La historia está basada en sucesos reales de la década de 1920.
El impacto fue tan significativo que, al terminar la lectura, viajé al Condado Osage para conocer las poblaciones donde ocurrieron los hechos: Pawhuska, capital del condado, Fairfax y Gray Horse. En Gray Horse visité el cementerio en donde descansan Mollie Burkhart, su familia y decenas de víctimas de una de las conspiraciones más crueles de la historia estadounidense: una compleja trama de perversidad y violencia diseñada para despojar a los Osage de sus “headrights”, es decir, de sus derechos hereditarios de participación sobre las regalías de petróleo y recursos minerales.
En 1825, la Nación Osage –identificada a sí misma como «los hijos de las aguas medias»– cedió sus tierras en Missouri y Arkansas al gobierno de los Estados Unidos a cambio de una reserva en el sur de Kansas. La cesión formaba parte de la expansión territorial que avanzaba sobre las tierras indígenas para abrirlas al asentamiento de colonos blancos.
A comienzos de la década de 1870, los Osage volvieron a desplazarse. Vendieron sus tierras al gobierno federal y compraron a la Nación Cherokee 1.57 millones de acres (6,353 km2) en lo que es hoy el noreste de Oklahoma. A diferencia de otras naciones indígenas, los Osage no recibieron aquellas tierras como concesión del gobierno: las adquirieron legalmente.
Y con esa compra obtuvieron no solo la superficie del territorio, sino también los derechos sobre todo lo que yacía bajo ella.
Nadie imaginaba entonces que bajo el subsuelo se encontraba una de las mayores reservas de petróleo y gas del país.
Al despuntar el siglo XX, mientras el gobierno federal preparaba la creación del estado de Oklahoma –lo cual ocurrió en 1907– y promovía políticas destinadas a fragmentar las tierras tribales para incorporar a los nativos americanos al modelo agrícola estadounidense, los Osage estaban a punto de convertirse en protagonistas de una riqueza descomunal.
En 1906 la Osage Allotment Act (Ley de Asignación de Tierras) dividió la tierra superficial en parcelas individuales y reconoció la propiedad colectiva sobre los recursos del subsuelo. Así nació el sistema de “headrights”: registrándose 2,229 derechos hereditarios sobre las ganancias derivadas del petróleo.
Ante la imposibilidad de extraer petróleo, los Osage decidieron arrendar los derechos de extracción a compañías petroleras a cambio de regalías. El dinero comenzó a fluir de manera inconcebible. Para 1920 eran considerados las personas más ricas per cápita del mundo.
Cada miembro registrado recibía cheques trimestrales que pasaron, en pocos años, de cantidades modestas a fortunas inmensas. Según Grann, en 1923 los Osage percibieron más de 32 millones de dólares, una cifra hoy equivalente a más de 400 millones.
Relatos y periódicos de la época describen a los Osage conduciendo automóviles de lujo, viviendo en grandes mansiones y vistiendo fastuosa indumentaria. Muchos de ellos empleaban choferes y sirvientes blancos. Algunos cronistas blancos los llamaban, con una mezcla de fascinación y desprecio, los “millonarios rojos” o “los hombres rojos en carruajes de gasolina”. Aquella prosperidad, sin embargo, despertó resentimiento entre la población blanca.
La riqueza petrolera de los Osage desencadenó una de las manifestaciones más crudas de vileza humana. Para muchos blancos de la región, los Osage no eran dignos de semejante abundancia. No concebían que un pueblo indígena fuera merecedor a tanta fortuna. Bajo la premisa de que eran incapaces para administrar su dinero, comenzaron a construir alrededor de ellos un entramado de mecanismos legales y clandestinos destinados a despojarlos de sus tierras, regalías y derechos de propiedad.
Uno de los métodos que utilizaron para acceder a la riqueza fue el matrimonio con mujeres de la nación indígena. Muchos hombres blancos contrajeron matrimonio movidos no por afecto, sino por interés económico. Una vez casados, asesinaban a sus esposas para recibir en herencia sus bienes y “headrights”.
El caso de Mollie Burkhart, eje central de la investigación de Grann, ilustra la bajeza de sus actos. Tres de sus hermanas murieron asesinadas, todas casadas con hombres blancos. Minnie Smith fue envenenada lentamente; Anna Brown apareció muerta de un disparo en la cabeza; Rita Smith, su esposo Bill Smith y la ama de llaves blanca Nettie Brookshire perecieron cuando su casa fue destruida con dinamita. Lizzie Q. Kyle, madre de las hermanas, murió envenenada apenas dos meses después del asesinato de Anna.
Otro instrumento de despojo fue el sistema de tutela impuesto por el gobierno federal con el supuesto propósito de “proteger” los intereses de los Osage. Los tribunales designaban tutores –en su mayoría hombres blancos– para administrar las fortunas indígenas. Con frecuencia, aquellos tutores eran familiares, aliados políticos o socios económicos de jueces y autoridades locales, en una red de favores cimentada sobre el amiguismo y la corrupción.
Los Osage rechazaron aquel sistema desde el principio, conscientes de que implicaba una forma de sometimiento disfrazada de protección. Sin embargo, la tutela se consolidó y, con el paso de los años, demostró ser un mecanismo pernicioso: los tutores abusaron de su poder, manipularon las finanzas de sus representados y saquearon su patrimonio.
La misteriosa muerte de decenas de Osage durante la década de 1920 obligó al entonces Buró de Investigaciones –hoy Buró Federal de Investigaciones (FBI)– a intervenir. El agente Tom White fue enviado al territorio Osage y pronto descubrió que William Hale, poderoso ranchero blanco, se presentaba como amigo y benefactor de los indígenas mientras ejercía enorme influencia sobre policías, jueces y autoridades locales.
La investigación reveló que Hale había ordenado a su sobrino, Ernest Burkhart, casarse con Mollie para luego envenenarla lentamente y así heredar su fortuna. Mollie sobrevivió porque decidió suspender las supuestas “inyecciones de insulina” que su esposo le administraba para tratar su diabetes. Ernest confesó el complot y aceptó testificar contra su tío y otros implicados. Ambos fueron condenados a cadena perpetua. Ernest obtuvo libertad condicional en 1937 y fue indultado en 1966 por el gobernador de Oklahoma Henry Bellmon; William Hale, por su parte, recuperó la libertad en 1947.
Grann sostiene que la muerte de los Osage fue parte de una conspiración sistemática destinada a exterminarlos en el marco de un vasto encubrimiento que protegió tanto a los autores materiales como a los intelectuales, muchos de ellos jamás procesados.
En un intento por detener los asesinatos, el gobierno federal modificó en 1925 la Osage Allotment Act para restringir la herencia de los “headrights” exclusivamente a ciudadanos Osage. Décadas después, en 1978, una nueva enmienda estableció que los derechos sobre el subsuelo serían perpetuos y que el sistema de tutela sobre tierras y minerales permanecería indefinido.
Inconformes con la deficiente administración de sus regalías bajo el sistema de tutela, la Nación Osage demandó al gobierno federal en el caso Osage Tribe of Indians of Oklahoma v. United States. En 2011, tras once años de litigio, los Departamentos de Justicia e Interior acordaron pagar una compensación de 380 millones de dólares. El acuerdo reconoció que, durante más de un siglo, los ingresos derivados del petróleo y el gas no se habían contabilizado ni distribuido correctamente.
Imagen tomada de https://osagenews.org/
Cita este artículo
Quilantán Arenas, R., (2026, junio 24). La riqueza petrolera de los Osage. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-riqueza-petrolera-de-los-osage/
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