionaria, finalmente el sistema político viejo, de carácter hegemónico, recuperó fuerzas y regresó al poder luego de 30 años marginado. Una cultura política dócil y el abuso de símbolos religiosos permitió su regreso que podemos entender como regresión.

La aparentemente nueva cara del sistema político hegemónico en México es el partido Morena, que agrupa a quienes detentaron el poder político entre 1970 y 1982, el ala de izquierda radical (nacionalista-revolucionaria) del otrora partido hegemónico, PRI.

Su actual poderío no es casualidad, es el resultado de un sistema antidemocrático que se resiste al mínimo cambio, porque las condiciones de una verdadera democracia significan la posibilidad real de restarle poder a unos y dar paso a nuevos actores. Esto, sumado a una cultura política dócil al sistema hegemónico dadas las ventajas inmediatas que significan para la población en general.

Lamentablemente, la oposición del actual régimen dista de ser un verdadero contrapeso. Al contrario, pareciera -y ojalá me equivoque- que su intención es vivir del sistema viejo que sostenía una pléyade de colores partidistas para fingir elecciones libres y cambio de titulares.

Lo más lamentable es el caso del Partido Acción Nacional (PAN), que, no siendo parte del sistema postrevolucionario, fue absorbido por este, como ha quedado demostrado en los últimos años, priorizando caudillismos y tolerando la corrupción dentro de sus filas antes que la opción ciudadana que lo caracterizó hasta poco después del año 2003. Este partido requiere una reafirmación de sus valores y una profunda reforma interna.

Ahora bien, ¿por qué el sistema hegemónico regresó con más fuerza si se suponía quebrado y debilitado? ¿cómo se puede constatar este regreso?, que más bien es regresión.

La palabra clave es “control”. Tener poder político significa tener control de muchas decisiones, no es garantía de orden, pero sí de incidencia efectiva. Entre más poder, mayor cantidad de acciones, instituciones, reglas, territorios, grupos y recursos bajo control, si no es que, de hecho, manipulados.

El sistema político postrevolucionario se diseñó para controlar/manipular a los grupos que buscaban el poder, mediante el reparto de posiciones locales y nacionales en el gobierno, método mayormente concentrado por el presidente del país y su partido político.

Así, cualquier conflicto con, o dentro de los grupos, se resolvía entregando migajas de poder a los rijosos. Sin el control hegemónico de todas estas instituciones y grupos, cualquiera podría sobresalir y enfrentar a la autoridad en turno.

Perder control no solo significa perder recursos, significa esencialmente perder posicionamiento, imagen pública y legitimidad. de cara a los ciudadanos y otros grupos políticos, es una marginación de facto que los políticos, hoy de Morena, padecieron luego de sus enormes fracasos entre 1970 y 1988. Podríamos afirmar que su retorno al poder es más bien revancha, hartos de que “no les tocara” tanto tiempo.

La clave por la cual el viejo sistema político perduró se debe a su repliegue a niveles estatales y municipales, es decir, los agentes del sistema regresaron parcialmente a sus orígenes: caciques territoriales, dispersos por todo el país o incluso en varios partidos políticos desde donde pudieron sobrevivir, con la diferencia de mantener relaciones ya sea mediante los partidos políticos nacionales o mediante las propias estructuras gubernamentales.

Morena hizo, desde 2012, las veces del PNR en 1929; agrupó y consolidó una estructura política nacional mediante un solo partido político. La reagrupación fue posible gracias a la eterna promesa del sistema, es decir, el reparto de posiciones y, en no pocos casos, recuperar posiciones perdidas. Con ello, incluso militantes destacados de otros partidos, especialmente del PRI y del PAN, se han sometido a los designios de Morena.

Una vez tomado el poder por la vía electoral, Morena ha pretendido recuperar las estructuras corporativistas que giraban en torno al poder presidencial, a saber, obreros, campesinos, empresarios, y especialmente a los militares, mediante asignaciones multimillonarias de contratos, obras y servicios públicos estratégicos.

De forma paralela han buscado la desaparición de instituciones que les representan un obstáculo, tales como la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), el Instituto Nacional Electoral (INE), el Instituto Nacional de Transparencia (INAI), o el control de otras instituciones autónomas como el Banco de México y sus reservas monetarias, y la UNAM, hasta ahora sin éxito.

No hubo una total regresión en el periodo 2018-2024 gracias a los equilibrios constitucionales y las instituciones que efectivamente hicieron contrapeso, pero el riesgo es latente y los contrapesos están bajo asedio de las mayorías legislativas del nuevo partido hegemónico y sus aliados que hoy controlan -recordemos esta palabra- 24 de 32 gobiernos y congresos estatales y el 33% de los gobiernos municipales, además de la presidencia y la mayoría en las cámaras de Senadores y de Diputados, al menos hasta el año 2027.

No olvidemos también el hecho de que Morena ha asumido una estrategia de comunicación en la que mimetiza su agenda política de izquierda socialista con una narrativa que hunde sus raíces en el conocimiento de la cultura popular -e incluso en la religiosidad-, acciones típicas de regímenes fascistas y populistas.

Baste mencionar que el nombre del partido recuerda el cariñoso sobrenombre de la Virgen de Guadalupe, aun cuando este partido es absolutamente contrario a la fe católica y a la cristiandad en general. Por dar un ejemplo de este hecho, donde han logrado la mayoría legislativa a nivel estatal, han derogado las leyes que protegen el derecho a la vida desde la concepción.

¿Se puede evitar una regresión? Sí, creando, manteniendo la democracia y sus mecanismos de contrapesos a los poderes, especialmente al poder central, en especial en dos ámbitos claves: los poderes legislativos nacional y estatales y en los Ayuntamientos; dejar de esperar las acciones del poder central para poner atención a la política local, a nuestro entorno cotidiano.

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