Detrás de aquella voz que llegó a millones había una vida sostenida por la oración y la Eucaristía. Por sus virtudes será beatificado el 24 de septiembre de 2026. Bajo la sospecha de ser un propagandista sedicioso, en 1942 el FBI recibió la orden de vigilar la vida pública y privada de Fulton John Sheen. El sacerdote dirigía desde hacía doce años The Catholic Hour (La hora católica), un programa que reunía cada semana a cerca de cuatro millones de radioescuchas.
Sus críticas al comunismo y al capitalismo materialista lo convirtieron en una amenaza para la estrategia política de Estados Unidos. Antes de terminar la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética era considerada una aliada, y cuestionarla se interpretaba como un acto antipatriótico.
Pero el verdadero problema era otro: poseía una combinación poco común de brillantez intelectual y carisma, y lo escuchaban por igual católicos, protestantes, judíos, agnósticos y personas alejadas de la religión.
Su lenguaje buscaba el diálogo con cualquier persona de buena voluntad; su claridad y elocuencia desmontaban los mitos de las ideologías. Por eso se le consideró un peligro.
Durante once años buscaron al agitador político que les habían descrito. Los agentes llegaron a conocer hasta su debilidad por el helado de chocolate. Siguieron su vida cotidiana. Lo escucharon predicar. Lo vieron rezar.
Hasta que se convencieron.
Descubrieron que Fulton Sheen era un hombre de Dios. Solo le interesaba evangelizar; no buscaba imponerse intelectualmente, sino conducir a sus oyentes hacia la verdad cristiana. En 1953 terminaron invitándolo a predicar en la graduación de los nuevos agentes del FBI.
¿Cómo llegó un sacerdote a convertirse en la voz católica más escuchada de Norteamérica sin rebajar una sola verdad de la fe?
EL ORIGEN DE UNA VOZ EXTRAORDINARIA
Fulton John Sheen nació el 8 de mayo de 1895 en El Paso, Illinois, en el seno de una familia en la que la fe ocupaba un lugar central. Fue el mayor de cuatro hijos. Siendo aún niño, la familia se trasladó a Peoria, ciudad con la que mantendría un vínculo permanente.
Desde temprano mostró una inteligencia poco común y una marcada vocación sacerdotal. Su madre, Delia, cultivó en él el amor por la oración, la vida parroquial y una profunda devoción eucarística.
Concluida su educación básica, ingresó al St. Viator College, en Bourbonnais, Illinois, donde estudió filosofía, literatura y pensamiento clásico. Allí nació su interés por el diálogo entre la fe cristiana y la razón, una inquietud que acompañaría toda su obra. Más tarde continuó su formación en el Kenrick Seminary, de St. Louis, Misuri, donde destacó por su brillantez académica y sus dotes oratorias.
Continuó en la Universidad Católica de América y culminó en la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, donde obtuvo el doctorado con la máxima distinción, summa cum laude.
Recibió el orden sacerdotal el 20 de septiembre de 1919, en Peoria, Illinois. Años más tarde resumiría su comprensión del sacerdocio en el título de una de sus obras más conocidas, The Priest Is Not His Own (El sacerdote no es su propio dueño). Para Sheen, ser sacerdote significaba pertenecer enteramente a Cristo y poner la propia vida al servicio de las almas.
Regresó poco después a la Universidad Católica de América como profesor de filosofía y teología, donde sus alumnos quedaban impresionados por la claridad de sus exposiciones. Al mismo tiempo publicó sus primeros trabajos académicos, entre ellos God and Intelligence in Modern Philosophy (Dios y la inteligencia en la filosofía moderna), que lo dieron a conocer como uno de los jóvenes pensadores católicos más prometedores de su generación.
ENTRE EL PÚLPITO Y LA CABINA
La radio no fue para Sheen un cambio de oficio, sino la ampliación natural de su púlpito. Ante el micrófono conservó la profundidad del profesor y el ardor del predicador, pero aprendió a dirigirse a un auditorio invisible, traduciendo las cuestiones filosóficas y morales en imágenes sencillas y relatos memorables. Su genio no consistió en simplificar la verdad, sino en volverla cercana.
Durante más de dos décadas, The Catholic Hour le permitió perfeccionar un estilo que reunía rigor intelectual, sensibilidad pastoral y un humor discreto. Desde los micrófonos habló de la guerra, el comunismo, el materialismo, la libertad, el sufrimiento y la dignidad humana. No presentaba la fe como un refugio ajeno a los problemas humanos, sino como la luz para comprenderlos. Cuando la televisión entró en los hogares norteamericanos, llevaba ya veinte años dominando el arte de hablar personalmente a una multitud.
UN OBISPO EN LA TELEVISIÓN
El papa Pío XII lo nombró obispo auxiliar de Nueva York el 28 de mayo de 1951; recibió la consagración episcopal el 11 de junio de ese mismo año.
En 1952 dio el salto a la pantalla con Life Is Worth Living (La vida vale la pena vivirla). La propuesta parecía demasiado sencilla para el horario estelar: un obispo en sotana, una pizarra y una cámara. Sin escenografías ni efectos, Sheen miraba directamente al espectador y hablaba durante media hora sobre los grandes dilemas de la existencia. La fuerza del programa descansaba por completo en su palabra, sus gestos y su capacidad para que cada persona sintiera que cada reflexión estaba dirigida a ella.
Lo que parecía una apuesta improbable se convirtió en un fenómeno televisivo: el programa reunió cerca de veinte millones de espectadores semanales y llegó a superar en audiencia a figuras como Frank Sinatra.
Un obispo católico se convirtió en uno de los rostros más reconocibles de Estados Unidos hablando de pecado, libertad, matrimonio, familia, sufrimiento y eternidad.
Llaman la atención los reportes del FBI de esta etapa: «No usa notas, no sigue un guion, improvisa», anotaban con asombro. Aunque sabían que dedicaba treinta horas semanales al trabajo detrás de cámaras, no lograban descifrar el origen de esa naturalidad. Preparaba cada programa hasta dominarlo. Aquellos treinta minutos de aparente conversación condensaban años de estudio y una semana entera de trabajo.
Pese a su proyección internacional, Sheen nunca descuidó el ministerio cotidiano: celebraba la Eucaristía, administraba los sacramentos, visitaba parroquias y dedicaba largas horas a escuchar y orientar espiritualmente a quienes acudían a él. Estaba convencido de que la evangelización debía darse en el púlpito, la cátedra, los medios y el acompañamiento personal.
En 1953 la Academia de Televisión le concedió el Emmy a la personalidad más destacada del medio. Al recibirlo, agradeció públicamente a quienes llamaba sus escritores: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. La ocurrencia provocó risas, pero resumía con exactitud su pensamiento: el mensaje no le pertenecía.
PASTOR DE ROCHESTER
El 21 de octubre de 1966 fue nombrado obispo de Rochester, Nueva York, una diócesis que atravesaba profundos cambios tras el Concilio Vaticano II y las transformaciones sociales de los años sesenta. Sheen asumió su nueva misión decidido a llevar al gobierno pastoral los principios que había defendido toda su vida: una Iglesia cercana a las personas, formación doctrinal sólida y compromiso con los más vulnerables.
Reorganizó la administración diocesana para destinar más recursos a la asistencia social y la educación, fortaleció la formación del clero y promovió retiros para sacerdotes y laicos, convencido de que la caridad debía traducirse en obras concretas. Pese a su fama nacional, nunca dejó de recorrer la diócesis y visitar personalmente a su pueblo.
Aquellas iniciativas suscitaron resistencias dentro y fuera del clero. Tras años dirigiéndose a millones de personas a través de los medios, Sheen tuvo que afrontar los desafíos cotidianos del gobierno de una Iglesia local. Asumió esas tensiones con serenidad, convencido de que el ministerio episcopal implicaba también cargar con la cruz de la incomprensión.
Tras apenas tres años al frente de la diócesis, presentó su renuncia, aceptada por el papa Pablo VI el 21 de octubre de 1969; ese mismo día fue nombrado arzobispo titular de Newport. Su paso por Rochester fue breve, pero dejó el ejemplo de un pastor dispuesto a asumir el costo de su fidelidad a Cristo. Libre ya de las responsabilidades de gobierno, dedicó sus últimos años a la predicación, la escritura y los retiros espirituales.
EL SECRETO DE SU VOZ
Quienes solo conocían a Fulton Sheen por la radio o la televisión podían pensar que su capacidad de comunicación era fruto de una inteligencia privilegiada o un talento natural. Él mismo lo desmentía: repetía que ninguna palabra daría fruto si antes no había nacido en la oración.
Detrás del comunicador brillante había un sacerdote profundamente contemplativo, convencido de que nadie puede hablar de Cristo con autoridad sin haber aprendido antes a escucharlo en el silencio.
El centro de su vida espiritual era la Eucaristía. Desde su ordenación tomó una resolución que mantuvo hasta el final de sus días: dedicar una Hora Santa diaria ante el Santísimo. Aquella era la fuente de todo su ministerio. A ella atribuía la claridad para predicar, la fortaleza en las dificultades y la fecundidad de su apostolado.
Para él, la Hora Santa era una participación en la agonía de Cristo en Getsemaní, una respuesta a la pregunta del Evangelio: «¿No habéis podido velar una hora conmigo?». Allí llevaba las preocupaciones de la Iglesia, las personas que encontraba en sus viajes y las almas confiadas a su ministerio. Si millones lo escuchaban cada semana, era porque antes él había pasado una hora escuchando a Dios.
Su amor a la Eucaristía se completaba con una profunda devoción mariana. Desde niño aprendió a recurrir a María con sencillez y confianza; rezaba diariamente el Rosario y veía en ella el modelo del discípulo que no atrae la atención sobre sí, sino que conduce siempre hacia Cristo.
Esa vida interior explica por qué cuanto mayor era su fama pública, más buscaba el silencio, la adoración y la humildad. Mientras millones conocían su rostro, él procuraba permanecer escondido en Cristo, consciente de que la popularidad solo tenía sentido si permanecía al servicio de su misión.
EL ÚLTIMO MENSAJE
El 2 de octubre de 1979, apenas dos meses antes de morir, San Juan Pablo II visitó la catedral de San Patricio, en Nueva York. Al encontrarse con Fulton Sheen, se acercó a él, lo abrazó y le dijo: «Has escrito y hablado bien del Señor Jesucristo. Eres un hijo fiel de la Iglesia». Días más tarde, el papa le escribió con motivo de su sexagésimo aniversario sacerdotal para agradecerle haber proclamado con fidelidad la Palabra de Dios y haber tocado, a través de su ministerio, la vida de millones de personas.
Dios llamó a Fulton Sheen a la casa del Padre el 9 de diciembre de 1979. Tenía ochenta y cuatro años. Murió en su capilla privada quien había acompañado con su voz a varias generaciones de norteamericanos y demostrado que la inteligencia y los medios de comunicación podían ponerse al servicio del Evangelio. Terminaba su peregrinación terrena; comenzaba el legado de una obra que seguiría formando a sacerdotes, religiosos y laicos mucho después de apagarse los micrófonos y las cámaras.
En 2002 la diócesis de Peoria abrió oficialmente su causa de canonización. Diez años más tarde, el papa Benedicto XVI reconoció la heroicidad de sus virtudes y le otorgó el título de Venerable. Irónicamente, aquellos reportes del FBI terminaron formando parte de la documentación de su causa.
El paso decisivo llegó con el reconocimiento de un milagro. En septiembre de 2010, el pequeño James nació sin signos vitales. Tras 61 minutos sin pulso ni respiración, mientras sus padres invocaban la intercesión de Fulton Sheen, el corazón del niño volvió inesperadamente a latir. Tampoco presentó las graves secuelas neurológicas que una falta de oxígeno tan prolongada hacía prever.
Después de un exhaustivo examen médico, científico y teológico, el papa Francisco reconoció oficialmente el milagro en 2019 y autorizó la beatificación de Fulton Sheen. Luego de algunos años de espera, ésta se celebrará el 24 de septiembre de 2026 en St. Louis, Misuri.
Quizá el mejor resumen de la vida de Fulton Sheen no esté en los millones de oyentes que conquistó ni en el Emmy que recibió, sino en la fidelidad con la que vivió aquello que repetía a sacerdotes y laicos por igual: antes de hablar de Cristo al mundo, hay que aprender a permanecer una hora en silencio delante de Él. Todo lo demás fue simplemente la consecuencia de esa amistad.
Cita este artículo
Mondragón Cobos, M., (2026, agosto 28). Obispo Fulton Sheen: la verdad conquista multitudes. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/obispo-fulton-sheen-la-verdad-conquista-multitudes/
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